lunes, 24 de diciembre de 2007

Puntos de Vista

A la hora de concebir una historia —quiero decir una historia escrita—, el autor debe definir cuál será el punto de vista narrativo; dónde pondrá al lector y porqué lo pondrá ahí.

Es algo determinante y que no se debe dejar de lado a la hora de planificar. La mayoría de los escritores se inclinan hacía un lado siempre para evitar trastornarse con estas decisiones. Pero yo creo que es algo necesario tomarse el tiempo de pensar en el futuro lector, y qué impresiones pueda recibir desde su butaca, allá del otro lado de la barrera.

Por ejemplo, es obvio que ante una historia escrita en primera persona, todo lector se sentirá más identificado con el protagonista, o al menos con las opiniones del narrador, mientras que un relato en tercera persona nos dará una lectura desapasionada que nos hará interesarnos más en los hechos que en los sentimientos.

Es claro que nos es así en todos los casos, y aunque no quiero generalizar, esa ha sido al menos mi experiencia.

La narración en tercera persona, permite al lector estar en una situación similar a la de una cámara de cine: viendo aquello que el director quiere que veamos, y la sensación que queremos que tenga de las situaciones que se sucedan durante el relato. En buena parte lo que critico de la mayoría de autores de la actualidad —y varios veteranos— es la innecesaria ampulosidad de sus escritos, tan rebosantes de detalles innecesarios que la lectura de los mismos se transforma en un calvario. Para transmitir una idea no es necesario llenar el cuadro, sino trazar las bases necesarias para su comprensión.

En un post anterior mencioné la literatura minimalista como aquella donde la poca información que nos provee el autor resulta suficiente para entender una gran obra. Y si alguien es capaz de contar una historia con los mínimos medios narrativos ese es Manuel Puig.

De sus historias la más famosa podría ser El beso de la mujer araña, cuyo argumento nos envía directo a una prisión donde un supuesto corruptor de menores y un preso político crean una rara amistad surgida del mutuo interés en los argumentos cinematográficos que uno de ellos le narra al otro.

No es necesario saber dónde queda esa prisión, o cómo son sus muros o rejas. Sabemos que están allí y podemos sentir su frío y su soledad, la necesidad de libertad y el miedo a la represión por la fuerza. Poco nos queda de los protagonistas al final; es una silueta apenas lo que nos queda de ellos, pero Puig sabe darnos los detalles suficientes como para ponernos a trabajar la imaginación.

Muy similar a una puesta en escena teatral, en la que sólo tenemos a dos actores y quizá un mueble por todo escenario, obligando a nuestros sentidos a poner todo lo demás, uno queda tan inmerso en la novela cuando Molina, el homosexual detenido por corrupción, empieza a narrar sus historias, que llegamos a creer que sin las mismas no podremos resistir el tedio y la tristeza del pabellón penitenciario.

Esta podría definirse como la literatura envolvente, pero es efectiva, como ninguna otra, y llega a los sentidos más que al frío cerebro que busca la literatura académica.

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