lunes, 3 de diciembre de 2007

Tres Tristes Tazas

Mal título. Pésimo. Pero así es como suelo empezar yo: por el título, el cual puedo variar al final.

Yo juego mucho con esta idea; generalmente mi proceso de redacción es así: buscar en la paleta las mejores palabras. Ese tono misterioso que se encuentra entre dos colores supuestamente iguales. Para los escritores profesionales, o a sueldo —hablo de redactores o periodistas—, es el lenguaje común lo que alimenta sus textos. Nadie quiere ser rebuscado; sería incomprendido y odiado. Algunos escritorzuelos, algunos, valga aclararlo, muy metidos también en el mundo de la poesía, creen que cuanto más tengan que navegar por las profundidades del diccionario, y más extrañas sean sus perlas, o anémonas, o morenas o incluso el plancton rojo fucsia brillante que encuentren entre los recovecos de un naufragio mejores escritores serán. No lo creo: los grandes narradores suelen haber sido los que llamaban pan al pan y vino al vino.

Esto no significa tampoco que frente al ensamblado de un texto nos tengamos que amarrar a estructuras de colegial —“mi mamá me mima mi papá ve tele, a cada rato”—, y aunque en ciertos tipos de narrativa lo que importa es el mensaje, o aún, el trasfondo del mensaje, el cuidado, la atención, incluso el amor —vámonos pues hasta el extremo— que pueda uno sentir por el idioma, ha sido, en una buena cantidad de casos, lo que hace la diferencia entre un buen escritor y un gran escritor.

Me topé con uno de esos seres hace poco: Guillermo Cabrera Infante. Cubano, hijo, alumno, portaestandarte y finalmente miembro amputado y enemigo de la Revolución, que como toda buena revolución, siempre termina enemistándose y/o ejecutando a sus hijos intelectuales, ya que estos son los que suelen descubrir primero —y aquí debemos agradecer a Hans Christian Andersen— que el rey se pasea desnudo: que la revolución es un fraude.

Tres Tristes Tigres en uno de los mayores y más divertidos ejercicios de prosa que haya yo tenido la oportunidad de leer. Su sólo título, TTT, parte de ese trabalenguas que todos los niños saben y que olvidan protocolariamente al crecer y convertirse en “gentes serias”, da más luz sobre el contenido de la obra que Ella cantaba boleros, título original de la novela. Y aunque este último pueda ser una diapositiva de breve exposición que nos haga imaginar la Habana de noche, que es el componente esencial de la trama, de haberla, no da señal alguna sobre la serie de juegos y malabares y cuadros que nos presenta en este collage de escenas casi cinematográficas.

En parte debió ser su amor al cine, en parte quizá fue su amor al idioma, pero es más seguro que fue su interés por no convertirse en otra piedra del acantilado latino del Boom. Aprendió inglés, conocía el francés y el italiano, y tal vez otras tantas lenguas, pero no he leído ninguna biografía para darles más datos, pero me atrevo a decir que fue su amplitud de miras aquello que vino a forjarlo como narrador intrépido, sin miedo a meter, dentro de un mismo libro, lenguajes tan distintos como el de una madura dama cubana de clase media, que un español lleno de horrores ortográficos comenta una anécdota por carta a una conocida, hasta la visión seca, irónica, ignorante, pero es sí, divertida, de una pareja de estadounidenses turistas en la Perla del Caribe, a saber un escritor famoso y su señora, en relatos con faltas evidentes de traducción.

Hay mucha literatura de viajes, pero esta novela podría ser considerada una de las pocas que representa la literatura de viajes en el tiempo: La Habana que se nos presenta: la abierta, alegre, llena de cafés, restaurantes, hoteles, bares, discotecas y calles resplandecientes de luces de colores, ha muerto. Aplastada por el comunismo tercer mundista, arrasada para siempre.

Tres tristes tigres tragaron trigo en tres tristes tazas, les recuerdo, para quienes lo han olvidado.

1 comentario:

FRANCISCO PINZÓN BEDOYA dijo...

Interesante prosa y agradable la lectura del BLOG en general.

Saludos desde Medellín