viernes, 26 de diciembre de 2008

Las víctimas del poder




Donde no llega la luz de los hechos conocidos florecen las semillas de la imaginación. Así que cuanto más secreto se forma alrededor de un hecho, más narradores y más historias habrá. Durante la época de la Guerra Fría, tiempo de esplendor para las conspiraciones y los servicios secretos, los escritores de ficción podían inventar las tramas más inverosímiles, vendiendo cientos de miles de copias de cada ejemplar.

Aquellos más cercanos al asunto, los ex espías, periodistas o ex militares, tenían la ventaja al momento de inventar historias, héroes, villanos y finales felices donde el mundo occidental quedaba a salvo del enemigo, quien quiera que fuese. Grandes autores de esta época son Tom Clancy, Frederick Forsyth, Graham Greene, Robert Ludlum y John le Carré. Pero solo uno sobrevivió al cambio de los tiempos, la muerte del gran oso soviético, la relativa paz de los años noventa y la guerra sin frentes contra el “terrorismo”, y ese es John le Carré.

Sin el enfrentamiento entre superpotencias, modelos económicos y conceptos políticos, la literatura de conspiraciones se quedó sin material. Una nueva luz se encendió con El código Da Vinci de Dan Brown: los conspiradores no necesitaban ser precisamente gobiernos, sin que tras las muertes, las fugas, el robo de información y los chantajes podía estar la Iglesia o una secta religiosa, dañina, poderosa y, como lo manda la ley de la narrativa de ficción, amparada en el secreto absoluto. Los códigos se sucedieron y se suceden, al momento de redactar estas líneas, en las librerías: el código de Jesús, el de María Magdalena, el de Judas, el de Poncio Pilato. Como resultado las estanterías se llenan de material mediocre, producto de la masiva industria editorial americana y europea; sus universidades formadoras de redactores y los talleres de guionistas.

Pero entre esta tendencia editorial —no literaria— y la del pasado, hablo de la Guerra Fría, no hay grandes diferencias. Los autores aparecen, publican un best seller, publican otro librito menos popular y desaparecen. Entonces, ¿porqué sobrevive John le Carré? Porque no escribe sobre conspiraciones y titiriteros del orden mundial, sino sobre sus víctimas.

Despojando sus narraciones de los gadgets, los asesinos implacables, los héroes a ultranza y los políticos o militares ultrapatriotas, las novelas de le Carré hacen que el lector se desplace a tres pasos de quienes sufren las consecuencias directas de la acción por parte de los organismos de inteligencia británicos. Y mientras un autor como Forsyth se empeña en darnos visitas guiadas por los pasillos del SIS o el MI-5, le Carré prefiere ignorar los nombres y los títulos, o apenas ocultarlos bajo rótulos que despistan.

Los hombres sencillos y las mujeres sencillas buscan paz, estabilidad y un futuro cómodo. Para ello evitan el conflicto y no miran al pasado; es entonces cuando aparecen los organismos de inteligencia, quienes buscan algo de ellos, y mediante algún tipo de coerción los envían a enfrentar lo desconocido, a favor del Reino Unido pero sin su escudo que les sirva de protección. Independientemente de lo bien o mal que concluyan las operaciones, las vidas de los involucrados en ellas terminan girando por completo.

En La canción de los misioneros (2006), la víctima es un intérprete mestizo llamado Bruno Salvador. Joven, exitoso en su campo y casado con una bella y moderna periodista, Bruno cree tener su mundo entre las manos. Nacido en lo profundo del Congo, hijo de un misionero católico, lo que lo hace técnicamente huérfano, tiene, antes de los treinta, su futuro asegurado dentro del agitado Londres de la época contra el terrorismo.

Los siempre misteriosos órganos de inteligencia lo contactan para que sirva de intérprete en una reunión secreta que se lleva a cabo en una isla sin nombre entre los señores de la guerra del Congo. Este tipo de labores no le es extraña a Salvo, cuyos clientes pueden estar en congresos realizados sobre temas africanos, o los controladores del tráfico de diamantes. Sin embargo es obvio que ha entrado en otro mundo, el de los micrófonos ocultos y los intereses por debajo de la mesa. Esto es algo también muy propio de le Carré, hacerle ver al lector que el mundo del espionaje es una dimensión paralela en donde nada es lo que parece y el engaño es la ley.

A diferencia de sus demás trabajos, La canción de los misioneros está escrita en primera persona. Ignoro en este momento si ya ha escrito otras novelas en igual forma, pero la sola introducción del primer capítulo le resultará sorprendente a cualquier lector acostumbrado al estilo analítico y en tercera persona de este novelista inglés. El efecto es totalmente distinto: Bruno nos narra su experiencia como peón en el juego de los intereses neocolonialistas de Gran Bretaña: su paso de prestigioso intérprete nacionalizado inglés a la destrucción completa de esa identidad que, de todos modos, no le pertenece más que un traje prestado.

Los juegos de poder no son el tema central de esta u otras novelas de le Carré; son acaso el tablero donde conocemos a las piezas y descubrimos el drama particular de ser fichas controladas por un poder superior siempre al margen de la narración. Por eso las obras de este autor no mueren, o al menos tienen una lenta descomposición. Aunque pase el tiempo, la tecnología cambie, los gobiernos cambien y sus espías varíen de fórmula, los dramas elementales que viven estas víctimas son tan imperecederos como los buenos libros.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Volver al futuro


Hace cosa de dos meses me prestaron Siete Noches, libro que compila las nueve cátedras que dictó Jorge Luís Borges, el grande, en el teatro Coliseo de Buenos Aires. El texto prueba que Borges conocía a fondo los temas allí expuestos debido a la pasión que en él despertaban. Pero lo más increíble para mí de leer este libro, fue encontrar que el gran Borges y yo llegamos, aunque supongo que por caminos diferentes, a una misma idea, un concepto que además pocos autores conocen o sienten como verdadero. Hablo de la creación literaria como una forma de recordar el futuro.

Lo siguiente es del libro anteriormente mencionado, Siete Noches:

“Cuando yo escribo algo, tengo la sensación de que ese algo preexiste. Parto de un concepto general; sé más o menos el principio y el fin, y luego voy descubriendo las partes intermedias; pero no tengo la sensación de inventarlas, no tengo la sensación de que dependan de mi arbitrio; las cosas son así. Son así, pero están escondidas y mi deber de poeta es encontrarlas.”

Magníficamente expresado. Ahí pueden ver la diferencia entre un escritor como yo y un maestro de la narrativa, como Borges. La síntesis de lo dicho.

Hace unos años pude ver una película llamada Memento en la que un hombre, interpretado por Guy Pearce, padece de una especie de amnesia que afecta su memoria de corto plazo. El método narrativo, por demás extraordinario, es contar la historia desde el final y regresar hasta el principio, evitando que el espectador se desinterese por la trama. Tras esto comprendí que en parte los escritores somos así, o algunos al menos: podemos ver el principio de nuestra historia y su final, o a veces tan solo el final. En mi caso, la mayoría de historias que he escrito, o que pienso poner por escrito, van apareciendo en mi vida como una serie de flashes de un pasado que no ocurrió.

De hecho la historia que el novelista de ficción pretende contar no existe. Existirá una vez la haya escrito, y esta, en la mayoría de los casos, suele estar narrada en pasado. Así que es necesario que en la memoria del autor esté grabada una sucesión de hechos que no han ocurrido; hablamos de ver en el futuro eventos del pasado.

Todo puede empezar por una imagen sin mayor sentido: un paisaje, el rostro de una persona, la clase de impresiones que pasan por nuestra mente minuto a minuto, hora tras hora durante toda nuestra existencia. La mayoría de las personas, hablo de una vasta mayoría, no repara en esos collages armados por el inconciente. Y dentro de este grupo podemos también contar a muchos autores, al menos aquellos que se devanan los sesos frente a las hojas en blanco sin saber qué escribir. La falta de imaginación no es un mal moderno, sino que viene con la edad, y se genera en la parte alta de la adolescencia, cuando el hombre cree que dará un paso adelante en su vida si suprime su instinto infantil de visualizar lo que no existe. De hecho, los profesores siempre le dicen a los chicos dos cosas, uno, que no vivan en las nubes; dos, que lo más importante en la vida no es ser feliz, sino madurar, cambiar los juguetes por el trabajo, los juegos por el alcohol, el sexo y la música, y las fantasías de aventuras por las depresiones y el estrés.

Pero para algunos esos juegos de la mente llegan a ser revelaciones. ¿Qué sería de la labor de muchos científicos, si no hicieran caso de las ideas transitorias? Todo aquel que está realmente metido en un trabajo creativo está pendiente de esos ligeros tips que suelta la mente de forma impredecible. A ello debe aferrarse un autor, pero eso sí, sin cometer la idiotez de sentarse en la terraza de un café para esperar a que le llegue la inspiración; el mundo está lleno de librerías o bibliotecas; el consumo constante de datos es parte del proceso de creación.

En este momento tengo muchas novelas en mente, y son historias sobre las que no he escrito una sola palabra, aún. Pero los argumentos corren por mi sistema cerebral como si fuesen anécdotas de mi propia vida. Cuando empiezo la redacción no tengo todos los datos, o las ideas que se relacionan con el hecho pueden estar erradas por completo. Hace falta investigación, reescribir, leer a los grandes autores y meditar por largo tiempo si las acciones ejercidas por el personaje X resultan verosímiles o no.

Hay buenas novelas que sin importar la fantasía que las envuelve se presentan al lector sumamente realistas, y en algunos casos —hablo, por ejemplo, de 1984 de Orwell—, angustiantemente realistas. Todo depende de la capacidad que haya tenido el autor de viajar mentalmente a ese pasado que nunca ha ocurrido, y extraer de allí la esencia del momento.
Sobre el post anterior, esa es simplemente una imagen que monté sobre cómo se vería mi novela Flores para Irma si fuera editada por Anagrama, cosa que no ha pasado... aún.

martes, 16 de diciembre de 2008

jueves, 11 de diciembre de 2008

El arte de la composición

Todo el arte es composición. Una película, una novela, una sinfonía o una fotografía. Es un hecho simple que encapsula una enorme complejidad.

El artista debe tener los elementos para ejecutar su acto, pero primero debe conocerlos; y esa es quizá la mayor debilidad de muchos que se consideran a sí mismos escritores, cineastas, pintores, o músicos: un título adquirido en una universidad o academia no da los elementos para la composición. Si acaso vende mapas que indican dónde encontrarlos y cómo solucionar los problemas técnicos que pueda presentar el trabajo. Más allá de eso solo queda el talento y la concentración absoluta.

Componer no es juntar piezas, o limitarse a ensamblar lo que cae en nuestras manos. Se trata, en primera instancia, de distinguir esos elementos del resto del entorno y saber si caben entre sí. Voy a ponerlo de esta manera: supongamos que tenemos veinte juegos de rompecabezas, cada uno con una imagen distinta. Mezclamos todas las piezas y al final, si queremos completar una imagen vamos a tener que primero separar las partes útiles del resto. Ese es el primer paso en el campo de la concepción de una idea para una futura obra; y aunque parezca muy lógico, o totalmente carente de sentido —usted, lector, tendrá sus propias ideas—, a muchos ni siquiera eso les pasa por la cabeza. Hay escritores que se asoman a la terraza de sus bellos apartamentos a buscar una buena historia, y generalmente se decantan por la más llamativa del momento, olvidando que la literatura no está llena de anécdotas desconcertantes o divertidas, sino de agudas apreciaciones al respecto.

Y esto también ocurre con la fotografía. No es extraño que si entramos en una galería donde exponen jóvenes y “prometedores” estudiantes de fotografía nos encontremos con fotos de perros, vagabundos dormidos —y generalmente con títulos de ingenio modesto como “Sueño profundo” u “hogar dulce hogar”—, travestis, o peor, paisajes urbanos donde la pobreza pierde toda poesía. ¿Qué diferencia una foto de Henri Cartier Bresson de la de una fotógrafa aprendiz que estudia cinematografía o comunicación social? Bueno, cualquiera podría verlo, es una cuestión de belleza y ahí es cuando el alma se convierte en crítico. Sabemos —y esto va cambiando a medida en que crecemos— qué es la belleza. Habrá diferencias de opinión, pero la mente rara vez se equivoca. Ahora, los buenos compositores, de cualquier rama de la expresión humana, pocas veces dejan que el azar juegue un papel demasiado importante en su trabajo. Me explico: puede que muchos artistas hablen de “la musa”, pero detrás de esa nube misteriosa llamada inspiración hay un cerebro trabajador, lleno de ideas, buenas y malas, que solo quiere gritar y dejar escapar un poco de toda esa tempestad de impresiones. Para lograrlo tendrá que someterse a las reglas, a veces la tiranía misma, del oficio: si eres escritor necesitarás de las palabras, del alfabeto; si eres pintor, de los colores, o de la ausencia de ellos; y si eres cineasta… de un millón de cosas. Pero en el plan no hay espacio, o no debe haberlo, al menos en una primera instancia, para el azar. Muchos se sentirán indignados al leer esto, dirán que no son matemáticos, y que prefieren entregar el pincel al vaivén de la inconciencia. Lo que olvidan, queridos amigos, es que el cerebro humano no funciona de esa manera. Toda acción que ejecutamos está basada en un plan, una línea de comportamientos bien definida. Por tanto lo que creemos es el abstracto parecer de un artista —hablo de una pintura— es un conjunto de ideas almacenadas en el inconciente de aquel que ha tomado los pinceles.

Pero me he alejado de la idea principal de este escrito. Necesitamos conocer los elementos y luego tener el buen gusto de darles un orden. Y no importa, repito, qué creas o no que tu arte puede escapar de la disciplina; y es que muchos toman el camino de hacerse artistas solo porque lo consideran lo contrario al trabajo técnico del médico o del ingeniero. Se equivocan. Muchas horas de silencio y una observación constante darán más pautas para crear grandes obras que estirarse en un sillón, con un cigarrillo en la mano, y mirar al cielorraso hasta que la musa te visite, o tus padres dejen de pagar el alquiler y el casero de eche de una patada en el trasero. Las obras deben ser pensadas. Por cada hora de trabajo, calculo yo, de estar alineando palabras en la computadora o en la hoja de papel, debe haber al menos cuatro horas de trabajo mental, que incluyen lectura y meditación.

Pensar en lo que se va a hacer; eso es lo que trato de decir. Luego pensar en dónde se va a poner cada fragmento. Recuerden: en el rompecabezas que armamos de nuestra próxima historia, no todas las piezas pertenecen al mismo juego, algunas pertenecen a otras imágenes, y de ninguna manera tienen cabida en lo que hacemos.

viernes, 5 de diciembre de 2008

Los piratas de Salgari

De Verona, aquella ciudad que tanto llama la atención de los fanáticos de Shakespeare, salió quien yo considero uno de los más grandes escritores de la Historia Universal; ese hall de la fama donde solo están presentes aquellos cuyas obras, como el sol mismo, han irradiado su luz por todas las caras del globo. Estoy hablando de Emilio Salgari.

Sus seguidores han sido miles y variados, desde el director Sergio Leone, pasando por Jorge Luis Borges, hasta Ernesto “Che” Guevara, quien encontró en las obras de Salgari un tono antiimperialista que resultó inspirador. Me cuento igualmente entre los fanáticos de este gran escritor, aunque la suerte para hacerme a sus obras me ha sido esquiva, y por tanto a parte de las aventuras del Corsario Negro, la capitana del Yucatán y Cartago en llamas no he podido leer mucho más.

Terminé hace un rato esta última novela, Cartago en llamas y el sabor que dejó en mente es el mismo que hallé años atrás al degustar las aventuras de los piratas del caribe. Historias con héroes o heroínas, grandes diálogos, acción a raudales y emociones llevadas al borde. Pocos autores de entonces, y menos de ahora, han corrido el riesgo de escribir novelas de aventuras; siempre resulta más fácil —y de esto ya he hablando bastante— entregarse a narrar dramas familiares o recuerdos de infancia que complejas tramas de vida o muerte.

Cierto es que cada quien a su tema, pero si bien han sido muchos los que se han solazado con las aventuras narradas por Salgari, la crítica ha sido bastante dura con él: se le considera un escritor menor, ligero, y claro, apropiado para los jóvenes; ya que tal parece que es un crimen, o al menos un crimen literario, hacerse querer de un público determinado, más cuando ese público son las mujeres, los niños o los adolescentes. Precisamente el otro día, de pie haciendo la fila en la caja del supermercado, pensaba que, es mejor fin para mis obras yacer junto a las chocolatinas, las revistas y otros productos de impulso que ir a parar a las lóbregas oscuridades de una librería, allí refundido entre los más doctos autores que, a menos que la universidad o el trabajo obliguen, nadie lee.

No hablo de impulsar el aumento de trillers y otras novelas sin mucha profundidad, sino de cambiar nuestro punto de vista sobre estas. Salgari es un buen regalo para la juventud, para los niños, y también para los ocupados hombres y mujeres que entre los anuncios del metro y las novelas costumbristas optan por cerrar los ojos o enchufarse al iPod.

Ahora unas palabras sobre Cartago en llamas. La historia, como queda evidenciado en el título, ocurre en Cartago en vísperas de su aniquilación por parte de Roma, unos dos mil seiscientos años atrás. Un guerrero cartaginés, quien combatió junto a Aníbal el grande, regresa de su destierro para recuperar a su amada, cosa que no le será fácil, ya que es la hija de un poderoso mercader quien está dispuesto a casarla con el hijo de otro acaudalado antes que con un guerrero. Mientras Hiram, el capitán del difunto Aníbal, busca recuperar a su querida Ofir, el mundo que ama, aunque le haya tratado tan mal, se cae a pedazos y queda envuelto en llamas.

Como puede observar el lector, la trama es redondamente sencilla; y si echa una mirada a las últimas producciones editoriales del viejo mundo, encontrará complejísimas historias que más parecen rompecabezas que novelas. El punto es que la Literatura es un mundo, y en este podemos ser turistas por unos pocos pesos; radica entonces en nosotros la decisión de qué lugar visitar primero, o cuales poner en nuestra guía de viaje. Y, desde la perspectiva de un lector que sobrepasa al promedio en cuanto a consumo de novelas —al menos al promedio nacional—, les digo que las historias de aquel italiano genial son, mejor que una visita obligada, un punto perfecto para encontrar descanso y placer.

Quién es el hombre

En días pasados fui entrevistado para una publicación universitaria. El asunto se desarrolló de manera civilizada entre una chica que conocía su trabajo como periodista y un tipo que, con toda la torpeza que les propia, trata de salir bien librado. Mi experiencia siendo entrevistado se resume a las decenas de ocasiones en las que he debido sentarme frente a los examinadores de personal de aquellas empresas con las cuales busco trabajar.

Ella empezó por lo esencial: familia, educación, vida actual; y cuando llegamos al punto central, mi trabajo como escritor, empecé a darme cuenta de mis propias fallas, de los asuntos que no había considerado en el pasado, y de las debilidades de mi obra. Y al momento en que la periodista me preguntó qué clase de persona era Leonardo Katz, no pude responderle más que con una lamentable divagación entre dientes.

Así que en los días que han transcurrido desde este evento, me he dedicado a preguntarme por la personalidad del personaje que he creado como protagonista de mis novelas.

Empecemos con un breve repaso a los datos que ya sabemos: nació en Reno, Nevada, a principios de los años ochenta; su padre es de ascendencia escocesa y su madre una nativa americana. Tiene un hermano mayor y dos menores. Terminada la secundaria partió a Chile con el deseo de estudiar Literatura Hispanoamericana, pero nunca terminó los estudios y terminó por casarse con una joven colombiana, Ángela Katherine Katz, y con ella se fue a vivir a Bogotá. El resto es prólogo: trabaja para el Mossad, trabaja para la CIA, se hace mercenario, y al final muere.

Ahora lo que no está muy claro: primero, recibe una educación de centro izquierda, con un padre demócrata y ecologista, y una madre conservadora que vende armas. Culturalmente recibe una influencia global en materia de artes, ya que su padre, un músico de vocación, entiende tanto de plástica como de literatura, de dramaturgia y de cine. Así que crece en la clase media acomodada del centro de Anchorage, Alaska, pero asiste, gracias a los favores de un político local, a una escuela privada británica junto a su hermano John. Allí nunca se sintió cómodo, pero tenía más libertad de acceder a libros e idiomas. Aquí tenemos un joven que, con toda la energía de la adolescencia, quiere ilustrarse; desarrolla una mentalidad liberal, alejada tanto del anglicanismo local como del romanticismo europeo. Luego, tras la muerte de su esposa conoce a una asesina a sueldo rusa, Natasha, quien no cree en Dios y le enseña a fundamentar todo en la lógica. A medida en que pasa el tiempo y se enfrenta a la muerte y la perversidad humana, descubre que la filosofía espiritual es inservible, y que tanto su punto de vista como su obra (recuérdese que ante todo Katz es un escritor), deben estar supeditados a la lógica y el razonamiento más desapasionado.

En resumen, Katz no cree en Dios, ni en el alma, ni en otra vida, ni en términos absolutos. Vive, al menos mentalmente, distanciado del resto de la humanidad, a la que mira como a través de la lente del microscopio. En parte, creo, los buenos escritores tienen que abandonar el ruedo, al menos de vez en cuando, y mirar la corrida desde la barrera, no solo para que la perspectiva les ayude a juzgar mejor —o de forma menos equivocada—, sino para evitar ser embestidos por los acontecimientos mismos.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

De chismes y otros

Veamos; hay libros y hay libros. Títulos que compras y obras que desearías comprar. Cuando se es posible, como en mi caso, se desean algunas novelas pero se compran solo aquellas que están a nuestro alcance. Pero los términos de ese deseo consumidor resultan imprecisos. Hace algunos años —pongo esto a manera de ejemplo— vi en la vitrina de una librería Soy Charlote Simmons de Tom Wolfe; mil y tantas páginas, un tema interesante, muy distinto a cuanto he leído hasta ahora, la firma de un autor reconocido… en fin, tenía verdaderos deseos de comprarla. Su costo, claro, la hacía inaccesible; pero pasaron los años; esta novela dejó de llamar la atención y el precio cayó drásticamente. Como consecuencia, una tarde en que me dirigía al trabajo compré la novela por el mismo precio por el que se puede adquirir un almuerzo corriente. Han pasado los meses y sigo sin leer aquel mamotreto. Confieso que la pereza ataca mis células motoras una vez empiezo a sopesar la idea de hincarle el diente, pero hay otras causas. Como no quiero seguir desviándome del tema, lo retomo de la siguiente forma: el interés que despiertan ciertos libros es tan relativo como el que despiertan algunas mujeres.

Hoy en día tengo la mira puesta en distintos temas: completar mi colección de obras de Truman Capote; leer sobre la historia de Roma; hacerme a algunos clásicos del siglo XX… pero entre estos intereses tan cultos como dirían las señoras, de tanto en tanto hay libritos que me pican el nervio de la curiosidad. Hace unos meses leí en New Yorker un análisis breve de Gossip Girl. Una novela sobre las niñas bien de una escuela privada en el sector más exclusivo de Manhattan; es de hecho un viaje —para quienes esa atmósfera nos es tan extraña como la superficie de Júpiter— al mundo de la Nueva York opulenta. La introducción, en este sentido, es bastante clara: “Bienvenidos a Upper East Side, Nueva York, donde vivimos mis amigos y yo, vamos a la escuela, jugamos y dormimos —algunas veces juntos—. Todos vivimos en enormes apartamentos con nuestros propios dormitorios y líneas telefónicas. Tenemos acceso ilimitado a dinero, bebida o lo que deseemos; nuestros padres rara vez están en casa, así que tenemos toneladas de privacidad. Somos inteligentes, hemos heredado buenas y clásicas apariencias, usamos ropa fantástica y sabemos cómo divertirnos”. La traducción es mía y es bastante torpe, pero espero que les de cierta idea de lo que estoy queriendo decir.

Gossip Girl es una serie de novelas creadas y escritas por Cecily von Ziegesar, ex alumna de una escuela privada femenina uniformada de clase alta, exactamente la clase de sitio donde esta autora estadounidense sitúa a sus personajes, chicas y chicos atractivos, adinerados y dueños de buena parte de sus vidas. La crítica, o más bien, las críticas que han caído sobre esta franquicia —seguida con menor éxito por otras autoras y una serie de televisión— hablan de libros ligeros, banales, que no aportan nada bueno a las jóvenes lectoras. En mi opinión este tipo de acercamientos a un trabajo escrito sobran. Siempre he detestado a los críticos que basan sus opiniones en juicios sin mayor transfondo: se es bueno o se es malo, se es rico o se es pobre. No pretendo tampoco defender la serie creada por von Ziegesar, sino dirigir mi análisis a otro extremo.

Primero, adentrarse en estas lecturas, como ya lo he dicho, equivale a un viaje de placer a un mundo que pocos conocen. Siendo yo un hombre pobre que vive en una ciudad del tercer mundo, leer las narraciones de restaurantes franceses, yates sobre East River, fiestas en lujosos penthouses y cenas en el Plaza, equivale a descubrir un mundo de maravillas, más brillantes e interesantes que las lóbregas haciendas y tristes pueblos de viejos y fantasmas que llenan la literatura colombiana. Si hay lectores que, tras un carraspeo de la garganta se sientan, con mirada severa, en una gran poltrona y abren, cual si fuese un libro de rezos, las crónicas o relatos de mundos exóticos más allá de su conocimiento: el Sahara, la tundra de Siberia, el rocoso mundo de los navajos, o la fría calle donde trabajan las prostitutas holandesas, ¿por qué no puede haber lectores —entiéndase lectores serios, cultivados— que deseen saber más de este mundo de príncipes y princesas del Nuevo Mundo?

Eso no es todo, vamos a la parte seca del asunto. Gossip Girl no es única en su género; la ficción para jóvenes adolescentes abarca a un gran grupo de escritores. Estados Unidos es una fábrica arrolladora de libros que vomita millones de volúmenes al año y los chicos llegan a ser un gran mercado, eso sí, cuando alguien les da en la vena del gusto. A quien le fascine creer que el estadounidense promedio es un traga hamburguesas adicto a la tele —no vayamos más lejos: Homer Simpson—, está restringiendo su imaginación al marginal que no llegó a formar su mente más allá del libro de texto de la secundaria pública. Pero volvamos con el joven lector que busca la narrativa que le ponga a trabajar la imaginación. Harry Potter logró demostrar que siempre se puede poner a niños y a adolescentes a leer, siempre y cuando se desarrolle el lenguaje correcto. Slaughterhouse Five de Kurt Vonnegut sigue siendo uno de los preferidos de los menores de treinta, y sigue siendo mal visto por los comisarios culturales dada su “ligereza” estructural. Pero Vonnegut entendía la dificultad que entraña comprender una historia escrita, así que ¿para qué hacerlo más complicado?; lo mismo podría decir miss von Ziegesar acerca de sus libros, los encajes y nudos del lenguaje van para quienes buscan lo complicado de lo simple, y no estoy parafraseando una canción, hablo de quienes escriben sobre cosas tales como el límite entre alma y cuerpo, el transfondo de la sonrisa del político, el batir de alas de una mariposa o las palabras finales de un amante que se va.

Pero, ¿es buena esta serie de novelas para las jovencitas? Preguntará la madre, preocupada porque su hijita no leyó más que el abreviado resumen del catecismo que exigen para la primera comunión. Bueno, diré yo, para un lector en formación nunca habrá cosas como buenas o malas lecturas. Que desarrolle la capacidad de devorarse una novela en un par de días o un par de horas es suficiente. La lectura es gusto, pero también hábito; hábito de sentarse, de permanecer en silencio, de concentrarse, de seguir el hilo de una historia sin perder los detalles ni el cuadro general del asunto. En lo que se refiere a literatura, mejor llévela a un taller sobre este tema, los libros de por sí no dan claves sobre teoría literaria. Allí, de la mano de un maestro, podrá llegar a saber qué libros conforman los pilares del canon. Gossip Girl en sus varios tomos representa la lectura diseñada para consumir en el metro, en el avión, camino a casa, en el cuarto, durante una noche de lluvia, incluso a hurtadillas en medio de la aburrida clase de Literatura Occidental 101.

Puede que nunca llegue yo a leer por completo ni una sola de aquellas novelas creadas por von Ziegesar. Como dije al principio, mi atracción hacia estas obras no la genera tanto la calidad artística —si es que tiene alguna—, o el tema, sino su potencial, sus capacidades. Algunos llegan a entender las vacilaciones y abismos del alma mejor mediante la telenovela de la noche que mediante las obras de Shakespeare.

Moda, chismes, humor negro, sexo, alcohol, Nueva York, más moda, y referencias constantes a la cultura popular, así como a las artes y las letras, conforman la serie de historias que rodean a Blair Waldorf, la protagonista (o lo más cercano a ello) de Gossip Girl; la clase de trabajos escritos que, al fin y al cabo, mantienen viva la industria editorial donde no todos pueden darse el lujo de ser un Auster, un Amis, un Roth…

Cuento largo, novela corta

Un tema que suele crear largas discusiones entre los teóricos literarios: la diferencia entre el cuento largo y la novela corta. Y, gracias a Martin Amis, creo haber encontrado la solución al acertijo. Terminé hace unos días Mar gruesa, una compilación de nueve cuentos largos que se mezclan y confunden con novelas cortas.

Los nueve relatos que componen Mar gruesa varían tanto en sus temáticas como en su calidad. Aunque, salvo el último llamado Lo que me sucedió en vacaciones, los escritos tienen una calidad sobresaliente, especialmente en el manejo de la estructura general, hay algunos como El estado de Inglaterra donde hay menos ideas brillantes que en el descrestánte y original El portero de Marte, donde Amis relata una, hasta cierto punto falsa, historia del Universo que para el lector inteligente no dejará de inspirar largas reflexiones.

Conozco poco de Amis; ahora que está en el podio de la fama, que sus comentarios sobre la interculturalidad británica han traído quebraderos de cabeza a unos cuantos, sus novelas se han convertido en comida de muchos. Yo no he estado entre los afortunados, debo decirlo, debido a los precios de sus libros, siempre fuera del alcance de mi mano. No obstante la impresión de su claridad mental e imaginación fogosa dan buenas señales. Debo añadir, en honor a la verdad, que estas novelas breves pertenecen a un joven Amis —uno de estos relatos apareció en Granta—, y es posible que los años hayan causado mellas en su cerebro; espero estar equivocado.

Ahora volvamos sobre el tema: cuentos largos o novelas cortas.

Podría ser un asunto de extensión, pero va más allá de eso; va del tema a su tratamiento. En el caso de un cuento, la narración, es decir, cada fragmento desde la primera letra hasta el punto final, están circunscritas a describir el desarrollo del asunto tratado en el relato. No es posible, como en una novela, salirse del círculo que traza el autor y que encierra los elementos necesarios para que el lector comprenda la historia. La extensión entonces dependerá de cuántos de estos elementos tenemos que enumerar para que la idea haya sido explicada por completo.

Aquí un ejemplo para ponerlo todo más claro: en un libro de cocina —que podemos considerar una antología de formas de alimentarse— cada receta es presentada de la misma forma: nombre del plato (título), ingredientes (introducción) y la preparación (contenido). Los redactores de estos libros no suelen gastar tiempo mencionando aspectos al margen de los platillos que proponen, mencionan lo esencial, paso a paso. Lo mismo ocurre en un cuento bien escrito. En la novela las reglas son distintas, casi inexistentes; el autor va narrando su historia aplicando cortes y añadiduras según su criterio, según su experiencia lo decida.

Considerando lo anterior, el cuento largo conservaría estas características, faltando muy pocas veces a las reglas, pero tanto su eje como los límites de lo que debe ser agregado a la historia se mantienen. Pongamos otro ejemplo: Bola de sebo, famoso cuento de Guy de Maupassant. Tras una introducción de las condiciones del escenario, vemos a los personajes, incluida la protagonista subir a un coche para luego ser interceptados y puestos a disposición del oficial prusiano, llevando a una situación que, una vez resuelta, culmina la historia.
La extensión del relato es superior a la de otros dos relatos del propio Maupassant: Una vendetta y Sobre el agua, o los cuentos de la mayoría de escritores modernos. Diré en este sentido, que el cuento largo es la técnica narrativa que más ha caído en desuso.

Por último tenemos la novela corta, la novela comprimida. Allí tenemos unos personajes y una historia que no gira en torno a un simple eje temático, que en el caso del cuento antes mencionado sería la entrega de Bola de Sebo al oficial prusiano. En una novela común vemos una evolución de los hechos. Si lo notan bien, en la mayoría de novelas se aprecia un tono más simple al principio que en la que llamaríamos “parte alta de la narración”, donde todos los elementos confluyen a un tiempo. Y en las novelas breves la diferencia no es mucha: el clímax aparece en un punto del medio, y no al final.

Volviendo a Mar gruesa de Amis, podemos encontrar que relatos como Deja que cuente las veces, La coincidencia de las artes y Narrativa hetero son ejemplos magníficos de lo descrito anteriormente. En Narrativa hetero asistimos al trastorno y cambios que sufre un gay desde que entra en contacto con una mujer en una librería. Entramos al mundo del personaje, lo seguimos y asistimos a la conclusión del relato sin que el hecho que se presenta al final represente alguna clase de eje.

En definitiva diremos que la novela corta está más cerca del viaje que de la anécdota. No obstante los lectores podrán disentir de mis apreciaciones: las opiniones, como lo aclaré al principio, son múltiples; hay quienes creen que una novela es una suma de cuentos relacionados por un argumento general. Los menos originales, y siempre proclives a esgrimir argumentos fuera de toda lógica, dirán que todas las novelas no pasan de ser cuentos largos divididos en capítulos. Siguiendo esa lógica de literato de dos pesos, Cien años de soledad y El legado de Humboldt son cuentos largos; aquellos que hayan leído alguna de estas dos grandes obras entenderá el absurdo de tal afirmación.

Hoy en día, que pareciera que el cuento corre la suerte de convertirse en un formato que apenas encaja en revistas, sin que la atención de los editores se fijen en ellos, como no sea en forma de antologías compuestas por la obra de una vida literaria reconocida, es hora, digo yo, de apuntar nuestra mirada, y tal vez la sangre de nuestras plumas, hacia la novela corta; no la novela breve, de ciento cincuenta páginas, sino el relato organizado en argumentos que se sucedan uno a otro sobre una historia que de más que para un simple cuento.

jueves, 16 de octubre de 2008

Sortilegio británico

Se llamaba Harry, de cabello oscuro, gafas, con una cicatriz en la frente y una infancia transcurrida entre una alacena llena de arañas. Esta fue la visión de una mujer divorciada mientras viajaba en tren. Visión que puso por escrito en un cálido café de Edimburgo, allí donde su pequeña hija no tenía que soportar el frío del estrecho apartamento.


Ahora Joanne Rowling es, para usar una expresión americana, asquerosamente rica; tiene más dinero que Su Majestad la Reina Isabel II, y eso ya es mucho para una escritora de libros para niños.


El mundo entero ha visto correr por sus librerías las siete partes de una novela río acerca de un joven aprendiz de mago, su escuela, sus amigos y las temibles fuerzas de la oscuridad que buscan acabar con él y todo lo que ama. Ha causado impresiones distintas: desde aquellos fanáticos impensables como Stephen King, pasando por miles de niños que, ya sean en Nueva York, ya sea en Londres, hicieron fila para adquirir, a primera hora, una nueva pieza de la historia. Ha habido también críticos; algunos serios, por el orden de Harold Bloom, exegeta del canon occidental, así como muchos mediocres, entre escritoras sudamericanas de libros infantiles atragantadas con envidia, así como los incurables talibanes de la Franja Bíblica estadounidense, con sus sueños de conspiraciones diabólicas tras las inocentes oraciones de la literatura infantil.


Nunca busqué tener una posición fija con respecto a Potter. Había mucho de mí que variaba con cada nueva pizca de información. Así pasé de considerar a miss Rowling como una simple mujer con suerte, ha inclinar ligeramente la cabeza ante ella con un claro respeto: pocos seres humanos son capaces de crear tan vastos universos, manteniendo un sobrio equilibrio; hablo de 3.419 páginas donde la historia no sufrió los quiebres argumentales que suelen afectar a algunas novelas mal compuestas. Pero debo confesar algo, no he leído cabalmente toda la saga de Harry Potter; me alimento de los comentarios, críticas, reseñas y ensayos captados al vuelo durante los últimos ocho años.


Algunos se preguntaban, ¿es gratuita la fama de Harry Potter? ¿Es todo cuestión de mercadeo? ¿Hay algo de brujería en todo el asunto? Olvidemos por ahora los sortilegios. En efecto hay mucha labor de mercadeo en torno a la figura de la autora y su obra, pero nadie se llame a engaño considerando que tras los millones de libros vendidos apenas hay un puñado de astutos vendedores británicos; no habrá editorial que tras sus productos no procure hacer toda una campaña para impulsar las ventas; si lo vemos con los autos, porqué no con los libros. Ahora, ¿se habría mantenido Potter en el pináculo sin toda la parafernalia de las ventas? Sí, es muy posible, y lo digo porque las competencias directas que han surgido como respuesta al fenómeno Harry Potter no han alcanzado la popularidad del joven mago: Tunnels, Una serie de encuentros desafortunados, Twiligth. Venden bien, en algunos casos muy bien, pero no llegan a ser fenómenos.


¿Qué es un fenómeno? En este contexto “media-popular-literario”, algo que cambia la manera de pensar en referencia a determinado asunto. Ejemplo, el fenómeno de la Guerra de las Galaxias, cambiando la cosmovisión relativa a viajes interplanetarios, combates, duelos, amores y creaturas de otros planetas. Es más fácil ver la relación entre el cine y la cultura popular que entre esta y la literatura; es quizá porque los libros llegan a menos personas, o porque su influencia actúa de modos distintos. Es difícil, tras leerse completa esta saga, imaginar el mundo de magos y brujas separado del tono académico que se desprende de los pasillos de Hogwarts.


Quedan algunos puntos por discutir, pero esos se los dejaré a los analistas de los años por venir. Tengo pocas dudas respecto al hecho de que Harry Potter se convertirá en un clásico. He leído ya Harry Potter y la piedra filosofal, primera parte de la saga; y honestamente no me siento con deseos de leer otra, a menos que caiga, como esta, en forma de regalo. Pero por ahora mi curiosidad se ha saciado: sí, es un buen libro. De llegar a tener hijos no dudaría en regalárselos. Su sencilla trama contiene los ingredientes esenciales de las novelas de aventuras: un héroe, un villano, aliados, enemigos, viajes, poderes, retos, riesgos. Y sí, me vi muchas veces obligado a abandonar mis actuales tareas para retomar la lectura; es adictivo. ¿Cuántos autores pueden vanagloriarse de gestar novelas que lleven a sus lectores a un consumo compulsivo? Entonces, el primer punto a discutir sería ese: ¿hasta qué punto una novela atrapa a un lector? Y no quiero aquí emplear un vano verbo; hablo de “atrapar” en el sentido en que un amor, un narcótico, el trabajo o el alcohol pueden hacerlo. Segundo, ¿qué características de Harry Potter lo convierten en clásico? Muchas novelas hablan de amor, muerte, amistad, venganza y aventuras, pero pocos se recuerdan, al menos por una masa tan numerosa como la que conoce ahora al engendro de miss Rowling.


Por suerte no soy el único que tengo esas preguntas en mente, y estoy seguro que habrán muchos, con mayor erudición, que se encargarán de hallar las respuestas.

Bibliotecas

Afortunados, pienso, cuando veo a escritores, periodistas, intelectuales y en raros casos a profesores sentados y, a sus espaldas, una enorme colección de libros, de todos los colores y tamaños, elevándose del suelo hasta el techo. En comparación mi biblioteca personal es raquítica; confieso que no llega a los cien volúmenes. Buena parte de los libros que he leído en mi vida los he perdido, y otros han sido prestamos de la biblioteca pública. Para dejarlo más claro: mi colección de libros abarca los últimos ocho años de mi vida, y hay que considerar que he durado meses sin empleo, o no he siempre gastado mis ingresos en libros. Pero sí, es una colección escasa, paupérrima y casi diríamos intolerable para alguien que se considera escritor.

No obstante quiero que los lectores de mi blog, y los interesados en mi obra literaria, puedan echar un vistazo virtual a mi, por ahora, escueta colección de novelas: aquí van los volúmenes por mí más queridos, los que no aprecio tanto, y los que verdaderamente sobran, pero de los cuales no pienso deshacerme:

El arte de la guerra – Sun Tzu

El día del chacal – Frederick Forsyth

El manifiesto negro – Frederick Forsyth

El puño de Dios – Frederick Forsyth

Los perros de la guerra – Frederick Forsyth

La alternativa del diablo – Frederick Forsyth

El negociador – Frederick Forsyth

Odessa – Frederick Forsyth

El cuarto protocolo – Frederyck Forsyth

El cardenal del Kremlin – Tom Clancy

Sin remordimiento – Tom Clancy

Peligro inminente – Tom Clancy

Op Center – Tom Clancy

Op Center: Juegos de estado – Tom Clancy

Rainbow Six – Tom Clancy

Clave Red Rabbit – Tom Clancy

The Shrapnell Academy – Fay Weldon

La Guerra de las Galaxias – George Lucas

El imperio contraataca – Donald F. Glut

El regreso del Jedy – James Khan

Sarah – J. T. LeRoy

El sastre de Panamá – John le Carré

La canción de los misioneros – John le Carré

El espejo de los espías – John le Carré

¿El traidor del siglo? (crónica) – John le Carré

El infiltrado – John le Carré

La gente de Smiley – John le Carré

Lolita – Vladimir Nabokov

62 modelo para armar – Julio Cortázar

Alguien que anda por ahí – Julio Cortázar

Todos los fuegos el fuego – Julio Cortázar

Las armas secretas – Julio Cortazar

Color Local – Truman Capote

Crucero de Verano – Truman Capote

Otras voces, otros ámbitos – Truman Capote

Harry Potter y la piedra filosofal – J. K. Rowling

Técnicas de masturbación entre Batman y Robin – Efraín Medina Reyes

Dr. No – Ian Fleming

Goldfinger – Ian Fleming

From Russia with love – Ian Fleming

El legado de Humboldt – Saul Bellow

La metamorfosis (y otros relatos) – Franz Kafka

La caída – Tomas Mann

El castillo – Franz Kafka

Cartago en llamas – Emilio Salgari

El quinto jinete – Dominique Lapierre y Larry Collins

Los doce del patíbulo – E. M. Nathanson

La cartuja de Parma – Stendhal

Una rosa para Emily y otros relatos – William Faulkner

El retrato de Dorian Gray – Oscar Wilde

El perfume – Patrick Süskind

Acorralado – David Morell

El americano impasible – Graham Greene

Love Story – Erich Seagal

Juntacadáveres – Juan Carlos Onetti

El rescate – René Delgado

Honor entre ladrones – Jeffrey Archer

Soy Charlote Simmons – Tom Wolfe

El vengador – J. M. Quinell

Los pecados de Inés de Hinojosa – Próspero Morales Padilla

La máquina de escribir – Juan Martini

La identidad de Bourne – Robert Ludlum

El ultimátum de Bourne – Robert Ludlum

La dama del perrito – Antón Chejóv

Las aventuras de Sherlock Holmes – Arthur Conan Doyle

Operación Cóndor – John Dinges

Cosas que hacen BUM – Kiko Amat

Tres tristes tigres – Guillermo Cabrera Infante

El beso de la mujer araña – Manuel Puig

Dormir al sol – Adolfo Bioy Casares

Mar gruesa – Martin Amis

Entre paréntesis – Roberto Bolaño

Miguel Strogoff – Jules Verne

Stalingrado – Antony Beevor

Napoleón – André Mauris

La mujer de mi hermano – Jaime Bayly

Lord Jim – Joseph Conrad

1984 – George Orwell

Si te dicen que caí – Juan Marsé

Drácula – Bram Stocker

Los talibán – Ahmed Rashid

domingo, 5 de octubre de 2008

Notas al duelo

Notas al duelo.

Cierta vez escribí un cuento sobre dos francotiradores en medio de la batalla de Stalingrado. El protagonista, un chico de la resistencia rusa en aquella ciudad sobre el Volga quien en el cuento se hace llamar Ratón, acompaña a un noble francotirador de los Urales llamado Liebre. Sobra aclarar que “Liebre” es el gran Vasili Zaitzev, y “Ratón” su marcador.

Meses más tarde, tras ver a Jude Law y a Ed Harris en Enemy at the Gates, eliminé el cuento de mi computadora. La razón fue que no sentí que podía darle a la narración el calibre emocional que entraña un verdadero duelo; no al menos como lo hace esta película. No he pensado más en ello pero cito esta anécdota como introducción a estas notas breves.

Es que el duelo es algo que pocas personas de la actualidad entienden. Es un asunto, primero, de honor, segundo, de hombría. Así no creo que mujer alguna llegue a entender jamás qué significa realmente un duelo.

Olviden que es un mero juego trivial entre el ego de dos machos. Es el juego de dos mentes. Dos puntos de vista, uno frente al otro, mirándose a los ojos esperando una respuesta.

Es el ajedrez, por encima de cualquier otro juego, el que ilustra y enconiza el duelo: blanco y negro, lados opuestos; movimientos que apuntan a un fin: vencer.

El Quijote contra el bachiller Sansón Carrasco. Este último se sumerge en el universo virtual y mágico del Hidalgo para enfrentarlo y traerlo de vuelta a la realidad.

Clare Quilty tras la Lolita de Humbert Humbert. H.H tras el cadáver C.Q.

Ahab y la Ballena, Sherlock Holmes y Moriarty… puedo seguir enumerando otros tantos si tuviera el tiempo o la mente para ello. Creo, sin embargo, que ya le he dado a este texto la introducción necesaria. A lo que voy es a la importancia de los rivales, de las caras opuestas, en la creación de un mundo ficticio. Ya que no hay mejor manera de definir los contornos de un personaje que detallando las características de su opuesto.

Por otra parte, los retos que plantea la creación de un némesis causan siempre un placer técnico a quienes, como yo, gustamos de trabajar con el músculo de la imaginación. En este caso, he creado al archienemigo de Leonardo Katz, el agente secreto y escritor fracasado que protagoniza la novela Flores para Irma y otros títulos que estoy preparando. El nombre del rival es Paul Booth.

Ambos llevan el mismo nombre —recuérdese que el nombre verdadero de Leo Katz es Paul Fields—, pero sus orígenes son distintos: Katz nació en Reno, Nevada, aunque creció en Anchorage, Alaska. Booth nació en Concord, New Hampshire (al otro extremo de los Estados Unidos). Allí tenía una vida cómoda con una hermana menor, sus padres y un perro en un cálido hogar republicano. Aunque sus padres ansiaban verlo llegar a una gran universidad, terminó enlistándose en la guerrilla urbana de los Cabeza de Martillo, donde conocería a Katz.

En Espadas en el viento, aparece este personaje por primera vez, y hará una que otra aparición fantasmal a lo largo del resto de la saga. En la obra ya mencionada, Katz y Booth se conocen formalmente, allí en el campo de adiestramiento para guerrilleros urbanos que dirige Dick Matson.

Katz es un escritor inseguro, enamorado de la literatura española y latinoamericana; su sueño, al menos en esta parte de su vida, era ser un nuevo Cortázar. Por entonces se dedicaba a escribir cuentos y uno que otro poema, más ensayos y novelas que siempre quedaban inconclusas. Booth no es tan soñador, y de hecho ha tenido una carrera literaria más firme: en la secundaria privada de Concord dirigía el diario local y, guiado por uno de sus maestros más iluminados, devoraba toneladas de política y filosofía. Ambos estaban dedicados a la ficción; pero mientras que para Leonardo su obra debía estar basada en el estilo y las historias sencillas, Paul prefiere redactar historias crudas en las que analice las variables que rigen la mente humana, singular y colectiva.

Ambos son ateos, y de izquierda, pero han llegado a esto por vías distintas. Katz ha chocado involuntariamente con la violencia. Se ha convertido en un colombiano más que de un día para otro se ve arrastrado en una espiral de acciones que no le gustan, pero de las que tiene que ser parte para seguir con vida. En El aprendiz de escritor, Leonardo conoció a “Candy” la temible asesina a sueldo rusa que lo lleva al camino del estoicismo y el escepticismo. Ha sido inducido a ser quien es. Paul, por su parte, ha encontrado que su vida alegre, de sit-com de horario central, es una realidad falsa, creada por alguien, fuera de los límites de su mundo. Al llegar a este pensamiento, por los caminos sinuosos de la lógica más fría, cree que no podrá siquiera respirar hasta vivir en la vida real, la cual solo se puede alcanzar generando un cambio en el mundo: derribar el sistema existente de “castas” y creando un planeta sin religiones o espiritualidad.

Leonardo se convierte en un escritor mediocre latinoamericano, de esos que vemos en una que otra revista, en el colofón del noticiero de la noche, o la delgada columna de noticias culturales del periódico del domingo. Algunos leen sus novelas, otros no; a casi nadie le interesa realmente quién es; siempre será un sombra. Pero en su otra vida, es un eficaz agente de la CIA —y un mercenario luego— que logra, no lo que se propone, sino lo que sus superiores le ordenan.

Paul llega a escribir para las grandes revistas literarias norteamericanas; publica dos novelas cortas que dejan boquiabiertos a los críticos, mas una obra teatral que, desde la noche de su estreno, los más celosos críticos tildan de “clásica”. Pero una tarde apila sus libros, echa llave a su casa, abandona a su esposa —rubia y republicana— y se marcha a las montañas de Europa para dirigir su propia guerrilla revolucionaria: el Ejército Materealista, (contracción de materia + realidad).

Durante una cena en el campamento de entrenamiento, Leonardo y Segismund Hegel (su mejor amigo) charlan sobre literatura. A la conversación se une Dan Walford, poeta y francotirador de los Cabeza de Martillo, y luego, Paul Booth. Pero pronto tanto Dan como Hegel quedan por fuera de la conversación, que parece ahora un combate de espadas: Paul le pregunta a Leonardo qué clase de cosas escribe. “Ficción” responde, y añade: “Pero busco narrar sobre historias sencillas; pero con un estilo que realmente pueda gustarle a los lectores. Como esos muebles exclusivos, que no por ser simplemente muebles dejan de ser bellos.”. Booth asiente aburrido, y replica: “Yo busco escribir cosas que le provoquen una erección al Papa”. Jaque mate. Tanto Hegel como Walford ríen y miran respetuosamente a Booth; saben que ahí, frente a ellos, tienen sentado a un verdadero escritor.

Este será solo el primer round entre dos mentes. Una lucha que terminará muchos años después, cuando ambos personajes, ya en el umbral de la madurez, diriman el asunto a la antigua.

PD: Espero vivir lo suficiente para escribir todas las demás novelas que me faltan de la saga.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Dos novelas de Truman Capote

Creo que ya he hecho patente otras veces mi admiración por Truman Capote, el pequeño escritor de voz gangosa que, nacido en el sur de los Estados Unidos, logró en Nueva York irradiar una de las prosas más precisas de la historia de la literatura.

Según confesó en un escrito, su inclinación hacia la escritura le surgió siendo apenas un escolar. La posibilidad está fuera de toda duda: en la adolescencia envió cuentos a diarios y revistas donde su estilo no pasó desapercibido y fueron prontamente publicados.

Parte de su método de trabajo incluía la destrucción de un cuento, o una novela, si esta no resultaba tan satisfactoria como había planeado, o si carecía de la belleza que el crítico interior del autor siempre busca en el contenido de su trabajo.

En entrevista con Pati Hili, Capote comentaba que se había deshecho de varios cuentos y de una novela entera. Contrario a lo que le sucede a otros autores —a otros tantos muchos autores—, obstinados con publicar sus mediocres trabajos, por el simple hecho de que estos, al menos, están completos, a diferencia de esa maravillosa obra siempre en eterna preparación; a diferencia, entonces, de esos tantos hombres y mujeres, Truman consideró que Crucero de verano debería ser relegada a un cajón y, una vez extendió sus alas para salir de Brooklyn, tanto la novela, como el cajón, debían esperar al camión de la basura. Ahora todos sabes que la historia tuvo otro final: en 2004 Summer Crossing se publicó. Cuatro años más tarde, cayó en mis manos.

Por la misma época compré Otras voces, otros ámbitos, título que recibió en español la primera novela oficial de Capote. Other voices, other rooms fue publicada en 1948 y al año siguiente empezaría a redactar Crucero… que nunca vería la imprenta sino hasta veinte años después de la muerte de Truman. Tras leerme ambas novelas, casi al mismo tiempo, empiezo a entender porqué:

Capote, alumno indirecto de William Faulkner, tiene en sus recuerdos de infancia la materia prima para sus relatos y obras posteriores. Es el Sur caluroso, lleno de fango, mosquitos y serpientes donde es completamente libre para invencionar, alucinar incluso, y por supuesto, explayarse en descripciones.

El protagonista de Otras voces, otros ámbitos le recuerda a cualquier lector juicioso al propio Capote en su juventud: pequeño, delgado, rubio, de finas facciones, impresionable por las maravillas diarias y siempre pendiente de la gramática, así como de coleccionar cosas que saliesen al paso. Aquí el personaje se llama Joel Knox; ha dejado la gran Nueva Orleans tras la muerte de su madre, y se traslada a un punto indeterminado del mapa de Missouri llamado Noon City. A unos kilómetros de allí está su padre de quien ahora debe cuidar; este no pasa de ser una figura fantasmal quien convive con dos amigos: la solterona Amy y el carismático primo Randolph.

Distinto al deslumbrante Nueva York, en este recodo del río a donde va a pasar Joel sus últimos días de infancia, no hay luces, ni comercio, ni bellas mujeres; tampoco cultura o autos, ni siquiera un atisbo de riqueza material. En esta casa donde se ve recluido el muchacho no hay energía eléctrica, ni agua corriente. Podría uno, como turista literario, asumir que allí se vive de forma no muy distinta a los tiempos de la Guerra Civil. Es el anverso, sí, de esa América comercial e industrial del Norte, mas su valor es de otra especie: allí no hay artificios. Capote se esmera en narrar las impresiones que causa este mundo derruido donde los personajes no son simples figuras bidimensionales sino complejos caracteres que cargan con una vida de amarguras.

Me ocurre constantemente que olvido a los personajes de las novelas que he leído, con la misma facilidad con la que borramos inconcientemente de nuestra memoria las fachadas menos vistosas que hemos visto en un paseo. No sucedió así con Otras voces…: el estilo trabajado del autor rinde aquí uno de sus más jugosos frutos; Miss Amy, Randolph, Zoo, Jesus Fever, Little Sunshine y las gemelas Thompkins —en especial Idabel; de lejos mi personaje favorito—, todos ellos quedan retenidos en la memoria, quizá por su singular estética.

Capote llevaba ya años entregado al oficio diario de la escritura cuando culminó Otras voces…, aunque por su edad los críticos lo recibieron con cierto escepticismo. La precisión en el orden de las ideas de esta ópera prima demuestra que, en muchos casos, la calidad desciende de la práctica, no solo en cuanto al manejo narrativo o del lenguaje, sino en el empleo de argumentos abstractos: de visiones fuera de la realidad, elaborados pensamientos, ensueños y demás.

Por todo lo anterior, como dije ya más atrás, Otras voces…, otros ámbitos vio la luz, cosa que no ocurrió con su siguiente novela: Crucero de verano; un cuento largo desprovisto del estilo gramático y detallado de la obra anterior.

Crucero… es Nueva York puro: Manhattan, el puerto, Central Park, Brooklyn; familias acaudaladas y judíos de clase trabajadora. Pero aquí Capote dejó la pasión a un lado y se limitó a exponer un recuento de hechos.

Una novela como esta pudo haber dado para múltiples análisis; a pesar de su trama telenovelesca, el tiempo, los lugares y los protagonistas podrían haber sido material de estudio para un autor que gustase de los contenidos clínicos. Truman Capote no era de estos; su naturaleza es de cuentista y quizá por ello la mayoría de su obra se componga de piezas breves: Los perros ladran, Un árbol de noche, Color local, Música para camaleones… Allí, creo yo, podía practicar el estilismo sin agotarse o asfixiar al lector.

La trama es simple, y a mi parecer inacababa: Grady McNeil es una muchacha de familia acaudalada, Clyde Manzer es un judío que trabaja aparcando coches sostienen un romance secreto que podría no ser bien visto por la sociedad. En un verano de los años cuarenta, Grady decide evitar lo que podría promete ser un placentero viaje a Europa, por quedarse en compañía del irascible Clyde.

No es solo la diferencia de clases lo que los separa. Entre ellos no se entienden siquiera; saben que su relación no se dirige a ningún lado, mas no se separan, porque, como lo deja ver el narrador omnisciente una y otra vez, se aman profundamente, y ese es un vínculo que le permite a la gente, continuamente, cometer errores monumentales.

Hace calor en la Gran Manzana; pero si esta historia transcurriera en el lluvioso otoño no habría mayor diferencia. La estación es una escusa para que los McNeil viajen de crucero por el Atlántico, y allí está la oportunidad para que los amantes se encuentren y pretendan incluso una convivencia juntos que, como se al final de la historia, se pierde hacia las tinieblas de una avenida desocupada, dejándole al lector la posibilidad de ser él quien decida qué rumbo deben seguir estos aventureros.

Estas dos novelas, Crucero… y Otras voces… que parecen tan distintas si leemos sus sinopsis, lucen, tras una lectura completa, hermanarse de cierto modo: como una imagen reflejada en un espejo, y cada lector, de acuerdo con sus gustos particulares, decidirá cuál está más próxima a ser una visión definida, brillante y realista.

jueves, 25 de septiembre de 2008

Postal italiana.

No muy impresionado quedé al terminar hace unas horas la lectura de La cartuja de Parma, novela de Stendhal que transcurre al norte de Italia y es bien conocida entre los fanáticos de la literatura francesa. No siendo uno de estos, quizá haya profundidades del texto a las que mi mente no tuvo acceso. No sería extraño, sobre todo con un libro que carece de una trama organizada y lógica.

La vida y desgracias de Fabricio del Dongo, la duquesa Sanseverina y el resto de la corte, no tienen un punto fijo al que se dirija la trama. Pasamos de un reino a otro, pasando por una batalla y una serie de incidentes que no guardan una relación directa con la trama, si es que hay alguna.

Otra cosa debe ser leerlo en francés, pero pasar 436 páginas de sucesos apiñados sin más orden que el que impone el calendario, me resultó un proceso tedioso.

Suelo tener por lema “siempre se puede contar con los clásicos”, pero, ¿qué puedo realmente aprovechar de esta novela? Ni siquiera el tiempo que he gastado leyéndolo, y que pude ocupar en la lectura de otras tantas obras. La edición que tengo, debo anotar, cuenta con tantas fallas, y es de por sí tan vieja, que el libro, como objeto, ni siquiera guarda un aspecto atractivo.

Para los estudiosos, La cartuja del Parma debe guardar diversos tesoros; repito que no soy un analista de la prosa francesa decimonónica; siempre me he inclinado a la literatura estadounidense y británica. Las traducciones, en todo caso, suprimen las joyas de estilo que aplique un autor particular a su trabajo.

Dos puntos que suelen ver estos analistas como el valor de esta obra son, por un lado, el aspecto sicológico de los personajes. Sobre esto diré que ese es uno de los aspectos de la ficción en los que cada vez creo menos. A menos que uno esté retratando a seres de la vida real —caso de la no ficción, cuando se hace bien, digo—, las siluetas que engendre el escritor, por mucha tridimensionalidad que a veces demuestren, estarán siempre supeditadas a los prejuicios del autor. Hay casos, por supuesto, como el de Shakespeare, y otros que por ahora, en este momento, no me atrevo a mencionar por miedo a estar cometiendo un error, en que un escritor se torna creador —creo que ya he mencionado esto antes—: dibuja seres que caminan, a los que podemos medir su peso, el tamaño de su sombra o la forma única que tienen de suspirar. El otro punto, ese valor anexo que señalan siempre los ilustrados comentaristas de Stendhal es su capacidad para reproducir las intrigas de la corte, tema manido si hay uno. Tanto en este aspecto, como en el de la descripción de sentimientos, Marie Henry Beyle se queda corto, o las tramas que narra pasan, a mi juicio, carecer de mayor complejidad.

Como esta no es una novela histórica, es decir, escrita, por ejemplo, por un autor moderno viendo a sus personajes y problemas a través del lente y el análisis que dan los años y los estudios, creo que Stendhal pasó por alto muchos de los asuntos en los que pudo haber añadido más detalles. Pero en fin, nadie tiene la capacidad de ver hasta donde llegan los universos que crea en la soledad de su escritorio. Tienen que ser esos analistas de los que he hablado, los que, con el paso de los tiempos se sienten, como yo, a aplicar sus puntos de vista sobre la obra.

Aunque en este caso, como algunos lo habrán notado, puedo estar cometiendo errores.

Para la feliz minoría.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Menos extraño que la ficción.


Mientras leía el artículo escrito por la siempre brillante Marianne Ponsford en la última edición de la Revista Arcadia, ciertos pensamientos han emergido y, como hace tanto tiempo ya que no escribía en el blog, he decidido ponerlos en consideración de los lectores. El texto al que hago referencia se llama Cualquier parecido con la realidad… y, a manera de análisis, se muestra la inclinación que sufre la literatura colombiana de querer exhibir fragmentos de la historia mezclados con ficción. Ponsford no nos dice que esto sea incorrecto o correcto —dejemos eso al futuro—, sino que sus palabras apuntan a revelar esta tendencia en auge. Las novelas citadas son: Happy birthday, capo de José Libardo Porras; Lara de Nahum Montt, y Líbranos del bien de Alonso Sánchez Baute.

Primero, pienso que redactar novelas acerca de hechos reales es el fracaso de la imaginación, como dijo Norman Mailer acerca de A sangre fría, de Truman Capote. Aunque este no es el caso: esta así llamada “novela de no-ficción” es ciertamente una crónica periodística sobre una serie de hechos, donde el escritor se tomó la libertad de darles un tono novelesco. Pero, ¿por qué digo yo que es un fracaso de la imaginación? Porque en las tres novelas arriba mencionadas —si es que he entendido bien— sus autores apenas tomaron de la realidad lo que consideraron más importante y le agregaron elementos ficticios. O se es blanco o se es negro, digo yo. Si no tienes capacidad mental para inventarte una historia mejor no escribas nada; y si quieres escribir sobre un acontecimiento histórico, pues no inventes, que si la realidad del suceso aquel carece de valor para que el resto del mundo lo lea, entonces busca otra cosa.

Contrario a esta postura diré lo siguiente: tal vez las novelas de Sánchez Baute y de Montt lleguen a más personas, y generen más discusiones que otros libros, “más serios”, pero cuyo carácter de análisis profundo no atraiga a esa mayoría que, en todo caso, está obligada a no olvidar su historia patria. Además, la ficción en un término absoluto no existe: toda historia que yo o cualquiera conciba deberá basarse en cosas reales, o al menos en la interpretación subjetiva que nosotros tengamos de otros mundos nacidos en nuestra imaginación.

Algo sí me hizo dudar de toda esta publicidad contra el olvido: las respuestas de los escritores a la clásica pregunta de “¿por qué escribió esto?”. Ninguno se paró a decir que lo hacía por dinero, o porque le dio la gana, o porque leyó la noticia en algún lado y le picó el interés de averiguar más, sumergiéndose así en un proceso cuya única culminación sería la redacción de un texto. No, todos hablan de buenas intenciones, análisis de motivos, realizar homenajes, etcétera. Yo no creo que eso deba impulsar a un escritor, porque al hacerlo está sacrificando al arte mismo, eso si descontamos que está quitándole el trabajo a los historiadores o periodistas, cuyo trabajo debería ser el de escribir esta clase de libros.

Supongo que si me sumerjo en una de estas historias, me encontraré con las descripciones novelísticas, los sentimientos expresados en fórmulas retóricas o los finales de capítulo con intenciones de generar curiosidad en lo que vendrá. Técnicas de novela aplicadas a hechos de la vida real. Posible resultado: ni chicha ni limonada. Pero estoy prejuzgando, querido lector, como siempre, pero téngase en cuenta el gran peligro que corre la literatura colombiana: si estos libros se venden bien, y nada evita que así sea, los editores empezarán a pedir más y más. Estudiantes o comunicadores sociales ya formados, amen de veteranos periodistas o profesores de Historia se lanzaran a golpear las teclas de sus computadoras para llenar las estanterías de realidades noveladas. El que quiera presentar entonces ficción a la antigua usanza será rechazado de plano; “¿algo de esto pasó realmente?” Preguntará el editor. Si el escritor dice que no, será echado de una patada fuera de la editorial. Entonces llega el egresado de Sociología o Historia con un texto de 500 páginas sobre el Proceso 8000, la Guerra de los Mil Días, u otro acontecimiento histórico; el editor revisa un rato el manuscrito, mira por encima de sus antiparras y pregunta: “¿dónde están los diálogos? ¿Dónde están las descripciones? ¿Dónde está el personaje macondiano? ¿Quién es el malo? ¿Hay algún romance al menos?” Atribulado y un tanto enfurecido el estudioso dirá que aquello no es una novela, sino un escrito analítico sobre un hecho, y entonces “¡A la calle con este mamerto!” Gritará el editor.

Lo anterior es una caricatura bastante burda, lo sé, pero recordemos que las tendencias fijan la pauta de los mercados y estos dan los números a las empresas las cuales terminan por dar de comer a los autores. La proliferación de homólogos de Dan Brown le ha hecho un gran daño al mercado literario; si así fue en Estados Unidos, Colombia —que arremeda en casi todo al Tío Sam— podría enfrentar la misma crisis. Pero, una vez más, solo el tiempo lo dirá.