lunes, 12 de noviembre de 2007

El Silencio de los Corderos

No hay acuerdo entre hombres y leones y entre lobos y corderos no hay concordia.

Homero

No puedo considerar la última película de Robert Redford, Lions for lambs, una verdadera película; eso si me atengo a lo que, yo considero, es una película. Pero sin duda no deja de ser, a la vez interesante, a la vez estresante, esta historia corta sobre tres historias enlazadas por los desastres de la actualidad.

Un profesor universitario, dos de sus estudiantes ahora en la línea de acción en Afganistán, una veterana periodista y un joven senador republicano sirven de ingredientes para contar una historia que no repetiré aquí sino que invito a los lectores a apreciar en las oscuridades siempre acogedoras de una sala de cine. La premisa, sin embargo, es simple: los Estados Unidos de América está metido de cabeza en un mierdero del que no se va a salir fácilmente, y cuya resolución, ahora o en un futuro a quince o veinte años, significará la perdida de millones de vidas.

Volviendo al primer párrafo, no es esta una historia más de ficción; es Bob Redford lanzando una proclama al mundo, y especialmente a sus compatriotas: esta guerra es un error. Uno grave.

Mientras los halcones en el Washington y el Pentágono siguen trazando estrategias de corto, mediano y largo alcance, tropas —y civiles— caen día a día en Afganistán e Irak. Diríamos aquí que el problema es de estos estrategas, o del personal de Inteligencia, pero no, el problema es que hay más intereses comerciales que deseos de paz y progreso para las naciones atacadas. El problema es que de nada sirve eliminar a ocho afganos de Al-Queda con un golpe dado por rangers o royal marines, si terminada la batalla se deja el campo, sus víctimas, el fuego, los destrozos, la sangre, y se olvida. Mientras los hombres del batallón o el regimiento son engalanados con medallas, y pasan su fin de semana en una barbacoa con sus vecinos, allá en el otro mundo, fuera de las fronteras del Imperio Occidental, los talibanes regresarán al campo donde unos días atrás fueron derrotados; levantarán de nuevo sus tiendas tendrán de nuevo a las poblaciones a su merced. Igual que en Vietnam, se ataca una aldea, Charlie huye a las montañas, o a sus agujeros, el CO —oficial al mando— dice: vencimos, y se retiran; entonces Charlie regresa, pero esta vez es más fuerte.

Igual que Vietnam, igual.

Pero si quieren seguir jugando a esto de la Historia repitiéndose una y otra y otra vez, observen:

Ciento treinta años atrás el Imperio Británico luchaba contra la Rusia zarista por Afganistán. Rudyard Kipling lo llamó “El Gran Juego”: el control de este país de posición estratégica; el control sobre la antiguamente llamada “Ruta de la Seda”, el camino a Asia. Hace treinta años los Estados Unidos y la Unión Soviética combatían en una versión moderna de este juego, igualmente por este corredor, y por el petróleo. Ahora una nueva guerra, ¿el objetivo?: tender un oleoducto que conecte a Asía y a los puertos mediterráneos bajo control Americano y Europeo.

Lo tengo claro, es simple, pero tengo una pregunta ¿quién es el contendor esta vez? No es Rusia, que hace tratos con todos ahora. No es China. No es Corea del Norte. ¿Quién? Esto es lo único que no me deja dormir, señoras y señores. Al principio de Flores Para Irma Leonardo está leyendo El agente secreto de Joseph Conrad, y la razón es una: siempre el terrorismo está sustentado por un poder más grande que el de los ejecutores; ahí hay un simbolismo bastante claro. Durante años los soviets armaron y entrenaron a los terroristas árabes; hoy hay un nuevo poder en ese papel. Hay alguien detrás de Bin Laden, ¿pero quién? Carteles de la droga, posible: Afganistán compite con Colombia en exportación de narcóticos, y creo que los colombianos conocemos bien las consecuencias de tal situación. Irán, tal vez: son la única potencia independiente que queda en esa parte del mundo.

Pero la respuesta podría ser más aterradora: la existencia de un tercer poder, alguien más independiente, más rico y más malparido, que no le importan las víctimas; sólo ver su fortuna elevarse como el humo de su cigarrillo mientras mira las arenas de desierto desde su palacio real. O las calles húmedas de lluvia desde su oficina en el corazón de Europa. O tal vez, sólo tal vez, desde las ventanas opacas y gruesas del 1600 de la Avenida Pensilvania.

Creo que si quedan héroes de verdad en este planeta, periodistas o espías, deberían encontrar una respuesta.

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