jueves, 20 de septiembre de 2007

Órdenes y Contraórdenes.

Finalmente he podido publicar el capítulo 24 de Flores Para Irma; aunque su presentación no me halague mucho: los párrafos aparecen pegados, no llevan el tipo de letra que deseo, su lectura se presenta difícil y las palabras en bastardilla han quedado en redondas. Todo un caos. Un caos del que acuso a Blogger por hacer plantillas de creación de entradas tan rígidas.

A parte de mis problemas con la red debo comentarles sobre mis problemas con la redacción de Flores... Y es que esta novela ha sido urdida mediante una serie de escenas clave, algunas muy evidentes y otras que tal vez pacen desapercibidas. Entre uno y otro pilar voy tendiendo puentes con la esperanza de que el último de estos alcance un final digno de un elogioso gesto en los labios del lector.

Elaborar estos puentes puede ser bastante tedioso: escribes sobre algo que no crees y debes tratar de vendérselo a un lector cuidadoso que, con un toque de su varita mágica, se transformará en crítico literario, y como león de acto de mago saltará para hacerme pedazos.

Ciertamente no soy físicamente capaz de escribir algo si no soy estoy en paz; pero hay días en que uno debe hacer sacrificios. Como en estos días anteriores en los que me vi a rastras por sacar adelante un capítulo tan, pero tan, pero tan aburrido. Pido disculpas, es sólo un puente que pretende llevar al lector hasta esa parte vital de la historia. Ya escucho el hacha del verdugo: cada fragmento del texto debe ser de igual valor. ¡Pues no! Es difícil escribir bien de tiempo completo, maldita sea, ustedes que no son escritores no pueden saberlo y los que lo son pues no han tenido que toparse con algo como Flores Para Irma: estoy armando esta novela a pedazos.

La defensa descansa, su señoría.

lunes, 17 de septiembre de 2007

Radiografía de una infidelidad

Hay ciertas cosas que no entiendo del comportamiento humano, una ellas, el matrimonio. ¿Por qué la gente se casa? Motivos sociales, dirán unos. Motivos legales afirmarán otros. Ciertamente una tercera posible respuesta no puede se amor, o acaso, ¿es que no se puede amar a alguien sin un contrato de por medio? Sabemos que le humano necesita alimentar sus días con ceremonias, por eso hace celebraciones en aniversarios y le dedica días específicos a determinados aspectos de su vida; y desde este punto de vista podemos entender el por qué de una boda, pero no su ideal clásico: amor eterno, lo cual, según han probado los científicos no existe.

La gente se enamora y hace estupideces. Deben comprenderlo: el contacto con determinada persona del sexo opuesto causa una reacción en el cerebro debido a cierta sustancia llamada fenilatilamina —no estoy seguro de que se escriba en esta forma, por favor rectifíquenme si estoy errado—. Esto puede desencadenar cosas buenas y malas: asesinatos pasionales, descuartizamientos producto de los celos, suicidios, hijos, compañía el resto de nuestras vidas, felicidad, una gran familia, momentos placenteros… la lista tiene un fin lejano. Pero creo que entre la lista de cosas malas debemos señalar el matrimonio como una acción irracional que sólo se mantiene vigente de manos de la iglesia y el sistema jurídico.

Pero ya hechos los juramentos, servida la champaña, devorado el pastel y expulsado a los invitados a la recepción, es hora de ver si este montaje fabricado por un impulso animal servirá para algo. Si existirá ese idilio eterno entre hombre y mujer que supere la barrera de los años, la rutina, la pesadez de la vida doméstica y, sobre todo, la tentación de la fuga en manos de un tercero. Una descripción muy detallada del salto sobre aquel natural escollo matrimonial es lo que se puede leer en La mujer de mi hermano, del peruano Jaime Bayly.

Por mucho tiempo estuve alejado de este periodista y escritor que nunca ha sido respetado por los círculos intelectuales, quizá por sus entrevistas ligeras, quizá por fotogénico, quizá por bisexual. Pero finalmente decidí mandar al carajo las advertencias de los cultos y me sumergí en la que es probablemente la novela más famosa de este sujeto.

Tres personajes, el clásico triángulo; el problema que nos impone la trama, como para que no dejemos de leer, es que entre ese tercero que rompe la seguridad familiar que se tiene por absoluta en este matrimonio de clase alta es nada más ni nada menos que el hermano, el cuñado. La tormenta, además, se presenta clara desde el principio: no hay necesidad de ir escondiendo pistas como en una trama policíaca, maña asquerosa que tienen muchos prosistas actuales. Todo está dispuesto muy, muy, muy claro desde la primera línea “Creo que mi mujer se está acostando con mi hermano, piensa Ignacio” y desde ese instante creemos saberlo todo, alimentados como estamos por Flaubert y docenas de telenovelas reales y televisadas.

Creo que cuando pasé de la quinta página me di cuenta de algo —perdonen mi idiotez, no soy Sherlock Holmes— todo el texto está en tiempo presente. ¿Qué tiene de raro? Nada idiotas, es sólo que la gente suele escribir en pasado; pero hay algo más: la crudeza propia que le imprime este ritmo desapasionado. Nunca nos pondremos totalmente del lado de nadie, y cada vez que nos inclinemos a sentir una pizca de compasión sobre uno de los personajes estos hacen algo o piensan algo que nos hacen odiarlos.

Me gusta este tipo de narrativa sin términos absolutos. No hay buenos, no hay malos, hay gente que vive y sigue adelante en su vida. Pero, tengo que decirlo, esta novela sufre de ciertas debilidades, como diálogos sumamente telenovelescos y tres personajes principales tan acartonados y planos como siluetas publicitarias a escala. Un final, además, de caída y redención, que parece la Solución Final de un libretista de culebrón en problemas; un deux ex machina, si se quiere. Y es que me da la ligera impresión —espero estar equivocado, muy equivocado— de que un oscuro tipejo saltó de entre las tinieblas burocráticas de alguna editorial y encañonó a Bayly ordenándole que terminase la redacción de La mujer de mi hermano, así apenas fuera en la mitad del rollo.

Por lo demás este resulta un viaje entretenido a las etapas conocidas del arte de la infidelidad, desde el surgimiento del hastío natural que emerge de toda relación entre dos seres terrícolas, pasando por la explosiva y placentera fuga de los cuerpos que huyen de la rutina mediante una entrega pasional, hasta la derrota del idealismo bajo las botas de hierro de la comodidad de lo que se tiene por seguro.

Pese a sus críticos, creo que al menos Jaime Bayly pretende relatar realidades sin mayores pretensiones, y eso, en este comienzo de siglo, es mejor que esa legión de escritorzuelos que alimentan las imprentas con teorías de conspiración. Sí, ya sé que estoy repitiendo lo mismo que antes, pero debo ser enfático: los escritores deben ser sinceros, reproducir lo que ven, como lo hacían los impresionistas y darle la belleza que requiere todo ello que llamamos arte. A esta novela de la que les hablo le falta sí mucha de esta gracia estética, pero la salva el hecho de ser una crónica novelada de una realidad siempre presente, lo que la lleva a ser una lectura imperecedera; otro rasgo de la literatura verdadera.

lunes, 3 de septiembre de 2007

Todo es nada y lo contrario

En menos de cien horas di cuenta de uno de los mejores textos acerca de historia y de la razón con que me haya topado en esta vida: La puta de Babilonia, de Fernando Vallejo, grande en latinoamérica, más grande aún en Colombia, donde pocos lo superan.

Vallejo, siempre odiado en su ex-patria (ahora es mexicano puro), en parte por ateo, en parte por homosexual, en parte por decir verdades de a puño, es recordado entre los lectores nacionales más que todo por La virgen de los sicarios, El desbarrancadero y otros títulos de ribetes autobiográficos que nunca apuntan hacia temas generales de la especie humana, sino a sus problemas personales.

Yo, que nunca he leído nada de él antes, siempre le tuve en gran estima ante todo por ser un maestro de la gramática y una persona culta comprometida con su idioma. En SoHo y otras publicaciones ha dejado textos memorables que serán vendidos en conjunto y por un precio asquerosamente alto cuando este paisa muera. Espero que eso pase por ahí en unos doscientos años.

En un post anterior dejé en claro que si alguien quiere escribir algo bueno tiene que hacerlo acerca de algo que conoce; pero que si quiere escribir algo muy bueno debe ser sobre algo que odie con todas sus fuerzas. La puta de Babilonia es un gran ejemplo de mi teoría. Vallejo odia a la iglesia católica, desprecia a la religión, y no puede sentir más que asco por sus jefes encapotados del Vaticano. En su último libro decidió, como lo deja claro al comienzo, cobrarle a este enemigo todas las que le ha hecho, y comienza ahí un texto ejemplarmente escrito, irónico, ácido, fuerte, crudo, gracioso, serio, muy profundo, e incluso doloroso.

Aquí los ateos tenemos un texto de consulta directo para ver los crímenes varios del cristianismo y el islam. Es este texto una especie de Archipiélago gulag contra la iglesia católica: uno por uno sus jerárcas y jefes locales son expuestos con sus crímenes y su guerra sin fin contra la libertad y la diferencia. Quizá su uso de procacidades se pasa, y una buena parte de su acusación se basan en los extremismos de la religión. Pero al alcanzar la última página supe que había devorado un gran texto, un recuento de las demencias y atrocidades del poder absoluto contra la especie humana hecho con la seriedad de cualquier arquélogo moderno.

Mi teoría de la vida siempre ha sido la misma: nada es absoluto, ni siquiera el mal de la iglesia, a quien ante todo critico su empecinamiento en manejar la imágen pública de un ser, que de existir, es más grande que todo un universo infinito, y eso ya es mucho. Tampoco puedo dejar mi habito asqueroso de comer carne de animal; lo siento hermano Fernando, me gusta tanto el pollo frito y las hamburguesas que ni todas tus teorías me harán cambiar.

Nada es absoluto, ni siquiera el supuesto control total que le dio Dios al hombre: este planeta NO es nuestro, nunca lo será; sólo estamos aquí de paso. El concepto de un ser superior a todo el cosmos sólo tiene unos miles de años en un Universo que ya era viejo cuando se crearon los primeros sistemas de vida complejos. Por tanto dentro de la Historia de la tierra ese Dios que supuestamente creó al primer hombre seis días después de crear al sol no es más que una idea pasajera.

Así es que nada es absolutamente cierto, ni siquiera la idea que tiene Vallejo acerca de un mim llamado Ser Supremo que le sigue dando esperanza y paz a millones de homo sapiens, incluídos los vegetarianos.