sábado, 16 de febrero de 2008

Greene, Graham Greene.


20 años antes de que el último helicóptero se elevara del tejado de la embajada estadounidense en Saigón, la novela de un escritor inglés había sido duramente criticada por exponer a los Estados Unidos como una nueva potencia colonial que jugaba con los destinos de otras naciones. Sólo me pregunto si el piloto de ese último helicóptero, abandonando para siempre ese país destrozado, habrá leído El americano impasible, de Graham Greene; sin duda uno de los mejores novelistas británicos del siglo XX.

Pocas veces he sentido el peso enorme de una gran obra aplastarme el pecho y arrancarme el aliento. Esas novelas han sido contadas y las guardo tanto física como espiritualmente con un gran cariño. Hay libros que leemos y nuestra mente, que en el fondo siempre sabe lo que necesitamos, los descarta como material excretable.

Dejaremos por ahora a un lado la discusión acerca del profundo catolicismo del que estaba infectado este hombre; yo, como ateo que soy, no estoy en posición de analizar las variaciones temperamentales de las que sufren los creyentes. Y, tras leer la historia de Thomas Fowler, un cínico periodista británico no creyente, me pregunto hasta dónde pudieron las doctrinas de la iglesia católica influenciar la construcción de personajes, y los comportamientos de estos, en las novelas de Greene.

En sentido preciso y técnico, la novela narra simplemente el encuentro entre el inglés cansado de vivir y el agente secreto lleno de apasionado patriotismo que viene a ejecutar una labor de “apoyo” por parte de la CIA —la cual no se menciona en la novela sino vagamente como la OSS— a un tercer partido que lucha entre los colonialistas franceses y el Vietmin.

En un sentido narrativo el cuento va más de un triángulo pasional entre el veterano periodista, su joven amante nativa y el apuesto americano; la lucha entre estos dos hombres mezclada con la extraña amistad que tratan de imponerse como barrera contra el odio y la lucha abierta. Un concepto para nada nuevo que seguirá siendo tratado por la literatura mientras existan los pilares que hacen del hombre un ser humano.

Uno de los valores de este tipo de novelas que analizan lo racional e irracional de las relaciones entre seres humanos —en algunos casos especies de “informes a la academia” basadas en la observación de conductas—, son los pilares y las perlas que se pueden hallar entre los ríos de palabras. Frases, sentencias y alusiones, no del todo planeadas por el escritor, sobre las que se puede volver siempre y que, a mitad de una historia de dolores y silencios fúnebres como esta, hacen valer la pena a cualquier texto.

Es posible que el catolicismo de G.G le haya inoculado el vicio de creer en moralidades e inmoralidades absolutas: hombres buenos y malos, malos muy malos y buenos que hacen maldades por estupidez o descuido. Pero puedo concebir la hipótesis literaria de que la carrera de este fracasado periodista como agente secreto al servicio de Su Majestad fue lo que le permitió ver en sus personajes, o en quienes lo rodeaban, las tonalidades de gris que van del negro al blanco y dar ese gran paso, requerido en todo novelista, de aplicarle una tercera dimensión a las siluetas humanas que se cruzan frente a nuestros ojos mientras leemos.

Leyéndolo recordé a otro británico que ha hecho del triller político un arte: John Le Carre. Los caminos de ambos en los pasillos sinuosos de las operaciones secretas parecen haberlos situado en planos similares aunque separados —Greene fue amigo de Kim Philby, quien al servicio de los soviets desenmascaró a muchos agentes, incluido Le Carre—; sendas que les dieron los recursos de observación sobre las luchas de personajes con los que uno termina por identificarse.

No hay comentarios: