martes, 6 de marzo de 2007

+ Empleo - Oficio < + Tiempo

Quizá como escritor solo puedo o solo quiero pedirle una cosa a la vida: tiempo. No se imaginan ustedes lo frustrante que es pasarse el día entero metido en una actividad que no deja mayores dividendos que un cheque cada quince días. Eso mientras la cabeza se me llena de telarañas, sin poder escribir o sin poder leer.

Otros tantos escritores podrían decir lo mismo, y ante mis palabras soltarían un breve bufido de desdén, afirmando a su vez: "yo también trabajo, y además escribo. Lo que pasa es que no soy perezoso". Bien. Pero una cosa es levantarse ante los primeros rayos del alba, y a trotar o hacer uso de la cinta caminadora. Tomar un jugo de naranja más café y dos tostadas, diario en mano, absorbiendo los hechos más impresionantes del globo azul en el que hay de todo, afortunadamente.

Luego en su auto la radio lo pone al día en cuanto a noticias ligeras hasta alcanzar el despacho donde enfocará su mente, durante una hora y pico, en dar órdenes o encauzar las necesidades de los mandos a sus subalternos. Otro café en pasillo; hablará allí con sus compañeros sobre las noticias y quedarán de almorzar a la una. Hecho. Pero recibe una llamada de un colega de la competencia y, cancelando un restaurante por otro, llega a pedir la carta mientras tantea un vino chileno y escucha sobre la nueva novela de Fulanito De Tal, ex periodista ahora narrador de ficción política, futuro guionista y mecenas de un filme nacional mediocre.

Ante la intempestiva cita con su amigo, sale más temprano de su oficina y arrastra sus zapatos por las librerías de confianza. Allí —quizá bien acompañado— ojea los libros del momento. Está por supuesto la novela de este colega amigo de esa nueva promesa literaria (para el año sesenta nadie se acordará de él) y pasa su mastercard sin parpadear para llevarse, junto a esta obra prima, un nuevo volumen de poesía erótica, un compendio de cartas de algún escritor maldito, y un libraco pesado y cuadrado de fotos de viejas en pelota.

En la soledad planeada de su despacho -chimenea encendida, cortinas cerradas, el humo de un puro casi etéreo como un genio surgido de alguna lámpara-, con los hijos convenientemente recluidos en clases de tenis o de francés y la mujer en una ronda de bridge, toma cada nueva adquisición, tantea las primeras páginas, tal vez las últimas; pone el ejemplar de gran formato a un lado donde su vástago adolescente no lo hurte, se enrolla en el sillón, ancla las gafas en la punta de su nariz y lee "Era 'Mandrake' el lider de la cuadra. Andaba en moto Suzuki y se comía a Heidy Mayerly, la más tetona del barrio Meta, en los intrincados laberintos del noreste de la capital de la montaña..." Etcétera etcétera, más putas y sicarios. Ya en estos tiempos puede uno imaginar el elenco televisivo que le dará vida, en forma de telenovela, al libro que sostiene en las manos.

Para el capitulo veintipico ya se habrá hecho una idea del resto y por tanto mucha de la pajarilla que el autor -"reconocido por su labor pedagógica en la Universidad Z"- ha puesto podrá ser evitada y así dar alcance a la página última, donde "El Chómpiras" y sus secuaces han sido dados de baja por policías honestos, y el jefe de estos contrae nupcias formales con 'Azucena' la niña más linda del barrio, a quien durante trescientas páginas, madre malvada, hermano sicario, novio raponero, vecinos de mierda, y pandilla de la cuadra, siempre quiso ver metida en la prostitución.

Lo mejor de todo es que apenas son las ocho de la noche. Se le ordena a la mucama que sirva la cena. Pone algo de música en el estéreo y, amparado por una biblioteca descomunal, redacta otro capítulo más de su colosal novelón de novecientas páginas, el sueño de su vida, un triller súper novedoso que se venderá como pan caliente cuando su propio nombre adorne la portada. ¿El argumento? Nina es una niña bellísima, y pobre. Su hermano está metido con las drogas y ella no ve más opción para triunfar en la vida que meterse con uno de los 'duros' del barrio. En la página 524 se manda a poner tetas.

En suma. Si pudiese manejar a mi conveniencia el tiempo que dedico a mi trabajo, si tuviera más horas para leer, ir a cine, comprar revistas, navegar por Internet, y claro, escribir, más que pronto podría poner en la línea de montaje todos mis proyectos. Y el punto que realmente me hace pensar y que me impulsó a redactar este texto es que debe haber por ahí un verdadero genio literario; un creador con una mente y una precisión superior a la de cualquier famoso de las letras. Con un cuaderno viejo atestado de relatos de precisión que ya querría muchos de los actuales novelistas vivos de renombre, sin contar claro con algunos ya fallecidos pero de buen gusto. Más este sujeto, hombre o mujer, de seguro se pasa los días de claro en claro y las noches de turbio en turbio tras los engranajes de un ingenio que no tiene alma ni sensibilidad artística. Si cuenta con suerte, vivirá para ver su trabajo reconocido por un mundo que aún se deleita con la belleza de algunos textos; es probable es que tras su muerte el mundo le rinda un homenaje y a su viuda o madre le lluevan las regalías hasta que en su mísera choza no quepa un dólar más y deba, penosamente, trasladarse a una quinta con criados y establos para purasangres. Pero en la tabla de posibilidades las más apuntan a que dichos manuscritos sean transformados en alimento para las llamas que calentarán la noche de un desposeído al pié de un botadero.

Por todo lo anterior quiero decirles a los aprendices de escritor (conocidos y desconocidos, rivales y aliados. Todos) que escriban. ¡Ya! Que no se detengan. Por dura que sea la jornada no le regalen al sueño una o dos horas en las que puedan poner en el papel tres o cuatro párrafos del corazón. No se detengan, les digo. Manden por un rato a sus familiares, a sus patrones, a esa mujer o ese hombre fastidioso que parece sentir placer por hacer que tu teléfono retumbe, sólo para colgar un segundo más tarde. Olvídense de todos, menos del arte; de ese mundo en formación en las entrañas cavernosas de su propia psique.

Y buena suerte.

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