jueves, 31 de mayo de 2007

Lectores

Frente a mi se tiende una fila de usuarios de taxi. Sus aspectos son disímiles y sus historias miles. Uno, un sujeto que ya cruzó o cruza de mala manera los cincuenta años, espera su transporte con un libro en la mano. En cuanto lo tengo cerca le echo un vistazo al título: Los Mensajes Ocultos del Agua, de un autor cuyo nombre ya no recuerdo a la hora de poner este pensamiento por escrito.

Y es que es raro ver gente leyendo, no importa si es en el Transmilenio, en buses particulares, en taxis o en filas. Todo colombiano que se respete ha tenido que hacer cola en algún lado. En algunas oficinas modernas cambiaron el primitivo sistema de situar una persona tras otra, por un sencillo sistema de turnos numerados controlados por un sistema electrónico. Así, sentados, las posibilidades de matar el tiempo leyendo aumentarían, pero aún así los casos que yo he presenciado de pacientes lectores pueden ser contados con los dedos de la mano de un manco.

Los hay, claro; a lo que pretendo llegar es a 'estos' lectores. Casos como el de este viejo de pie, concentrado con tamaña obra de análisis, digna de los más encumbrados intelectuales: Los Mensajes Ocultos del Agua. Y abajo, bien visible, el título de la colección: Autoayuda. Un cáncer de estos días que tiene controlado un tercio de las estanterías de las librerías y casi la totalidad de los anaqueles de venta de libros en los supermercados.

El otro día ocurrió lo mismo. Veo, en la sala de espera del centro de salud que me veo obligado a visitar, a una joven y su madre. La chica -porque tendría si acaso dieciséis años- cargaba entre sus manos un ejemplar de bolsillo cuya portada y título no podían ser más explícitos: un sujeto blanco, de amplia sonrisa tratada, rubia cabellera, ojos azules y demás elementos propios de un completo WASP, sostenía una Biblia apretada su impecable traje de abogado; el fondo era un cielo azul con leves brochazos perla de nubes fugaces. Y en almibarada letra cursiva El Verdadero Contacto con Dios. Iglesia Presbiteriana de quién sabe qué pulguero de Arizona.

Y ese es sólo el botón de muestra de una actitud patológica hacia los libros. Día a día me topo con gentes de toda clase, y uno que otro, una vez descubren que cargo con algún libro, sonríen y arguyen ser buenos lectores; señalan a sus favoritos: Deepak Chopra, Paulo Cohelo, títulos como ¿Quién se ha llevado mi queso?, Flores Para el Alma y mil cosas más. No olvidemos clásicos como Osho y los clarificantes folletines de uso corporativo como El Patito Feo Va a Trabajar. La cultura del libro de supermercado.

Sólo dos veces en toda mi existencia he podido ver usuarios de literatura decente. Uno fue el caso de una linda morena que estaba prácticamente recostada entre dos sillas de un bus corriente y sostenía en sus manos Dublineses, de Joice. Y un señor, todo un dandi de sombrero y paraguas, enfrascado en El Señor de los Anillos, de Tolkien.

El colombiano promedio no lee, pero se jura buen lector. A mi parecer todo el mundo puede leer lo que le de la gana; el verdadero trabajo recae en los fondos de promoción literario, aunque ahora no recuerdo si eso existe, entre los ministerios de cultura, las editoriales y todos los que tienen la obligación de instaurar ‘sanos hábitos de lectura’, aunque ya sé que tan nazi suena eso, pero es tan rico el mundo de los libros, tiene tantos frutos entre sus hojas, que ver a tantos y tantas mirando al techo o matando las horas con crucigramas me ha llegado a parecer un verdadero desperdicio de recursos.

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