lunes, 17 de septiembre de 2007

Radiografía de una infidelidad

Hay ciertas cosas que no entiendo del comportamiento humano, una ellas, el matrimonio. ¿Por qué la gente se casa? Motivos sociales, dirán unos. Motivos legales afirmarán otros. Ciertamente una tercera posible respuesta no puede se amor, o acaso, ¿es que no se puede amar a alguien sin un contrato de por medio? Sabemos que le humano necesita alimentar sus días con ceremonias, por eso hace celebraciones en aniversarios y le dedica días específicos a determinados aspectos de su vida; y desde este punto de vista podemos entender el por qué de una boda, pero no su ideal clásico: amor eterno, lo cual, según han probado los científicos no existe.

La gente se enamora y hace estupideces. Deben comprenderlo: el contacto con determinada persona del sexo opuesto causa una reacción en el cerebro debido a cierta sustancia llamada fenilatilamina —no estoy seguro de que se escriba en esta forma, por favor rectifíquenme si estoy errado—. Esto puede desencadenar cosas buenas y malas: asesinatos pasionales, descuartizamientos producto de los celos, suicidios, hijos, compañía el resto de nuestras vidas, felicidad, una gran familia, momentos placenteros… la lista tiene un fin lejano. Pero creo que entre la lista de cosas malas debemos señalar el matrimonio como una acción irracional que sólo se mantiene vigente de manos de la iglesia y el sistema jurídico.

Pero ya hechos los juramentos, servida la champaña, devorado el pastel y expulsado a los invitados a la recepción, es hora de ver si este montaje fabricado por un impulso animal servirá para algo. Si existirá ese idilio eterno entre hombre y mujer que supere la barrera de los años, la rutina, la pesadez de la vida doméstica y, sobre todo, la tentación de la fuga en manos de un tercero. Una descripción muy detallada del salto sobre aquel natural escollo matrimonial es lo que se puede leer en La mujer de mi hermano, del peruano Jaime Bayly.

Por mucho tiempo estuve alejado de este periodista y escritor que nunca ha sido respetado por los círculos intelectuales, quizá por sus entrevistas ligeras, quizá por fotogénico, quizá por bisexual. Pero finalmente decidí mandar al carajo las advertencias de los cultos y me sumergí en la que es probablemente la novela más famosa de este sujeto.

Tres personajes, el clásico triángulo; el problema que nos impone la trama, como para que no dejemos de leer, es que entre ese tercero que rompe la seguridad familiar que se tiene por absoluta en este matrimonio de clase alta es nada más ni nada menos que el hermano, el cuñado. La tormenta, además, se presenta clara desde el principio: no hay necesidad de ir escondiendo pistas como en una trama policíaca, maña asquerosa que tienen muchos prosistas actuales. Todo está dispuesto muy, muy, muy claro desde la primera línea “Creo que mi mujer se está acostando con mi hermano, piensa Ignacio” y desde ese instante creemos saberlo todo, alimentados como estamos por Flaubert y docenas de telenovelas reales y televisadas.

Creo que cuando pasé de la quinta página me di cuenta de algo —perdonen mi idiotez, no soy Sherlock Holmes— todo el texto está en tiempo presente. ¿Qué tiene de raro? Nada idiotas, es sólo que la gente suele escribir en pasado; pero hay algo más: la crudeza propia que le imprime este ritmo desapasionado. Nunca nos pondremos totalmente del lado de nadie, y cada vez que nos inclinemos a sentir una pizca de compasión sobre uno de los personajes estos hacen algo o piensan algo que nos hacen odiarlos.

Me gusta este tipo de narrativa sin términos absolutos. No hay buenos, no hay malos, hay gente que vive y sigue adelante en su vida. Pero, tengo que decirlo, esta novela sufre de ciertas debilidades, como diálogos sumamente telenovelescos y tres personajes principales tan acartonados y planos como siluetas publicitarias a escala. Un final, además, de caída y redención, que parece la Solución Final de un libretista de culebrón en problemas; un deux ex machina, si se quiere. Y es que me da la ligera impresión —espero estar equivocado, muy equivocado— de que un oscuro tipejo saltó de entre las tinieblas burocráticas de alguna editorial y encañonó a Bayly ordenándole que terminase la redacción de La mujer de mi hermano, así apenas fuera en la mitad del rollo.

Por lo demás este resulta un viaje entretenido a las etapas conocidas del arte de la infidelidad, desde el surgimiento del hastío natural que emerge de toda relación entre dos seres terrícolas, pasando por la explosiva y placentera fuga de los cuerpos que huyen de la rutina mediante una entrega pasional, hasta la derrota del idealismo bajo las botas de hierro de la comodidad de lo que se tiene por seguro.

Pese a sus críticos, creo que al menos Jaime Bayly pretende relatar realidades sin mayores pretensiones, y eso, en este comienzo de siglo, es mejor que esa legión de escritorzuelos que alimentan las imprentas con teorías de conspiración. Sí, ya sé que estoy repitiendo lo mismo que antes, pero debo ser enfático: los escritores deben ser sinceros, reproducir lo que ven, como lo hacían los impresionistas y darle la belleza que requiere todo ello que llamamos arte. A esta novela de la que les hablo le falta sí mucha de esta gracia estética, pero la salva el hecho de ser una crónica novelada de una realidad siempre presente, lo que la lleva a ser una lectura imperecedera; otro rasgo de la literatura verdadera.

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