sábado, 5 de enero de 2008

Inexistente

Hay gente que se esmera en crear cuentos tremendamente cursis. No es la idea central, sino son sus estructuras internas, siempre inclinadas hacia el melodrama.

Hace unos días leí en Internet un cuento sobre un grupo de secuestrados en poder de la guerrilla en pleno monte. La historia empieza cuando uno de ellos, artista él, se ofrece a plasmar en el papel el rostro de los seres queridos que debido al cautiverio quizá no puedan volver a ver. Para dibujarlos, el artista le pide al compañero que le vaya contando anécdotas o recuerdos de la común con esa persona; y mágicamente, con trazos muy finos y de gran fidelidad, queda hecho el retrato de esa esposa, ese hijo, hija, hermano, padre, madre etc. Todos lloran, claro, otros se alegran algunos incluso empiezan a hablarle a los retratos.

Muy original, pero apesta la floritura verbal que sobrecarga cada párrafo, amen del uso exagerado de diminutivos o el pintar a los secuestradores como meras sombras sin identidad, y de referirse a ellos como “los violentos”. Por cosas como esa nunca se ganará esta guerra: mientras la gente se niegue a identificar al enemigo, el enemigo seguirá acechando.

Pero basta de política militar; lo bueno del cuento llega cuando algunos de los hombres del grupo se obsesionan con la esposa de uno de ellos; una mujer bellísima llamada Clara. Primero son los comentarios, luego el robo del dibujo de la dama, al tiempo que hay peleas a puño limpio, insultos, e intentos de homicidio.

Finalmente llega el Ejército, y “los violentos” se dan a la fuga. Tras el rescate, el alborozo, las celebraciones y el choque con los medios, los rehenes regresan a sus vidas. Ninguno olvida los incidentes del cautiverio, claro, ni mucho menos a la hermosísima Clara, que los hizo delirar aún siendo ajena. En cuanto al esposo de Clara, a este lo vemos llegar a un estrecho y desordenado apartamento de soltero, donde botellas vacías y copas delatan su afición al alcohol. Resuena por ahí una puerta y el hombre dice “¡Clara!” y ésta resulta ser una gata doméstica.

Qué risa. De verdad es bueno, pero regreso a mi punto inicial: demasiados giros, palabras rebuscadas y detalles escatológicos que aburren, sin mencionar los simbolismos de los que parece estar plagada la historia. Como pueden ver, hasta una trama inteligente se puede ver empañada por un texto sumamente largo que en ocasiones nos hace adelantarnos en busca de ese anhelado final. Así lo he visto en otros cuentos, en varias novelas, y sobre todo en el cine independiente —el mal llamado cine arte—. Bellas edificaciones que se hunden por su propia ampulosidad.

La moraleja sigue siendo la misma: minimalismo. Tallar, limar, eliminar esos sobrantes y sobre todo no llenar párrafos enteros con sobreentendidos y superficialidades. Si no, vean este ejemplo: el cuento de arriba no existe, nadie lo ha escrito; lo he inventado para ejemplificar lo que quiero decir; y ni siquiera fue necesario que realmente lo redactara, sino que simplemente escribí su resumen para darle sentido a esta cantidad de cháchara.

¿Muy claro no?

No hay comentarios: