miércoles, 28 de marzo de 2007

Viendo una serie de rostros retratados por el fotógrafo Steve Pyke, en la última edición de New Yorker, me pasó por la mente -como quizá le pasó a otros tantos- la idea de cómo se vería mi rostro y expresión tras la captura de sus matices de luz por la lente del artista.

Y es que durante toda mi existencia -ahora que lo pienso bien desde los siete meses- he tenido que cargar con el peso de no ser fotogénico. Por eso mi mirada perdida de drogadicto no acompaña este blog, como harían otros tantos bloguistas. Así, ser por una vez pieza de estudio de un verdadero maestro como Pyke, quien capta sin malabares el verdadero rostro de aquellos hombres y mujeres famosas, que muy posiblemente ya han contado con el soporte de asesores de imagen, sería una nueva forma de verme a mí mismo o de ser visto por quienes ya se han topado con mi caótico perfil.

En blanco y negro, en una de las páginas medias de New Yorker, o El Malpensante, ataviado con un gabán ébano, suéter gris estilo escocés; las gafas torcidas como muestra de mi retorcida visión de los hechos, el pelo corto húmedo y enmarañado; una pluma plateada empuñada por mi diestra cual arma ofensiva, y las cejas siempre fruncidas, un rasgo que me acompaña desde la niñez.

No es sólo una foto; es un retrato, algo que tiene un valor agregado por encima de la impresión inicial. No es algo de todos las fotos. Muchos quienes han querido dejar su imagen pasajera para la posteridad han buscado y pagado a expertos en técnicas relacionadas con la fotografía. Les han pagado grandes sumas, se han sentad durante larguísimas sesiones bajo las lámparas, frente al trípode, entre el retumbar de la música incidental que usan muchos para trabajar mejor, y el resultado ahora adorna el comedor familiar o el salón de la fama del cuartel general del Partido.

Diferentes son las obras de esos Cazadores de Eventos. Sartre y Capote, y también Sammuel Beckett han sido detenidos en el tiempo, en impresiones que nos hacen replantear la belleza fotográfica, tal y como la conocemos en GQ o SoHo.

Cuando hemos leído a un autor, y sus palabras nos acompañan como un talismán, o una brújula, mientras sorteamos la mar de los días y las citas de negocios, verlo a él o a ella, plasmados por quién sabe quién allí sentados en su casa radiante o su atestado despacho, frente a la máquina o frente al papel; pluma en mano o los cinco dedos arqueados sobre el teclado, nos hace pensar ello en que, fue durante ese mágico momento, en que surgió eso que letra tras letra saboreamos hace mucho o hace poco, pero que se nos fijó en la mente como un tatuaje.

Quizá es así como quiero ser recordado.

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