lunes, 21 de enero de 2008

Aullidos en el foro

La literatura vive dormida; impresa. Cuando alguien mueve las hojas y aspira las letras dejando que su cabeza arme sus contenidos, despierta. Pero, quedarnos postrados asintiendo la verdad parcial que sostiene la anterior afirmación sería desconocer otros cauces de La Literatura; una de ellas, a modo de ejemplo, es la narración oral.

No siendo mi campo poco puedo decir de esta forma de expresión, pero, una experiencia vivida por mí hace pocos días me hizo entender que, todo arte, tendrá siempre agentes incapaces de entender su profundidad, y todo lo que hagan para interpretarlo no pasará de ser un concierto de tediosas muecas.

El caso es el siguiente: en plan de sábado en la noche tomé asiento en esta plaza olorosa a cigarrillo y licor derramado. Dos docenas de jóvenes se sientan al pie de lo que parece una iglesia a ver el espectáculo: un cuentero. Y frente a mí desfilan estos hombres con pinta de adolescente, facciones de veterano de guerra y cabellera larga, como lo manda la eficaz contramoda.

El primero se fue con un cuento de Borges, pero no siendo Borges, parecía un amigo vago describiendo en forma de sinopsis una lectura del colegio. Otros arrojaban microrrelatos de esos que siempre son bien recibidos porque causan una sonrisa brillante y diminuta en la mente del que está atento. Y por último, el payaso. Lamentablemente, estos encuentros de cuenteros, sean en parques, cafés o universidades, están empañados por los bufones de corte, muchos de los cuales siguen los métodos humorísticos del famoso Andrés López: acudir a los lugares comunes de la memoria colectiva para llamar la atención (¿alguno se acuerda de… sí?) y resaltar el ridículo obvio de ciertos aspectos de la vida común cuando se recuerdan ahora, fuera de su contexto.

Hacer reír, un oficio por demás complicado, ¿quién lo dudaría? Y negar, además, la comedia como el anverso que complementa el cuerpo del teatro, de siempre y para siempre, sería pasarse de idiota. Pero sostengo esto: cualquiera, con una dosis pequeña de cierto talento oral, puede pararse a contar chistes; provocará carcajadas a granel si tiene la chispa y la precisión correctas. Otra cosa, muy distinta, es la de componer pequeñas historias; modelos de narrativa inteligente y breve, y mediante un uso adecuado de la voz y los tiempos, hacer que los presentes se sumerjan en un mundo ficticio.

Alguien por ahí decía que, en lo que a producción literaria se refiere, el cuento está muriendo, no porque hoy en día nadie se aboque a este género (de hecho está en alza), sino que muchos de sus exponentes consideran estos como ejercicios para la verdadera práctica de la prosa, es decir la novela. Otro tanto y por el mismo estilo se escucha alrededor de la poesía.

No es de extrañar entonces, bajo tan negro marco, que los escritores actuales nos vendan más anécdotas de café que historias de trama y resolución inteligentes —grandes retos, es verdad— con la justa proporción de palabras. Y por lo tanto, la narración oral, y sus exponentes, no se verán obligados a componer sutiles tramas llenas de ingenio, o belleza, al menos, sino que desviarán siempre el camino para terminar aullando ante el foro sketches dignos de la Carabina de Ambrosio, o del propio Condorito.

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