martes, 18 de diciembre de 2007

Clubes y lectores

Hace unos días fui invitado a una lectura de cuentos escritos por una grupo de emocionados asistentes a un denominado “club de literatura” de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño. En la parte social el evento fue un agradable encuentro entre amigos en una casona del barrio antiguo de la fría Bogotá. Pero a parte de un par de cuentos un puedo decir que me haya impresionado el contenido de las historias. Pase la noche juzgando mentalmente lo que había escuchado, y así llegué a los siguientes apuntes:

Nadie debe ser juez de arte, pienso, mas que el artista mismo. Si queremos criticar un cuadro, recorramos y sondeemos las profundidades del espíritu del hombre, o la mujer, tras la obra.

Una vez leí un cuento sobre un escritor de fama internacional, tan embutido en su mundo de ficciones que su editor está obligado a pasar toda clase de peripecias para contactarlo. Cuando lo logra, le ordena escribir un cuento, un muy bueno, quizá el mejor de toda su vida, encomiándole poner sus cinco sentidos y el conocimiento de toda su vida en la menor cantidad posible de párrafos. El escritor acepta, no por los millones que le pagará la revista por el cuento, sino por el reto que supone. Pasa un mes y envía por correo el cuento al editor, horas antes de que llegue la hora de cierre. Feliz el tipo abre la carta y se topa con que el cuento, sin título, son sólo tres puntos suspensivos. Ahí termina la historia, y la moraleja es que tanto conocimiento sólo puede dar paso a un silencio contemplativo donde no caben las palabras. O eso creo.

Buenos lectores no aseguran buenos escritores; ni al revés. Como ser un feliz glotón no hace a nadie buen cocinero, ni aún siendo catador experto. Así mismo la facilidad de seleccionar y ordenar palabras de la forma correcta para llevar un mensaje o narrar una historia está supeditada más al conocimiento del tema y la capacidad cerebral del manejo del lenguaje que a un historial de lecturas muchas. Basta decir que grandes lectores como Bernardo Hoyos o Marianne Ponsford —son dos ejemplos al azar— no son escritores de oficio.

El arte no puede venir del sufrimiento. Del esfuerzo, que es otra cosa, tal vez. No conozco muy bien a aquellos chicos y chicas del Club de Literatura, ergo ignoro en qué forma concibieron sus historias, pero si pudiera, desde este blog, darles un concejo, sería el siguiente: si la idea está en tu cabeza, exprésala; basta de juego previos, antesalas y análisis, o terminarás poniendo puntos suspensivos en la hoja. El lenguaje, el estilo, eso que un gran cuentista llamado Gabriel García Márquez llama “la carpintería” es donde debe radicar todo el trabajo.

Para completar la idea les cuento otra historia, como complemento de la primera: un poeta de renombre quiere expresarle a su amada los sentimientos que se agitan entre las fibras de su corazón. Redacta una carta romántica, en verso, de casi quinientas páginas. Lleva el paquete a la casa de la mujer, pero al verla, bajo el marco de la puerta, iluminada por el primer destello de sol de la mañana, arroja el paquete a un lado, da un paso adelante y la besa con locura. El paquete cae al pozo que estaba al lado; el poema de doscientas cincuenta hojas se pierde entre el agua para siempre; ¡pero a quién le importa! Si ha expresado con sus labios más que con las hojas.

Expresión, y pasión: significados no semánticos del arte.

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