sábado, 24 de noviembre de 2007

Ocupaciones. Formas varias de ganarse la vida. Detesto que mi trabajo interfiera en mi carrera como escritor. El tiempo que podría emplear para leer, para aprender o para escribir lo estoy perdiendo frente a un computador viejo en el sótano de un centro comercial. Oh, bueno, hay algunos que ni siquiera tienen empleo y que con el estómago vacío golpean las teclas de una Remington.

Nuevo capítulo de Flores Para Irma publicado. Espero que el tiempo que me está tomando la redacción de cada parte sea cada vez menor.

lunes, 19 de noviembre de 2007

Huésped Irreal

En la oscuridad de la sala de cine; alumbrado sólo por las ocasionales explosiones y los hermosos ojos azules de Milla Jovovich en Resident Evil los siguientes pensamientos llegaron a mi cabeza:

En la actualidad yo podría, como escritor, tomar dos caminos: seguir mi senda como relator de cuentos de ficción, con sus sutiles —muy sutiles a veces— brochazos de tinte político, o quedarme quieto para narrar dramas particulares de esos con los que te topas día a día en la silla del bus, entre las columnas del diario o por ahí, al vuelo, entre el lapso que va de la mañana al anochecer.

Creo que estas alternativas se le han aparecido a todos los escritores que se precien de serlo: pintar lo que vez, lo que existe a tu alrededor, lo que conoces. O retratar tus miedos, tus pesadillas, y los sueños más audaces, tus fantasías increíbles y todo ese cosmos interno que florece tan rico y esplendoroso cuando se es niño y muere tan rápido cuando se trepa uno a la adolescencia —con los buenos oficios de los profesores de la escuela y los padres, claro—.

Cualquiera puede sentarse frente a su computadora, cerrar los ojos y recrear esa calle, en la que sentado o golpeando con los dedos un conjunto de canicas vio pasar casi todos los cuadros de conducta humana, pintar a esa señora, señor, al joven y al anciano, darles una vida artificial, mover hilos y pintar una trama leve llena de sentimentalismos; terminar con circunferencias alrededor de los consabidos temas eternos de la literatura y, claro, esperar ganarse un premio de novela.

Pero es asquerosamente más difícil crear un universo de la nada; ensamblando personajes a partir de polvo, o ideas vagas. Cranearse —y permítaseme este neologismo tan bárbaro— un rollo superinverosímil e ir incrustándole detalles, como a un castillo hecho de cubos de ensamblar, hasta hacerlo creíble.

El universo de Resident evil muchos lo considerarán ridícula tramoya hollywoodesca; basura de matinée para alimentar mentes inmaduras. Gentecitas frívolas que nunca apreciarán el verdadero cine arte. Tal vez, tal vez, mi querido redactor de gaceta cultural dominguera. O quizá, quizá, es esta, como tantas historias que han alegrado el cine por los últimos ciento diez años, un esfuerzo apuntado a crear mundos no vistos, pesadillas o sueños, como ya dije, acerca de nuestros extremos. Por ello considero un esfuerzo muy loable el de esos valientes que consideran su campo de desplazamiento la ciencia ficción y las historias de aventuras. ¡Un saludo camaradas! ¡Vivan Borges, y Philip K. Dick; Asimov y Arthur C. Clark! Y olvidémonos, aun cuando sea un rato, de haciendas esclavistas, barcos de vapor, pueblos olvidados, poetas suicidas, baños turcos y cuartos tapizados de corcho.

Si la literatura puede ser un gran viaje, ¿por qué contentarnos con solo abrir la ventana?

lunes, 12 de noviembre de 2007

El Silencio de los Corderos

No hay acuerdo entre hombres y leones y entre lobos y corderos no hay concordia.

Homero

No puedo considerar la última película de Robert Redford, Lions for lambs, una verdadera película; eso si me atengo a lo que, yo considero, es una película. Pero sin duda no deja de ser, a la vez interesante, a la vez estresante, esta historia corta sobre tres historias enlazadas por los desastres de la actualidad.

Un profesor universitario, dos de sus estudiantes ahora en la línea de acción en Afganistán, una veterana periodista y un joven senador republicano sirven de ingredientes para contar una historia que no repetiré aquí sino que invito a los lectores a apreciar en las oscuridades siempre acogedoras de una sala de cine. La premisa, sin embargo, es simple: los Estados Unidos de América está metido de cabeza en un mierdero del que no se va a salir fácilmente, y cuya resolución, ahora o en un futuro a quince o veinte años, significará la perdida de millones de vidas.

Volviendo al primer párrafo, no es esta una historia más de ficción; es Bob Redford lanzando una proclama al mundo, y especialmente a sus compatriotas: esta guerra es un error. Uno grave.

Mientras los halcones en el Washington y el Pentágono siguen trazando estrategias de corto, mediano y largo alcance, tropas —y civiles— caen día a día en Afganistán e Irak. Diríamos aquí que el problema es de estos estrategas, o del personal de Inteligencia, pero no, el problema es que hay más intereses comerciales que deseos de paz y progreso para las naciones atacadas. El problema es que de nada sirve eliminar a ocho afganos de Al-Queda con un golpe dado por rangers o royal marines, si terminada la batalla se deja el campo, sus víctimas, el fuego, los destrozos, la sangre, y se olvida. Mientras los hombres del batallón o el regimiento son engalanados con medallas, y pasan su fin de semana en una barbacoa con sus vecinos, allá en el otro mundo, fuera de las fronteras del Imperio Occidental, los talibanes regresarán al campo donde unos días atrás fueron derrotados; levantarán de nuevo sus tiendas tendrán de nuevo a las poblaciones a su merced. Igual que en Vietnam, se ataca una aldea, Charlie huye a las montañas, o a sus agujeros, el CO —oficial al mando— dice: vencimos, y se retiran; entonces Charlie regresa, pero esta vez es más fuerte.

Igual que Vietnam, igual.

Pero si quieren seguir jugando a esto de la Historia repitiéndose una y otra y otra vez, observen:

Ciento treinta años atrás el Imperio Británico luchaba contra la Rusia zarista por Afganistán. Rudyard Kipling lo llamó “El Gran Juego”: el control de este país de posición estratégica; el control sobre la antiguamente llamada “Ruta de la Seda”, el camino a Asia. Hace treinta años los Estados Unidos y la Unión Soviética combatían en una versión moderna de este juego, igualmente por este corredor, y por el petróleo. Ahora una nueva guerra, ¿el objetivo?: tender un oleoducto que conecte a Asía y a los puertos mediterráneos bajo control Americano y Europeo.

Lo tengo claro, es simple, pero tengo una pregunta ¿quién es el contendor esta vez? No es Rusia, que hace tratos con todos ahora. No es China. No es Corea del Norte. ¿Quién? Esto es lo único que no me deja dormir, señoras y señores. Al principio de Flores Para Irma Leonardo está leyendo El agente secreto de Joseph Conrad, y la razón es una: siempre el terrorismo está sustentado por un poder más grande que el de los ejecutores; ahí hay un simbolismo bastante claro. Durante años los soviets armaron y entrenaron a los terroristas árabes; hoy hay un nuevo poder en ese papel. Hay alguien detrás de Bin Laden, ¿pero quién? Carteles de la droga, posible: Afganistán compite con Colombia en exportación de narcóticos, y creo que los colombianos conocemos bien las consecuencias de tal situación. Irán, tal vez: son la única potencia independiente que queda en esa parte del mundo.

Pero la respuesta podría ser más aterradora: la existencia de un tercer poder, alguien más independiente, más rico y más malparido, que no le importan las víctimas; sólo ver su fortuna elevarse como el humo de su cigarrillo mientras mira las arenas de desierto desde su palacio real. O las calles húmedas de lluvia desde su oficina en el corazón de Europa. O tal vez, sólo tal vez, desde las ventanas opacas y gruesas del 1600 de la Avenida Pensilvania.

Creo que si quedan héroes de verdad en este planeta, periodistas o espías, deberían encontrar una respuesta.

viernes, 9 de noviembre de 2007

Nuevo capítulo de Flores Para Irma publicado. A medida en que avanzo en la redacción de este cuento de espionaje, me doy cuenta, con temor en alza, que la trama se ha venido a extender demasiado. Dirán algunos que tras 26 capítulos no se ha llegado a ningún lado. Bueno, pido de nuevo paciencia para que pueda terminar de redactarla, para poder ponerme en la labor de corrección y ajustes.

Pido, una vez más, tolerancia. Y gracias.

jueves, 1 de noviembre de 2007

Be or not to be

Ante la avalancha de nuevos narradores en el paisaje “literario” —aunque este adjetivo no estoy seguro si aplica—, me surgen toda una serie de preguntas acerca de qué de bueno, y qué de malo puede tener el hecho de ser, esta nación, una fábrica de escritores.

La primera consecuencia es felizmente positiva: por cada centenar de audaces jóvenes, y veteranos aún enérgicos, que se lanzan al ruedo de la escritura, en prosa o verso, saldrá uno, o acaso dos, buenos, excelentes irrepetibles incluso clásicos autores cuyo trabajo será un regalo, un valioso obsequio, para las generaciones futuras. Y este principio, no del todo matemático, se basa en el concepto del espermatozoide y de cierto chiste feminista que asegura que de tantos millones de hombres sólo uno sirve.

Lo negativo serían aquellas toneladas de papel desperdiciadas en productos de temporada, novelas sin más valor que aquel que está anotado a un margen de la primera hoja con el signo pesos, que comentaristas de libros en revistas y periódicos nos dirán que constituyen “una buena compra, una novela magistral, que no se puede hacer a un lado”.

Y cuando uno está parado en la librería con esa pieza tan recomendada entre manos, y fija su atención en el perfil del escritor, este por lo general joven y cuyos ojos nos recuerdan a alguien por ahí visto como columnista o periodista, se pregunta uno ¿qué obliga a esta gente a escribir?

Olvidémonos de las respuestas acartonadas que se suelen relacionar con el mágico mundo de la inspiración. A lo que voy es lo siguiente: por qué ciertos periodistas —y otros que no lo son, pero sobre todo comunicadores sociales— creen que por el hecho de trabajar con palabras ya están obligados a poner por escrito algún cuento inverosímil o sus propias tragedias familiares, creyendo que a todo el mundo le importan, y asegurando que aquello es, lisa y llanamente, Literatura —ARTE—.

Ser o no ser, como la vieja fórmula shakesperiana; se es periodista, o se es escritor. Este último vive en otro planeta. ¿Recuerdan al sapo del salón y al tonto que vivía englobado mirando por la ventana? Bueno, el primero se hace periodista, el segundo escritor. Ser o no ser. Hace unos meses me encontré una muy poco interesante entrevista con un jornalista británico, del The Guardian, creo, que a petición de un editor rico se puso un pseudónimo —como algunos heterosexuales se ponen un antifaz en una fiesta gay— y redactó un libraco sobre conspiraciones religiosas, al conocido estilo de Dan Brown. Y en esta semana —o la anterior, ¿qué importa ya?— me topo con un jovencito colaborador de una revista que ha sacado al mercado colombiano su primera novela. Tras leer una muestra de su trabajo sólo pude opinar que había mucho de Efraim Medina Reyes en su estilo narrativo. Recibí una lluvia de piedras por mi opinión, claro, pero no dejo de creer que el estilo de mi maestro cartagenero da pie para que muchos redactores crean que pueden hacerse famosos poniendo sus aventuras personales con esa acústica desgarradora que tienen los textos de Medina Reyes.

Uno escribe, y punto, si tiene la vocación. Hacerlo por dinero, o fama, o porque le divierte y tiene un amigo por ahí que lo puede imprimir y ponerlo en la vitrina de la librería, no me parece ético. ¿Quién soy yo, no obstante, para juzgar a ese joven, o a aquella actriz que publicó el año pasado un desastroso libro de cuentos, para juzgar a los que se lanzan a publicar sin haber hecho escuela alguna, o tener ese espacio en el corazón que sólo se puede llenar contando historias? PUES NADIE.

Pero para eso existen los blogs, ¿no?