martes, 21 de agosto de 2007

Inspiración

Hablemos sobre la inspiración. No la ejerce ningún músculo en especial. No proviene de glándula alguna que podamos señalar en un esquema del cuerpo humano. Sabemos que proviene del cerebro, como todo lo demás, pero de ahí también vienen los sueños y los odios enfáticos que nos corroen los días; así que olvidémonos de la materia y centrémonos en la psique.

Los poetas y algunos escritores nada originales mencionan a la musa. ¿Qué diablos es la musa? No lo sé. Supongo que es algo que flota sobre los artistas mediocres y que les dispara ideas, o simplemente se las dicta, como lo hacen los poderosos a sus secretarios en sus lóbregos despachos. “Querido hijo Mijail: olvídate de la herencia; no verás un solo rublo.” Al secretario poco le importan las peleas entre el camarada Dalmatov y su hijo rebelde que voló tras una trapecista para unirse al circo Korniapev; sólo imprime la desazón de aquel padre en una o dos hojas, la pasa a limpio y la envía hasta la aldea de gitanos donde Mijail y Kalinka retozan alegremente. Hecha la encomienda se olvida del asunto.

Debo agregar, en honor a la verdad, que grandes obras maestras fueron gestadas de este modo tan burocrático.

Mi caso es distinto, sin embargo. Creo que no he inventado nada de lo que he escrito. No soy tampoco un reportero que toma eventos sencillos de la realidad para entretener a la masa ávida de lecturas con largos cuentos en clave de no-ficción. Pero venir a decir que un ángel me ha sugerido contarle al mundo tal o cual cosa me parece tan corrido que se sale del mapa. Y si así fuera, si tal cosa pudiera pasar y los escritores no fuéramos otra cosa que cronistas de un mundo invisible ¿en dónde estaría la gloria? ¿Qué maravilla envolvería al escritor? Ninguna. Sólo seríamos otra forma de control.

Pero no es así; yo lo sé. Señalemos a un tipo como el buen camarada Vladimir Nabokov. Escribió la que yo considero la novela total acerca del anhelo hecho pedazos. Lolita no podría ser más creíble ni real si la hubiésemos leído como crónica en The New Yorker. No pasó, y Vlad estuvo siempre lejos de ser un profesor atravesado con una obsesión clínica por el fantasma reencarnado de su fallecido primer amor. No obstante, y pese a que lo redactó entre un hospital de París y su apacible casa en Estados Unidos, este relato en primera persona es tan doloroso y crudo que quien tenga la sensibilidad debida lo sentirá en el fondo del pecho hasta la última línea.

Pero dejemos eso a un lado por ahora. Mi punto es el siguiente: el escritor ve y luego escribe. Bueno, ve, siente, prueba, escucha, sintetiza todo, selecciona lo necesario para aplicarlo al lienzo del tema que quiere tratar, selecciona el fondo apropiado y luego pinta… ¡digo! Escribe.

No se me ocurre nada más por ahora. Son las dos de la mañana… la musa duerme.

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