viernes, 16 de febrero de 2007

Homo Laborum

Una voz se alza en el estrado, y anuncia: para ser un buen escritor, trabajar, trabajar y trabajar.

¡Falso! No tengo aquí la receta para ser un buen escritor -si es que tal cosa existe-, pero si tuviera que resumir, en base a mi experiencia personal, qué se necesita para escribir bien, o por lo menos para sentirse en capacidad de hacerlo (y aquí el instinto juega un papel primordial), diré que es simplemente leer, escribir y vivir; vivir mucho.
Si estas dos primeras acciones, vitales por razones obvias, se convierten en físico trabajo, es decir en una acción monótona que se ejerce para conseguir un beneficio continuo, lo mejor será que se abandone por completo el oficio, porque nada en el mundo se puede realizar, realmente bien, si no se hace con placer, o al menos con gusto.
Así, lo de trabajar, trabajar y trabajar sólo sirve para rellenar kilos de papel y fortalecer las muñecas o los índices; seleccione aquí el método que se usa. Y entonces tenemos a estos redactores masivos que llenan las librerías -para ellos siempre habrá un estante disponible- con su atosigante prosa y sus volúmenes de cuatro libras.
Leer mucho, y de todo. Desaprovechar a un moderno narrador turco como Pamuk, es tan malo como obviar a un Kafka; leer revistas, periódicos, estar siempre al tanto de todo lo que le pueda interesar a uno.
Escribir, como una entretenida labor de conciencia; poniéndo un énfasis cuidadoso en el lenguaje, la puntuación, el ritmo. Tenemos la certeza de que lo que escribamos siempre podremos corregirlo.
Y vivir. Cuál otra puede ser la clave de todo artista para erigir su obra. No tendríamos tantos libros sino hubiese sido por todos aquellos que optaron por poner experiencias propias o ajenas en escritos cuya belleza, en algunos casos, les ha ganado la eternidad.
Es dificil, y realmente castrante tratar de poner unas normas disciplinarias al oficio. Procurar, como cualquier atleta, imponer ritmos, horas, sitios específicos y otras tantas leyes a la creación, es como poner límites de tiempo y compás al sexo. El resultado sería un burdo acto de rayana teatralidad.
Ahora, convertido en lo que soy, en un esclavo, poco o nada puedo hacer por impulsar mi obra. Mi empleo me sostiene doce horas diarias en una silla atendiendo gentes de toda clase; aislado de todo contacto con libros o con el aislamiento suficiente para redactar algo realmente valioso. Por eso he tardado tanto en actualizar mi blog, y de seguro me tomará más tiempo aún alcanzar los resultados y las metas que me he propuesto ante los posibles lectores.
Gracias por su paciencia.

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