viernes, 15 de diciembre de 2006

¿Cómo?

¿No les parece a veces sospechoso que un autor ponga en la estantería de la librería más próxima a su casa, dos y hasta tres libros, en el transcurso de un solo año? Si he decidido empezar con esa pregunta, no es para que se de vueltas en su silla reprochando mi ignorancia con sus sabias respuestas. No, lo que trato de decir es que, ¿cuál es el método que usan? Tienen un formato preestablecido de redacción, con, quizá, un cuestionario que van llenando con, por ejemplo, nombre de la obra; nombre del personaje principal, personaje secundario, escenario 1, escenario 2, escenario 3 etcetera. ¿Me explico? No voy a citar nombres, pero hay algunos vivos que quizá ya tienen un software similar al word que usted y yo usamos en la inocencia de nuestra ignorancia; el programa lo contiene todo para transformar, en unas cien horas hombre, un puñado de ideas sueltas (muchas tomadas de la pila de diarios y revistas que este escritor acumula en la buhardilla) en una novela de doce capítulos a la que los editores y sus secuaces de las agencias publicitarias tildan de "innovador", "revolucionario", o simplemente: "la novela del año". Tonterías. Muy posiblemente me estoy equivocando y aquellos como L. Becerra, J. Franco, y todo el listín de Notables de la literatura latinoamericana (y no excluyamos a nuestros primos de la Península) tan sólo se sientan en cafés literarios de París a Bogotá con su Moleskine junto a un expreso americano fuerte (eso del agua mineral a lo Cortazar es demasiado espartano, digo yo) y tras un suspiro empiezan a escribir frases sueltas, fragmentos de conversaciones y eslóganes de corte literario, para luego, cuando despunta el alba, sentarse, cigarrillo en mano, frente a la Remington (cuando no se tiene iMac o alguna de sus parientas) y golpear hasta el ocaso las teclas creando, a punta de ingenio, una historia de profundos abismos, allí donde el lector puede toparse con verdaderas perlas de la composición. El proceso, claro, es mucho más complejo de lo que aquí puedo citar, quedaría como un tonto, incluso, si tratara a través del sarcasmo de simplificarlo todo, y si alguno de los Notables, M. Mendoza, S. Gamboa, u otros, se sienten insultados, pues, perdonen el atrevimiento. Mas lo que quiero decir es simple; hay artistas, forjadores de relatos maravillosos, a quienes les toma tiempo cada línea, cada párrafo, y un personaje hasta dos semanas. Pero también hay pájaros con colosales ingenios de la fabricación de textos en masa. Los hay y muchos. Así que vuelvo al título, demostrando que ni yo puedo escribir a diario cosas realmente buenas, así, de facto. ¿Cómo?

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