lunes, 19 de noviembre de 2007

Huésped Irreal

En la oscuridad de la sala de cine; alumbrado sólo por las ocasionales explosiones y los hermosos ojos azules de Milla Jovovich en Resident Evil los siguientes pensamientos llegaron a mi cabeza:

En la actualidad yo podría, como escritor, tomar dos caminos: seguir mi senda como relator de cuentos de ficción, con sus sutiles —muy sutiles a veces— brochazos de tinte político, o quedarme quieto para narrar dramas particulares de esos con los que te topas día a día en la silla del bus, entre las columnas del diario o por ahí, al vuelo, entre el lapso que va de la mañana al anochecer.

Creo que estas alternativas se le han aparecido a todos los escritores que se precien de serlo: pintar lo que vez, lo que existe a tu alrededor, lo que conoces. O retratar tus miedos, tus pesadillas, y los sueños más audaces, tus fantasías increíbles y todo ese cosmos interno que florece tan rico y esplendoroso cuando se es niño y muere tan rápido cuando se trepa uno a la adolescencia —con los buenos oficios de los profesores de la escuela y los padres, claro—.

Cualquiera puede sentarse frente a su computadora, cerrar los ojos y recrear esa calle, en la que sentado o golpeando con los dedos un conjunto de canicas vio pasar casi todos los cuadros de conducta humana, pintar a esa señora, señor, al joven y al anciano, darles una vida artificial, mover hilos y pintar una trama leve llena de sentimentalismos; terminar con circunferencias alrededor de los consabidos temas eternos de la literatura y, claro, esperar ganarse un premio de novela.

Pero es asquerosamente más difícil crear un universo de la nada; ensamblando personajes a partir de polvo, o ideas vagas. Cranearse —y permítaseme este neologismo tan bárbaro— un rollo superinverosímil e ir incrustándole detalles, como a un castillo hecho de cubos de ensamblar, hasta hacerlo creíble.

El universo de Resident evil muchos lo considerarán ridícula tramoya hollywoodesca; basura de matinée para alimentar mentes inmaduras. Gentecitas frívolas que nunca apreciarán el verdadero cine arte. Tal vez, tal vez, mi querido redactor de gaceta cultural dominguera. O quizá, quizá, es esta, como tantas historias que han alegrado el cine por los últimos ciento diez años, un esfuerzo apuntado a crear mundos no vistos, pesadillas o sueños, como ya dije, acerca de nuestros extremos. Por ello considero un esfuerzo muy loable el de esos valientes que consideran su campo de desplazamiento la ciencia ficción y las historias de aventuras. ¡Un saludo camaradas! ¡Vivan Borges, y Philip K. Dick; Asimov y Arthur C. Clark! Y olvidémonos, aun cuando sea un rato, de haciendas esclavistas, barcos de vapor, pueblos olvidados, poetas suicidas, baños turcos y cuartos tapizados de corcho.

Si la literatura puede ser un gran viaje, ¿por qué contentarnos con solo abrir la ventana?

1 comentario:

Lilia Carvajal dijo...

Estoy de acuerdo. Aunque no olvidemos que a veces, especialmente en nuestro país, la realidad supera la ficción.