domingo, 1 de abril de 2007

No Hay Tal Maestro



Una de las cosas que los analistas y críticos verán a lo largo de la vida ficticia de Leo Katz, el agente secreto, será la extensa secuencia de etapas de aprendizaje, amen de los muchos maestros que en su camino lo llevarán a saber más sobre aquello que no quiere saber.

Desde la brutal asesina Natacha Ivanova, que le enseña qué es la muerte, hasta su antiguo compañero y némesis Paul Boot, quien le enseñará qué es la vida, Leonardo pasa sus aventuras como constantes procesos de formación, y esto se debe, tal vez, a que la vida no es otra cosa que una eterna escuela.

Ahora hablemos de esa escuela.

Primer está el recinto; el aula de instrucción, la zona de adiestramiento. Y pongan cuidado a estas palabras. La escuela no es "nuestro segundo hogar", no, es el sitio donde nos uniforman, nos hacen formar, cantar a coro las consignas del Partido. A una orden los pupilos saltan y se ponen firmes como perros adiestrados. Y algunos apenas tienen siete años. ¿A caso en tu casa, en esos espacios donde te relajas sin zapatos frente a la tele, frente al libro, la revista, o en los brazos de tu novia, escuchas el "¡atención, firmes!" que ya has oído en el altavoz del patio?

Katz es llevado a una granja de la Nueva Inglaterra y allí es entrenado como guerrillero, en lo que parece una adaptación (o parodia) de los campos de entrenamiento terrorista de Medio Oriente y el Norte de África. Los colegios son sitios parecidos: son fríos, aislados de todo, con cuarteles de ladrillo desnudo donde una pizarra seca es el único verde que tendrás. Al igual que los instructores militares, los profesores se las saben todas; discutirles algo trae consigo las esperadas represalias por el delito de "insolencia". Muchos son mercenarios —a lo Dick Matson—; les importa un bledo quién eres tú, ya sólo eres un pedazo de carne que ellos deben convertir, de magra sustancia, en recia piedra que soporte tempestades del corazón y malos empleos. Y al igual que los soldados de fortuna, su único interés es que el alto mando pague a tiempo sus honorarios, lo que les pase en el próximo conflicto a aquellas masas de chicos y chicas no les quitará el sueño.

Aquí llego yo. Esto es con lo que me he topado durante mis años de escuela. La verdad es que nunca tuve un maestro; jamás hubo en mi espacio ese hombre o esa mujer que, en inolvidables tardes otoñales, repantigado en mi asiento, con la mente volando, me hubiese revelado verdades, o descifrado los códices de la felicidad, o del "quién soy yo". Nada, sólo instructores y afirmaciones absolutas: uno más uno, dos. Blanco = Bueno. Negro = Malo.

Ayer entre sueños tuve una visión del mundo que no existe; allá donde soy famoso: veo entre la estática de la televisión a una detestable profesora que tuve en cuarto grado de primaria. La mujer, que no ha cambiado en lo más mínimo en los años transcurridos, movía sus manos llenas de barniz y sus delgado pico de gallina para afirmar: "sí, recuerdo a J.C. Era mi alumno favorito en la clase de español; mi alumno más aventajado. Recuerdo que nos quedábamos durante los descansos hablando sobre El Quijote y La Iliada. El cariño que ambos compartíamos por Platero y Yo y los cuentos de Horacio Quiroga. Siempre me contó de sus anhelos de ser escritor cuando grande, y yo lo llevé de la mano a que conociera a los grandes, como García Márquez..." La muy zorra. Y no sería la única; ante la fama saltarían mis antiguos profesores de español, o serían buscados en sus trincheras por los jornalistas ávidos de encontrar a ese sensei que me ha transformado en lo que soy.

Un texto leído hace ya mucho, redactado por Ramón Cote Baráibar, anunciaba —lo que ya es un lugar común— que TODOS tenemos a un profesor(a) al que recordamos con cariño. En mi mente, ningún recuerdo está enlazado a ese sentimiento, tampoco al odio, sino apenas a una aceptación de ellos como empleados mediocres; profesionales a sueldo haciendo lo que tenían que hacer para llevar algo de comer a sus casas. Ninguno de los que conocí fue jamás un faro de esperanza, ni La Libertad Guiando al Mundo. Siempre perezosos ante todo lo que fuera pasar la raya del deber. Carentes de la pasión o de las energías mínimas para llevar a entender a los alumnos qué demonios les está tratando de explicar.

Nunca tuve un instructor para escribir, ni una escuela de redactores. Apenas tengo 23 años, pero creo que si tuviese que escribir mi biografía la titularía Selfmade Man. Y eso porque no existen palabras en español para sintetizarlo todo como lo hace ese título que por cierto ya ha sido usado. Yo he decidido qué leer, qué ignorar, cómo leer, cómo pasar de largo algunos pasajes atiborrados de lastre (el precio de los libros, les recuerdo, estriba en su volumen, no en su calidad).

Pero, en honor a los verdaderos maestros que quizá sí existen, emplazaré, entre este río sin alegría, los nombres de aquellos a quienes llamaría "maestros" si tuviese el derecho a considerarme su discípulo:

Tom Clancy: productor de masivos bestsellers. Un tipo que conoce realmente de armas y ejércitos, de tecnología. De todos sus trabajos "El Cardenal del Kremlin" es el único que considero una verdadera pieza literaria.

Frederick Forsyth: periodista. De la guerra del Biafra hasta la vida de los talibanes en Guantánamo, un escritor en todo el sentido de la palabra, capaz y competente a la hora de exponer un tema, tratarlo quirúrgicamente mediante la ficción y mantener al lector ocupado sin recurrir a apasionamiento alguno.

Efrain Medina Reyes: artista: entiéndase persona que no vive fingiendo que canta o que actúa, sino que puede ver en frecuencias de luz distintas a las nuestras. A la que la música les llega a las tripas y no al cadencioso movimiento de la cadera. Éste en particular escribe sobre lo comúnmente descarnado: el verdadero sexo, con todo y sus fluidos; el verdadero odio, fruto de un pasado que no se extingue; y sobre las mujeres de este Planeta Real donde todos sabemos que ni Remedios la Bella ni sus hermanas de condición existen ni existirán jamás.

Truman Capote: el artesano. El hombre que vivía ensamblando bellezas para todos. Afecto al estilo, ha enseñado a muchos que la ortografía y la gramática no son cadenas culturales, si no pilares para levantar magníficos templos de la palabra.

Leo Katz siempre quiso ser escritor y nunca un espía. No obstante a lo largo de sus días se verá cada vez más envuelto en ese mundo, llevado de la mano de sus muchos maestros. Yo no quería ser escritor, y esos maestros vivos y muertos me han llevado a ser lo que soy. Y lo peor (o lo mejor), es que sé que aún no termina.

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