martes, 22 de enero de 2008

Abracadabra

Aunque tengo ciertas ideas muy claras alrededor de la forma en como deberán disponerse mis restos una vez la vida haya dejado de latir por mi cuerpo, la idea de tener una lápida no deja de ser interesante como punto final en la serie de cortas secuencias que es la existencia. Me imagino una tumba sencilla, con su piedra plana tallada en medio de un enorme parque cementerio en Francia o en el Canadá. Allí talladas estas palabras: Aquí yace John Carvajal, el gran farsante.

No es un mal apelativo cuando se ha sido El Gran Farsante de la literatura. No un plagiador, ni mucho menos, sino aquel que hizo creer a toda un mundo de lectores que aquello que leían estaba más en el campo de la realidad que en el de la ficción. No es que espere transformarme en un documentalista, o un cronista, sino que mis novelas siempre buscan tener colores que se acerquen a la realidad.

Muchos buscan el realismo mediante una prosa elaborada de párrafos detallados hasta un nivel atómico. Son ilegibles. Una mayoría espera que sus relatos personales, anécdotas de infancia o juventud, chismes laborales o recortes de prensa le den a sus historias la verosimilitud buscada por “lectores serios” que no están dispuestos a tragarse la ciencia ficción adolescente o los conjuros de un niño mago. Olvidan que muchas veces la buena literatura está en el punto más septentrional de la ficción.

El filme Zelig de Woody Allen, o el documental Opération Lune de William Karen, son ejemplos sencillos de la ficción tratada narrativamente como un hecho real. Y suponen verdaderos retos para sus creadores. No basta entonces con crear una historia de la nada, o con bases fácticas para construir la obra; hay que darle los detalles necesarios para que el futuro espectador no piense, ni por un segundo, en escapar del viaje, como en el caso de The Blair witch Project, donde la certeza por parte del público de estar viendo un video real lo mantendrá atemorizado aunque en toda la película no vea monstruos, sangre o cuerpos despedazados.

Esto es magia: lo que el ojo ve y el oído escucha el cerebro lo cree. El Gran Escritor es ante todo el Gran Creador: elabora sofismas, ilusiones; su prosa es tan rica de contenidos que para el lector juicioso sus novelas se transforman en mares navegables o autopistas de multicontenidos a diestra y siniestra.

Muchos podrán decir que El código Da Vinci de Dan Brown es una novela pésima, un artefacto más del comercial mundo de trillers fabricados para las grandes superficies; que está lejos de ser literatura, arte, esas cosas; pero ha sido un impacto cultural-mediático más grande que cualquier texto de J.M Coetzee o de Doris Lessing: se han empezado a publicar en serie otras tantas novelas de este género donde se mezclan conspiraciones, suspenso e historia. Y si Dan Brown no es un gran escritor, al menos concibió algo que puso a volar la mente tanto de lectores como de otros escritores; eso es trascendentalidad.

Si leyendo en mitad de la noche, a medio camino de una historia, medio hipnotizados estamos y ya no podemos trazar un horizonte que divida ficción de realidad, abracadabra, el hechizo se habrá ejecutado.

lunes, 21 de enero de 2008

Aullidos en el foro

La literatura vive dormida; impresa. Cuando alguien mueve las hojas y aspira las letras dejando que su cabeza arme sus contenidos, despierta. Pero, quedarnos postrados asintiendo la verdad parcial que sostiene la anterior afirmación sería desconocer otros cauces de La Literatura; una de ellas, a modo de ejemplo, es la narración oral.

No siendo mi campo poco puedo decir de esta forma de expresión, pero, una experiencia vivida por mí hace pocos días me hizo entender que, todo arte, tendrá siempre agentes incapaces de entender su profundidad, y todo lo que hagan para interpretarlo no pasará de ser un concierto de tediosas muecas.

El caso es el siguiente: en plan de sábado en la noche tomé asiento en esta plaza olorosa a cigarrillo y licor derramado. Dos docenas de jóvenes se sientan al pie de lo que parece una iglesia a ver el espectáculo: un cuentero. Y frente a mí desfilan estos hombres con pinta de adolescente, facciones de veterano de guerra y cabellera larga, como lo manda la eficaz contramoda.

El primero se fue con un cuento de Borges, pero no siendo Borges, parecía un amigo vago describiendo en forma de sinopsis una lectura del colegio. Otros arrojaban microrrelatos de esos que siempre son bien recibidos porque causan una sonrisa brillante y diminuta en la mente del que está atento. Y por último, el payaso. Lamentablemente, estos encuentros de cuenteros, sean en parques, cafés o universidades, están empañados por los bufones de corte, muchos de los cuales siguen los métodos humorísticos del famoso Andrés López: acudir a los lugares comunes de la memoria colectiva para llamar la atención (¿alguno se acuerda de… sí?) y resaltar el ridículo obvio de ciertos aspectos de la vida común cuando se recuerdan ahora, fuera de su contexto.

Hacer reír, un oficio por demás complicado, ¿quién lo dudaría? Y negar, además, la comedia como el anverso que complementa el cuerpo del teatro, de siempre y para siempre, sería pasarse de idiota. Pero sostengo esto: cualquiera, con una dosis pequeña de cierto talento oral, puede pararse a contar chistes; provocará carcajadas a granel si tiene la chispa y la precisión correctas. Otra cosa, muy distinta, es la de componer pequeñas historias; modelos de narrativa inteligente y breve, y mediante un uso adecuado de la voz y los tiempos, hacer que los presentes se sumerjan en un mundo ficticio.

Alguien por ahí decía que, en lo que a producción literaria se refiere, el cuento está muriendo, no porque hoy en día nadie se aboque a este género (de hecho está en alza), sino que muchos de sus exponentes consideran estos como ejercicios para la verdadera práctica de la prosa, es decir la novela. Otro tanto y por el mismo estilo se escucha alrededor de la poesía.

No es de extrañar entonces, bajo tan negro marco, que los escritores actuales nos vendan más anécdotas de café que historias de trama y resolución inteligentes —grandes retos, es verdad— con la justa proporción de palabras. Y por lo tanto, la narración oral, y sus exponentes, no se verán obligados a componer sutiles tramas llenas de ingenio, o belleza, al menos, sino que desviarán siempre el camino para terminar aullando ante el foro sketches dignos de la Carabina de Ambrosio, o del propio Condorito.

viernes, 11 de enero de 2008

Nota al margen--

No he podido escribir nada en los últimos días. De hecho, de lo que va del año no he redactado ni una sola línea. Estoy agotado; no me puedo concentrar. Trabajo ocho horas al día nada más, pero parece que fueran 16. Sigo leyendo pero nada se me ocurre. Si por mi fuera mandaba todo al demonio pero necesito un empleo y necesito comer y pagar las facturas.

Esperaré a que escampe... de no ser así voy a empezar a pensar seriamente en abandonar esto de escribir. Si uno no puede dedicarse a lo que le gusta mejor se pega un tiro. Si uno no puede vivir con dignidad mejor se muere con dignidad.

Flores Para Irma, al igual que mis otros trabajos están paralizados. Quiziera algún día dejar de ser un esclavo y poder volver a ser dueño de mi tiempo. Poder escribir diez horas al día y correr por entre las palabras como un ciervo en el bosque...

A mis lectores, de haberlos, les pido paciencia.


sábado, 5 de enero de 2008

Inexistente

Hay gente que se esmera en crear cuentos tremendamente cursis. No es la idea central, sino son sus estructuras internas, siempre inclinadas hacia el melodrama.

Hace unos días leí en Internet un cuento sobre un grupo de secuestrados en poder de la guerrilla en pleno monte. La historia empieza cuando uno de ellos, artista él, se ofrece a plasmar en el papel el rostro de los seres queridos que debido al cautiverio quizá no puedan volver a ver. Para dibujarlos, el artista le pide al compañero que le vaya contando anécdotas o recuerdos de la común con esa persona; y mágicamente, con trazos muy finos y de gran fidelidad, queda hecho el retrato de esa esposa, ese hijo, hija, hermano, padre, madre etc. Todos lloran, claro, otros se alegran algunos incluso empiezan a hablarle a los retratos.

Muy original, pero apesta la floritura verbal que sobrecarga cada párrafo, amen del uso exagerado de diminutivos o el pintar a los secuestradores como meras sombras sin identidad, y de referirse a ellos como “los violentos”. Por cosas como esa nunca se ganará esta guerra: mientras la gente se niegue a identificar al enemigo, el enemigo seguirá acechando.

Pero basta de política militar; lo bueno del cuento llega cuando algunos de los hombres del grupo se obsesionan con la esposa de uno de ellos; una mujer bellísima llamada Clara. Primero son los comentarios, luego el robo del dibujo de la dama, al tiempo que hay peleas a puño limpio, insultos, e intentos de homicidio.

Finalmente llega el Ejército, y “los violentos” se dan a la fuga. Tras el rescate, el alborozo, las celebraciones y el choque con los medios, los rehenes regresan a sus vidas. Ninguno olvida los incidentes del cautiverio, claro, ni mucho menos a la hermosísima Clara, que los hizo delirar aún siendo ajena. En cuanto al esposo de Clara, a este lo vemos llegar a un estrecho y desordenado apartamento de soltero, donde botellas vacías y copas delatan su afición al alcohol. Resuena por ahí una puerta y el hombre dice “¡Clara!” y ésta resulta ser una gata doméstica.

Qué risa. De verdad es bueno, pero regreso a mi punto inicial: demasiados giros, palabras rebuscadas y detalles escatológicos que aburren, sin mencionar los simbolismos de los que parece estar plagada la historia. Como pueden ver, hasta una trama inteligente se puede ver empañada por un texto sumamente largo que en ocasiones nos hace adelantarnos en busca de ese anhelado final. Así lo he visto en otros cuentos, en varias novelas, y sobre todo en el cine independiente —el mal llamado cine arte—. Bellas edificaciones que se hunden por su propia ampulosidad.

La moraleja sigue siendo la misma: minimalismo. Tallar, limar, eliminar esos sobrantes y sobre todo no llenar párrafos enteros con sobreentendidos y superficialidades. Si no, vean este ejemplo: el cuento de arriba no existe, nadie lo ha escrito; lo he inventado para ejemplificar lo que quiero decir; y ni siquiera fue necesario que realmente lo redactara, sino que simplemente escribí su resumen para darle sentido a esta cantidad de cháchara.

¿Muy claro no?