martes, 31 de julio de 2007

A punta de palabras

¿Qué tan difícil puede ser la redacción de un texto autobiográfico de características literarias? Lo ignoro, jamás me he puesto en tal tarea. Muchos en la vida diaria se enfrentan al reto de remover recuerdos y plasmarlos por escrito; así también, muchos escritores al cruzar la cumbre de sus carreras, e iniciar el descenso hacia la extinción, se ponen como meta poner en uno o varios tomos la historia de sus vidas. Un último apunte antes de ir al grano: creo que hay que estar muy pagado de uno mismo para creer que la vida de uno tenga que ser expuesta en todas las librerías y almacenes de cadena, así uno haya ganado el novel.
No más por ahora su señoría.

Uno de los retos más grandes que tiene el escritor, es el de crear un ambiente verosímil a la historia que pretende contar. A menos que se sea un cretino redomado, el escritor tendrá que creer realmente en lo que está escribiendo, deberá sentir que es absolutamente cierto; acto similar se realiza cuando le contamos una mentira estructurada a un conocido: primero tomamos como escenario el mundo que conocemos, laboral, familiar, local, y le vamos añadiendo personajes y acciones fabricadas en nuestra mente.
Como puede verse, la realidad — nuestra realidad— termina siendo el molde del mundo ficticio de la novela. Hay autores, claro, que toman pasajes completos de su juventud, su niñez, o toda su vida, cambian nombres reales por otros más sonoros; emplean la edición y la autocensura, aplican escenas emotivas o brillantes que ya hubiesen deseado vivir, y luego sólo le deben poner título. La obra de Joseph Conrad es un buen ejemplo de lo que quiero decir.

Otros preferimos tomar ese molde y crear un mundo hasta sus últimos detalles. El sentimiento que nos llega de estar tocando una realidad increíble, cosa que cada día es más difícil de encontrar, me recorrió las sinapsis de mi cabeza durante la lectura de Cosas que hacen Bum de Kiko Amat.
Cultura pop, acido y soul, son los ingredientes que suelen tomar los críticos literarios en referencia a la segunda novela de este español. Yo puedo reducirlo a una palabra: vida. ¿De qué diablos puede escribir un tipo, o una vieja, que han pasado cuarenta años de su vida entre libros? Obvio, una historia fantástica hecha de un salpicón de anécdotas leídas entre clásicos y bestsellers. Se vendería bien y se lo darían de tragar a todos los niños, o jóvenes, o atareados ejecutivos que se sienten un tanto más cultos cada semana al leer la lista de los libros más vendidos del New York Times. Bueno, el mercado lo forman los editores.

Otra cosa sucede con las narraciones que están llenas de excreciones corporales y pensamientos escurridos en medio del dolor crónico de una ruptura o la soledad. A estos autores, muchas veces llamados ‘malditos’, no se les devora, como a Stephen King o a Tom Clancy, sino que se les siente; buscamos una vena y sentimos la aguja de sus palabras hendirse entre la carne llenando nuestro torrente con sucesos crudos. Cuando la sangre se nos agolpa en el cerebro tenemos una revelación, y pueden pasar treinta años de que hayamos dado cuenta de la última página de esta historia, pero las llagas que dejó su paso por nuestro cuerpo serían aún visibles al desnudarnos ante el espejo.

A un comentario que hice hace unos meses en el blog de Efraín Medina Reyes, mi maestro respondió la clave de todo esto: vivir es el nombre del juego, la esencia única y absoluta de la verdadera literatura. Por ahí descubrí que es esa mi mayor falla: no he vivido nada. Me he pasado los últimos 24 años encerrado en una burbuja; siendo alimentado intravenosamente de televisión, diarios, revistas, libros buenos, malos y ahora la Internet. Todo lo que sé del amor y de la muerte lo sé por lo que me escuchado de boca de los seres virtuales engendrados por los libretistas de novelas y películas. Mi conocimiento es prestado; frutos recogidos en un mundo de sueños.

Triste, pensarán. Pero de haber tenido una vida más emocionante, ¿dónde estaría ahora? Preso, o loco, o muerto, o casado, o hundido en la depresión entre el rincón más oscuro de una pieza alquilada en un sector de putas. De una manera u otra, no sería escritor. Coca Cola, comics, Misión Imposible, Nintendo, algunas canciones, el colegio en menor grado, horas de silencios y paseos de horas con el estómago vacío, eso me ha hecho lo que soy y lo que puedo escribir. Pero por encima de todo lo que en un esfuerzo podría enumerar, está el hecho de no haber dejado de ser un niño imaginativo.

Cuando la vida de un escritor se transforma en el interior de un cubo gris sin salidas, sólo queda una opción: cerrar los ojos, concentrarse, soñar una ventana hasta el último de sus detalles… y salir por ella hacia el vacío donde todo es posible.

sábado, 28 de julio de 2007

Acerca de...

Como pueden ver, he cambiado la imágen de la hermosa Remington roja por un portatil compaq. ¿La razón? desde hace unos días vengo trabajando de tiempo completo en una nueva F500 Presario. Mi vieja Remington ha quedado relegada al olvido y pronto será arrojada al vacío del mercado de las pulgas.

lunes, 16 de julio de 2007

Retrato Minimalista.

Si hay un punto al que quiero llegar como escritor, es decir, el nivel que espero alcanzar algún día, será el de tener la capacidad de poder narrar mis historias mediante cuadros minimalistas. Donde unas pocas frases, ensambladas con las palabras precisas, puedan describir todo un mundo sin fisuras o sombras que denoten falta de conocimiento, o de imaginación.

De hecho hoy en día me es dificil encontrar novelas o cuentos con estas características. La mayoría de los escritores actuales siguen como pauta la creación de textos carentes de toda belleza, u optan por una prosa tan almibarada como no se veía desde los tiempos de Goethe. En fin.
Entre tanta cosa mala por ahí tirada en las estanterías, tuve la suerte de hallar una novela sin mayor fortuna, de la que nunca había escuchado nada: Sarah, de J.T Leroy.

El relato en primera persona de las experiencias de un travesti aterradoramente joven en una parada de camioneros en el Sur de Estados Unidos. Y si creen que al adentrarse en sus páginas se darán de frente con uno de esos cuentos manidos, llenos de lugares comunes a los que son tan afectos los periodistas, se equivocan. El mundo, el universo casi irreal en el que viven -al menos dentro del relato- estos shemales de carretera, está expresado en párrafos límpios, excentos de tanto giro idiomático, libres de sofismas poéticos y otros tantos recursos muy en boga en los tiempos que corren.

De su protagonista, Cherry Vainilla, poco se sabe durante la novela y casi nada se llega a saber cuando esta alcanza su final. Sólo tenemos una especie de anécdota, sobre una fuga y un retorno -o mejor, un rescate- en el que este chico busca superar la fama de su madre, Sarah, la prostituta más reconocida de aquella parada.

Desde la descripción del entorno, pasando por la radiografía de esos hombres solitarios, jinetes de esos enormes trailers, hasta las expresiones comunes y los agüeros tradicionales del sur de una nación que muchos creen no tiene cultura propia, quien recorra sus párrafos uno a uno terminará aceptando esta visión, cruda e inocente a la vez, del mundo.
Pero lo mejor, en mi opinión de mal lector, es la aparente sencillez de la prosa de Leroy; la novela se lee, como se dice ahora, de un tirón; la sensación de hundirse en la historia es la misma de sumergirse en diáfana agua tibia, pero aquí no han habido sacrificios estéticos, ni elipsis torpes que limen lo escencial. Con cuatro pinceladas nos sitúa el autor en este lugar en medio de la nada, dibuja a sus personajes y recrea, desde un clásico restaurante de carretera hasta el bar donde habita un animal fantástico -el jackalope- que se ha transformado en un lugar de peregrinación para todas las putas del área.

Este paseo no está dividido en capítulos; cuando pasamos la última página quedamos en el mismo lugar del principio. No hay moraleja, ni fin justiciero, tampoco cierre heróico ni ejemplarizante; sólo se nos ha mostrado el friso de un mundo que muchos ignoran, inconciente o voluntariamente, un lugar con sus propias reglas y sus propias divinidades.

domingo, 1 de julio de 2007

Ante el señor K.

Tras la lectura de El Castillo, de Franz Kafka, una nueva antorcha me ilumina una esquina, no vista hasta entonces, de lo que debe ser la literatura: una gran verdad -o tema- expresado en clave de ficción.

Múltiples estudiosos se han abocado a la obra del señor K. -se les suele llamar exegetas- y trabajan día y noche presentando teorías de todas clases acerca de cada elemento, punto y coma en los textos de Franz. En resolución, trabajos como El Castillo, El Proceso, y narraciones como La Transformación —-mejor conocida como La Metamorfosis— son literatura pura y dura, muy admirada, incluso por tipos como J. L. Borges y G. G. Márquez. Y para mí, la lectura de esta novela sin fin —en el peor de los sentidos que es que la narración quede colgando de una frase sin terminar— ha sido la inmersión en el campo de la literatura de ideas, tan despreciada por mi maestro Nabokov.

Todos conocemos al monstruo que acecha a K: la burocracia. Y en este sentido su cuento Ante la ley representa de la mejor manera este sistema aborrecible que convierte a los hombres en números, o en pelotas que son pateadas de una oficina a otra, como le sucede al agrimensor K. en sus correrías por adquirir un empleo, aunque sea de bedel de escuela.

Creo que cualquier colombiano entiende esto bien.

A otro pensamiento que llego al alcanzar las últimas páginas de esta novela (y que quizá este tan errado como los otros) es que los analistas que descuartizan las novelas quizá no estén tan cerca como ellos creen de las verdaderas causas que impulsaron a los autores a poner por escrito sus ideas. Cuando se tiene el deseo suficiente se le pueden dar diez mil interpretaciones a una novela, o a un cuento, aunque éste no posea ni cien palabras. Hay muchas disgreciones en Das schloss sobre cosas sin mayor peso. Y es realmente impresionante —sobre todo para mí; ¡yo humilde aprendiz de escritor!— la capacidad de Kafka para inventar diálogos de doce páginas, en algunos casos de boca de un sólo personaje.

Ignoro por completo los métodos de redacción de KFK, pero me pregunto si en la planeación de sus escritos tomaba en consideración el final, como hacemos muchos. Y si así fue: ¿en qué terminaba El Castillo? ¿Lograban K. y Frieda ser felices? O terminaba esta en manos del fantasmal Klamm, un hombre que —y permítaseme actuar como exegeta aquí— actúa en la obra como anverso de K., es decir, como un hombre todopoderoso. Pero lo más probable es que el pobre K. termine como el campesino que se enfrenta al guardián de la ley, y muera sin lograr su objetivo. En fin, círculos y más círculos.

Pero en resumen en ello debe pensar el autor antes el material que piensa emplear en su escrito. Debe haber una idea central, tal vez esa pesadilla que lo sigue desde que era un niño y mojaba la cama ante la sola vista de tal amenaza. Siempre habrá ese algo que nos haga doblar la espalda sobre el cuaderno; yo tengo mis propios demonios y mis enemigos: el poder absoluto y la esclavitud. Y claro, ya veo que se alzan en la tribuna otros jóvenes escritores que piensan que el núcleo de las novelas deben ser las cosas buenas: amor, amistad, blah, blah, blah. Y es que dos fuerzas pueden impulsar el émbolo de la inspiración: el amor y el odio. Siendo el primero una necesidad física gestada por el natural sentido de reproducción, mientras que el segundo nace de la necesidad de supervivencia: de ser capaz de concentrar todas las fuerzas del cuerpo en la conclusión de un fin que no es otro que la destrucción total de una amenaza inminente.

En otras palabras: escribe sobre lo que odias.