sábado, 9 de abril de 2016

Los tiempos del ruido

Batman vs Superman: Dawn of Justice, tal vez la película más esperada del presente año. Los fanáticos del cine de acción y superhéroes hacían filas kilométricas, no tanto para ser los primeros en un estreno multitudinario, sino para demostrar su irreductible amor por todo lo que se ponga en cartelera referente a fantasía y aventura. Estamos en el tiempo en que ser es, más que hacer, exponerse ante las redes sociales; el autorretrato con la camiseta oficial de la película en la larga fila ante el teatro, soportando el frío de la noche. La crítica, cada vez más alivianada en cuestiones específicas de géneros de ficción, atacó duramente la película de Zack Snyder y los lectores de cómics —una población a quienes los productores se dirigen con cuidado— han empezado campañas contra Snyder, Ben Affleck —quien interpreta a Batman y produjo la cinta— y los propios estudios por crear una cinta que, si bien no se hundió hasta las profundidades abisales de Catwoman o Batman and Robin, ha encendido más ira que culto.

Los pecados de B v S empezaron, para muchos, con la elección de Affleck en el papel del caballero de la noche. Menos oposición se presentó cuando Henry Cavill se vistió con el traje azul y rojo de Superman. Los millones de Affleck le permitieron cumplir su sueño de ser Batman, aunque el hijo de los suburbios de Chasing Amy o Good Will Hunting carece del estilo que requiere ser un millonario como Bruce Wayne.

No hay mucho que decir sobre la actualización de ambos superhéroes. El hombre de acero de Snyder carece de la luz y energía positiva que representa Superman como exaltación del optimismo estadounidense; es un ser frío, incapaz de sonreír, a quien en algunas escenas se le muestra como una aparición divina y no como el amigable personaje de los cómics y las películas de Christopher Reeve. Batman no se alejó mucho del universo que vimos en la trilogía de Nolan, con la Baticueva donde lo más avanzado en tecnología se usa para combatir el crimen —el diseño del batimóvil, por ejemplo, es casi una réplica al de Batman Begins—. Y claro, tenemos la aparición de Wonder Woman, posiblemente la súper heroína más importante del mundo de los cómics, y quien, salvo por el breve seriado de Lynda Carter en los años setenta, ha carecido siempre de una representación en carne y hueso. La modelo israelí Gal Gadot fue la elegida para interpretar a la amazona creada por el sicólogo William Marston. Al igual que Superman, Wonder Woman se ha decolorado por completo a tonos de plateado y bronce, y se le ha armado de espada y escudo.

En los tiempos que corren resultaría ingenuo quejarse por el uso de gráficos a computador en un filme fantástico como Batman v Superman. Contra lo que sí deberíamos seguir ofreciendo una resistencia es la mala escritura, o su corrupción por parte de los peldaños más altos de la pirámide del cine y sus intereses creados. ¿A quién debemos achacar el desastre que es esta película? ¿A Snyder?, ¿a Affleck?, ¿A Warner Brothers y su competencia “todo se vale” contra las franquicias de Marvel Comics?, ¿acaso Chris Terrio?, guionista principal de esta película. Terrio, bajo la dirección de Ben Affleck, escribió Argo, no solo una buena película por mérito propio sino una historia verídica alimentada sin burla ni pompa para la gran pantalla. Tal vez el reto de enfrentar a los dos héroes más famosos de la modernidad fue demasiado. Tal vez se limitó a ser un amanuense al servicio de una industria productora de camisetas, juguetes, videojuegos y más películas.

Tantos compromisos con los productores, el poco respeto hacia los fanáticos y menos aún ante el público general, que irá a ver la película porque, según dictamina la cultura general, al cine de acción y fantasía se acude a no otra cosa que a llenarnos de maíz tostado, bebernos una soda y pasar el tiempo para no pensar en nuestra vida real hasta que salgan los créditos y se enciendan las luces. La próxima película de Superman, de nuevo dirigida por Snyder, está ya en plena producción, y a los fanáticos se les ha entregado detalles sobre el proyecto de Liga de la Justicia. La meta es simple: hacer dinero en una industria que se desmorona como el uranio. El ideal de otro tiempo de producir adaptaciones de calidad parece haber muerto mientras se ahonda la brecha entre el cine de entretenimiento y el así llamado cine-arte.

Dos horas y media de ruido, luces enceguecedoras, una explosión tras la siguiente, y la siguiente y la que le sigue… Metrópolis (o Ciudad Gótica), destruidas en esos escenarios apocalípticos que han infestado las salas de cine desde que Michael Bay descubrió los efectos por computador, secuencias de sueño y memorias sin aportes relevantes, y Jesse Eisenberg, actor competente cuando se le deja trabajar, convirtió a uno de los mejores villanos de la ficción, Lex Luthor, en un mal imitador del Joker, o tal vez del Moriarty de la serie Sherlock.


The Dark Knight consiguió una lluvia de premios, el respeto de la crítica, la anonadada admiración de un mundo de fanáticos y ha quedado en la memoria colectiva como una de las mejores películas de súper héroes jamás hechas. Y si bien las otras dos películas de la trilogía de Christopher Nolan no superaron los elogios de esta segunda entrega, no se alejaron demasiado y han conservado el respeto de los espectadores. ¿Cuánto tardará en aparecer el siguiente Nolan? Tal vez en unos años, tal vez nunca.

lunes, 22 de febrero de 2016

El cine era mejor que la literatura

Entre las múltiples necesidades del ser humano, la comunicación es aquella que le permite erigir sociedades mediante un orden que supera la simple jerarquía impuesta por la fuerza bruta. La comunicación permite, además, replicar, mediante el diálogo, fenómenos y secuencias de situaciones pasadas, dando así origen a la narración. Sin otros medios que la oralidad, y más tarde la letra escrita, la literatura fue el arte principal de la narrativa. Incluso el teatro puede verse como un apéndice de la literatura oral, anudado a otras formas expresivas. El cine, como la imprenta a la narración oral, permitió rebasar las limitaciones del escenario teatral, y cada año, desde su origen, la tecnología ha permitido romper hasta con los límites de lo que era posible contar con imágenes.

Considerando lo anterior llegué a preguntarme, hace poco, si el cine era realmente un arte independiente, o una extensión más de la literatura oral. Esto no tiene respuesta, si es que la pregunta realmente es relevante. El cine es el cine, y lo valoramos por lo que cada película puede aportar. Tiene, en cuanto a su producción, múltiples desventajas frente a la literatura contemporánea, y aunque alguien, en los próximos años, consiga escribir, filmar, editar y distribuir una buena película, sin usar otra cosa que una cámara personal, el llamado séptimo arte seguirá exigiendo toneladas de dinero para crear sus contenidos. Y tal vez gracias a esto el cine asegura algo que suele escapársele a la literatura: control de calidad artística.

Quienes, al simplificar las cosas, suelen ver al cine contemporáneo —y especialmente la producción estadounidense de la Costa Oeste— como un vertedero de basura, incapaz de llevar a la pantalla algo que merezca el calificativo de “arte”, negarán por principio este concepto del control de calidad. Sí, todos los Michael Bay de Hollyood, y sus seguidores independientes, los autores de Sharknado y Birdemic generan una parte considerable de lo que llega a las grandes pantallas y el streaming. Simplemente entienden que el costo para producir su burdo entretenimiento es inferior a las ganancias obtenidas gracias a unos espectadores fáciles de complacer. Debido a esta falta de principios, y, del lado opuesto, el compromiso con el hacer buen cine, se puede establecer un margen entre ambos campos. Quedarán aquellos que, en un noble, pero tal vez perezoso esfuerzo por crear obras maestras, no consigan sino engrosar la lista de bodrios de la cartelera; mas ese grupo ocupa apenas la delgada línea entre cineastas y pornógrafos.

Gracias a YouTube —que camina cada día a convertirse en una de las mejores universidades en línea—, he descubierto a cierto grupo de youtubers dedicados al estudio crítico del cine. Desde simples reseñas, hasta detallados análisis a aspectos como composición, estructura narrativa y sonorización, estos apasionados del cine me han permitido entender que, construir una película, requiere un esfuerzo logístico, técnico y artístico como no hay en ninguna obra escrita. Una gran película habrá puesto en coordinación tantos elementos que, si se toman uno por uno, habría parecido una tarea imposible. Y lo mejor es que, la mayor parte de este magnífico trabajo, pasará totalmente inadvertido. Nos emocionamos en la sala, o nos preocupamos, seguimos atentos los pasos del protagonista u odiamos al adversario, y todo, en buena medida, se ha conseguido con efectos estéticos, como la composición de la música de trasfondo, la situación de los personajes frente a la cámara, los detalles en los escenarios, o incluso el doble significado de diálogos y acciones que ocurren en el trasfondo.

Mi segunda pregunta ante todo esto es, ¿está la literatura interesada en ser tan elaborada? Y pienso que no. Los escritores pueden tener una posición muy clara al respecto: el cine y la literatura no compiten, ¿y si ya existe aquel, por qué esta trataría de emularlo? Simplemente porque no parece haber tanto compromiso ya en el arte escrito como pudo haberlo existido en otras épocas, o como puede todavía persistir en la mente de contados autores. Hoy en día pareciera que los autores siguieran una rutina de formación y trabajo igual a la de un artesano anterior a la revolución industrial. Naces, creces, entras a colaborar como ayudante en un taller; con suficiente práctica pasas a ser un oficial, y con los años y la experiencia acumulada en manos llenas de cayos y una espalda encorvada, te haces maestro. Los talleres de escritura están ahí; recibiendo adeptos al oficio y a quienes, por ingenuidad, esperan lograr la fama y el reconocimiento a partir de recetas y pruebas. Y mientras un taller artesanal podía tener a un ayudante en el mismo rango por años, los talleres de escritura esperan graduar “escritores” en cuestión de semanas, meses, un par de semestres o, si se trata de una carrera universitaria, cuatro años; pague sus derechos de grado y aquí tiene su diploma.

La diferencia entre artesanía y arte —y perdonarán que me ocupe de algo tan obvio— es que el primero provee una solución a una demanda específica —o solía hacerlo, antes de ocuparse mayoritariamente de producir cachivaches decorativos—, y el arte un discurso sobre las emociones. Con menos de un mes de práctica se puede aprender a tejer bien un cesto; con años de tejer cestos, estos serán más resistentes; mas en la larga carrera de la vida no pasarán de ser cestos de mimbre hechos a mano. El artista, por otra parte, sabe que no hay un límite a la complejidad y grandiosidad de su obra; que aún años de esfuerzo y estudio no consigan fructificar en productos capaces de tocar esas fibras en el espectador o el lector que desea tocar. Lo triste es que el interés por alcanzar esos estratos de genialidad artística están siendo revaluados por artistas, críticos, e incluso —siendo esto lo más lamentable— el público.

La amplitud del mercado del superventas es menos triste que la mediocridad de los autores de “ficción literaria”. Esas mujeres y esos hombres que han conseguido llenarse los bolsillos con suspensos y dramas eróticos, aventuras en realidades paralelas o universos de magia, saben, como el artesano, que están llenando una necesidad vital para sus lectores. Estos reciben su cesto y quedan satisfechos. Hay suficientes textos en una librería, entre las novedades, para ocupar la mente de un lector liberal por años. ¿Qué hacen los creadores de ficción literaria? Forjarse una leyenda y vivir de ella.

No importa cuán mediocre pueda ser la próxima novela de Murakami, o de Almudena Grandes. Las revistas especializadas, Goodreads o los académicos pueden destrozar desde sus banquillos a estos escritores; sus fanáticos, sin embargo, los amarán más allá de la muerte. El fanatismo es difícil de curar; algunos equipos de fútbol, pese a su reiterada mediocridad, siguen vendiendo camisetas y boletos. Así pasa con los autores; tienen lectores, pero —y esto lo han reforzado las redes sociales— tienen fanáticos.

Incluso yo debo decir que cometo el mismo pecado. Tras leer Our Kind of Traitor me doy cuenta lo regular y estandarizado que se ha tornado John le Carré. Mi cariño por el autor de Tinker, Tailor, Soldier, Spy, The Spy Who Came in from the Cold y The Night Manager —cuya adaptación en miniserie me tiene emocionado— no me hará desistir de leer sus próximas obras. Tal vez algo similar me ocurre con Amélie Nothomb, a quien sigo como otros siguen los pasos de las celebridades del cine. ¿Y acaso no habrá encontrado ella también su regularidad? Su costumbre de escribir durante cuatro horas, a mano, terminar dos manuscritos por año y enviar uno a la imprenta, segura de que será editada y distribuida sin importar las posibles tachas en su nueva novela que, debido a los años, ya no puede ver, ese hábito no se habrá convertido entonces en el colchón que, al ser tan cómodo, la ha sumido en el sueño…


La reflexión final caería en el aspecto editorial. En el complicado mercado del libro un editor llorará de emoción si se topa con una mina de oro como lo es un autor que fácilmente atraiga fieles; alguien quien, cada año, como Isabel Allende, pueda poner en la mesa de novedades un producto que se comprará sin mayores miramientos. ¿Lo dejaría ir? ¿Le rechazaría una novela al encontrarla burda y superficial? El amor de un lector es tan ciego como cualquier otro amor, y el de un editor corriente por el dinero lo es mucho más.

domingo, 29 de noviembre de 2015

Spectre

Entre los múltiples peligros que corre cualquier obra, entre su concepción, original e ingeniosa, y su entrega a los espectadores, ya plagada de fallos, o libre de errores, está, en nuestro mundo moderno, la influencia del mercado. Cada día, principalmente en la Angloamérica, y un poco menos en Europa, los editores miran las obras en producción y se preguntan qué será necesario hacer para asegurar las ventas de ese libro, si es posible, a un nivel de suceso superventas. Otros, esos sin criterio literario, o al menos el refinamiento que existe en las mentes de quienes esperan distribuir material de lectura con cierta calidad, van a la fija, se plantean una estrategia de mercado a partir de las tendencias de ventas, encuentran a los autores, o rebuscan entre los manuscritos abandonados, y llenan las librerías con la imitación de Harry Potter, Crepúsculo, 50 sombras de Gray o Los juegos del hambre. Y estoy hablando aquí de una industria que factura apenas unos millones de dólares al año, nada comparable con la opulenta maquinaria del cine. Con cada vez más patentes por cada desarrollo de efectos visuales, cada vez más usados; estrellas más jóvenes, más guapas, más costosas; sindicatos de escritores y utileros más difíciles, la reproducción de películas en línea, la piratería y la baja en la asistencia a salas, un productor debe considerar muchas cosas antes de firmar el pesado cheque que pondrá una nueva cinta en salas.
            Estas dificultades se hacen visibles en el actual panorama de estrenos y próximos estrenos: refritos, secuelas, adaptaciones de superventas; Stallone y Schwarzenegger no han podido abandonar a los personajes que les dieron fama, casi treinta años atrás, y en algún lugar de Hollywood, casi lo puedo jurar, un grupo de escritores masca sus lápices mientras estudia una pila de cómics, en busca de un superhéroe que levante el precio de las acciones. En tan gris panorama, en el cual cada nuevo próximo estreno genera, no siempre claro, una mueca de decepción y un “Hollywood ha muerto”, una saga tan confiable como James Bond, debe ser oro en polvo para la industria.
            Nadie espera ver el fin de Bond. Tras 24 películas otras 26 podrían seguir sin caer en el ridículo riso en que cayó Terminator. Bond probó ser capaz de sobrevivir a la novelas originales que le dieron vida; pudo dejar atrás el escenario de la Guerra Fría —porque, para ser justos, los guionistas siempre lo evitaron, enfrentando a Bond contra oscuros magnates y dementes poderosos, mas nunca contra el KGB—, y si bien desde Dr. No hasta Spectre se han visto toda suerte de altibajos en términos de calidad, la condición de ser parte del universo Bond, ha hecho de cada película una ocasión para asistir a la sala.
            Sin embargo, al igual que la entrega de los Premios Oscar, los productores de las cintas sobre el 007 temen una respuestas fría por parte de los seguidores del agente secreto, una falta de interés por la demás audiencias, o críticas negativas que condenen a una millonaria inversión al conteo de la vergüenza. Pero ¿qué tan difícil es poner a un mismo nivel calidad cinematográfica, el respeto debido a la tradición Bond y la necesidad de hacer dinero? Aunque Eon Productions no espera que ninguna de las películas del 007 sea equiparada a una obra de Fellino o Bergman, sí procuran —al menos en las producciones más recientes— evitar el ridículo y el absurdo del cine de acción más básico de Van Damme o Steven Seagal. Saben bien que toda película sobre James Bond hace parte de una tradición, y que no es solo el nombre o un par de frases conocidas harán que los seguidores acepten la nueva entrega. Finalmente, está el reto, cada dos años, de llevar a la pantalla algo que genere tanta expectativa e ingresos como la anterior.
            ¿Lo consiguieron de nuevo esta vez? Hace poco entré a una sala de cine para ver Spectre, vigésimo cuarta entrega de las aventuras de James Bond, y la cuarta en la era de Daniel Craig. Sam Mendes regresó a dirigir esta nueva cinta, tras su éxito con Skyfall, y el resto de los personajes recurrentes (M., Q, Miss Moneypenny) siguen, interpretados, respectivamente por  Ralph Fiennes, Ben Whishaw y Naomie Harris. Christoph Waltz sigue disfrutando su popularidad en Hollywood interpretando al villano, y las chicas Bond fueron esta vez la diva italiana Monica Bellucci, y la dulce Léa Seydoux, cuyas formas deben estar aún muy frescas en la mente de los cinéfilos que la vieron en La vie d’Adèle. La cinta es más larga que cualquiera de sus predecesoras —cerca de dos horas y media—, el tránsito entre locaciones resulta algo agotador, la música de la secuencia de créditos es horrible, mas en suma es una cinta entretenida y respetuosa con su género.
            Spectre empieza un tiempo indeterminado después de los eventos de Skyfall. Siguiendo una nota póstuma de M, Bond se encuentra en una misión de seguimiento en México, donde termina eliminando a un asesino llamado Marco Sciarra; de este, Bond recupera un anillo con una misteriosa inscripción, la figura de un pulpo. De vuelta a Londres, Bond es castigado por llevar a cabo el golpe de México sin autorización y es puesto en vacaciones forzosas. Siguiendo la pista del fallecido Sciarra, Bond encuentra a su viuda, Lucía (la, todavía hermosa, Monica Bellucci), quien lo conduce al salón de reuniones de una poderosa y misteriosa organización que parece conocer bien al agente del MI6. Lo que siguen son persecuciones, romance, tiroteos y escenas de tortura.
            Como es ya sabido por los seguidores de Bond, esta película significa el regreso de la organización Spectre (o la Dirección Especial para el Contraespionaje, Terrorismo, Venganza y Extorsión), y de su supremo jefe Ernst Stavro Blofeld, esta vez interpretado por Christoph Waltz. Spectre, creada por Ian Fleming con el objetivo de conservar las aventuras de Bond fuera del ámbito totalmente político, aparece en el cine en la primera película del 007, Dr. No (1962), y continúa apareciendo regularmente en la franquicia, salvo en las ocasiones en que Bond enfrenta a algún villano independiente. Spectre es la unión de una mafia global con el concepto de la sociedad secreta, con sus reuniones en grandes salones y un sistema jerárquico tipo Corea del Norte donde todos temen ser asesinados si no cumplen su deber.
            Así, ya bien entrado el siglo XXI, Bond vuelve a los temas y conceptos de su época dorada: el villano, el maquiavélico plan de dominación mundial y el servicio secreto en oficinas de muebles clásicos. Justo cuanto los puristas fanáticos de Bond exigían tras el giro modernizador de las últimas tres entregas. En 2002 la franquicia había llegado a un punto desgarrador de desgaste con Die Another Day: pésimo argumento, situaciones ridículas y efectos visuales lamentables. James Bond cumplía cincuenta años y ahora era objeto del ridículo; era una sátira de sí mismo, del género y, tras la aparición de The Bourne Identity, estaba claro que las audiencias necesitaban algo más de seriedad, incluso en el mundo del cine de acción.
            Con Casino Royale —primera novela de Fleming— se decidió empezar de cero, en más de un sentido. Se rompió con la introducción del cañón, desaparecían Q y Monney, Bond sangra, se despeina y le importa un comino si su vodka Martini es agitado o revuelto. La recepción fue muy positiva; los enemigos de Craig aceptaron a este “Bond rubio”, y quedó claro que aún podían sacarse buenas historias a partir del agente secreto más famoso del mundo. Quantum of Solace  aparece en 2008; al no estar basado en una novela —apenas el título proviene de uno de los relatos cortos de Fleming— los creadores de la cinta decidieron introducir más escenas de acción, aunque la trama carecía de profundidad, y no faltó quienes lamentaran que, entre Bond y la chica, esta vez, no había sino apenas un simple beso. En 2012 Sam Mendes toma el control y lleva a la pantalla una de las entregas más taquilleras y con mejor recepción de la crítica. La historia rompe con muchos paradigmas —M (Judy Dench) termina ocupando el lugar de la chica Bond—, nos es revelado parte del pasado de Bond, en un relato mucho más sencillo, realista, con una magnífica interpretación de Javier Bardem.
            Spectre tuvo una enorme campaña de expectativa; Mendes continuaría en la dirección, y el elenco contaría con una serie notable de grandes actores. Sin embargo, mientras en Skyfall los guionistas Neal Purvis, Robert Wade y John Logan alteraron totalmente la fórmula, en esta nueva película se ha regresado a la tradición: tras la secuencia del cañón Bond empieza en una misión, dejando a un lado a una bella chica; regresa al cuartel general, donde M lo reprocha por sus acciones, es suspendido; Bond hace uso de sus recursos, y alguna ayuda de Q, enfrenta al villano, hay una persecución, un monstruoso secuaz casi indestructible, aparece una bella mujer, sigue algunas pistas, logra evadir a la muerte, alcanza la guarida del villano y termina destruyéndola. La acción no se detiene ahí, y hay algunos giros interesantes al final.
            Mendes y los productores de Eon consiguieron entregar una película de acción de buena factura; constante en su ritmo narrativo, con una excelente calidad de imagen, aprovechando la variedad de los escenarios, y pagando tributo a la historia del legendario agente secreto, sin caer en invenciones ridículas, o efectos visuales propios de videojuego. Ante este tipo de nuevas películas, ni los críticos más acérrimos se atreven a sugerir el final, o el anacronismo, de las películas de Bond. Sin duda estas continuarán como las de cualquier otro género, y mientras haya un sentido de respeto, tanto por los fanáticos como por las grandes audiencias, cada entrega será tan buena como las que hemos visto desde 2006.

            

domingo, 15 de noviembre de 2015

Rey, dama, valet

Vladimir Nabokov presenta una condición rara en el diagrama literario universal; es uno de los escritores estadounidenses más grandes del siglo XX, con una estatura que rivaliza con Hemingway, Faulkner y Capote, y es al mismo tiempo uno de los escritores rusos más importantes de su tiempo. Si bien la Rusia del siglo pasado no consigue hacer la menor sombra a lo que fue durante el siglo diecinueve, Nabokov llegó a ser uno de sus autores más relevantes. Estas son las dos edades del cazador de mariposas: los años rusos y los años americanos. Los primeros empiezan con Mashenka (1926) y terminan con El hechicero (1939), siendo esta, en más de un sentido, el borrador de Lolita. Tras cruzar el Atlántico, huyendo de la guerra, Nabokov abandona su amada lengua rusa, para usar un profesional inglés, empezando con La verdadera vida de Sebastián Knight (1941), terminando con El original de Laura, cuyos fragmentos finales debió escribir en 1977, para ser póstumamente publicados en 2008.
            Rey, dama, valet es la segunda novela de Nabokov, y se desarrolla en la Alemania que el autor ruso conoció antes del inicio del ascenso de los nazis. La historia, básicamente un triángulo amoroso con resultado trágico: Martha, la joven esposa de Kurt Dreyer, un comerciante berlinés, se siente muy atraída por Franz, el sobrino de aquel, un muchacho de provincias recién llegado a la capital alemana. Aburrida de la vida conyugal, inicia una aventura con el joven, y conforme avanza la relación la idea de deshacerse de su esposo le atrae al punto de poner en marcha un plan para asesinarlo.
             El lenguaje del original ruso, traducido por Dimitri Nabokov, y de ahí vertido al español en que leí la novela, no permite vislumbrar esa prosa de la cual el autor estaba tan orgulloso. Se trata sí, de una obra de juventud, y le puedo reprochar ciertos rasgos, como la narración omnisciente que permite al lector leer los pensamientos de los tres personajes en juego. La dama se nos presenta como una mujer manipuladora, el rey como un hombre disociado de la realidad de su hogar, y el valet como un pusilánime sin otra razón para su actuar que satisfacer el deseo que le genera la esposa de su tío.
            Durante la lectura no pude evitar pensar en Kafka; y no solo por el nombre del joven amante. Novelas como El ojo y La defensa ofrecen una construcción kafkiana, una influencia visible en la descripción de las pensiones donde habitan sus protagonistas, las calles oscuras de la Europa entre guerras, la burocrática y deshumanizada condición de los hombres que se ven entregados al arbitrio de la trama. Dreyer es el regente supremo del mundo al cual ingresa Franz; la ciudad, el empleo, la posibilidad de iniciar una vida adulta en el mundo de los negocios, son los sueños que se ven quebrantados cuando la bella Martha decide hacerlo suyo. Aunque Dreyer ya no consigue el favor conyugal de su esposa, ni su amor o siquiera su cariño, y acaso débilmente algún respeto, son sus propósitos comerciales los que consiguen mantener a flote el pequeño paraíso que gobierna. Su esposa envidia la felicidad burguesa, y está dispuesta a desmontar el escenario de perfección en que ella misma se ha sumergido. Ha evitado antes la infidelidad solo por miedo a perder las ventajas de su posición social. Al sentir el paso del tiempo, y ante la presencia de Franz, decide consumar su deseo de libertad, sin el riesgo de perder sus privilegios económicos.
            Como fanático relector de Lolita, no dejo de apreciar las conexiones temáticas entre esta novela escrita en ruso y la obra maestra por la que es bien conocido el buen Vladimir. La obsesión por algo o alguien; por unas condiciones de vida distintas, por ser otro o ser el otro. Franz desea ser su tío, contar con el dinero y el respeto de la sociedad, Martha desea ser una mujer joven y libre, y solo Dreyer parece satisfecho. También es posible encontrar al hombre mecánico, tema tan kafkiano como nabokoviano; para modernizar su negocio, Dreyer invierte en unos novedosos autómatas, capaces de desfilar las prendas que se venden en el almacén. Franz, cuyo valor puede cumplir los intereses de ambas partes —su tío un heredero, su tía un amante, un nuevo esposo, más acorde a la edad que ella siente—, se transforma en una pieza del juego, y aunque sea sobre él quien recaiga el foco narrativo la mayor parte del relato, no cabe duda que los verdaderos protagonistas de la trama son la pareja de esposos.

            Novelas como Rey, dama, valet corresponden a un tiempo en que Nabokov, no solo trabajaba en su lengua materna, sino que se entretenía tejiendo historias sobre pequeños conflictos cuyo desarrollo ocurre entre callejones y residencias; estas tragedias y luchas de seres corrientes resultan casi lo opuesto a los mundos y retos estéticos que construye el novelista en lengua inglesa. El lector apenas tiene una visión del Berlín de Nabokov, mientras que en Lolita el escenario se extiende por la totalidad de los Estados Unidos, y en Ada o el ardor la historia se encarga, nada menos, que de un mundo entero. Queda preguntarse si la vida de estudiante, de refugiado y de pobreza del cazador de mariposas en Europa, y la existencia más holgada del mismo, entre América y Suiza, son la razón de esta diferencia conceptual.