domingo, 30 de diciembre de 2007

IQ AR-15

Nunca he visto a un intelectual arrastrarse por una fangosa trinchera, o siquiera bajo el plomizo cielo gris que forman los nubarrones tormentosos de la pólvora quemada. La imagen más cercana que tengo —ya que debo agregar que no conozco ninguno personalmente— es la del atilado hombre, o mujer, en plena madurez, de corbata o corbatín, con esa elegancia raída que es marca registrada de los que se creen rebeldes, muy cómodos en sillas o sillones, con expresiones graves, adustas, muy a lo Shopenhauer, y en algunos casos con un libro —nunca uno propio— entre sus nudosas manos.

Ningún intelectual se lanza a la batalla, dirán, porque la fuerza de las ideas es siempre superior a la fuerza de las balas. Para mí la verdad es que prefieren sus despachos de decoración barroca, la frescura del aula, donde el catedrático de oficio se siente como pez en el agua, y su soleada villa campestre particular donde puede contar estrellas y llenar sesudos ensayos frente a un lago espejado.

La guerra es un oficio desagradable, pero está probado que mientras el hombre sea hombre habrá justas y batallas a lo largo y ancho del globo, ergo podemos sentarnos a filosofar o tomar parte en la lucha. Más como no todos somos guerreros de nacimiento, algunos debemos sentarnos alejados del campo o en el peor escenario correr como liebres.

No obstante si algo no me es cuando los ideólogos —gente que debería estar coordinada por la lógica y las Ideas— se hacen pacifistas a ultranza y los envuelve la pendejada de creer que podemos vivir en un remanso de paz con el hermano tigre y el hermano león, como lo muestran esas coloridas estampas de las revistas repartidas por los testigos de Jehová.

El punto es que el intelectual piensa, no actúa, o lo hace rara vez en raros casos como rara a excepción a sus propias reglas

lunes, 24 de diciembre de 2007

Puntos de Vista

A la hora de concebir una historia —quiero decir una historia escrita—, el autor debe definir cuál será el punto de vista narrativo; dónde pondrá al lector y porqué lo pondrá ahí.

Es algo determinante y que no se debe dejar de lado a la hora de planificar. La mayoría de los escritores se inclinan hacía un lado siempre para evitar trastornarse con estas decisiones. Pero yo creo que es algo necesario tomarse el tiempo de pensar en el futuro lector, y qué impresiones pueda recibir desde su butaca, allá del otro lado de la barrera.

Por ejemplo, es obvio que ante una historia escrita en primera persona, todo lector se sentirá más identificado con el protagonista, o al menos con las opiniones del narrador, mientras que un relato en tercera persona nos dará una lectura desapasionada que nos hará interesarnos más en los hechos que en los sentimientos.

Es claro que nos es así en todos los casos, y aunque no quiero generalizar, esa ha sido al menos mi experiencia.

La narración en tercera persona, permite al lector estar en una situación similar a la de una cámara de cine: viendo aquello que el director quiere que veamos, y la sensación que queremos que tenga de las situaciones que se sucedan durante el relato. En buena parte lo que critico de la mayoría de autores de la actualidad —y varios veteranos— es la innecesaria ampulosidad de sus escritos, tan rebosantes de detalles innecesarios que la lectura de los mismos se transforma en un calvario. Para transmitir una idea no es necesario llenar el cuadro, sino trazar las bases necesarias para su comprensión.

En un post anterior mencioné la literatura minimalista como aquella donde la poca información que nos provee el autor resulta suficiente para entender una gran obra. Y si alguien es capaz de contar una historia con los mínimos medios narrativos ese es Manuel Puig.

De sus historias la más famosa podría ser El beso de la mujer araña, cuyo argumento nos envía directo a una prisión donde un supuesto corruptor de menores y un preso político crean una rara amistad surgida del mutuo interés en los argumentos cinematográficos que uno de ellos le narra al otro.

No es necesario saber dónde queda esa prisión, o cómo son sus muros o rejas. Sabemos que están allí y podemos sentir su frío y su soledad, la necesidad de libertad y el miedo a la represión por la fuerza. Poco nos queda de los protagonistas al final; es una silueta apenas lo que nos queda de ellos, pero Puig sabe darnos los detalles suficientes como para ponernos a trabajar la imaginación.

Muy similar a una puesta en escena teatral, en la que sólo tenemos a dos actores y quizá un mueble por todo escenario, obligando a nuestros sentidos a poner todo lo demás, uno queda tan inmerso en la novela cuando Molina, el homosexual detenido por corrupción, empieza a narrar sus historias, que llegamos a creer que sin las mismas no podremos resistir el tedio y la tristeza del pabellón penitenciario.

Esta podría definirse como la literatura envolvente, pero es efectiva, como ninguna otra, y llega a los sentidos más que al frío cerebro que busca la literatura académica.

martes, 18 de diciembre de 2007

Clubes y lectores

Hace unos días fui invitado a una lectura de cuentos escritos por una grupo de emocionados asistentes a un denominado “club de literatura” de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño. En la parte social el evento fue un agradable encuentro entre amigos en una casona del barrio antiguo de la fría Bogotá. Pero a parte de un par de cuentos un puedo decir que me haya impresionado el contenido de las historias. Pase la noche juzgando mentalmente lo que había escuchado, y así llegué a los siguientes apuntes:

Nadie debe ser juez de arte, pienso, mas que el artista mismo. Si queremos criticar un cuadro, recorramos y sondeemos las profundidades del espíritu del hombre, o la mujer, tras la obra.

Una vez leí un cuento sobre un escritor de fama internacional, tan embutido en su mundo de ficciones que su editor está obligado a pasar toda clase de peripecias para contactarlo. Cuando lo logra, le ordena escribir un cuento, un muy bueno, quizá el mejor de toda su vida, encomiándole poner sus cinco sentidos y el conocimiento de toda su vida en la menor cantidad posible de párrafos. El escritor acepta, no por los millones que le pagará la revista por el cuento, sino por el reto que supone. Pasa un mes y envía por correo el cuento al editor, horas antes de que llegue la hora de cierre. Feliz el tipo abre la carta y se topa con que el cuento, sin título, son sólo tres puntos suspensivos. Ahí termina la historia, y la moraleja es que tanto conocimiento sólo puede dar paso a un silencio contemplativo donde no caben las palabras. O eso creo.

Buenos lectores no aseguran buenos escritores; ni al revés. Como ser un feliz glotón no hace a nadie buen cocinero, ni aún siendo catador experto. Así mismo la facilidad de seleccionar y ordenar palabras de la forma correcta para llevar un mensaje o narrar una historia está supeditada más al conocimiento del tema y la capacidad cerebral del manejo del lenguaje que a un historial de lecturas muchas. Basta decir que grandes lectores como Bernardo Hoyos o Marianne Ponsford —son dos ejemplos al azar— no son escritores de oficio.

El arte no puede venir del sufrimiento. Del esfuerzo, que es otra cosa, tal vez. No conozco muy bien a aquellos chicos y chicas del Club de Literatura, ergo ignoro en qué forma concibieron sus historias, pero si pudiera, desde este blog, darles un concejo, sería el siguiente: si la idea está en tu cabeza, exprésala; basta de juego previos, antesalas y análisis, o terminarás poniendo puntos suspensivos en la hoja. El lenguaje, el estilo, eso que un gran cuentista llamado Gabriel García Márquez llama “la carpintería” es donde debe radicar todo el trabajo.

Para completar la idea les cuento otra historia, como complemento de la primera: un poeta de renombre quiere expresarle a su amada los sentimientos que se agitan entre las fibras de su corazón. Redacta una carta romántica, en verso, de casi quinientas páginas. Lleva el paquete a la casa de la mujer, pero al verla, bajo el marco de la puerta, iluminada por el primer destello de sol de la mañana, arroja el paquete a un lado, da un paso adelante y la besa con locura. El paquete cae al pozo que estaba al lado; el poema de doscientas cincuenta hojas se pierde entre el agua para siempre; ¡pero a quién le importa! Si ha expresado con sus labios más que con las hojas.

Expresión, y pasión: significados no semánticos del arte.

martes, 11 de diciembre de 2007

PD


Contacto mediante correo electrónico. A medida en que avanza la civilización la gente prefiere estar más sola, y a la vez tener un mayor contacto mediante medios electrónicos. ¿Moda? O un signo de los tiempos. En todo caso, el papel y los sobres parecen cosa del pasado, aunque el correo, en su forma ortodoxa siga siendo la regla de comunicación para muchas entidades sumidas en la edad de piedra.

En días como los que corremos, en que algunos nos preguntamos alrededor del mundo si los libros impresos sobrevivirán, o si serán extinguidos por el fuego binario del hipertexto, la foto en sepia del escritorio con el papel de carta, el tintero y la pluma nos acecha como algo que también existió y que ahora es sólo un recuerdo en la Wikipedia.

Pero dejando a un lado los romanticismos, el paso de un sistema a otro de comunicación ha generado un problema que puede hacerse irresoluble en el futuro: la decadencia del lenguaje. En el pasado, una carta era, para muchos, un arte, y su enseñanza era de suma importancia, dándole a muchos las herramientas para ser buenos prosistas. No es de extrañar que quien hoy lea una novela de hace sesenta años -o incluso un periódico-, encontrará un lenguaje mucho más estilizado que el que se emplea ahora. Siendo que en el presente la regla de transmisiones es la de "menos es tiempo, tiempo es dinero".

¿Y la literatura epistolar? ¿Se verá también extinta salvo en el caso de las novelas históricas? ¿Es acaso tan buena?

Hace unas horas terminé de leer La amigdalitis de Tarzán, de Alfredo Bryce Echenique, y pienso que si esta clase de novelas quedan para siempre ocultas en las viejas bibliotecas, nadie quedaría lastimado. Pocas veces me topo con historias tan aburridas. Sin poner en duda las capacidades narrativas de este famoso peruano, esta historia de amor, narrada mediante una serie de cartas que sólo reflejan el continuo trasegar que sufren los exiliados, resulta tan carente de fondo como una telenovela del medio día.

Sin creen que este post es muy aburrido, léanse esta novela La amigdalitis de Tarzán y verán que de tan floja historieta no se puede sacar mayor cosa.

lunes, 3 de diciembre de 2007

Tres Tristes Tazas

Mal título. Pésimo. Pero así es como suelo empezar yo: por el título, el cual puedo variar al final.

Yo juego mucho con esta idea; generalmente mi proceso de redacción es así: buscar en la paleta las mejores palabras. Ese tono misterioso que se encuentra entre dos colores supuestamente iguales. Para los escritores profesionales, o a sueldo —hablo de redactores o periodistas—, es el lenguaje común lo que alimenta sus textos. Nadie quiere ser rebuscado; sería incomprendido y odiado. Algunos escritorzuelos, algunos, valga aclararlo, muy metidos también en el mundo de la poesía, creen que cuanto más tengan que navegar por las profundidades del diccionario, y más extrañas sean sus perlas, o anémonas, o morenas o incluso el plancton rojo fucsia brillante que encuentren entre los recovecos de un naufragio mejores escritores serán. No lo creo: los grandes narradores suelen haber sido los que llamaban pan al pan y vino al vino.

Esto no significa tampoco que frente al ensamblado de un texto nos tengamos que amarrar a estructuras de colegial —“mi mamá me mima mi papá ve tele, a cada rato”—, y aunque en ciertos tipos de narrativa lo que importa es el mensaje, o aún, el trasfondo del mensaje, el cuidado, la atención, incluso el amor —vámonos pues hasta el extremo— que pueda uno sentir por el idioma, ha sido, en una buena cantidad de casos, lo que hace la diferencia entre un buen escritor y un gran escritor.

Me topé con uno de esos seres hace poco: Guillermo Cabrera Infante. Cubano, hijo, alumno, portaestandarte y finalmente miembro amputado y enemigo de la Revolución, que como toda buena revolución, siempre termina enemistándose y/o ejecutando a sus hijos intelectuales, ya que estos son los que suelen descubrir primero —y aquí debemos agradecer a Hans Christian Andersen— que el rey se pasea desnudo: que la revolución es un fraude.

Tres Tristes Tigres en uno de los mayores y más divertidos ejercicios de prosa que haya yo tenido la oportunidad de leer. Su sólo título, TTT, parte de ese trabalenguas que todos los niños saben y que olvidan protocolariamente al crecer y convertirse en “gentes serias”, da más luz sobre el contenido de la obra que Ella cantaba boleros, título original de la novela. Y aunque este último pueda ser una diapositiva de breve exposición que nos haga imaginar la Habana de noche, que es el componente esencial de la trama, de haberla, no da señal alguna sobre la serie de juegos y malabares y cuadros que nos presenta en este collage de escenas casi cinematográficas.

En parte debió ser su amor al cine, en parte quizá fue su amor al idioma, pero es más seguro que fue su interés por no convertirse en otra piedra del acantilado latino del Boom. Aprendió inglés, conocía el francés y el italiano, y tal vez otras tantas lenguas, pero no he leído ninguna biografía para darles más datos, pero me atrevo a decir que fue su amplitud de miras aquello que vino a forjarlo como narrador intrépido, sin miedo a meter, dentro de un mismo libro, lenguajes tan distintos como el de una madura dama cubana de clase media, que un español lleno de horrores ortográficos comenta una anécdota por carta a una conocida, hasta la visión seca, irónica, ignorante, pero es sí, divertida, de una pareja de estadounidenses turistas en la Perla del Caribe, a saber un escritor famoso y su señora, en relatos con faltas evidentes de traducción.

Hay mucha literatura de viajes, pero esta novela podría ser considerada una de las pocas que representa la literatura de viajes en el tiempo: La Habana que se nos presenta: la abierta, alegre, llena de cafés, restaurantes, hoteles, bares, discotecas y calles resplandecientes de luces de colores, ha muerto. Aplastada por el comunismo tercer mundista, arrasada para siempre.

Tres tristes tigres tragaron trigo en tres tristes tazas, les recuerdo, para quienes lo han olvidado.