domingo, 1 de julio de 2007

Ante el señor K.

Tras la lectura de El Castillo, de Franz Kafka, una nueva antorcha me ilumina una esquina, no vista hasta entonces, de lo que debe ser la literatura: una gran verdad -o tema- expresado en clave de ficción.

Múltiples estudiosos se han abocado a la obra del señor K. -se les suele llamar exegetas- y trabajan día y noche presentando teorías de todas clases acerca de cada elemento, punto y coma en los textos de Franz. En resolución, trabajos como El Castillo, El Proceso, y narraciones como La Transformación —-mejor conocida como La Metamorfosis— son literatura pura y dura, muy admirada, incluso por tipos como J. L. Borges y G. G. Márquez. Y para mí, la lectura de esta novela sin fin —en el peor de los sentidos que es que la narración quede colgando de una frase sin terminar— ha sido la inmersión en el campo de la literatura de ideas, tan despreciada por mi maestro Nabokov.

Todos conocemos al monstruo que acecha a K: la burocracia. Y en este sentido su cuento Ante la ley representa de la mejor manera este sistema aborrecible que convierte a los hombres en números, o en pelotas que son pateadas de una oficina a otra, como le sucede al agrimensor K. en sus correrías por adquirir un empleo, aunque sea de bedel de escuela.

Creo que cualquier colombiano entiende esto bien.

A otro pensamiento que llego al alcanzar las últimas páginas de esta novela (y que quizá este tan errado como los otros) es que los analistas que descuartizan las novelas quizá no estén tan cerca como ellos creen de las verdaderas causas que impulsaron a los autores a poner por escrito sus ideas. Cuando se tiene el deseo suficiente se le pueden dar diez mil interpretaciones a una novela, o a un cuento, aunque éste no posea ni cien palabras. Hay muchas disgreciones en Das schloss sobre cosas sin mayor peso. Y es realmente impresionante —sobre todo para mí; ¡yo humilde aprendiz de escritor!— la capacidad de Kafka para inventar diálogos de doce páginas, en algunos casos de boca de un sólo personaje.

Ignoro por completo los métodos de redacción de KFK, pero me pregunto si en la planeación de sus escritos tomaba en consideración el final, como hacemos muchos. Y si así fue: ¿en qué terminaba El Castillo? ¿Lograban K. y Frieda ser felices? O terminaba esta en manos del fantasmal Klamm, un hombre que —y permítaseme actuar como exegeta aquí— actúa en la obra como anverso de K., es decir, como un hombre todopoderoso. Pero lo más probable es que el pobre K. termine como el campesino que se enfrenta al guardián de la ley, y muera sin lograr su objetivo. En fin, círculos y más círculos.

Pero en resumen en ello debe pensar el autor antes el material que piensa emplear en su escrito. Debe haber una idea central, tal vez esa pesadilla que lo sigue desde que era un niño y mojaba la cama ante la sola vista de tal amenaza. Siempre habrá ese algo que nos haga doblar la espalda sobre el cuaderno; yo tengo mis propios demonios y mis enemigos: el poder absoluto y la esclavitud. Y claro, ya veo que se alzan en la tribuna otros jóvenes escritores que piensan que el núcleo de las novelas deben ser las cosas buenas: amor, amistad, blah, blah, blah. Y es que dos fuerzas pueden impulsar el émbolo de la inspiración: el amor y el odio. Siendo el primero una necesidad física gestada por el natural sentido de reproducción, mientras que el segundo nace de la necesidad de supervivencia: de ser capaz de concentrar todas las fuerzas del cuerpo en la conclusión de un fin que no es otro que la destrucción total de una amenaza inminente.

En otras palabras: escribe sobre lo que odias.

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