lunes, 16 de julio de 2007

Retrato Minimalista.

Si hay un punto al que quiero llegar como escritor, es decir, el nivel que espero alcanzar algún día, será el de tener la capacidad de poder narrar mis historias mediante cuadros minimalistas. Donde unas pocas frases, ensambladas con las palabras precisas, puedan describir todo un mundo sin fisuras o sombras que denoten falta de conocimiento, o de imaginación.

De hecho hoy en día me es dificil encontrar novelas o cuentos con estas características. La mayoría de los escritores actuales siguen como pauta la creación de textos carentes de toda belleza, u optan por una prosa tan almibarada como no se veía desde los tiempos de Goethe. En fin.
Entre tanta cosa mala por ahí tirada en las estanterías, tuve la suerte de hallar una novela sin mayor fortuna, de la que nunca había escuchado nada: Sarah, de J.T Leroy.

El relato en primera persona de las experiencias de un travesti aterradoramente joven en una parada de camioneros en el Sur de Estados Unidos. Y si creen que al adentrarse en sus páginas se darán de frente con uno de esos cuentos manidos, llenos de lugares comunes a los que son tan afectos los periodistas, se equivocan. El mundo, el universo casi irreal en el que viven -al menos dentro del relato- estos shemales de carretera, está expresado en párrafos límpios, excentos de tanto giro idiomático, libres de sofismas poéticos y otros tantos recursos muy en boga en los tiempos que corren.

De su protagonista, Cherry Vainilla, poco se sabe durante la novela y casi nada se llega a saber cuando esta alcanza su final. Sólo tenemos una especie de anécdota, sobre una fuga y un retorno -o mejor, un rescate- en el que este chico busca superar la fama de su madre, Sarah, la prostituta más reconocida de aquella parada.

Desde la descripción del entorno, pasando por la radiografía de esos hombres solitarios, jinetes de esos enormes trailers, hasta las expresiones comunes y los agüeros tradicionales del sur de una nación que muchos creen no tiene cultura propia, quien recorra sus párrafos uno a uno terminará aceptando esta visión, cruda e inocente a la vez, del mundo.
Pero lo mejor, en mi opinión de mal lector, es la aparente sencillez de la prosa de Leroy; la novela se lee, como se dice ahora, de un tirón; la sensación de hundirse en la historia es la misma de sumergirse en diáfana agua tibia, pero aquí no han habido sacrificios estéticos, ni elipsis torpes que limen lo escencial. Con cuatro pinceladas nos sitúa el autor en este lugar en medio de la nada, dibuja a sus personajes y recrea, desde un clásico restaurante de carretera hasta el bar donde habita un animal fantástico -el jackalope- que se ha transformado en un lugar de peregrinación para todas las putas del área.

Este paseo no está dividido en capítulos; cuando pasamos la última página quedamos en el mismo lugar del principio. No hay moraleja, ni fin justiciero, tampoco cierre heróico ni ejemplarizante; sólo se nos ha mostrado el friso de un mundo que muchos ignoran, inconciente o voluntariamente, un lugar con sus propias reglas y sus propias divinidades.

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