jueves, 1 de noviembre de 2007

Be or not to be

Ante la avalancha de nuevos narradores en el paisaje “literario” —aunque este adjetivo no estoy seguro si aplica—, me surgen toda una serie de preguntas acerca de qué de bueno, y qué de malo puede tener el hecho de ser, esta nación, una fábrica de escritores.

La primera consecuencia es felizmente positiva: por cada centenar de audaces jóvenes, y veteranos aún enérgicos, que se lanzan al ruedo de la escritura, en prosa o verso, saldrá uno, o acaso dos, buenos, excelentes irrepetibles incluso clásicos autores cuyo trabajo será un regalo, un valioso obsequio, para las generaciones futuras. Y este principio, no del todo matemático, se basa en el concepto del espermatozoide y de cierto chiste feminista que asegura que de tantos millones de hombres sólo uno sirve.

Lo negativo serían aquellas toneladas de papel desperdiciadas en productos de temporada, novelas sin más valor que aquel que está anotado a un margen de la primera hoja con el signo pesos, que comentaristas de libros en revistas y periódicos nos dirán que constituyen “una buena compra, una novela magistral, que no se puede hacer a un lado”.

Y cuando uno está parado en la librería con esa pieza tan recomendada entre manos, y fija su atención en el perfil del escritor, este por lo general joven y cuyos ojos nos recuerdan a alguien por ahí visto como columnista o periodista, se pregunta uno ¿qué obliga a esta gente a escribir?

Olvidémonos de las respuestas acartonadas que se suelen relacionar con el mágico mundo de la inspiración. A lo que voy es lo siguiente: por qué ciertos periodistas —y otros que no lo son, pero sobre todo comunicadores sociales— creen que por el hecho de trabajar con palabras ya están obligados a poner por escrito algún cuento inverosímil o sus propias tragedias familiares, creyendo que a todo el mundo le importan, y asegurando que aquello es, lisa y llanamente, Literatura —ARTE—.

Ser o no ser, como la vieja fórmula shakesperiana; se es periodista, o se es escritor. Este último vive en otro planeta. ¿Recuerdan al sapo del salón y al tonto que vivía englobado mirando por la ventana? Bueno, el primero se hace periodista, el segundo escritor. Ser o no ser. Hace unos meses me encontré una muy poco interesante entrevista con un jornalista británico, del The Guardian, creo, que a petición de un editor rico se puso un pseudónimo —como algunos heterosexuales se ponen un antifaz en una fiesta gay— y redactó un libraco sobre conspiraciones religiosas, al conocido estilo de Dan Brown. Y en esta semana —o la anterior, ¿qué importa ya?— me topo con un jovencito colaborador de una revista que ha sacado al mercado colombiano su primera novela. Tras leer una muestra de su trabajo sólo pude opinar que había mucho de Efraim Medina Reyes en su estilo narrativo. Recibí una lluvia de piedras por mi opinión, claro, pero no dejo de creer que el estilo de mi maestro cartagenero da pie para que muchos redactores crean que pueden hacerse famosos poniendo sus aventuras personales con esa acústica desgarradora que tienen los textos de Medina Reyes.

Uno escribe, y punto, si tiene la vocación. Hacerlo por dinero, o fama, o porque le divierte y tiene un amigo por ahí que lo puede imprimir y ponerlo en la vitrina de la librería, no me parece ético. ¿Quién soy yo, no obstante, para juzgar a ese joven, o a aquella actriz que publicó el año pasado un desastroso libro de cuentos, para juzgar a los que se lanzan a publicar sin haber hecho escuela alguna, o tener ese espacio en el corazón que sólo se puede llenar contando historias? PUES NADIE.

Pero para eso existen los blogs, ¿no?

1 comentario:

Lilia Carvajal dijo...

Me gusta. Creo que vas formando estilo y dices cosas interesantes aunque con algunas no esté de acuerdo. Y tampoco me gusta Medina Reyes; creo que como le pasa a algunos plátanos, nunca maduraron sino que se echaron a perder y quedaron duros.