domingo, 30 de diciembre de 2007

IQ AR-15

Nunca he visto a un intelectual arrastrarse por una fangosa trinchera, o siquiera bajo el plomizo cielo gris que forman los nubarrones tormentosos de la pólvora quemada. La imagen más cercana que tengo —ya que debo agregar que no conozco ninguno personalmente— es la del atilado hombre, o mujer, en plena madurez, de corbata o corbatín, con esa elegancia raída que es marca registrada de los que se creen rebeldes, muy cómodos en sillas o sillones, con expresiones graves, adustas, muy a lo Shopenhauer, y en algunos casos con un libro —nunca uno propio— entre sus nudosas manos.

Ningún intelectual se lanza a la batalla, dirán, porque la fuerza de las ideas es siempre superior a la fuerza de las balas. Para mí la verdad es que prefieren sus despachos de decoración barroca, la frescura del aula, donde el catedrático de oficio se siente como pez en el agua, y su soleada villa campestre particular donde puede contar estrellas y llenar sesudos ensayos frente a un lago espejado.

La guerra es un oficio desagradable, pero está probado que mientras el hombre sea hombre habrá justas y batallas a lo largo y ancho del globo, ergo podemos sentarnos a filosofar o tomar parte en la lucha. Más como no todos somos guerreros de nacimiento, algunos debemos sentarnos alejados del campo o en el peor escenario correr como liebres.

No obstante si algo no me es cuando los ideólogos —gente que debería estar coordinada por la lógica y las Ideas— se hacen pacifistas a ultranza y los envuelve la pendejada de creer que podemos vivir en un remanso de paz con el hermano tigre y el hermano león, como lo muestran esas coloridas estampas de las revistas repartidas por los testigos de Jehová.

El punto es que el intelectual piensa, no actúa, o lo hace rara vez en raros casos como rara a excepción a sus propias reglas

lunes, 24 de diciembre de 2007

Puntos de Vista

A la hora de concebir una historia —quiero decir una historia escrita—, el autor debe definir cuál será el punto de vista narrativo; dónde pondrá al lector y porqué lo pondrá ahí.

Es algo determinante y que no se debe dejar de lado a la hora de planificar. La mayoría de los escritores se inclinan hacía un lado siempre para evitar trastornarse con estas decisiones. Pero yo creo que es algo necesario tomarse el tiempo de pensar en el futuro lector, y qué impresiones pueda recibir desde su butaca, allá del otro lado de la barrera.

Por ejemplo, es obvio que ante una historia escrita en primera persona, todo lector se sentirá más identificado con el protagonista, o al menos con las opiniones del narrador, mientras que un relato en tercera persona nos dará una lectura desapasionada que nos hará interesarnos más en los hechos que en los sentimientos.

Es claro que nos es así en todos los casos, y aunque no quiero generalizar, esa ha sido al menos mi experiencia.

La narración en tercera persona, permite al lector estar en una situación similar a la de una cámara de cine: viendo aquello que el director quiere que veamos, y la sensación que queremos que tenga de las situaciones que se sucedan durante el relato. En buena parte lo que critico de la mayoría de autores de la actualidad —y varios veteranos— es la innecesaria ampulosidad de sus escritos, tan rebosantes de detalles innecesarios que la lectura de los mismos se transforma en un calvario. Para transmitir una idea no es necesario llenar el cuadro, sino trazar las bases necesarias para su comprensión.

En un post anterior mencioné la literatura minimalista como aquella donde la poca información que nos provee el autor resulta suficiente para entender una gran obra. Y si alguien es capaz de contar una historia con los mínimos medios narrativos ese es Manuel Puig.

De sus historias la más famosa podría ser El beso de la mujer araña, cuyo argumento nos envía directo a una prisión donde un supuesto corruptor de menores y un preso político crean una rara amistad surgida del mutuo interés en los argumentos cinematográficos que uno de ellos le narra al otro.

No es necesario saber dónde queda esa prisión, o cómo son sus muros o rejas. Sabemos que están allí y podemos sentir su frío y su soledad, la necesidad de libertad y el miedo a la represión por la fuerza. Poco nos queda de los protagonistas al final; es una silueta apenas lo que nos queda de ellos, pero Puig sabe darnos los detalles suficientes como para ponernos a trabajar la imaginación.

Muy similar a una puesta en escena teatral, en la que sólo tenemos a dos actores y quizá un mueble por todo escenario, obligando a nuestros sentidos a poner todo lo demás, uno queda tan inmerso en la novela cuando Molina, el homosexual detenido por corrupción, empieza a narrar sus historias, que llegamos a creer que sin las mismas no podremos resistir el tedio y la tristeza del pabellón penitenciario.

Esta podría definirse como la literatura envolvente, pero es efectiva, como ninguna otra, y llega a los sentidos más que al frío cerebro que busca la literatura académica.

martes, 18 de diciembre de 2007

Clubes y lectores

Hace unos días fui invitado a una lectura de cuentos escritos por una grupo de emocionados asistentes a un denominado “club de literatura” de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño. En la parte social el evento fue un agradable encuentro entre amigos en una casona del barrio antiguo de la fría Bogotá. Pero a parte de un par de cuentos un puedo decir que me haya impresionado el contenido de las historias. Pase la noche juzgando mentalmente lo que había escuchado, y así llegué a los siguientes apuntes:

Nadie debe ser juez de arte, pienso, mas que el artista mismo. Si queremos criticar un cuadro, recorramos y sondeemos las profundidades del espíritu del hombre, o la mujer, tras la obra.

Una vez leí un cuento sobre un escritor de fama internacional, tan embutido en su mundo de ficciones que su editor está obligado a pasar toda clase de peripecias para contactarlo. Cuando lo logra, le ordena escribir un cuento, un muy bueno, quizá el mejor de toda su vida, encomiándole poner sus cinco sentidos y el conocimiento de toda su vida en la menor cantidad posible de párrafos. El escritor acepta, no por los millones que le pagará la revista por el cuento, sino por el reto que supone. Pasa un mes y envía por correo el cuento al editor, horas antes de que llegue la hora de cierre. Feliz el tipo abre la carta y se topa con que el cuento, sin título, son sólo tres puntos suspensivos. Ahí termina la historia, y la moraleja es que tanto conocimiento sólo puede dar paso a un silencio contemplativo donde no caben las palabras. O eso creo.

Buenos lectores no aseguran buenos escritores; ni al revés. Como ser un feliz glotón no hace a nadie buen cocinero, ni aún siendo catador experto. Así mismo la facilidad de seleccionar y ordenar palabras de la forma correcta para llevar un mensaje o narrar una historia está supeditada más al conocimiento del tema y la capacidad cerebral del manejo del lenguaje que a un historial de lecturas muchas. Basta decir que grandes lectores como Bernardo Hoyos o Marianne Ponsford —son dos ejemplos al azar— no son escritores de oficio.

El arte no puede venir del sufrimiento. Del esfuerzo, que es otra cosa, tal vez. No conozco muy bien a aquellos chicos y chicas del Club de Literatura, ergo ignoro en qué forma concibieron sus historias, pero si pudiera, desde este blog, darles un concejo, sería el siguiente: si la idea está en tu cabeza, exprésala; basta de juego previos, antesalas y análisis, o terminarás poniendo puntos suspensivos en la hoja. El lenguaje, el estilo, eso que un gran cuentista llamado Gabriel García Márquez llama “la carpintería” es donde debe radicar todo el trabajo.

Para completar la idea les cuento otra historia, como complemento de la primera: un poeta de renombre quiere expresarle a su amada los sentimientos que se agitan entre las fibras de su corazón. Redacta una carta romántica, en verso, de casi quinientas páginas. Lleva el paquete a la casa de la mujer, pero al verla, bajo el marco de la puerta, iluminada por el primer destello de sol de la mañana, arroja el paquete a un lado, da un paso adelante y la besa con locura. El paquete cae al pozo que estaba al lado; el poema de doscientas cincuenta hojas se pierde entre el agua para siempre; ¡pero a quién le importa! Si ha expresado con sus labios más que con las hojas.

Expresión, y pasión: significados no semánticos del arte.

martes, 11 de diciembre de 2007

PD


Contacto mediante correo electrónico. A medida en que avanza la civilización la gente prefiere estar más sola, y a la vez tener un mayor contacto mediante medios electrónicos. ¿Moda? O un signo de los tiempos. En todo caso, el papel y los sobres parecen cosa del pasado, aunque el correo, en su forma ortodoxa siga siendo la regla de comunicación para muchas entidades sumidas en la edad de piedra.

En días como los que corremos, en que algunos nos preguntamos alrededor del mundo si los libros impresos sobrevivirán, o si serán extinguidos por el fuego binario del hipertexto, la foto en sepia del escritorio con el papel de carta, el tintero y la pluma nos acecha como algo que también existió y que ahora es sólo un recuerdo en la Wikipedia.

Pero dejando a un lado los romanticismos, el paso de un sistema a otro de comunicación ha generado un problema que puede hacerse irresoluble en el futuro: la decadencia del lenguaje. En el pasado, una carta era, para muchos, un arte, y su enseñanza era de suma importancia, dándole a muchos las herramientas para ser buenos prosistas. No es de extrañar que quien hoy lea una novela de hace sesenta años -o incluso un periódico-, encontrará un lenguaje mucho más estilizado que el que se emplea ahora. Siendo que en el presente la regla de transmisiones es la de "menos es tiempo, tiempo es dinero".

¿Y la literatura epistolar? ¿Se verá también extinta salvo en el caso de las novelas históricas? ¿Es acaso tan buena?

Hace unas horas terminé de leer La amigdalitis de Tarzán, de Alfredo Bryce Echenique, y pienso que si esta clase de novelas quedan para siempre ocultas en las viejas bibliotecas, nadie quedaría lastimado. Pocas veces me topo con historias tan aburridas. Sin poner en duda las capacidades narrativas de este famoso peruano, esta historia de amor, narrada mediante una serie de cartas que sólo reflejan el continuo trasegar que sufren los exiliados, resulta tan carente de fondo como una telenovela del medio día.

Sin creen que este post es muy aburrido, léanse esta novela La amigdalitis de Tarzán y verán que de tan floja historieta no se puede sacar mayor cosa.

lunes, 3 de diciembre de 2007

Tres Tristes Tazas

Mal título. Pésimo. Pero así es como suelo empezar yo: por el título, el cual puedo variar al final.

Yo juego mucho con esta idea; generalmente mi proceso de redacción es así: buscar en la paleta las mejores palabras. Ese tono misterioso que se encuentra entre dos colores supuestamente iguales. Para los escritores profesionales, o a sueldo —hablo de redactores o periodistas—, es el lenguaje común lo que alimenta sus textos. Nadie quiere ser rebuscado; sería incomprendido y odiado. Algunos escritorzuelos, algunos, valga aclararlo, muy metidos también en el mundo de la poesía, creen que cuanto más tengan que navegar por las profundidades del diccionario, y más extrañas sean sus perlas, o anémonas, o morenas o incluso el plancton rojo fucsia brillante que encuentren entre los recovecos de un naufragio mejores escritores serán. No lo creo: los grandes narradores suelen haber sido los que llamaban pan al pan y vino al vino.

Esto no significa tampoco que frente al ensamblado de un texto nos tengamos que amarrar a estructuras de colegial —“mi mamá me mima mi papá ve tele, a cada rato”—, y aunque en ciertos tipos de narrativa lo que importa es el mensaje, o aún, el trasfondo del mensaje, el cuidado, la atención, incluso el amor —vámonos pues hasta el extremo— que pueda uno sentir por el idioma, ha sido, en una buena cantidad de casos, lo que hace la diferencia entre un buen escritor y un gran escritor.

Me topé con uno de esos seres hace poco: Guillermo Cabrera Infante. Cubano, hijo, alumno, portaestandarte y finalmente miembro amputado y enemigo de la Revolución, que como toda buena revolución, siempre termina enemistándose y/o ejecutando a sus hijos intelectuales, ya que estos son los que suelen descubrir primero —y aquí debemos agradecer a Hans Christian Andersen— que el rey se pasea desnudo: que la revolución es un fraude.

Tres Tristes Tigres en uno de los mayores y más divertidos ejercicios de prosa que haya yo tenido la oportunidad de leer. Su sólo título, TTT, parte de ese trabalenguas que todos los niños saben y que olvidan protocolariamente al crecer y convertirse en “gentes serias”, da más luz sobre el contenido de la obra que Ella cantaba boleros, título original de la novela. Y aunque este último pueda ser una diapositiva de breve exposición que nos haga imaginar la Habana de noche, que es el componente esencial de la trama, de haberla, no da señal alguna sobre la serie de juegos y malabares y cuadros que nos presenta en este collage de escenas casi cinematográficas.

En parte debió ser su amor al cine, en parte quizá fue su amor al idioma, pero es más seguro que fue su interés por no convertirse en otra piedra del acantilado latino del Boom. Aprendió inglés, conocía el francés y el italiano, y tal vez otras tantas lenguas, pero no he leído ninguna biografía para darles más datos, pero me atrevo a decir que fue su amplitud de miras aquello que vino a forjarlo como narrador intrépido, sin miedo a meter, dentro de un mismo libro, lenguajes tan distintos como el de una madura dama cubana de clase media, que un español lleno de horrores ortográficos comenta una anécdota por carta a una conocida, hasta la visión seca, irónica, ignorante, pero es sí, divertida, de una pareja de estadounidenses turistas en la Perla del Caribe, a saber un escritor famoso y su señora, en relatos con faltas evidentes de traducción.

Hay mucha literatura de viajes, pero esta novela podría ser considerada una de las pocas que representa la literatura de viajes en el tiempo: La Habana que se nos presenta: la abierta, alegre, llena de cafés, restaurantes, hoteles, bares, discotecas y calles resplandecientes de luces de colores, ha muerto. Aplastada por el comunismo tercer mundista, arrasada para siempre.

Tres tristes tigres tragaron trigo en tres tristes tazas, les recuerdo, para quienes lo han olvidado.

sábado, 24 de noviembre de 2007

Ocupaciones. Formas varias de ganarse la vida. Detesto que mi trabajo interfiera en mi carrera como escritor. El tiempo que podría emplear para leer, para aprender o para escribir lo estoy perdiendo frente a un computador viejo en el sótano de un centro comercial. Oh, bueno, hay algunos que ni siquiera tienen empleo y que con el estómago vacío golpean las teclas de una Remington.

Nuevo capítulo de Flores Para Irma publicado. Espero que el tiempo que me está tomando la redacción de cada parte sea cada vez menor.

lunes, 19 de noviembre de 2007

Huésped Irreal

En la oscuridad de la sala de cine; alumbrado sólo por las ocasionales explosiones y los hermosos ojos azules de Milla Jovovich en Resident Evil los siguientes pensamientos llegaron a mi cabeza:

En la actualidad yo podría, como escritor, tomar dos caminos: seguir mi senda como relator de cuentos de ficción, con sus sutiles —muy sutiles a veces— brochazos de tinte político, o quedarme quieto para narrar dramas particulares de esos con los que te topas día a día en la silla del bus, entre las columnas del diario o por ahí, al vuelo, entre el lapso que va de la mañana al anochecer.

Creo que estas alternativas se le han aparecido a todos los escritores que se precien de serlo: pintar lo que vez, lo que existe a tu alrededor, lo que conoces. O retratar tus miedos, tus pesadillas, y los sueños más audaces, tus fantasías increíbles y todo ese cosmos interno que florece tan rico y esplendoroso cuando se es niño y muere tan rápido cuando se trepa uno a la adolescencia —con los buenos oficios de los profesores de la escuela y los padres, claro—.

Cualquiera puede sentarse frente a su computadora, cerrar los ojos y recrear esa calle, en la que sentado o golpeando con los dedos un conjunto de canicas vio pasar casi todos los cuadros de conducta humana, pintar a esa señora, señor, al joven y al anciano, darles una vida artificial, mover hilos y pintar una trama leve llena de sentimentalismos; terminar con circunferencias alrededor de los consabidos temas eternos de la literatura y, claro, esperar ganarse un premio de novela.

Pero es asquerosamente más difícil crear un universo de la nada; ensamblando personajes a partir de polvo, o ideas vagas. Cranearse —y permítaseme este neologismo tan bárbaro— un rollo superinverosímil e ir incrustándole detalles, como a un castillo hecho de cubos de ensamblar, hasta hacerlo creíble.

El universo de Resident evil muchos lo considerarán ridícula tramoya hollywoodesca; basura de matinée para alimentar mentes inmaduras. Gentecitas frívolas que nunca apreciarán el verdadero cine arte. Tal vez, tal vez, mi querido redactor de gaceta cultural dominguera. O quizá, quizá, es esta, como tantas historias que han alegrado el cine por los últimos ciento diez años, un esfuerzo apuntado a crear mundos no vistos, pesadillas o sueños, como ya dije, acerca de nuestros extremos. Por ello considero un esfuerzo muy loable el de esos valientes que consideran su campo de desplazamiento la ciencia ficción y las historias de aventuras. ¡Un saludo camaradas! ¡Vivan Borges, y Philip K. Dick; Asimov y Arthur C. Clark! Y olvidémonos, aun cuando sea un rato, de haciendas esclavistas, barcos de vapor, pueblos olvidados, poetas suicidas, baños turcos y cuartos tapizados de corcho.

Si la literatura puede ser un gran viaje, ¿por qué contentarnos con solo abrir la ventana?

lunes, 12 de noviembre de 2007

El Silencio de los Corderos

No hay acuerdo entre hombres y leones y entre lobos y corderos no hay concordia.

Homero

No puedo considerar la última película de Robert Redford, Lions for lambs, una verdadera película; eso si me atengo a lo que, yo considero, es una película. Pero sin duda no deja de ser, a la vez interesante, a la vez estresante, esta historia corta sobre tres historias enlazadas por los desastres de la actualidad.

Un profesor universitario, dos de sus estudiantes ahora en la línea de acción en Afganistán, una veterana periodista y un joven senador republicano sirven de ingredientes para contar una historia que no repetiré aquí sino que invito a los lectores a apreciar en las oscuridades siempre acogedoras de una sala de cine. La premisa, sin embargo, es simple: los Estados Unidos de América está metido de cabeza en un mierdero del que no se va a salir fácilmente, y cuya resolución, ahora o en un futuro a quince o veinte años, significará la perdida de millones de vidas.

Volviendo al primer párrafo, no es esta una historia más de ficción; es Bob Redford lanzando una proclama al mundo, y especialmente a sus compatriotas: esta guerra es un error. Uno grave.

Mientras los halcones en el Washington y el Pentágono siguen trazando estrategias de corto, mediano y largo alcance, tropas —y civiles— caen día a día en Afganistán e Irak. Diríamos aquí que el problema es de estos estrategas, o del personal de Inteligencia, pero no, el problema es que hay más intereses comerciales que deseos de paz y progreso para las naciones atacadas. El problema es que de nada sirve eliminar a ocho afganos de Al-Queda con un golpe dado por rangers o royal marines, si terminada la batalla se deja el campo, sus víctimas, el fuego, los destrozos, la sangre, y se olvida. Mientras los hombres del batallón o el regimiento son engalanados con medallas, y pasan su fin de semana en una barbacoa con sus vecinos, allá en el otro mundo, fuera de las fronteras del Imperio Occidental, los talibanes regresarán al campo donde unos días atrás fueron derrotados; levantarán de nuevo sus tiendas tendrán de nuevo a las poblaciones a su merced. Igual que en Vietnam, se ataca una aldea, Charlie huye a las montañas, o a sus agujeros, el CO —oficial al mando— dice: vencimos, y se retiran; entonces Charlie regresa, pero esta vez es más fuerte.

Igual que Vietnam, igual.

Pero si quieren seguir jugando a esto de la Historia repitiéndose una y otra y otra vez, observen:

Ciento treinta años atrás el Imperio Británico luchaba contra la Rusia zarista por Afganistán. Rudyard Kipling lo llamó “El Gran Juego”: el control de este país de posición estratégica; el control sobre la antiguamente llamada “Ruta de la Seda”, el camino a Asia. Hace treinta años los Estados Unidos y la Unión Soviética combatían en una versión moderna de este juego, igualmente por este corredor, y por el petróleo. Ahora una nueva guerra, ¿el objetivo?: tender un oleoducto que conecte a Asía y a los puertos mediterráneos bajo control Americano y Europeo.

Lo tengo claro, es simple, pero tengo una pregunta ¿quién es el contendor esta vez? No es Rusia, que hace tratos con todos ahora. No es China. No es Corea del Norte. ¿Quién? Esto es lo único que no me deja dormir, señoras y señores. Al principio de Flores Para Irma Leonardo está leyendo El agente secreto de Joseph Conrad, y la razón es una: siempre el terrorismo está sustentado por un poder más grande que el de los ejecutores; ahí hay un simbolismo bastante claro. Durante años los soviets armaron y entrenaron a los terroristas árabes; hoy hay un nuevo poder en ese papel. Hay alguien detrás de Bin Laden, ¿pero quién? Carteles de la droga, posible: Afganistán compite con Colombia en exportación de narcóticos, y creo que los colombianos conocemos bien las consecuencias de tal situación. Irán, tal vez: son la única potencia independiente que queda en esa parte del mundo.

Pero la respuesta podría ser más aterradora: la existencia de un tercer poder, alguien más independiente, más rico y más malparido, que no le importan las víctimas; sólo ver su fortuna elevarse como el humo de su cigarrillo mientras mira las arenas de desierto desde su palacio real. O las calles húmedas de lluvia desde su oficina en el corazón de Europa. O tal vez, sólo tal vez, desde las ventanas opacas y gruesas del 1600 de la Avenida Pensilvania.

Creo que si quedan héroes de verdad en este planeta, periodistas o espías, deberían encontrar una respuesta.

viernes, 9 de noviembre de 2007

Nuevo capítulo de Flores Para Irma publicado. A medida en que avanzo en la redacción de este cuento de espionaje, me doy cuenta, con temor en alza, que la trama se ha venido a extender demasiado. Dirán algunos que tras 26 capítulos no se ha llegado a ningún lado. Bueno, pido de nuevo paciencia para que pueda terminar de redactarla, para poder ponerme en la labor de corrección y ajustes.

Pido, una vez más, tolerancia. Y gracias.

jueves, 1 de noviembre de 2007

Be or not to be

Ante la avalancha de nuevos narradores en el paisaje “literario” —aunque este adjetivo no estoy seguro si aplica—, me surgen toda una serie de preguntas acerca de qué de bueno, y qué de malo puede tener el hecho de ser, esta nación, una fábrica de escritores.

La primera consecuencia es felizmente positiva: por cada centenar de audaces jóvenes, y veteranos aún enérgicos, que se lanzan al ruedo de la escritura, en prosa o verso, saldrá uno, o acaso dos, buenos, excelentes irrepetibles incluso clásicos autores cuyo trabajo será un regalo, un valioso obsequio, para las generaciones futuras. Y este principio, no del todo matemático, se basa en el concepto del espermatozoide y de cierto chiste feminista que asegura que de tantos millones de hombres sólo uno sirve.

Lo negativo serían aquellas toneladas de papel desperdiciadas en productos de temporada, novelas sin más valor que aquel que está anotado a un margen de la primera hoja con el signo pesos, que comentaristas de libros en revistas y periódicos nos dirán que constituyen “una buena compra, una novela magistral, que no se puede hacer a un lado”.

Y cuando uno está parado en la librería con esa pieza tan recomendada entre manos, y fija su atención en el perfil del escritor, este por lo general joven y cuyos ojos nos recuerdan a alguien por ahí visto como columnista o periodista, se pregunta uno ¿qué obliga a esta gente a escribir?

Olvidémonos de las respuestas acartonadas que se suelen relacionar con el mágico mundo de la inspiración. A lo que voy es lo siguiente: por qué ciertos periodistas —y otros que no lo son, pero sobre todo comunicadores sociales— creen que por el hecho de trabajar con palabras ya están obligados a poner por escrito algún cuento inverosímil o sus propias tragedias familiares, creyendo que a todo el mundo le importan, y asegurando que aquello es, lisa y llanamente, Literatura —ARTE—.

Ser o no ser, como la vieja fórmula shakesperiana; se es periodista, o se es escritor. Este último vive en otro planeta. ¿Recuerdan al sapo del salón y al tonto que vivía englobado mirando por la ventana? Bueno, el primero se hace periodista, el segundo escritor. Ser o no ser. Hace unos meses me encontré una muy poco interesante entrevista con un jornalista británico, del The Guardian, creo, que a petición de un editor rico se puso un pseudónimo —como algunos heterosexuales se ponen un antifaz en una fiesta gay— y redactó un libraco sobre conspiraciones religiosas, al conocido estilo de Dan Brown. Y en esta semana —o la anterior, ¿qué importa ya?— me topo con un jovencito colaborador de una revista que ha sacado al mercado colombiano su primera novela. Tras leer una muestra de su trabajo sólo pude opinar que había mucho de Efraim Medina Reyes en su estilo narrativo. Recibí una lluvia de piedras por mi opinión, claro, pero no dejo de creer que el estilo de mi maestro cartagenero da pie para que muchos redactores crean que pueden hacerse famosos poniendo sus aventuras personales con esa acústica desgarradora que tienen los textos de Medina Reyes.

Uno escribe, y punto, si tiene la vocación. Hacerlo por dinero, o fama, o porque le divierte y tiene un amigo por ahí que lo puede imprimir y ponerlo en la vitrina de la librería, no me parece ético. ¿Quién soy yo, no obstante, para juzgar a ese joven, o a aquella actriz que publicó el año pasado un desastroso libro de cuentos, para juzgar a los que se lanzan a publicar sin haber hecho escuela alguna, o tener ese espacio en el corazón que sólo se puede llenar contando historias? PUES NADIE.

Pero para eso existen los blogs, ¿no?

jueves, 25 de octubre de 2007

Leves Acercamientos

Pregunta el periodista avezado: ¿cuáles han sido sus acercamientos a la prosa romántica? Mi respuesta, tras una breve pausa de reordenamiento de frases, es la siguiente: he estado tan cerca de ello como lo está cualquier persona de la muerte. Es claro que la muerte es un hecho diario y cotidiano: todos los días muere alguien, o algún pariente ha fallecido, o es la protagonista en periódicos y noticieros; pero es obvio que no ha sido parte fundamental de nuestra vida, por que quien experimenta la muerte ya no experimentará nada más.

Utilizo esa lógica de charla entre borrachos para fijar mi distancia con el campo de los sentimientos amorosos en la literatura. No soy tan necio como para no considerarlo algo importante, ya que el amor ha sido fuente inagotable de historias y pilar de las artes. De todas las artes.

Pero jamás me he centrado en ello y eso se debe quizá a dos razones: la primera tiene que ver con la falta de experiencia en el tema. No es este el lugar en el que deba discutir mis dramas particulares, pero a diferencia de otros asuntos que he puesto por escritos en tramas de ficción, el amor verdadero ha sido para mí algo tan lejano como la guerra misma. La segunda razón es que si bien —y ya lo he dicho atrás— el amor es un componente importante de la inspiración, es a la vez un tópico tan manido que su uso debería estar restringido a aquellos con la inspiración suficiente para decir algo nuevo sobre el tema.

Es decir, ¿acaso hay algún libretista de telenovela que se haya planteado poner en marcha un proyecto cuya historia no se centre en un amor imposible que alcanza al final el tan anhelado altar? Sí, estoy seguro de que sí, y que la verdadera pregunta debería ser si ha habido alguien con los cojones para sacar dicho proyecto al aire.

Creo que no, mas no podría jurarlo. Sólo tengo 24 años y mala memoria. Sin embargo, como mi objeto es alejarme del canon colombiano, siempre procuro construir historias a partir de ideales archiconocidos, que por la misma universalidad de los mismos no deben ser obviados. Libertad, igualdad, fraternidad y la búsqueda de la felicidad.

Tanto en la saga Risk como en las novelas que he escrito acerca del agente secreto Leo Katz, el amor se presenta como un formulismo inherente a la interacción de los seres humanos; y si puede hacerse a un lado, mejor. La vida no es un culebrón mexicano de esos donde fulanito y fulanita se topan en una granja y se enamoran hasta que la muerte los separa; cientos de divorcios al día en todo el mundo corroboran mi afirmación. Muchos se casan por hacerle el quite a la soledad, o por que creen que ese deseo profundo inspirado por ese o ese otro es amor; ciertamente es algo agradable de contar pero muy poco realista.

El mundo en que vivimos es imperfecto, hecho en tonos de gris. Las artes nos enseñan un mundo a color, donde los buenos ganan y el sentimiento afectivo más grande es siempre correspondido. No obstante mi trabajo se centra en los matices de ese gris mundo en que vivo; por eso Leo Katz, el agente secreto que siempre cumple su misión, nunca podrá atrapar a Erica Cruz. Como ven, escribo sobre un puente tendido sobre el abismo, entre mis realidades y las fantasías de todos.

viernes, 5 de octubre de 2007

Ni tan ficción

Ante una guerra a gran escala, la primera necesidad de sus gestores será poder justificar sus actos ante los ojos del mundo. Así como tropas de las SS vestidas con uniformes polacos atacaron una guarnición alemana cercana a la frontera, permitiéndole así a Hitler declararle la guerra a Polonia, los republicanos buscan en sus despachos los recursos legales para lanzar al Ejército americano a una guerra con Irán.

Ahora la premisa es simple: Irán está detrás de todos los ataques contra las tropas de la Coalición en Irak. Y todos dicen: ¿será cierto? Oh, presidente Bush, hemos visto tantas mentiras...

La cuestión no es simple. Según varios observadores internacionales el objetivo de Ahmadinejad, el presidente de Irán, es elevar a su país a la categoría de única potencia en Medio Oriente, y él como primer soldado del Islam. Para esto no sólo se están armando de una espada nuclear sino que sus agentes están agitando todo el hemisferio. Esto en palabras de la CIA que señala en sus informes la infiltración de iraníes para entrenar a los shiitas al sur de Irak en tácticas de sabotaje y terrorismo.

¿Por qué a los shiitas? Pues por que el enemigo de mi enemigo es mi amigo, y los shiitas fueron los más castigados por sunitas de Hussein, muchos de los cuales ahora tienen importantes plazas en el poder bajo el bastón de mando de los Estados Unidos.

La pregunta, y regreso al inicio es: ¿no era Al-Queda el responsable por las muertes de los americanos en Irak? Si Teherán está entrenando a los que ponen los carros bomba, ¿dónde quedan Bin Laden y sus matones? Y si los halcones del Fondo Brumoso logran demostrar una relación entre "La Base" del señor Osama y los servicios secretos del señor Mahmoud Ahmadinejad, ¿habrá una guerra? Sobre el recuerdo de miles de estadounidenses, británicos y, sobre todo, iraquíes inocentes muertos, espero que no.

Mientras continúo redactando Flores Para Irma los informes de inteligencia se filtran a la opinión mundial y presentan aterradores cuadros.


Los hombres grises de Langley aseguran también que, de desatarse la guerra entre los EUA y los iraníes, la estrategia de contraataque sería la de los ataques terroristas de ambos lados de su frontera: Irak y Afganistán, como posiblemente Pakistán, nación que ya tiene bastantes problemas y cuyo presidente no es precisamente un hombre recto. Y van más allá: Hezzbolah podría lanzar una oleada de terror, no sólo en las naciones aliadas de Estados Unidos sino en todo el Imperio Occidental.

En Flores Para Irma, el objetivo de la CIA es precisamente el enlace entre Al-Queda y los círculos intelectuales musulmanes más extremistas de Irán. De por medio hay también un vendedor de armas que provee a Hezzbolah de todo lo que necesita para ejecutar sus ataques, y una célula de terroristas marxistas -el MEK- que, se sabe, trabaja en la actualidad para los británicos y los americanos. Un profesor de literatura que ha tenido el tiempo de leer el plan general de la novela me dice que estoy elaborando un laberinto innecesario. Tal vez, pero ¡hey! Lean el reportaje de Seymour M. Hersh "Shifting Targets" en el último número de la New Yorker; se darán cuenta que vivimos en un planeta muy enredado.

jueves, 20 de septiembre de 2007

Órdenes y Contraórdenes.

Finalmente he podido publicar el capítulo 24 de Flores Para Irma; aunque su presentación no me halague mucho: los párrafos aparecen pegados, no llevan el tipo de letra que deseo, su lectura se presenta difícil y las palabras en bastardilla han quedado en redondas. Todo un caos. Un caos del que acuso a Blogger por hacer plantillas de creación de entradas tan rígidas.

A parte de mis problemas con la red debo comentarles sobre mis problemas con la redacción de Flores... Y es que esta novela ha sido urdida mediante una serie de escenas clave, algunas muy evidentes y otras que tal vez pacen desapercibidas. Entre uno y otro pilar voy tendiendo puentes con la esperanza de que el último de estos alcance un final digno de un elogioso gesto en los labios del lector.

Elaborar estos puentes puede ser bastante tedioso: escribes sobre algo que no crees y debes tratar de vendérselo a un lector cuidadoso que, con un toque de su varita mágica, se transformará en crítico literario, y como león de acto de mago saltará para hacerme pedazos.

Ciertamente no soy físicamente capaz de escribir algo si no soy estoy en paz; pero hay días en que uno debe hacer sacrificios. Como en estos días anteriores en los que me vi a rastras por sacar adelante un capítulo tan, pero tan, pero tan aburrido. Pido disculpas, es sólo un puente que pretende llevar al lector hasta esa parte vital de la historia. Ya escucho el hacha del verdugo: cada fragmento del texto debe ser de igual valor. ¡Pues no! Es difícil escribir bien de tiempo completo, maldita sea, ustedes que no son escritores no pueden saberlo y los que lo son pues no han tenido que toparse con algo como Flores Para Irma: estoy armando esta novela a pedazos.

La defensa descansa, su señoría.

lunes, 17 de septiembre de 2007

Radiografía de una infidelidad

Hay ciertas cosas que no entiendo del comportamiento humano, una ellas, el matrimonio. ¿Por qué la gente se casa? Motivos sociales, dirán unos. Motivos legales afirmarán otros. Ciertamente una tercera posible respuesta no puede se amor, o acaso, ¿es que no se puede amar a alguien sin un contrato de por medio? Sabemos que le humano necesita alimentar sus días con ceremonias, por eso hace celebraciones en aniversarios y le dedica días específicos a determinados aspectos de su vida; y desde este punto de vista podemos entender el por qué de una boda, pero no su ideal clásico: amor eterno, lo cual, según han probado los científicos no existe.

La gente se enamora y hace estupideces. Deben comprenderlo: el contacto con determinada persona del sexo opuesto causa una reacción en el cerebro debido a cierta sustancia llamada fenilatilamina —no estoy seguro de que se escriba en esta forma, por favor rectifíquenme si estoy errado—. Esto puede desencadenar cosas buenas y malas: asesinatos pasionales, descuartizamientos producto de los celos, suicidios, hijos, compañía el resto de nuestras vidas, felicidad, una gran familia, momentos placenteros… la lista tiene un fin lejano. Pero creo que entre la lista de cosas malas debemos señalar el matrimonio como una acción irracional que sólo se mantiene vigente de manos de la iglesia y el sistema jurídico.

Pero ya hechos los juramentos, servida la champaña, devorado el pastel y expulsado a los invitados a la recepción, es hora de ver si este montaje fabricado por un impulso animal servirá para algo. Si existirá ese idilio eterno entre hombre y mujer que supere la barrera de los años, la rutina, la pesadez de la vida doméstica y, sobre todo, la tentación de la fuga en manos de un tercero. Una descripción muy detallada del salto sobre aquel natural escollo matrimonial es lo que se puede leer en La mujer de mi hermano, del peruano Jaime Bayly.

Por mucho tiempo estuve alejado de este periodista y escritor que nunca ha sido respetado por los círculos intelectuales, quizá por sus entrevistas ligeras, quizá por fotogénico, quizá por bisexual. Pero finalmente decidí mandar al carajo las advertencias de los cultos y me sumergí en la que es probablemente la novela más famosa de este sujeto.

Tres personajes, el clásico triángulo; el problema que nos impone la trama, como para que no dejemos de leer, es que entre ese tercero que rompe la seguridad familiar que se tiene por absoluta en este matrimonio de clase alta es nada más ni nada menos que el hermano, el cuñado. La tormenta, además, se presenta clara desde el principio: no hay necesidad de ir escondiendo pistas como en una trama policíaca, maña asquerosa que tienen muchos prosistas actuales. Todo está dispuesto muy, muy, muy claro desde la primera línea “Creo que mi mujer se está acostando con mi hermano, piensa Ignacio” y desde ese instante creemos saberlo todo, alimentados como estamos por Flaubert y docenas de telenovelas reales y televisadas.

Creo que cuando pasé de la quinta página me di cuenta de algo —perdonen mi idiotez, no soy Sherlock Holmes— todo el texto está en tiempo presente. ¿Qué tiene de raro? Nada idiotas, es sólo que la gente suele escribir en pasado; pero hay algo más: la crudeza propia que le imprime este ritmo desapasionado. Nunca nos pondremos totalmente del lado de nadie, y cada vez que nos inclinemos a sentir una pizca de compasión sobre uno de los personajes estos hacen algo o piensan algo que nos hacen odiarlos.

Me gusta este tipo de narrativa sin términos absolutos. No hay buenos, no hay malos, hay gente que vive y sigue adelante en su vida. Pero, tengo que decirlo, esta novela sufre de ciertas debilidades, como diálogos sumamente telenovelescos y tres personajes principales tan acartonados y planos como siluetas publicitarias a escala. Un final, además, de caída y redención, que parece la Solución Final de un libretista de culebrón en problemas; un deux ex machina, si se quiere. Y es que me da la ligera impresión —espero estar equivocado, muy equivocado— de que un oscuro tipejo saltó de entre las tinieblas burocráticas de alguna editorial y encañonó a Bayly ordenándole que terminase la redacción de La mujer de mi hermano, así apenas fuera en la mitad del rollo.

Por lo demás este resulta un viaje entretenido a las etapas conocidas del arte de la infidelidad, desde el surgimiento del hastío natural que emerge de toda relación entre dos seres terrícolas, pasando por la explosiva y placentera fuga de los cuerpos que huyen de la rutina mediante una entrega pasional, hasta la derrota del idealismo bajo las botas de hierro de la comodidad de lo que se tiene por seguro.

Pese a sus críticos, creo que al menos Jaime Bayly pretende relatar realidades sin mayores pretensiones, y eso, en este comienzo de siglo, es mejor que esa legión de escritorzuelos que alimentan las imprentas con teorías de conspiración. Sí, ya sé que estoy repitiendo lo mismo que antes, pero debo ser enfático: los escritores deben ser sinceros, reproducir lo que ven, como lo hacían los impresionistas y darle la belleza que requiere todo ello que llamamos arte. A esta novela de la que les hablo le falta sí mucha de esta gracia estética, pero la salva el hecho de ser una crónica novelada de una realidad siempre presente, lo que la lleva a ser una lectura imperecedera; otro rasgo de la literatura verdadera.

lunes, 3 de septiembre de 2007

Todo es nada y lo contrario

En menos de cien horas di cuenta de uno de los mejores textos acerca de historia y de la razón con que me haya topado en esta vida: La puta de Babilonia, de Fernando Vallejo, grande en latinoamérica, más grande aún en Colombia, donde pocos lo superan.

Vallejo, siempre odiado en su ex-patria (ahora es mexicano puro), en parte por ateo, en parte por homosexual, en parte por decir verdades de a puño, es recordado entre los lectores nacionales más que todo por La virgen de los sicarios, El desbarrancadero y otros títulos de ribetes autobiográficos que nunca apuntan hacia temas generales de la especie humana, sino a sus problemas personales.

Yo, que nunca he leído nada de él antes, siempre le tuve en gran estima ante todo por ser un maestro de la gramática y una persona culta comprometida con su idioma. En SoHo y otras publicaciones ha dejado textos memorables que serán vendidos en conjunto y por un precio asquerosamente alto cuando este paisa muera. Espero que eso pase por ahí en unos doscientos años.

En un post anterior dejé en claro que si alguien quiere escribir algo bueno tiene que hacerlo acerca de algo que conoce; pero que si quiere escribir algo muy bueno debe ser sobre algo que odie con todas sus fuerzas. La puta de Babilonia es un gran ejemplo de mi teoría. Vallejo odia a la iglesia católica, desprecia a la religión, y no puede sentir más que asco por sus jefes encapotados del Vaticano. En su último libro decidió, como lo deja claro al comienzo, cobrarle a este enemigo todas las que le ha hecho, y comienza ahí un texto ejemplarmente escrito, irónico, ácido, fuerte, crudo, gracioso, serio, muy profundo, e incluso doloroso.

Aquí los ateos tenemos un texto de consulta directo para ver los crímenes varios del cristianismo y el islam. Es este texto una especie de Archipiélago gulag contra la iglesia católica: uno por uno sus jerárcas y jefes locales son expuestos con sus crímenes y su guerra sin fin contra la libertad y la diferencia. Quizá su uso de procacidades se pasa, y una buena parte de su acusación se basan en los extremismos de la religión. Pero al alcanzar la última página supe que había devorado un gran texto, un recuento de las demencias y atrocidades del poder absoluto contra la especie humana hecho con la seriedad de cualquier arquélogo moderno.

Mi teoría de la vida siempre ha sido la misma: nada es absoluto, ni siquiera el mal de la iglesia, a quien ante todo critico su empecinamiento en manejar la imágen pública de un ser, que de existir, es más grande que todo un universo infinito, y eso ya es mucho. Tampoco puedo dejar mi habito asqueroso de comer carne de animal; lo siento hermano Fernando, me gusta tanto el pollo frito y las hamburguesas que ni todas tus teorías me harán cambiar.

Nada es absoluto, ni siquiera el supuesto control total que le dio Dios al hombre: este planeta NO es nuestro, nunca lo será; sólo estamos aquí de paso. El concepto de un ser superior a todo el cosmos sólo tiene unos miles de años en un Universo que ya era viejo cuando se crearon los primeros sistemas de vida complejos. Por tanto dentro de la Historia de la tierra ese Dios que supuestamente creó al primer hombre seis días después de crear al sol no es más que una idea pasajera.

Así es que nada es absolutamente cierto, ni siquiera la idea que tiene Vallejo acerca de un mim llamado Ser Supremo que le sigue dando esperanza y paz a millones de homo sapiens, incluídos los vegetarianos.

martes, 28 de agosto de 2007

Madame Poetry

Estoy casado con la narrativa de ficción. No me entristece mi situación actual, tampoco me llena de dicha inflamada que me expanda el pecho como un globo y me ponga a girar en mi cuarto mientras escucho a Vivaldi. Es un matrimonio plácido, previsible y tiene la calidez que dan los años y el estar acostumbrado al mismo trato por parte de nuestra pareja. Si quisiera aventuras me haría cronista independiente. Pero detesto demasiado la realidad, mea culpa.

Otra cosa que estoy seguro no voy a hacer —aunque nunca se sabe; mañana podría ganarme la lotería o perder la razón— sería involucrarme con la poesía. Se los juro: no.

Mi hermano me la presentó hace unos años: elegantísima y de formas seductoras. Esa mañana lluviosa me leyó algunos fragmentos de poemas de José Emilio Pacheco, mexicano, ensayista, crítico literario, poeta, narrador, un genio. Digamos que me mostraron una de las mejores caras de aquella diosa de profundidades cavernosas.

Intenté un acercamiento y luego salí huyendo. No, no podía meterme en un cuarto a ser sometido a las cadenas de la métrica y recibir los latigazos de la crítica que nunca sabe qué es buena poesía. Alguien escribe cuatro pendejadas en un diario y es un genio; otro hace una labor notable y todos lo desprecian. A algunos les gusta la sensación de estar de rodillas lamiendo las botas de esta dominatriz, esta princesa de las tinieblas con su atuendo de acrílico negro; se ve explosiva, sexy, y sé que muchos creen que será fácil dominarla y poseerla; lo intentan y terminan haciendo el ridículo en cuatro patas, especialmente en Colombia, donde, desde los presidentes, pasando por sus amantes, hasta los indigentes se juran poetas.

Lo siento, preciosa, amo demasiado mi libertad y a mi bella y sencilla esposa llamada ficción en prosa. No será tan exótica y lujuriosa como tú, pero con ella no tengo horarios, ni reglas que me digan de cuántas sílabas tiene que tener una oración, o si rima la primera y la tercera estrofa, o la segunda. Sufrir y exhibirse sólo puede divertir a los fanáticos del sado, pero yo, señores del jurado, soy un poco zanahorio y prefiero los campos abiertos llenos de historias a las oscuridades de las celdas monacales donde reinan siempre los mismos temas: amor, muerte, sexo y vacíos de diversas índoles.

No obstante, como marido que se respete, no dejaré de ver a Madame, aunque sea a la distancia: seguiré leyendo a José Asunción Silva, a J. E. Pacheco, a Bolaño, a Neruda y a los otros que me encuentre y que sean lo suficientemente buenos como para satisfacer mi apetito de oscuras bellezas.

martes, 21 de agosto de 2007

Inspiración

Hablemos sobre la inspiración. No la ejerce ningún músculo en especial. No proviene de glándula alguna que podamos señalar en un esquema del cuerpo humano. Sabemos que proviene del cerebro, como todo lo demás, pero de ahí también vienen los sueños y los odios enfáticos que nos corroen los días; así que olvidémonos de la materia y centrémonos en la psique.

Los poetas y algunos escritores nada originales mencionan a la musa. ¿Qué diablos es la musa? No lo sé. Supongo que es algo que flota sobre los artistas mediocres y que les dispara ideas, o simplemente se las dicta, como lo hacen los poderosos a sus secretarios en sus lóbregos despachos. “Querido hijo Mijail: olvídate de la herencia; no verás un solo rublo.” Al secretario poco le importan las peleas entre el camarada Dalmatov y su hijo rebelde que voló tras una trapecista para unirse al circo Korniapev; sólo imprime la desazón de aquel padre en una o dos hojas, la pasa a limpio y la envía hasta la aldea de gitanos donde Mijail y Kalinka retozan alegremente. Hecha la encomienda se olvida del asunto.

Debo agregar, en honor a la verdad, que grandes obras maestras fueron gestadas de este modo tan burocrático.

Mi caso es distinto, sin embargo. Creo que no he inventado nada de lo que he escrito. No soy tampoco un reportero que toma eventos sencillos de la realidad para entretener a la masa ávida de lecturas con largos cuentos en clave de no-ficción. Pero venir a decir que un ángel me ha sugerido contarle al mundo tal o cual cosa me parece tan corrido que se sale del mapa. Y si así fuera, si tal cosa pudiera pasar y los escritores no fuéramos otra cosa que cronistas de un mundo invisible ¿en dónde estaría la gloria? ¿Qué maravilla envolvería al escritor? Ninguna. Sólo seríamos otra forma de control.

Pero no es así; yo lo sé. Señalemos a un tipo como el buen camarada Vladimir Nabokov. Escribió la que yo considero la novela total acerca del anhelo hecho pedazos. Lolita no podría ser más creíble ni real si la hubiésemos leído como crónica en The New Yorker. No pasó, y Vlad estuvo siempre lejos de ser un profesor atravesado con una obsesión clínica por el fantasma reencarnado de su fallecido primer amor. No obstante, y pese a que lo redactó entre un hospital de París y su apacible casa en Estados Unidos, este relato en primera persona es tan doloroso y crudo que quien tenga la sensibilidad debida lo sentirá en el fondo del pecho hasta la última línea.

Pero dejemos eso a un lado por ahora. Mi punto es el siguiente: el escritor ve y luego escribe. Bueno, ve, siente, prueba, escucha, sintetiza todo, selecciona lo necesario para aplicarlo al lienzo del tema que quiere tratar, selecciona el fondo apropiado y luego pinta… ¡digo! Escribe.

No se me ocurre nada más por ahora. Son las dos de la mañana… la musa duerme.

martes, 31 de julio de 2007

A punta de palabras

¿Qué tan difícil puede ser la redacción de un texto autobiográfico de características literarias? Lo ignoro, jamás me he puesto en tal tarea. Muchos en la vida diaria se enfrentan al reto de remover recuerdos y plasmarlos por escrito; así también, muchos escritores al cruzar la cumbre de sus carreras, e iniciar el descenso hacia la extinción, se ponen como meta poner en uno o varios tomos la historia de sus vidas. Un último apunte antes de ir al grano: creo que hay que estar muy pagado de uno mismo para creer que la vida de uno tenga que ser expuesta en todas las librerías y almacenes de cadena, así uno haya ganado el novel.
No más por ahora su señoría.

Uno de los retos más grandes que tiene el escritor, es el de crear un ambiente verosímil a la historia que pretende contar. A menos que se sea un cretino redomado, el escritor tendrá que creer realmente en lo que está escribiendo, deberá sentir que es absolutamente cierto; acto similar se realiza cuando le contamos una mentira estructurada a un conocido: primero tomamos como escenario el mundo que conocemos, laboral, familiar, local, y le vamos añadiendo personajes y acciones fabricadas en nuestra mente.
Como puede verse, la realidad — nuestra realidad— termina siendo el molde del mundo ficticio de la novela. Hay autores, claro, que toman pasajes completos de su juventud, su niñez, o toda su vida, cambian nombres reales por otros más sonoros; emplean la edición y la autocensura, aplican escenas emotivas o brillantes que ya hubiesen deseado vivir, y luego sólo le deben poner título. La obra de Joseph Conrad es un buen ejemplo de lo que quiero decir.

Otros preferimos tomar ese molde y crear un mundo hasta sus últimos detalles. El sentimiento que nos llega de estar tocando una realidad increíble, cosa que cada día es más difícil de encontrar, me recorrió las sinapsis de mi cabeza durante la lectura de Cosas que hacen Bum de Kiko Amat.
Cultura pop, acido y soul, son los ingredientes que suelen tomar los críticos literarios en referencia a la segunda novela de este español. Yo puedo reducirlo a una palabra: vida. ¿De qué diablos puede escribir un tipo, o una vieja, que han pasado cuarenta años de su vida entre libros? Obvio, una historia fantástica hecha de un salpicón de anécdotas leídas entre clásicos y bestsellers. Se vendería bien y se lo darían de tragar a todos los niños, o jóvenes, o atareados ejecutivos que se sienten un tanto más cultos cada semana al leer la lista de los libros más vendidos del New York Times. Bueno, el mercado lo forman los editores.

Otra cosa sucede con las narraciones que están llenas de excreciones corporales y pensamientos escurridos en medio del dolor crónico de una ruptura o la soledad. A estos autores, muchas veces llamados ‘malditos’, no se les devora, como a Stephen King o a Tom Clancy, sino que se les siente; buscamos una vena y sentimos la aguja de sus palabras hendirse entre la carne llenando nuestro torrente con sucesos crudos. Cuando la sangre se nos agolpa en el cerebro tenemos una revelación, y pueden pasar treinta años de que hayamos dado cuenta de la última página de esta historia, pero las llagas que dejó su paso por nuestro cuerpo serían aún visibles al desnudarnos ante el espejo.

A un comentario que hice hace unos meses en el blog de Efraín Medina Reyes, mi maestro respondió la clave de todo esto: vivir es el nombre del juego, la esencia única y absoluta de la verdadera literatura. Por ahí descubrí que es esa mi mayor falla: no he vivido nada. Me he pasado los últimos 24 años encerrado en una burbuja; siendo alimentado intravenosamente de televisión, diarios, revistas, libros buenos, malos y ahora la Internet. Todo lo que sé del amor y de la muerte lo sé por lo que me escuchado de boca de los seres virtuales engendrados por los libretistas de novelas y películas. Mi conocimiento es prestado; frutos recogidos en un mundo de sueños.

Triste, pensarán. Pero de haber tenido una vida más emocionante, ¿dónde estaría ahora? Preso, o loco, o muerto, o casado, o hundido en la depresión entre el rincón más oscuro de una pieza alquilada en un sector de putas. De una manera u otra, no sería escritor. Coca Cola, comics, Misión Imposible, Nintendo, algunas canciones, el colegio en menor grado, horas de silencios y paseos de horas con el estómago vacío, eso me ha hecho lo que soy y lo que puedo escribir. Pero por encima de todo lo que en un esfuerzo podría enumerar, está el hecho de no haber dejado de ser un niño imaginativo.

Cuando la vida de un escritor se transforma en el interior de un cubo gris sin salidas, sólo queda una opción: cerrar los ojos, concentrarse, soñar una ventana hasta el último de sus detalles… y salir por ella hacia el vacío donde todo es posible.

sábado, 28 de julio de 2007

Acerca de...

Como pueden ver, he cambiado la imágen de la hermosa Remington roja por un portatil compaq. ¿La razón? desde hace unos días vengo trabajando de tiempo completo en una nueva F500 Presario. Mi vieja Remington ha quedado relegada al olvido y pronto será arrojada al vacío del mercado de las pulgas.

lunes, 16 de julio de 2007

Retrato Minimalista.

Si hay un punto al que quiero llegar como escritor, es decir, el nivel que espero alcanzar algún día, será el de tener la capacidad de poder narrar mis historias mediante cuadros minimalistas. Donde unas pocas frases, ensambladas con las palabras precisas, puedan describir todo un mundo sin fisuras o sombras que denoten falta de conocimiento, o de imaginación.

De hecho hoy en día me es dificil encontrar novelas o cuentos con estas características. La mayoría de los escritores actuales siguen como pauta la creación de textos carentes de toda belleza, u optan por una prosa tan almibarada como no se veía desde los tiempos de Goethe. En fin.
Entre tanta cosa mala por ahí tirada en las estanterías, tuve la suerte de hallar una novela sin mayor fortuna, de la que nunca había escuchado nada: Sarah, de J.T Leroy.

El relato en primera persona de las experiencias de un travesti aterradoramente joven en una parada de camioneros en el Sur de Estados Unidos. Y si creen que al adentrarse en sus páginas se darán de frente con uno de esos cuentos manidos, llenos de lugares comunes a los que son tan afectos los periodistas, se equivocan. El mundo, el universo casi irreal en el que viven -al menos dentro del relato- estos shemales de carretera, está expresado en párrafos límpios, excentos de tanto giro idiomático, libres de sofismas poéticos y otros tantos recursos muy en boga en los tiempos que corren.

De su protagonista, Cherry Vainilla, poco se sabe durante la novela y casi nada se llega a saber cuando esta alcanza su final. Sólo tenemos una especie de anécdota, sobre una fuga y un retorno -o mejor, un rescate- en el que este chico busca superar la fama de su madre, Sarah, la prostituta más reconocida de aquella parada.

Desde la descripción del entorno, pasando por la radiografía de esos hombres solitarios, jinetes de esos enormes trailers, hasta las expresiones comunes y los agüeros tradicionales del sur de una nación que muchos creen no tiene cultura propia, quien recorra sus párrafos uno a uno terminará aceptando esta visión, cruda e inocente a la vez, del mundo.
Pero lo mejor, en mi opinión de mal lector, es la aparente sencillez de la prosa de Leroy; la novela se lee, como se dice ahora, de un tirón; la sensación de hundirse en la historia es la misma de sumergirse en diáfana agua tibia, pero aquí no han habido sacrificios estéticos, ni elipsis torpes que limen lo escencial. Con cuatro pinceladas nos sitúa el autor en este lugar en medio de la nada, dibuja a sus personajes y recrea, desde un clásico restaurante de carretera hasta el bar donde habita un animal fantástico -el jackalope- que se ha transformado en un lugar de peregrinación para todas las putas del área.

Este paseo no está dividido en capítulos; cuando pasamos la última página quedamos en el mismo lugar del principio. No hay moraleja, ni fin justiciero, tampoco cierre heróico ni ejemplarizante; sólo se nos ha mostrado el friso de un mundo que muchos ignoran, inconciente o voluntariamente, un lugar con sus propias reglas y sus propias divinidades.

domingo, 1 de julio de 2007

Ante el señor K.

Tras la lectura de El Castillo, de Franz Kafka, una nueva antorcha me ilumina una esquina, no vista hasta entonces, de lo que debe ser la literatura: una gran verdad -o tema- expresado en clave de ficción.

Múltiples estudiosos se han abocado a la obra del señor K. -se les suele llamar exegetas- y trabajan día y noche presentando teorías de todas clases acerca de cada elemento, punto y coma en los textos de Franz. En resolución, trabajos como El Castillo, El Proceso, y narraciones como La Transformación —-mejor conocida como La Metamorfosis— son literatura pura y dura, muy admirada, incluso por tipos como J. L. Borges y G. G. Márquez. Y para mí, la lectura de esta novela sin fin —en el peor de los sentidos que es que la narración quede colgando de una frase sin terminar— ha sido la inmersión en el campo de la literatura de ideas, tan despreciada por mi maestro Nabokov.

Todos conocemos al monstruo que acecha a K: la burocracia. Y en este sentido su cuento Ante la ley representa de la mejor manera este sistema aborrecible que convierte a los hombres en números, o en pelotas que son pateadas de una oficina a otra, como le sucede al agrimensor K. en sus correrías por adquirir un empleo, aunque sea de bedel de escuela.

Creo que cualquier colombiano entiende esto bien.

A otro pensamiento que llego al alcanzar las últimas páginas de esta novela (y que quizá este tan errado como los otros) es que los analistas que descuartizan las novelas quizá no estén tan cerca como ellos creen de las verdaderas causas que impulsaron a los autores a poner por escrito sus ideas. Cuando se tiene el deseo suficiente se le pueden dar diez mil interpretaciones a una novela, o a un cuento, aunque éste no posea ni cien palabras. Hay muchas disgreciones en Das schloss sobre cosas sin mayor peso. Y es realmente impresionante —sobre todo para mí; ¡yo humilde aprendiz de escritor!— la capacidad de Kafka para inventar diálogos de doce páginas, en algunos casos de boca de un sólo personaje.

Ignoro por completo los métodos de redacción de KFK, pero me pregunto si en la planeación de sus escritos tomaba en consideración el final, como hacemos muchos. Y si así fue: ¿en qué terminaba El Castillo? ¿Lograban K. y Frieda ser felices? O terminaba esta en manos del fantasmal Klamm, un hombre que —y permítaseme actuar como exegeta aquí— actúa en la obra como anverso de K., es decir, como un hombre todopoderoso. Pero lo más probable es que el pobre K. termine como el campesino que se enfrenta al guardián de la ley, y muera sin lograr su objetivo. En fin, círculos y más círculos.

Pero en resumen en ello debe pensar el autor antes el material que piensa emplear en su escrito. Debe haber una idea central, tal vez esa pesadilla que lo sigue desde que era un niño y mojaba la cama ante la sola vista de tal amenaza. Siempre habrá ese algo que nos haga doblar la espalda sobre el cuaderno; yo tengo mis propios demonios y mis enemigos: el poder absoluto y la esclavitud. Y claro, ya veo que se alzan en la tribuna otros jóvenes escritores que piensan que el núcleo de las novelas deben ser las cosas buenas: amor, amistad, blah, blah, blah. Y es que dos fuerzas pueden impulsar el émbolo de la inspiración: el amor y el odio. Siendo el primero una necesidad física gestada por el natural sentido de reproducción, mientras que el segundo nace de la necesidad de supervivencia: de ser capaz de concentrar todas las fuerzas del cuerpo en la conclusión de un fin que no es otro que la destrucción total de una amenaza inminente.

En otras palabras: escribe sobre lo que odias.

miércoles, 20 de junio de 2007

Hechos vs Ficción: Desbancando Algunos Mitos.

Agencia Central de Inteligencia. Junio 14 2007
A través de los años, muchos cineastas y autores han pintado diversos
retratos de la CIA y sus empleados. Todos recordamos las películas
acerca de la vida glamurosa y sofisticada de los espías karatecas. ¿Y
recuerda todos esos super ingeniosos artilugios tecnológicos ocultos en
autos, en la ropa, o hasta en los espías mismos?
Pero, ¿qué es real? ¿Tiene la CIA empleados como Jack Bauer de 24 o a
Sydney Bristow, o gadgets como los que se ven en James Bond y Misión
Imposible? ¿Será que todos nuestros agentes manejan autos deportivos,
viven en el anonimato y nunca ven a sus amigos y familia?
Algunos libros y películas han expuesto un retrato irreal de la Agencia
Central de Inteligencia de los Estados Unidos. Al tiempo que mucho de
lo que ves es entretenido (¡a nosotros también nos entretiene!), mucho
de ello no es verdad. Y aquí estamos para desbancar algunos de esos
mitos.
Mito: No ves ni a tu familia ni a tus amigos.
La vida de nuestros agentes es agitada y el trabajo que ellos hacen es
secreto. Pero eso no significa que vivan en el anonimato ni que nunca
vean a sus familiares o amigos. La mayoría de las carreras en la CIA
son muy similares a los de cualquier gran empresa. Tenemos ingenieros y
especialistas en telecomunicaciones, doctores, abgads, libreros,
analistas, científicos, investigadores e inventores, entre otros. Y
aunque viven ocupados, sus familias y amigos son parte de su vida
diaria.

Mito: Manejas autos deportivos de lujo con ametralladoras en los tubos
de escape.
Aunque a algunos de nosotros nos gustaría que fuera cierto (quiziera el
mío rojo, por favor), las persecuciones a través de avenidas de
ciudades en el extranjero con ametralladoras disparando de los tubos de
escape son cosas de Hollywood. Hay ciertas carreras en la CIA que te
pueden poner en contacto con eventos a nivel internacional, per
nuestra principal misión es recolectar inteligencia. Cada empleado de
la CIA es parte de un esfuerzo, así trabajen en una oficina o en el
campo de acción.

Mito: Tienes que ser un superhombre.
Todos hemos visto películas o leído libro donde los agentes de la CIA
sobreviven a descargas eléctricas, y en cuestión hacen del karate su
mejor recurso para salir del peligro. Bien, para trabajar en la CIA no
necesitas saber karate ni poseer fuerza sobrehumana.

Todos nuestros empleados, sin embargo, deben poseer inteligencia, tener
la habilidad de de tomar buenas desiciones, y estar dedicados al
servicio de los Estados Unidos. Nosotros recolectamos y analizamos
inteligencia, lo que significa que nuestro trabajo inclucra
asesoramiento y monitoreo de desarrollos internacionales, en ambientes
políticos, científicos y tecnológicos.
Mito: Atiendes fiestas con millonarios y les muestras tus habilidades para el tango.
Tenemos empleados que viajan a través del mundo haciendo cosas exitantes -y a veces extraordinarias-. Pero, debe saberse, nuestros empleados son gente normal que vive vidas regulares. La mayoría ejecuta funciones administrativas que son escenciales. Dependemos de esa gerencia y personal para el éxito operativo, tanto en casa como en el exterior.
Para más información acerca de la vida real de los empleados de la CIA, visiten www.cia.gov/careers/life-at-cia/index,html.

viernes, 8 de junio de 2007

Acerca de R. Bolaño

Acabo de terminar de leer "Entre paréntesis", el compendio de los muchos escritos de Roberto Bolaño publicados o simplemente arrojados verbalmente ante las audiencias de premios de novela o festividades locales.

Nunca había leído a Bolaño, con excepción de un breve discurso anclado en puesto preferencial en un librito llamado "Palabra de América" junto a otros 'grandes' de la nueva generación latinoamericana de escritores, reunida hace unos años en Sevilla.

Roberto B. murió poco después de este encuentro y su fama explotó desde la editorial Anagrama en todas direcciones; sus antes escondidas novelas que sólo se encontraban, de forma completa, en la Librería Lerner, y el nombre de este gran escritor se me mezclaba demasiado en la cabeza con el de Roberto Gomes Bolaños, el Shakespeare mexicano de tendencia humorística del siglo XX. Así que no le presté mucha atención al chileno.

Al llegar a la mitad del libro, lancé al vacío -porque no la vio nadie- la siguiente afirmación: Bolaño tiene la erudición de un viejo y la audacia escrita de un muchacho. Está equidistante tanto de la mayoría de los autores actuales, los cuales sólo revolotean entre poesía barata y unos cuantos clásicos, y de los apelmazados ratones de biblioteca, ya muy entrados en años, que se esfuerzan en cada una de sus novelas de hacerse ininteligibles.

A la hora de plasmar estas líneas no he leído nada de Bolaño en sí. Pienso empezar por sus cuentos y algún día espero tener los ciento y punta mil de pesos que cuesta su 2666; hasta entonces puedo estar errado hasta en la ortografía de su nombre.

Algo que pude confirmar mediante la lectura de sus escritos: todo escritor debe tener, amen de sus cinco sentidos de mamífero, el sentido del erotismo, de la estética literaria y sobre todo, el del humor. Quien no puede reírse de sí mismo y de lo que lo rodea está jodido, y creo que el buen Roberto lo entendía.

Es terrible que su cuerpo sea ahora pasto de los gusanos -si es que no tuvo la suerte de ser cremado-, y también es terrible que hasta ahora empiece a ser reconocido, o al menos que hasta ahora empiece a llegar a nuestras manos. El mes pasado, durante la Feria del Libro de Bogotá, Chile fue el 'invitado de honor'. Tenían un pabellón para ellos solos, pero me sorprendió que uno de sus autores más premiado y quizá el más revolucionario en materia de prosa, no tuviese la más mínima representación ahí. Muchos buenos escritores y sus actuales y bien publicitadas novelas; Neruda, siempre, y otros más 'friendly' como Skármeta y Allende, pero de Bolaño, nada. Actitud que debemos quizá a esa dictadura de puta mierda que aterrorizó Chile y obligó a Roberto B. a buscar la seguridad del mundo libre, lo que lo terminaría llevando por México DF hasta Blanes, y a ser más recordado por novelas de corte mexicano o español que sudamericano.

Espero algún día poder consumir todo ese excelente material que dejó este muchacho, asaltante de librerías, crítico implacable que no dejó de escribir aunque la proscripción le amenazara, y escribir un ensayo, pero bueno, algo que él hubiese disfrutado, de lo que se hubiese sentido orgulloso si hubiese yo sido uno de sus discípulos, cosa que, además, nunca tuvo. RIP.

sábado, 2 de junio de 2007

Escritor

Ante mi deseo de escribir un microrrelato, o sea, un cuento brevísimo, redactaré lo siguiente bajo el título "Breve Biografía de Truman Capote": Escritor.

Ya está, un cuento de una palabra. Si creen que soy un mal comediante, los que están orinando por fuera del tiesto son otros. No les voy a contar nada sobre estos llamados "microrelatos", considerados los cuentos más cortos del mundo, de los cuales ninguno es, como en este caso, de una sola palabra, pero rara vez superan las siete.

La introducción de aquel primer párrafo fue para expresar globalmente una idea: Truman Capote era un ESCRITOR, de la e a la r. Aunque algunos lo fichen en las filas del nuevo periodismo como un nuevo periodista, no creo que realmente lo haya sido. A Sangre Fría, la crónica novelada más famosa de América, fue gestada por el deseo de Capote de probar otras aguas distintas a las de la ficción.

En una entrevista, el autor de Color Local, muestra su interés por probar los distintos campos de la escritura. Y así como escribió para el teatro, sin que ahora sea señalado como dramaturgo, o para el cine, sin que ahora nos lo mencionen siempre como guionista, referirse a él como un periodista me parece un tanto inexacto. No le caben igualmente la delgada escarapela de novelista; si su obra fue un todo, es un escritor, alguien que vivía por y para las palabras, con un amor, o simplemente un cuidado que le permitieron poner en la imprenta algunos textos de balanceada belleza.

Y creo, al llegar a este punto, que ese debe ser el verdadero deber del escritor: dedicarse al idioma, a las palabras, al manejo pulido de los temas sobre un texto erigido bajo las casi incontrolables reglas de la belleza, de la estética. Al menos esa es mi opinión.

jueves, 31 de mayo de 2007

Lectores

Frente a mi se tiende una fila de usuarios de taxi. Sus aspectos son disímiles y sus historias miles. Uno, un sujeto que ya cruzó o cruza de mala manera los cincuenta años, espera su transporte con un libro en la mano. En cuanto lo tengo cerca le echo un vistazo al título: Los Mensajes Ocultos del Agua, de un autor cuyo nombre ya no recuerdo a la hora de poner este pensamiento por escrito.

Y es que es raro ver gente leyendo, no importa si es en el Transmilenio, en buses particulares, en taxis o en filas. Todo colombiano que se respete ha tenido que hacer cola en algún lado. En algunas oficinas modernas cambiaron el primitivo sistema de situar una persona tras otra, por un sencillo sistema de turnos numerados controlados por un sistema electrónico. Así, sentados, las posibilidades de matar el tiempo leyendo aumentarían, pero aún así los casos que yo he presenciado de pacientes lectores pueden ser contados con los dedos de la mano de un manco.

Los hay, claro; a lo que pretendo llegar es a 'estos' lectores. Casos como el de este viejo de pie, concentrado con tamaña obra de análisis, digna de los más encumbrados intelectuales: Los Mensajes Ocultos del Agua. Y abajo, bien visible, el título de la colección: Autoayuda. Un cáncer de estos días que tiene controlado un tercio de las estanterías de las librerías y casi la totalidad de los anaqueles de venta de libros en los supermercados.

El otro día ocurrió lo mismo. Veo, en la sala de espera del centro de salud que me veo obligado a visitar, a una joven y su madre. La chica -porque tendría si acaso dieciséis años- cargaba entre sus manos un ejemplar de bolsillo cuya portada y título no podían ser más explícitos: un sujeto blanco, de amplia sonrisa tratada, rubia cabellera, ojos azules y demás elementos propios de un completo WASP, sostenía una Biblia apretada su impecable traje de abogado; el fondo era un cielo azul con leves brochazos perla de nubes fugaces. Y en almibarada letra cursiva El Verdadero Contacto con Dios. Iglesia Presbiteriana de quién sabe qué pulguero de Arizona.

Y ese es sólo el botón de muestra de una actitud patológica hacia los libros. Día a día me topo con gentes de toda clase, y uno que otro, una vez descubren que cargo con algún libro, sonríen y arguyen ser buenos lectores; señalan a sus favoritos: Deepak Chopra, Paulo Cohelo, títulos como ¿Quién se ha llevado mi queso?, Flores Para el Alma y mil cosas más. No olvidemos clásicos como Osho y los clarificantes folletines de uso corporativo como El Patito Feo Va a Trabajar. La cultura del libro de supermercado.

Sólo dos veces en toda mi existencia he podido ver usuarios de literatura decente. Uno fue el caso de una linda morena que estaba prácticamente recostada entre dos sillas de un bus corriente y sostenía en sus manos Dublineses, de Joice. Y un señor, todo un dandi de sombrero y paraguas, enfrascado en El Señor de los Anillos, de Tolkien.

El colombiano promedio no lee, pero se jura buen lector. A mi parecer todo el mundo puede leer lo que le de la gana; el verdadero trabajo recae en los fondos de promoción literario, aunque ahora no recuerdo si eso existe, entre los ministerios de cultura, las editoriales y todos los que tienen la obligación de instaurar ‘sanos hábitos de lectura’, aunque ya sé que tan nazi suena eso, pero es tan rico el mundo de los libros, tiene tantos frutos entre sus hojas, que ver a tantos y tantas mirando al techo o matando las horas con crucigramas me ha llegado a parecer un verdadero desperdicio de recursos.

domingo, 29 de abril de 2007

La Mala Educación


Lo que en el presente me define, y lo que en el futuro me juzgará, será el no haber leído el catálogo.

Todo lo que soy como escritor se deriva de esta, al parecer, simple idea. Muchos de los que ahora pasan sus horas libres frente a la computadora o la máquina, cuando no frente al papel, son los que antaño fueron niños que gastaron tardes soleadas y paseos al campo con volúmenes de los Hermanos Grimm o los novelones de Emilio Salgari. Se les inoculó ese vicio irrefrenable de pasar los ojos por las líneas interminables de palabras escritas. Ante todo lo que podía considerarse "bueno para el joven" el padre desembolsillaba una suma, señalaba el rincón, y ordenaba leer. Conozco incluso casos en que se le obliga al niño a redactar un resumen de lo leído.

En mi casa los libros sobraban; los anaqueles alcanzaban el cielo raso y parecían siempre proclives a caer sobre quien frente a ellos leía. Mas nunca sentí mayor obligación de leer.

Por otra parte, mucha lectura, pienso yo, refrena el músculo de la imaginación. Dirán los amantes de los libros que cuentos y novelas abren la mente; la ensanchan quizá, erosionan los límites (y eso es bueno, claro), pero derraman en nuestra conciencia un caudal de información que es, en muchos casos, completamente inútil.

Pasar más tiempo jugando, libre, sin esas ataduras ridículas que tienden sobre nuestros cuerpos las burdas rondas y las tediosas "dinámicas de grupo"; jugar a la "lleva" y esas pendejadas. "Dejad que los niños se acerquen", palabras del Profeta: dejad que sean libres, que jueguen.

Cuando uno descubre la lectura como entretenimiento, como placer, encontrará siempre dulce cada libro que encuentre. Diferenciará, claro, entre sabores y texturas; optará igualmente por unos más livianos o por otros más robustos, pero nunca dejarán de entretener.

El reverso sería el hábito: un fruto de la obligación y el garrote. Inducir a un niño a la sexualidad mediante coerción es un delito abyecto que le dejará imborrables cicatrices. Un contacto natural, impulsado por el instinto, le proporcionarán una felicidad de por vida y hasta lo hará buen amante.

Pasa lo mismo con los escritores. Cuando bajo la férula se pretende forjar a un narrador, el único producto que se obtendrá será un redactor sin fondo ni clase. Para este lo mismo será contar una historia de amor, el relato de una vida en cautiverio, o un saludo navideño del jefe de gerencia.

Los he visto: profesores de literatura, esclavos de las palabras y de los volúmenes, que al alcanzar los cuarenta años se sienten en la obligación de redactar una novela. ¡Ojo! Re-dac-tar; y el arte no se construye como un programa basado en líneas y líneas de código; el arte se engendra.

Muchas personas con profunda erudición literaria me podrían señalar a diversos autores que, a parte de una que otra novela, no tuvieron más educación literaria que la que ellos mismos se dieron en el arduo proceso de crear ese libro que ahora, transformado por los años en un longseller, es referente obligado a las generaciones presentes y futuras como una pieza de obligatoria lectura. Así la necesidad de narrar, el gen de la creación escrita no están, desde mi punto de vista, sólo en aquellos que por causas afortunadas o desgraciadas se han visto recluidos a los pasillos atestados de viejos volúmenes.

Resumen: el que quiere escribir, que lo haga, no tiene que ser diplomado en nada. El que sabe escribir bien, lo hace, y punto.

miércoles, 11 de abril de 2007

Sin borradores... Sin Corrección.

Ante la lectura de los últimos dos capítulos de Flores Para Irma, un conocido me preguntó por mis métodos de trabajo. Le contesté con toda la sinceridad del mundo: abro el archivo en word donde conservo el original, leo los últimos párrafos (para no perder el tono) y sigo escribiendo hasta que termino el capítulo o hasta hastiarme. El resto es Cut + Paste. Él quedó algo desconcertado; no le veía sentido a que alguien simplemente fuera martillando las teclas hasta componer párrafos y párrafos de una historia. Su interés se expresó en el resto de las preguntas que me hizo esa tarde queriendo saber si yo fabricaba primero un borrador a mano, luego lo verificaba; le añadía algunos toques personales, lo hacía revisar de algún amigo con capacidad crítica, lo mecanografiaba en la PC y lo dejaba en remojo hasta que, pasados un par de días, las fallas y erratas flotaran en la superficie y pudieran ser pescadas.

El procedimiento mencionado arriba pertenece a la antigua escuela; la buena escuela. Pero Flores Para Irma pertenece al nuevo Instituto: al concepto moderno del microrrelato, o el cuento de bolsillo. A esta nueva escuela se han enrolado escritores jóvenes, viejos, aprendices de escritor y redactores aficionados. El objetivo es crear belleza bajo el protocolo de la improvisación. Los resultados están plasmados en cientos de blogs en toda la Red.

Sin embargo; siendo Flores Para Irma una novela -que parece ser la única, además-, estos relatos breves deben seguir ciertas reglas. Unas son muy obvias: mismos personajes, mismo punto de vista narrativo, misma búsqueda argumental. Otras leyes se aplican con menos rigidez lo que causa, a veces, violaciones al "canon", como es el tema de la "velocidad".

Para quienes no lo sepan, todo escritor debe saber acelerar y aplicar el freno en una narración, especialmente si es un cuento. En algunos casos, claro, los escritores buscan impresionar, o perturbar al lector con cambios sustanciales en el ritmo; pasar de lentas imágenes en retrospectiva a fugaces impresiones futuras o presentes, o tal vez a secuencias de ritmo vertiginoso. Pero esas estratagemas sólo sirven si el escritor es cuidadoso y sabe llevar las riendas de la historia.

Yo no he seguido ni esa ni ninguna pauta de control, ni lo haré hasta que este proyecto esté terminado. Ahí vendrá el verdadero trabajo de revisión y corrección; por lo tanto, algo de lo que se ha visto en estos primeros 18 capítulos será cambiado. Nombres precisos de sitios exactos, nombres de personajes, fechas, horas etcétera. No así el desarrollo general de la historia, ni los contenidos propios de los capítulos.