domingo, 30 de diciembre de 2007

IQ AR-15

Nunca he visto a un intelectual arrastrarse por una fangosa trinchera, o siquiera bajo el plomizo cielo gris que forman los nubarrones tormentosos de la pólvora quemada. La imagen más cercana que tengo —ya que debo agregar que no conozco ninguno personalmente— es la del atilado hombre, o mujer, en plena madurez, de corbata o corbatín, con esa elegancia raída que es marca registrada de los que se creen rebeldes, muy cómodos en sillas o sillones, con expresiones graves, adustas, muy a lo Shopenhauer, y en algunos casos con un libro —nunca uno propio— entre sus nudosas manos.

Ningún intelectual se lanza a la batalla, dirán, porque la fuerza de las ideas es siempre superior a la fuerza de las balas. Para mí la verdad es que prefieren sus despachos de decoración barroca, la frescura del aula, donde el catedrático de oficio se siente como pez en el agua, y su soleada villa campestre particular donde puede contar estrellas y llenar sesudos ensayos frente a un lago espejado.

La guerra es un oficio desagradable, pero está probado que mientras el hombre sea hombre habrá justas y batallas a lo largo y ancho del globo, ergo podemos sentarnos a filosofar o tomar parte en la lucha. Más como no todos somos guerreros de nacimiento, algunos debemos sentarnos alejados del campo o en el peor escenario correr como liebres.

No obstante si algo no me es cuando los ideólogos —gente que debería estar coordinada por la lógica y las Ideas— se hacen pacifistas a ultranza y los envuelve la pendejada de creer que podemos vivir en un remanso de paz con el hermano tigre y el hermano león, como lo muestran esas coloridas estampas de las revistas repartidas por los testigos de Jehová.

El punto es que el intelectual piensa, no actúa, o lo hace rara vez en raros casos como rara a excepción a sus propias reglas

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