martes, 28 de agosto de 2007

Madame Poetry

Estoy casado con la narrativa de ficción. No me entristece mi situación actual, tampoco me llena de dicha inflamada que me expanda el pecho como un globo y me ponga a girar en mi cuarto mientras escucho a Vivaldi. Es un matrimonio plácido, previsible y tiene la calidez que dan los años y el estar acostumbrado al mismo trato por parte de nuestra pareja. Si quisiera aventuras me haría cronista independiente. Pero detesto demasiado la realidad, mea culpa.

Otra cosa que estoy seguro no voy a hacer —aunque nunca se sabe; mañana podría ganarme la lotería o perder la razón— sería involucrarme con la poesía. Se los juro: no.

Mi hermano me la presentó hace unos años: elegantísima y de formas seductoras. Esa mañana lluviosa me leyó algunos fragmentos de poemas de José Emilio Pacheco, mexicano, ensayista, crítico literario, poeta, narrador, un genio. Digamos que me mostraron una de las mejores caras de aquella diosa de profundidades cavernosas.

Intenté un acercamiento y luego salí huyendo. No, no podía meterme en un cuarto a ser sometido a las cadenas de la métrica y recibir los latigazos de la crítica que nunca sabe qué es buena poesía. Alguien escribe cuatro pendejadas en un diario y es un genio; otro hace una labor notable y todos lo desprecian. A algunos les gusta la sensación de estar de rodillas lamiendo las botas de esta dominatriz, esta princesa de las tinieblas con su atuendo de acrílico negro; se ve explosiva, sexy, y sé que muchos creen que será fácil dominarla y poseerla; lo intentan y terminan haciendo el ridículo en cuatro patas, especialmente en Colombia, donde, desde los presidentes, pasando por sus amantes, hasta los indigentes se juran poetas.

Lo siento, preciosa, amo demasiado mi libertad y a mi bella y sencilla esposa llamada ficción en prosa. No será tan exótica y lujuriosa como tú, pero con ella no tengo horarios, ni reglas que me digan de cuántas sílabas tiene que tener una oración, o si rima la primera y la tercera estrofa, o la segunda. Sufrir y exhibirse sólo puede divertir a los fanáticos del sado, pero yo, señores del jurado, soy un poco zanahorio y prefiero los campos abiertos llenos de historias a las oscuridades de las celdas monacales donde reinan siempre los mismos temas: amor, muerte, sexo y vacíos de diversas índoles.

No obstante, como marido que se respete, no dejaré de ver a Madame, aunque sea a la distancia: seguiré leyendo a José Asunción Silva, a J. E. Pacheco, a Bolaño, a Neruda y a los otros que me encuentre y que sean lo suficientemente buenos como para satisfacer mi apetito de oscuras bellezas.

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