sábado, 16 de febrero de 2008

Sobre una breve y regular pieza.

Durante mis últimas tres visitas a teatros de cine me he tenido que tragar entero un cortometraje de dibujos animados, de factura nacional, llamado El gorro de la felicidad; y tras la última vez —espero— que tuve que ver aquello me quedaron en la mente dos impresiones: primera que es un abuso, para con el que paga el boleto, obligarlo a engullir todo lo que los realizadores de este país se inventen, sin discriminar si es bueno o malo; y segundo que el estado de la literatura colombiana —y casi por extensión las demás artes— se puede simbolizar perfectamente con aquel corto.

Primero:

En este cortometraje se narra la historia de un sombrero llamado “el gorro de la felicidad”, su dueño y un chico que casualmente lo encuentra. Me niego a relatar el resto del cuento porque me parece innecesario; el caso es que sus creadores trataron de explorar, o explotar, una técnica de animación que combina el collage y la animación en tres dimensiones asistida por computadora. El resultado en este caso es un revoltijo enceguecedor de tramas y rostros fotografiados. Hay que añadir que la historia carece de fondo y no apunta a nada; una amiga, muy crítica, dijo que la historia parecía inventada por una niña de siete años, sin mucha imaginación, que se ha sentado a componer para la clase de español del día siguiente. A eso añadí que esta niña bien podía haber pasado toda su vida encerrada en un granero. Pero, teorías aparte, no creo que hayan recursos técnicos visuales para salvar tamaña historia tan mala.

Segundo:

Músicos, pintores y artistas plásticos en general, dramaturgos —si los hay—, poetas, novelistas, y claro, artistas electrónicos, tienden a presentar ante sus círculos cercanos proyectos y obras similares, en cuanto a calidad, a El gorro de la felicidad: técnica, trabajo y recursos invertidos, ¿el resultado? Bodrios.

Less is more (menos es más) dice el dicho; enough is all (suficiente es todo) digo yo. Es cierto que Colombia —y quizá el resto de nuestro sub continente hispanoparlante— sea un país pobre y con una industria cultural todavía en desarrollo, a lo que se le debe sumar que los gastos que hace el gobierno son para la guerra y rara vez para las artes. Pero el talento verdadero sólo necesita tres comidas al día, trabajo y ciertas aptitudes cerebrales, eso es lo que hace a los artistas, y no grandes presupuestos ni la vanidosa certeza de que se nació para algo aunque se tenga muy poca habilidad para ello.

De nuevo ataco a las escuelas: se empeñan en aplastar el individualismo y las aptitudes singulares con uniformes y métodos generales de aprendizaje. En nuestro mundo occidental sobresalir es la zanahoria que pende frente a nosotros; todos quieren “ser alguien” antes que ser ellos mismos; que titulares de prensa y vitrinas abarrotadas de ejemplares atraigan más que el placer íntimo de haber creado algo que complazca nuestros sentidos, agite nuestro sentido del humor y nos ejercite la mente.

¿No me creen?: caminen por un estante de literatura nacional, y luego por uno de literatura universal. Caminen y observen en la red las galerías del Louvre, y luego den un paseo por las galerías privadas donde se venden las “obras” de los pintores nacionales. Escuchen a Rachmaninof, a Bach, a Lizt, y luego a Adriana Botina o a Juanes o a Cabas. ¿Creen que juego sucio? Pues yo creo que es hora de arrojar todo al fuego y pensar que sí, que sí podemos llegar lejos.

Greene, Graham Greene.


20 años antes de que el último helicóptero se elevara del tejado de la embajada estadounidense en Saigón, la novela de un escritor inglés había sido duramente criticada por exponer a los Estados Unidos como una nueva potencia colonial que jugaba con los destinos de otras naciones. Sólo me pregunto si el piloto de ese último helicóptero, abandonando para siempre ese país destrozado, habrá leído El americano impasible, de Graham Greene; sin duda uno de los mejores novelistas británicos del siglo XX.

Pocas veces he sentido el peso enorme de una gran obra aplastarme el pecho y arrancarme el aliento. Esas novelas han sido contadas y las guardo tanto física como espiritualmente con un gran cariño. Hay libros que leemos y nuestra mente, que en el fondo siempre sabe lo que necesitamos, los descarta como material excretable.

Dejaremos por ahora a un lado la discusión acerca del profundo catolicismo del que estaba infectado este hombre; yo, como ateo que soy, no estoy en posición de analizar las variaciones temperamentales de las que sufren los creyentes. Y, tras leer la historia de Thomas Fowler, un cínico periodista británico no creyente, me pregunto hasta dónde pudieron las doctrinas de la iglesia católica influenciar la construcción de personajes, y los comportamientos de estos, en las novelas de Greene.

En sentido preciso y técnico, la novela narra simplemente el encuentro entre el inglés cansado de vivir y el agente secreto lleno de apasionado patriotismo que viene a ejecutar una labor de “apoyo” por parte de la CIA —la cual no se menciona en la novela sino vagamente como la OSS— a un tercer partido que lucha entre los colonialistas franceses y el Vietmin.

En un sentido narrativo el cuento va más de un triángulo pasional entre el veterano periodista, su joven amante nativa y el apuesto americano; la lucha entre estos dos hombres mezclada con la extraña amistad que tratan de imponerse como barrera contra el odio y la lucha abierta. Un concepto para nada nuevo que seguirá siendo tratado por la literatura mientras existan los pilares que hacen del hombre un ser humano.

Uno de los valores de este tipo de novelas que analizan lo racional e irracional de las relaciones entre seres humanos —en algunos casos especies de “informes a la academia” basadas en la observación de conductas—, son los pilares y las perlas que se pueden hallar entre los ríos de palabras. Frases, sentencias y alusiones, no del todo planeadas por el escritor, sobre las que se puede volver siempre y que, a mitad de una historia de dolores y silencios fúnebres como esta, hacen valer la pena a cualquier texto.

Es posible que el catolicismo de G.G le haya inoculado el vicio de creer en moralidades e inmoralidades absolutas: hombres buenos y malos, malos muy malos y buenos que hacen maldades por estupidez o descuido. Pero puedo concebir la hipótesis literaria de que la carrera de este fracasado periodista como agente secreto al servicio de Su Majestad fue lo que le permitió ver en sus personajes, o en quienes lo rodeaban, las tonalidades de gris que van del negro al blanco y dar ese gran paso, requerido en todo novelista, de aplicarle una tercera dimensión a las siluetas humanas que se cruzan frente a nuestros ojos mientras leemos.

Leyéndolo recordé a otro británico que ha hecho del triller político un arte: John Le Carre. Los caminos de ambos en los pasillos sinuosos de las operaciones secretas parecen haberlos situado en planos similares aunque separados —Greene fue amigo de Kim Philby, quien al servicio de los soviets desenmascaró a muchos agentes, incluido Le Carre—; sendas que les dieron los recursos de observación sobre las luchas de personajes con los que uno termina por identificarse.

martes, 12 de febrero de 2008

Las Reglas del señor Vizinczey. (Parte X)


10. Serás difícil de complacer.

Hay una brecha entre profesionales y artistas: la brecha del tiempo. Para los redactores las fechas límite marcan el compás de su labor y de su maquinaria creativa. Igualmente le sucede a los publicistas y periodistas, lo que no significa exactamente que aquel ritmo, a veces asfixiante, tenga que aplicarse también a los escritores.

Como la formación de todo artista, el tiempo que tarda la confección de una novela o un cuento está determinado sólo por la instintiva certeza del autor de que aquello en lo que trabaja ha alcanzado su punto culminante. Pero no hay que confundir una necesidad de ver terminado el texto con ese instinto del que hablo; aquello es algo que se aprende con el tiempo, el entrenamiento y las muchas lecturas. No basta ver que los párrafos carecen de errores ortográficos, gramaticales o de concordancia, sino que las palabras empleadas son las correctas, y que el mensaje no podría ser dicho de ninguna otra manera más precisa que esa.

Por supuesto, la literatura está viva, y un autor despojado de vanidades siempre podrá ver mejoras en lo que ha escrito, ergo nunca estará completamente satisfecho. Ahí podrían jugar un papel importante los críticos: desde una perspectiva abierta, aquellos conocidos en los que podemos depositar nuestra confianza verán cosas que nosotros pasamos por alto.

A veces me preguntaba cómo podían haber escritores que produjesen hasta tres novelas por año; bueno, la respuesta, al menos teórica, es para mí la siguiente: muchos de los que se consideran buenos novelistas sólo esperan contar lo que tienen que narrar, de la misma forma en que se describe la sinopsis de una película: se explica su inicio, su trama y resolución en palabras sencillas, de forma clara, de tal manera que el interlocutor no necesite hacer preguntas. Y creo que gran parte de este movimiento de contadores de historias viene de las escuelas de narrativa donde prima el fondo sobre la forma. Y aunque no arriesgo a decir que lo contrario es lo correcto, estoy seguro que los chicos y chicas que gastan sus noches frente a sus computadoras garrapateando historias se esfuerzan más en crear símbolos y alegorías que frases donde la belleza se perciba tan clara como en la poesía o en el trazo de un automóvil moderno. Aclaro por aclarar, una vez más, que esforzarse por componer párrafos poéticos sobre historias sin verdadero fondo —léase María, de Jorge Isaacs— no es tampoco lo correcto.

Ni largo ni corto, ni mucho ni poco, ¿a qué apunta tu historia? ¿Qué es eso que te muerde la cabeza por la noche, te priva del sueño, y que sientes que no puedes eliminar hasta que lo pongas en papel? Instintivamente, y empleo de nuevo esta etérea palabra, uno sabe lo qué quiere decir y cómo lo quiere decir; qué colores emplear y qué música los acompañará; hasta tener las respuestas el creador no estará satisfecho, mas nadie te puede decir si has alcanzado esa cima o si sólo vas a medio camino, pues como el amor, el fin de la obra, se sabe, o se ignora. Y esta amigos míos, es esencia del talento, algo que por lo demás no es de todo el mundo.

lunes, 11 de febrero de 2008

Las Reglas del señor Vizinczey. (Parte IX)

9. Escribirás para tu propio placer.

He aquí unas cuantas palabras sobre el mayor miedo de la mayoría de los actuales escritores: ser odiados, rechazados o aplastantemente criticados por aquello que escriben.

Si bien es cierto que en ocasiones los extremos puntos de vista de algunos narradores han dado pie para que se alcen polémicas que afianzan la fama maltrecha de algunos de estos, la verdad es que diversos aprendices de escritor suelen acobardarse ante la tarea de poner sus propias visiones del mundo en sus trabajos. Cosa que, pensándolo bien, no debe extrañar a nadie, o a ninguno debe parecernos un acto de cobardía: en tiempos de globalización y decretos de seguridad, ciertas opiniones pueden conducir a sus propietarios a la física hoguera. Hoy en día si a un judío no le gustan los árabes —aunque viva entre los yermos de Siberia y sólo sepa de su existencia por la Red— ponerlo por escrito constituye un acto de pecado y será fichado por los intelectuales del mundo libre como instigador del terror. No ha mucho el señor Martin Amis dijo algo sobre la seguridad en los aviones y de inmediato fue etiquetado en la Internet como racista y derechista. Y no hablemos de lo que podría sufrir un árabe si llega a criticar a los Estados Unidos de América: sombras en la noche que trepan a su ventana, un avión sin marcas con rumbo a ningún-lado, palizas e interrogatorios.

Volvamos a la luz. Muchas veces, tengo que aceptarlo, he suprimido algunos párrafos de las novelas y cuentos en los que he trabajado, más por motivos de seguridad que de estética literaria. Llegué a creer que esas frases y párrafos podrían ser malinterpretados o que podían dar una visión errada de mí mismo, casi todos relativos a mi opinión sobre los conflictos Israel-Mundo Árabe y EUA-Resto del globo, aunque también sobre las mujeres y las personas de otras razas.

El peligro de no ser políticamente correcto se materializa muchas veces en forma de un pelotón de fusilamiento compuesto por críticos.

De ahí viene la regla: hazte feliz a ti mismo, porque si el desarrollo de un arte no puede darte la plenitud, ¿qué lo hará? Hay que arriesgarse, muchacho, y escribir esa novela romántica sobre dos homosexuales aunque tú seas heterosexual, o ese cuento sobre robots carnívoros del espacio, pese a que todos te conocen como un novelista “serio” que habla siempre de banqueros, políticos y jóvenes escritores malditos y suicidas. La mediocridad de mucha narrativa actual está basada en ese baile de máscaras en que se ha transformado el movimiento de escritores jóvenes. A los viejos no les pidamos nada, nada nuevo nos darán. Pero es triste que estos chicos y chicas de treinta y punta de años que firman libros en las ferias de Guadalajara, Buenos Aires y Bogotá prefieran la fórmula fácil de los reconocibles paisajes contemporáneos, las historias de mafiosos, y las fórmulas cortazarianas mal aplicadas.

Los hombres del Servicio Aéreo Especial tienen un lema: el que se atreve, vence. Y mister Faulkner dijo, ante la academia sueca, que el escritor debe enseñarse, primero que todo, a no tener miedo. Pero muchas promesas literarias, me temo, han muerto abaleadas en el arrozal frente a la puerta de la editorial; y las balas fueron casi siempre sus propios temores acerca del tema de su obra, o del tratamiento estilístico del mismo.

Si yo en mi caso llego a fracasar, será porque, simplemente, el mundo no deseaba saber nada de mis historias, lo cual no significa nada: conté lo que yo quería contar, vomité lo que tenía en el estómago, nadie tiene que hacer una foto de ello. Pero es preferible ese desconocimiento general, a venderle el alma al diablo, y terminar como Juanes, fabricando mediocridades de consumo masivo por un puñado de dólares.

Las Reglas del señor Vizinczey. (Parte VIII)


8. No adorarás Londres—Nueva York—París.

Por razones que no logro establecer, la mayoría de las personas afectas a algún arte suelen apuntar su mente hacia aquel lugar que consideran La Meca de su mundo. Así como muchos realizadores de cine del mundo entero sueñan con Hollywood, aunque gocen de cierta fama, prestigio y buenas obras realizadas en sus tierras de origen. Otro tanto afecta a los escritores, que creen que irse a París, Londres, Roma, Nueva York o inclusive Moscú, hará de ellos mejores artistas, de lo que en su tierra son.

Lo lamentable para nosotros los que vivimos fuera de la órbita terrestre —entiéndase los ciudadanos del tercer mundo— es lo inaccesible que puede llegar a volverse la producción cultural. Aquí, donde las películas independientes o demasiado orientadas hacía el arte se hacen difíciles de conseguir, por no mencionar los libros, y la música, se siente siempre el deseo de pasearse algún día por calles donde hay más librerías y tiendas de música especializadas que bares y discotecas.

Por otro lado, quién no ha soñado con despertar y tener al frente una ventana con vistas de postal; pasear a media mañana hasta el pintoresco puesto de diarios, hacerse al Paris Match, leer éste o quizá las respuestas de un escritor reputado que entrevistan en una revista literaria bajo el complaciente sol de una Europa sin lluvias; vagar por librerías, coquetear con chicas bonitas, encontrarse con los amigos bohemios y locos para una copa entrada la tarde para darle rienda suelta a la imaginación llegada la noche frente a una siempre elegante máquina de escribir, cuando no a una moderna y estilizada computadora personal. En fin, cuadros para una mente que sueña mientras vende hamburguesas grasosas a espera de mejores tiempos.

Soñar entonces no es el problema, todo el mundo lo hace, pero se convertirá en un inconveniente si se cree que sólo en determinados sitios se puede escribir. O que determinadas atmósferas serán mejores para la práctica de la escritura. Pero ejemplos en contra suelen haber muchos, o mejor, ¿qué hay de todos aquellos jóvenes que parten a la vieja Europa en busca de romántica aire y que nunca publican nada? O el caso por ahí famoso de cierta escritora de best-sellers románticos que vive en París y cuyas obras no pasan de ser repasos de las viejas fórmulas.

No hay nada allí, ni paz, siquiera. Más librerías, teatros y salas de cine; pero aunque es de vital importancia para un narrador ampliar su mente con la contemplación de diversos mundos, el encerrarse en una gran capital del primer mundo, donde deudas y problemas son iguales en todos lados, no será muy distinto a creer que su pequeño poblado o su ciudad intermedia es el único universo existente.

domingo, 10 de febrero de 2008

Las Reglas del señor Vizinczey. (Parte VII)

7. No dejarás pasar un solo día sin releer algo grande.

Algo sorprende de los escritores actuales, y aunque no quiero generalizar, tengo muy pocas ideas que contrarresten esta: leen más prosa nueva que clásica. ¿Por qué? ¿Por qué cuando le preguntan a un autor famoso por sus lecturas, rara vez menciona a uno de esos novelistas grandes de los siglos pasados, y en vez de eso mencionan a algún millonario de las ventas que ha redactado y publicado tan sólo meses antes una nueva historia relativa al 11-S? La respuesta a mi pregunta, lanza ante otras personas es siempre la misma: ya han leído todo lo que se debe leer.

¿Será posible? Las generaciones presentes en la literatura de hoy han tenido, calculo yo, un desarrollo alrededor de los medios masivos, y una vida actual más del lado de las nuevas comunicaciones que de las grandes bibliotecas. Entonces ¿realmente pasaron los primeros cuarenta o cincuenta años de su vida leyéndose los catálogos completos de Rusia, Francia, Inglaterra, Alemania, Italia etcétera? Lo dudo. Y si así fue, ¿qué les dejaron esas lecturas?

Una frase de cajón: los grandes escritores fueron ante todo grandes lectores. Bueno, leyendo los textos de Roberto Bolaño consignados en el libro Entre paréntesis, esas palabras adquieren total validez; allí se menciona a medio centenar de escritores, muchos olvidados, e incluso algunos actuales. Del mismo Bolaño salió esta encantadora frase: soy mucho más feliz leyendo que escribiendo; es decir, hay un placer y una necesidad vital de pasarla más tiempo entre libros que en fiestas, cócteles, presentaciones y charlas de café. Pero si la idea no les ha quedado clara ahí tienen la silueta del gran Capote, leyendo cinco libros a la semana —uno en dos horas, afirmaba él— diarios y revistas de todos los orígenes y hasta las etiquetas de la sopa enlatada.

Llegados a esto, Stephen Vizinczey considera un error la absorción continua de información, ya que dice que esto sólo podrá hacer más interesantes nuestras charlas, pero que no mejorará nuestra capacidad de redacción. Yo, que considero la información la clave del poder, tengo que mostrar mi desacuerdo en ello. No es cuestión de tener mil datos útiles, sino de librarse de las cadenas de la ignorancia.

Al empezar la redacción de Flores Para Irma, me di cuenta de que no sabía nada con respecto a Irán, y en general acerca de los asuntos en Medio Oriente. Entonces empecé a leer al respecto y a mantenerme informado sobre todo lo que allí sucediera. El problema es que muchos de los actuales escritores sienten, a ratos, la imperiosa necesidad de crear una novela; se arman de todo para ponerla por escrito, pero no tienen una idea verdadera acerca de qué van a escribir.

Cuando ya se tiene un tema, y sabemos a dónde queremos llegar, es el momento de ir por esos tomos que nos puedan inspirar. En mi caso, El agente secreto de Conrad, El sastre de Panamá de Le Carre y unos cuantos textos al azar han servido de apoyo en algunos difíciles momentos de creación.

sábado, 9 de febrero de 2008

Las Reglas del señor Vizinczey. (Parte VI)

6. Pensarás sin cesar en los que son verdaderamente grandes.

Nunca es fácil, no importa quién seas, sobrevivir en un oficio que requiere, por encima de todo, la soledad. Así mismo hay otros muchos problemas que se descargan sobre el escritor y que lo hacen repensar, una y otra vez, si no será mejor dedicarse a ordeñar vacas o a comerciar con acciones.

Sin embargo no pertenezco a esa escuela que cree que el arte sólo puede surgir del sufrimiento; que de una vida de problemas y padecimientos salen las verdaderas grandes obras. Pero parece ser una regla común que sólo los trastornados, los solitarios, los que sufren de grandes complejos, o quienes conocieron las estepas heladas del infierno se hayan transformado en narradores, ya sea para extraer de su mente esas mismas pesadillas grabadas con cincel en sus párpados, o para decirle al mundo que existe estas, y otras, formas de purgatorio, amen de casos raros donde pintan un posible paraíso.

Lo valioso de conocer, creo yo, las vidas de los, ahora considerados, maestros de la literatura radica en un aprendizaje técnico, aplicado a las reglas invisibles que rigieron sus carreras literarias, ya que muchos grandes escritores no se forjaron precisamente en aulas, sino en el verdadero y rudo combate con las palabras; batallas en las que, nunca satisfechos, se endurecieron hasta lograr la excelencia. Aunque, aclaremos, nunca ellos la vieron como tal, y pidieron el fuego para sus manuscritos; y aunque hubo uno que otro Max Brod por ahí, creo que valiosas piedras preciosas de la narrativa universal se terminaron volatilizando en el aire.

Cada uno tiene sus maestros particulares; creo que un post anterior mencioné los míos. Y además puede siempre sumar a los profesores que, de una manera u otra, lo influenciaron. Aunque llegados a este punto lo que realmente le debe interesar al escritor —al revés del historiador— son los métodos, las rutinas, las influencias, y las perspectivas que desarrollaron los hombres y mujeres cuyas líneas serán releídas por generaciones y generaciones.

viernes, 8 de febrero de 2008

Las Reglas del señor Vizinczey. (Parte V)

5. No serás modesto.

Dicho antes, repetido ahora y reverberado en la distancia para las generaciones futuras: el escritor es, como el caballo es caballo: cuestión de sustancia, de cuna, y tal vez en el futuro un letrero junto a una fosa fúnebre. No hay términos medios para las pretensiones literarias de los jóvenes o de los que pasan de los cuarenta —términos como juventud o vejes varían de un arte u oficio a otro—. Nunca se debe apuntar a un rango medio de la escala artística, y eso va para todas las artes: nunca será la mitad del camino el viaje total al que apunta el artista.

Lo vi durante años rodeándome en diferentes campos: los medio pintores, los medio poetas, los medio músicos, muchos de estos últimos chimeneólogos o animadores de noches cálidas junto a piscinas donde entonan, como esos viejos discos, las mismas cuatro canciones de su repertorio. Y el catálogo se expande si alguien se toma el tiempo en la barra de un café a mirar al mundo: medio abogados, medio arquitectos, medio médicos, esos últimos son los que me encuentro de vez en vez gracias a los planes obligatorios de salud: se ponen una bata y un estetoscopio, revisan presión, respiración, pulsación y con discreción preguntan “¿qué tal sus excrementos?”, para dar una receta de purgantes y símiles.

Ahora que me he convertido en escritor y que, cosa natural, me he visto rodeado de otros escritores y aprendices de escritores —pocos los primeros, mas muchos de los segundos—, esta ponzoñosa modestia parece contaminar los sistemas neurológicos de muchos de ellos. Es cierto que somos jóvenes —a la fecha de publicar esto— y que nuestro camino ha conocido más el aula que el campo de producción editorial. Pero no es la imprenta quien dice quiénes escriben o no, sino nuestro instinto de cazador-recolector que acecha entre nuestras tripas y el cerebro primitivo; es fantasma parado a nuestro lado en el bus que nos hace ver cosas que nadie más ve: la línea secreta que conecta dos puntos alejados, la sinfonía de una orquesta de ruidos, o el olor inexplicable que precede a una mala noticia.

Cada día el mercado editorial lanza a las librerías la obra de periodistas, políticos, intelectuales o simples desocupados bien relacionados que sintieron el llamado de la sirena de la fama, que en su canto los empujaba a convertirse en escritores. Pero aunque el guionista de telenovela se disfrace de escritor, guionista de telenovela se queda. A menos que tenga los huevos para arrojar los dados del juego y dejar su mundo atrás. La literatura requiere ante todo una conciencia constante sobre lo que se hace, y más, sobre lo que se quiere hacer. Hay que apuntar a lo alto, ver las estrellas y decidirse a componer la novela más genial que puedan dar sus millones de neuronas; y más lejos, de ser posible.

Porque en ello radica la falla de muchos de eso chicos que en los últimos años he visto dedicarse al cuento, o visitar los talleres literarios, las clases de escritura creativa y los clubes de libros: apuntan a lo poco, a lo pequeño, al cuento mediocre —apenas estoy aprendiendo, dicen—, a leer y aprender de la novela de supermercado —si es un éxito en ventas será por algo—, a creer que la sola práctica de la narración como pasatiempo hará de ellos autores cuya firma brille en los anaqueles de las librerías.

La verdad es que todo escritor de corazón tiene entre su piel un objetivo, una meta que se recorta al final de un largo camino, un motivo, que por lo general es secreto.

Las Reglas del señor Vizinczey. (Parte IV)

4. No serás vanidoso.

Cualquiera puede escribir una novela en primera persona, dijo Hemingway alguna vez. No sé si será cierto, ya que nunca lo he intentado. Pero hay ciertas facilidades cuando uno se ha puesto a sí mismo como un personaje, y ha retratado su vida en forma de ficción.

No creo que haya egocentrismo en esa forma de actuar, sino que esta está basada en un principio general de redacción: escribe sobre lo que conoces. Y que mal empleada hace creer a muchos que se debe escribir sobre el entorno que circunda al escritor, frenando de esta manera cualquier búsqueda de puertas para afuera, la necesidad de otros horizontes, el deseo por descubrir nuevos lenguajes, mundos distintos, paralelos, y formas radicalmente opuestas de ver el mundo.

No digo aquí que emplear como tema todo aquello que rodea la vida del escritor sea necesariamente un crimen, ya que una de las fuerzas que impulsa al hombre a sentarse a contar es precisamente el ruido de fondo, los tonos medios y los brillos ocultos del ambiente en el que vive. Todo aquel que se ha vuelto escritor lo ha hecho porque durante su desarrollo el mundo lo ha afectado de una manera tal que, en determinado punto, se ve obligado a exponer su deslumbramiento en el papel.

O en otras ocasiones, como es mi caso, el autor se toma a sí mismo como molde para la creación de sus personajes principales. ¿Por qué? Es tan simple que abruma: uno es el ser humano más cerca que tiene, del que conoce todo y al que puede imaginar en cualquier situación.

La observación de las costumbres y situaciones que evolucionan, estallan o se sofocan a nuestro alrededor son también generadores de ideas, no porque creamos en su trascendentalidad, sino porque todos los seres humanos nos vemos afectados en mayor o menor medida por los mismos dramas.

Podemos entonces estar siempre maravillados con el mundo que nos rodea, pero no dejarnos drogar por el ecosistema y entender, que aparte de que hay otros ecosistemas, hay otras formas de ver el Universo y otras reacciones ante eventos similares, o pasiones que creemos son sólo nuestras.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Las Reglas del señor Vizinczey. (Parte III)

3. Soñarás y escribirás y soñarás y volverás a escribir.

Hay una parte del proceso de creación narrativa escrita que los escritores comunes o ignoran, o hacen a un lado como cosa de poca importancia, u ocultan como un secreto inconfesable. Es el proceso de imaginación. Esa parte de la maquinaria que carece de ruedas dentadas y se basa en el primitivo motor que nos hace soñar despiertos. Presumo, al escuchar a mis amigos escritores o a los escritores reconocidos, amen de los profesionales de la redacción, que hablan de la angustiante hoja en blanco, que nunca se han puesto a imaginar primero lo que van a escribir, sino que esperan que todo su entrenamiento baste para gestar y ordenar las ideas en su escrito.

Una de las razones por las cuales este blog no aparece de forma regular, se deriva de mi imposibilidad de crear un escrito acerca de un tema en un determinado tiempo. Los periodistas que colaboran en revistas y diarios con sus columnas sí pueden hacerlo; algunos son notables, pero ellos, los periodistas en general, son redactores profesionales, gente adiestrada en apilar 100 palabras por minuto y llenar libras de papel con contenidos no siempre muy profundos; pero la realidad rara vez lo es.

Julio Cortazar, el grande, dijo cierta vez que él siempre se sentía como un escritor aficionado; eso hace pensar, siendo él uno de los escritores más importantes del siglo pasado, al menos en español. Pero su punto era que él no seguía las pautas del escritor profesional, con horarios y fases de trabajo. Y creo realmente, que a parte de cierta debida disciplina, imponer medidas estrictas sobre la labor creativa coartaría la naturaleza propia de la concepción. Las ideas van y vienen, prácticamente al arbitrio de los tiempos.

De niño me la pasaba en silencio mirando a los otros jugar, generalmente bajo un árbol, alejado de la presencia humana. Mis profesores suponían lo peor, claro, y me mandaban directo con la sicóloga. Pero es que no podían ver que el mundo interno mío florecía y reverberaba con más fuerza y colorido que el caos gris que me rodeaba. Allá en mi mente nacieron mis historias, se incubaron por años hasta que los libros me enseñaron cómo ponerlas en papel, y algunas aún están entre las cavernas de mi cerebro, esperando. Nunca hubo ni habrá hoja en blanco, cuando no sea la que espera al texto que otros me han ordenado escribir, y por eso no seré nunca periodista, espero, ni guionista de telenovelas, mucho menos. Nada más lejos para mí del placer de la concepción de ideas que la presión por narrar esa realidad tan simple que es el mundo.

Un consejo que suelo dar, aunque quienes me conocen me saben hombre que no da lecciones: el escritor requiere, tanto como lápiz y papel, muchas horas de silencio. Quien pretende crear un mundo inexistente debe alejarse del bombardeo constante de información inútil proveniente de todo el mundo. Debe aprender a caminar solo, por horas, hablando consigo mismo, dándole vueltas a un mismo asunto hasta que pueda hacerse con esas verdades de las que están hechas las buenas novelas. Sabrá entonces por qué muchos fracasan como escritores: no podían soportar el peso de estar tan solos.

martes, 5 de febrero de 2008

Las Reglas del señor Vizinczey. (Parte II)

2. No tendrás costumbres caras.

A los escritores viejos, es decir aquellos de barba o bigote abundante con canas o que simplemente andan con los codos puestos sobre la larga mesa de conferencias en los encuentros de escritores, les encanta, o quizá se ven obligados a decir, que nadie puede vivir de escribir libros, o, para ser más preciso, nadie puede vivir de la literatura.

Algo que tengo que aclarar es que aquellos escritores a los que me estoy refiriendo son artistas de larga trayectoria o ampliamente reconocidos en los círculos literarios; en resumen no son nadie sino un nombre en el directorio de contactos publicados por alguna editorial, o sea, no son famosos, ergo no son, ni pueden ser ricos, aunque presumo que muchos al terminar su día meten la llave que cargan en su bolsillo en el contacto de un auto común y navegan hacía el norte hasta un cálido y cómodo apartamento donde tienen un perro llamado bunky, una hija preciosa que está en la secundaria y un sillón muy cómodo junto a la chimenea para sentarse a leer.

No ser Gabriel García Marquez o Arturo Pérez-Reverte no es un crimen, obvio, pero me pregunto si estos dos, o si la mismísima J. K. Rowling negaría la posibilidad de hacerse una carrera y unos buenos ingresos a futuro mediante la creación literaria. Es posible que los prosistas ante quienes todos se inclinan dieran un no rotundo: pensarían que estarían rebajando la imagen del escritor como ese tipo al que le surge el talento y las ideas como un tumor que sólo pueden extirpar escribiendo.

Pero a lo que va verdaderamente el señor Vizinczey es a que el trabajo, o la adquisición de dinero, no deben ser obstáculo entre el artista y su obra. Pero esta parece ser una condición que no se puede aplicar a todos los escritores del mundo. Un tiempo atrás, verán, leí algo muy breve sobre los escritores en Noruega, donde el gobierno hace todo lo posible por mantenerlos y las ventas de sus libros rebasan los sueños de cualquier narrador colombiano. Y, no es raro en verdad, siendo éste y otros países del norte del mundo, con poblaciones muy pequeñas y altas tazas de escolaridad, proclives a dar una parte de sus recursos para que la producción cultural no cese.

El mundo en el que yo vivo es uno donde la guerra consume la mayor parte de recursos nacionales, y el resto se aplica sólo en un porcentaje muy bajo a cultura. Si bien el gobierno distrital ha invertido, de unos años hacía acá, en la generación de espacios culturales y la promoción de jóvenes con grandes aspiraciones en diferentes campos, estamos a unos quinientos años de la situación de Noruega o Japón.

Lamentablemente ningún aspirante a escritor —ni aún esos que ya han visto su nombre en letras imprenta en la portada de un libro— puede hacer a un lado la diaria búsqueda del pan para sí o para su familia, con lo cual sólo queda un estrecho cuarto para la creación literaria. Entonces se tarda años en formar uno una identidad reconocible dentro del mundo de las letras, y cuando llega la fama ya es uno un viejo con los codos puestos sobre la mesa de conferencias de algún encuentro de escritores, donde muy seguramente uno terminará diciendo que no se puede vivir de escribir.

Lo que no se debe perder, claro, es el rumbo y la disciplina. En el mundo globalizado un chico puede encontrarse una mañana con una maleta repleta de euros en pago a la novela que escribió en sus días libres; saltará entonces de júbilo con la fama y las posibilidades de esa fortuna, con la que se hará a ese Ferrari rojo fuego, a ese piso en la zona bien de la ciudad y al corazón indomable de esa rubia escultural con la que estudia.

Es quizá ese el fantasma contra el que debamos pelear: el síndrome del rock star, otra de las oscuras sombras amenazantes que se abaten sobre el accidentado camino del artista.

domingo, 3 de febrero de 2008

Las Reglas del señor Vizinczey. (Parte I)

Hace poco me encontré con los Diez Mandamientos del Escritor de Stephen Vizinczey, escritor húngaro nacido en 1933, que, a parte de ser un decálogo muy ingenioso, guarda tantos parecidos a mi visión del oficio de escritor, que no resistí la tentación de poner aquí, tanto los puntos del buen Stephen, como mis propias ideas.

1. No beberás, ni fumará, ni te drogarás.

En principio los más puritanos del mundo de la bohemia rechazarán este punto por considerarlo contra natura. En efecto parecería que no podemos imaginar al escritor sin una que otra manía: cigarrillos consumidos hasta el filtro, y uno tras otro, como el buen Roberto Bolaño, Julio Cortazar o tantos otros; un acto natural del pensador parecería ser el sostener algo jugueteando entre sus dedos, como una pluma o un cigarrillo mientras su cabeza levemente inclinada presta atención a un interlocutor o solamente al entorno cambiante.

¿Y el alcohol? ¿Está vedado que el que se sienta a escribir con su pluma fuente sobre su bloc de hojas rayadas empine de cuando en cuando el codo para ingerir ginebra, un buen vino o vodka? ¿No seguía Capote un ritmo de producción remojado en una serie de bebidas que iban del café al martini? Eso sin contar a los famosos borrachos hasta el copete de la generación perdida norteamericana, quienes aún en medio de la prohibición —o en la lejana y legal Europa— garrapateaban en sus cuadernos dándose shots de whiskey cuando les venía bien, y bien les vino.

Inhibe la droga la imaginación, afirmaba cierto cura que nos daba extensas charlas sobre moralidad. Lejos de ser verdad, las drogas han sido el camino del descubrimiento, y el auto descubrimiento para artistas de toda índole, ya sea de la música, la plástica, el cine y, obvio, la literatura. No quiero decir que sea el camino indicado o correcto para alcanzar un nuevo estado del ser; pero, vamos, no somos chicos a los que toca asustar con cuentos manidos por agentes del estado contra el consumo, y es que está demostrado que la marihuana, por ejemplo, es buena compañía para los enfermos terminales de cáncer, y para los lectores empedernidos que no pueden dejar su mundo atrás y se fuman su porro para imbuirse por completo en la prosa o en el verso. Digamos, para agregar brevemente, que sin el destructivo LSD, Philip K. Dick, el grande, habría sido algún otro tonto narrador autobiográfico. Quizá exagero, pero es una posibilidad.

¿Y yo? Bueno, no fumo, lo que en mi caso es más una posición política: no gastaré mi cochino y muy dolorosamente ganado sueldo enriqueciendo a los barones de las tabacaleras que ganan millones enfermando a miles de imbéciles.

Dos, no bebo; salvo cerveza y alguna que otra copa de vino chileno, y café, claro, en grandes cantidades. Pero como no vivo atormentado por nada (salvo esa mierda llamada plata que siempre me hace falta, junto al recuerdo de una canadiense de pelo rojo a la que no puedo olvidar), el licor en grandes dosis es una de las formas de esparcimiento que no me llaman la atención, en parte por su daño degenerativo en la corteza cerebral, al hígado y las amistades, las cuales se pueden quebrar si en una fiesta uno deja que el instinto escape por los ríos de Baco.

Las drogas son un campo que rechazo por las mismas razones que el alcohol y el tabaco: conciencia política y asco. ¿O qué hay acaso de bueno en hacer ricos a los expendedores de la calle que rebajan la calidad de su producto con suplementos del orden de la cal y el cemento? Ni que decir de las grandes mafias, sus ejércitos de matones y su la podredumbre que han regado por el país.

Parar escribir, nos dice Vizinczey, necesitas todo tu cerebro. Exacto; y diré aún más: el equilibrio de un bailarín sobre la cuerda floja del circo. El talento verdadero está compuesto por cinco sentidos afilados hacia un propósito: el arte. Ergo, y aunque suene de almanaque, lo único que necesita el creador verdadero son grandes dosis de sí mismo.