domingo, 29 de abril de 2007

La Mala Educación


Lo que en el presente me define, y lo que en el futuro me juzgará, será el no haber leído el catálogo.

Todo lo que soy como escritor se deriva de esta, al parecer, simple idea. Muchos de los que ahora pasan sus horas libres frente a la computadora o la máquina, cuando no frente al papel, son los que antaño fueron niños que gastaron tardes soleadas y paseos al campo con volúmenes de los Hermanos Grimm o los novelones de Emilio Salgari. Se les inoculó ese vicio irrefrenable de pasar los ojos por las líneas interminables de palabras escritas. Ante todo lo que podía considerarse "bueno para el joven" el padre desembolsillaba una suma, señalaba el rincón, y ordenaba leer. Conozco incluso casos en que se le obliga al niño a redactar un resumen de lo leído.

En mi casa los libros sobraban; los anaqueles alcanzaban el cielo raso y parecían siempre proclives a caer sobre quien frente a ellos leía. Mas nunca sentí mayor obligación de leer.

Por otra parte, mucha lectura, pienso yo, refrena el músculo de la imaginación. Dirán los amantes de los libros que cuentos y novelas abren la mente; la ensanchan quizá, erosionan los límites (y eso es bueno, claro), pero derraman en nuestra conciencia un caudal de información que es, en muchos casos, completamente inútil.

Pasar más tiempo jugando, libre, sin esas ataduras ridículas que tienden sobre nuestros cuerpos las burdas rondas y las tediosas "dinámicas de grupo"; jugar a la "lleva" y esas pendejadas. "Dejad que los niños se acerquen", palabras del Profeta: dejad que sean libres, que jueguen.

Cuando uno descubre la lectura como entretenimiento, como placer, encontrará siempre dulce cada libro que encuentre. Diferenciará, claro, entre sabores y texturas; optará igualmente por unos más livianos o por otros más robustos, pero nunca dejarán de entretener.

El reverso sería el hábito: un fruto de la obligación y el garrote. Inducir a un niño a la sexualidad mediante coerción es un delito abyecto que le dejará imborrables cicatrices. Un contacto natural, impulsado por el instinto, le proporcionarán una felicidad de por vida y hasta lo hará buen amante.

Pasa lo mismo con los escritores. Cuando bajo la férula se pretende forjar a un narrador, el único producto que se obtendrá será un redactor sin fondo ni clase. Para este lo mismo será contar una historia de amor, el relato de una vida en cautiverio, o un saludo navideño del jefe de gerencia.

Los he visto: profesores de literatura, esclavos de las palabras y de los volúmenes, que al alcanzar los cuarenta años se sienten en la obligación de redactar una novela. ¡Ojo! Re-dac-tar; y el arte no se construye como un programa basado en líneas y líneas de código; el arte se engendra.

Muchas personas con profunda erudición literaria me podrían señalar a diversos autores que, a parte de una que otra novela, no tuvieron más educación literaria que la que ellos mismos se dieron en el arduo proceso de crear ese libro que ahora, transformado por los años en un longseller, es referente obligado a las generaciones presentes y futuras como una pieza de obligatoria lectura. Así la necesidad de narrar, el gen de la creación escrita no están, desde mi punto de vista, sólo en aquellos que por causas afortunadas o desgraciadas se han visto recluidos a los pasillos atestados de viejos volúmenes.

Resumen: el que quiere escribir, que lo haga, no tiene que ser diplomado en nada. El que sabe escribir bien, lo hace, y punto.

miércoles, 11 de abril de 2007

Sin borradores... Sin Corrección.

Ante la lectura de los últimos dos capítulos de Flores Para Irma, un conocido me preguntó por mis métodos de trabajo. Le contesté con toda la sinceridad del mundo: abro el archivo en word donde conservo el original, leo los últimos párrafos (para no perder el tono) y sigo escribiendo hasta que termino el capítulo o hasta hastiarme. El resto es Cut + Paste. Él quedó algo desconcertado; no le veía sentido a que alguien simplemente fuera martillando las teclas hasta componer párrafos y párrafos de una historia. Su interés se expresó en el resto de las preguntas que me hizo esa tarde queriendo saber si yo fabricaba primero un borrador a mano, luego lo verificaba; le añadía algunos toques personales, lo hacía revisar de algún amigo con capacidad crítica, lo mecanografiaba en la PC y lo dejaba en remojo hasta que, pasados un par de días, las fallas y erratas flotaran en la superficie y pudieran ser pescadas.

El procedimiento mencionado arriba pertenece a la antigua escuela; la buena escuela. Pero Flores Para Irma pertenece al nuevo Instituto: al concepto moderno del microrrelato, o el cuento de bolsillo. A esta nueva escuela se han enrolado escritores jóvenes, viejos, aprendices de escritor y redactores aficionados. El objetivo es crear belleza bajo el protocolo de la improvisación. Los resultados están plasmados en cientos de blogs en toda la Red.

Sin embargo; siendo Flores Para Irma una novela -que parece ser la única, además-, estos relatos breves deben seguir ciertas reglas. Unas son muy obvias: mismos personajes, mismo punto de vista narrativo, misma búsqueda argumental. Otras leyes se aplican con menos rigidez lo que causa, a veces, violaciones al "canon", como es el tema de la "velocidad".

Para quienes no lo sepan, todo escritor debe saber acelerar y aplicar el freno en una narración, especialmente si es un cuento. En algunos casos, claro, los escritores buscan impresionar, o perturbar al lector con cambios sustanciales en el ritmo; pasar de lentas imágenes en retrospectiva a fugaces impresiones futuras o presentes, o tal vez a secuencias de ritmo vertiginoso. Pero esas estratagemas sólo sirven si el escritor es cuidadoso y sabe llevar las riendas de la historia.

Yo no he seguido ni esa ni ninguna pauta de control, ni lo haré hasta que este proyecto esté terminado. Ahí vendrá el verdadero trabajo de revisión y corrección; por lo tanto, algo de lo que se ha visto en estos primeros 18 capítulos será cambiado. Nombres precisos de sitios exactos, nombres de personajes, fechas, horas etcétera. No así el desarrollo general de la historia, ni los contenidos propios de los capítulos.

domingo, 1 de abril de 2007

No Hay Tal Maestro



Una de las cosas que los analistas y críticos verán a lo largo de la vida ficticia de Leo Katz, el agente secreto, será la extensa secuencia de etapas de aprendizaje, amen de los muchos maestros que en su camino lo llevarán a saber más sobre aquello que no quiere saber.

Desde la brutal asesina Natacha Ivanova, que le enseña qué es la muerte, hasta su antiguo compañero y némesis Paul Boot, quien le enseñará qué es la vida, Leonardo pasa sus aventuras como constantes procesos de formación, y esto se debe, tal vez, a que la vida no es otra cosa que una eterna escuela.

Ahora hablemos de esa escuela.

Primer está el recinto; el aula de instrucción, la zona de adiestramiento. Y pongan cuidado a estas palabras. La escuela no es "nuestro segundo hogar", no, es el sitio donde nos uniforman, nos hacen formar, cantar a coro las consignas del Partido. A una orden los pupilos saltan y se ponen firmes como perros adiestrados. Y algunos apenas tienen siete años. ¿A caso en tu casa, en esos espacios donde te relajas sin zapatos frente a la tele, frente al libro, la revista, o en los brazos de tu novia, escuchas el "¡atención, firmes!" que ya has oído en el altavoz del patio?

Katz es llevado a una granja de la Nueva Inglaterra y allí es entrenado como guerrillero, en lo que parece una adaptación (o parodia) de los campos de entrenamiento terrorista de Medio Oriente y el Norte de África. Los colegios son sitios parecidos: son fríos, aislados de todo, con cuarteles de ladrillo desnudo donde una pizarra seca es el único verde que tendrás. Al igual que los instructores militares, los profesores se las saben todas; discutirles algo trae consigo las esperadas represalias por el delito de "insolencia". Muchos son mercenarios —a lo Dick Matson—; les importa un bledo quién eres tú, ya sólo eres un pedazo de carne que ellos deben convertir, de magra sustancia, en recia piedra que soporte tempestades del corazón y malos empleos. Y al igual que los soldados de fortuna, su único interés es que el alto mando pague a tiempo sus honorarios, lo que les pase en el próximo conflicto a aquellas masas de chicos y chicas no les quitará el sueño.

Aquí llego yo. Esto es con lo que me he topado durante mis años de escuela. La verdad es que nunca tuve un maestro; jamás hubo en mi espacio ese hombre o esa mujer que, en inolvidables tardes otoñales, repantigado en mi asiento, con la mente volando, me hubiese revelado verdades, o descifrado los códices de la felicidad, o del "quién soy yo". Nada, sólo instructores y afirmaciones absolutas: uno más uno, dos. Blanco = Bueno. Negro = Malo.

Ayer entre sueños tuve una visión del mundo que no existe; allá donde soy famoso: veo entre la estática de la televisión a una detestable profesora que tuve en cuarto grado de primaria. La mujer, que no ha cambiado en lo más mínimo en los años transcurridos, movía sus manos llenas de barniz y sus delgado pico de gallina para afirmar: "sí, recuerdo a J.C. Era mi alumno favorito en la clase de español; mi alumno más aventajado. Recuerdo que nos quedábamos durante los descansos hablando sobre El Quijote y La Iliada. El cariño que ambos compartíamos por Platero y Yo y los cuentos de Horacio Quiroga. Siempre me contó de sus anhelos de ser escritor cuando grande, y yo lo llevé de la mano a que conociera a los grandes, como García Márquez..." La muy zorra. Y no sería la única; ante la fama saltarían mis antiguos profesores de español, o serían buscados en sus trincheras por los jornalistas ávidos de encontrar a ese sensei que me ha transformado en lo que soy.

Un texto leído hace ya mucho, redactado por Ramón Cote Baráibar, anunciaba —lo que ya es un lugar común— que TODOS tenemos a un profesor(a) al que recordamos con cariño. En mi mente, ningún recuerdo está enlazado a ese sentimiento, tampoco al odio, sino apenas a una aceptación de ellos como empleados mediocres; profesionales a sueldo haciendo lo que tenían que hacer para llevar algo de comer a sus casas. Ninguno de los que conocí fue jamás un faro de esperanza, ni La Libertad Guiando al Mundo. Siempre perezosos ante todo lo que fuera pasar la raya del deber. Carentes de la pasión o de las energías mínimas para llevar a entender a los alumnos qué demonios les está tratando de explicar.

Nunca tuve un instructor para escribir, ni una escuela de redactores. Apenas tengo 23 años, pero creo que si tuviese que escribir mi biografía la titularía Selfmade Man. Y eso porque no existen palabras en español para sintetizarlo todo como lo hace ese título que por cierto ya ha sido usado. Yo he decidido qué leer, qué ignorar, cómo leer, cómo pasar de largo algunos pasajes atiborrados de lastre (el precio de los libros, les recuerdo, estriba en su volumen, no en su calidad).

Pero, en honor a los verdaderos maestros que quizá sí existen, emplazaré, entre este río sin alegría, los nombres de aquellos a quienes llamaría "maestros" si tuviese el derecho a considerarme su discípulo:

Tom Clancy: productor de masivos bestsellers. Un tipo que conoce realmente de armas y ejércitos, de tecnología. De todos sus trabajos "El Cardenal del Kremlin" es el único que considero una verdadera pieza literaria.

Frederick Forsyth: periodista. De la guerra del Biafra hasta la vida de los talibanes en Guantánamo, un escritor en todo el sentido de la palabra, capaz y competente a la hora de exponer un tema, tratarlo quirúrgicamente mediante la ficción y mantener al lector ocupado sin recurrir a apasionamiento alguno.

Efrain Medina Reyes: artista: entiéndase persona que no vive fingiendo que canta o que actúa, sino que puede ver en frecuencias de luz distintas a las nuestras. A la que la música les llega a las tripas y no al cadencioso movimiento de la cadera. Éste en particular escribe sobre lo comúnmente descarnado: el verdadero sexo, con todo y sus fluidos; el verdadero odio, fruto de un pasado que no se extingue; y sobre las mujeres de este Planeta Real donde todos sabemos que ni Remedios la Bella ni sus hermanas de condición existen ni existirán jamás.

Truman Capote: el artesano. El hombre que vivía ensamblando bellezas para todos. Afecto al estilo, ha enseñado a muchos que la ortografía y la gramática no son cadenas culturales, si no pilares para levantar magníficos templos de la palabra.

Leo Katz siempre quiso ser escritor y nunca un espía. No obstante a lo largo de sus días se verá cada vez más envuelto en ese mundo, llevado de la mano de sus muchos maestros. Yo no quería ser escritor, y esos maestros vivos y muertos me han llevado a ser lo que soy. Y lo peor (o lo mejor), es que sé que aún no termina.