domingo, 3 de febrero de 2008

Las Reglas del señor Vizinczey. (Parte I)

Hace poco me encontré con los Diez Mandamientos del Escritor de Stephen Vizinczey, escritor húngaro nacido en 1933, que, a parte de ser un decálogo muy ingenioso, guarda tantos parecidos a mi visión del oficio de escritor, que no resistí la tentación de poner aquí, tanto los puntos del buen Stephen, como mis propias ideas.

1. No beberás, ni fumará, ni te drogarás.

En principio los más puritanos del mundo de la bohemia rechazarán este punto por considerarlo contra natura. En efecto parecería que no podemos imaginar al escritor sin una que otra manía: cigarrillos consumidos hasta el filtro, y uno tras otro, como el buen Roberto Bolaño, Julio Cortazar o tantos otros; un acto natural del pensador parecería ser el sostener algo jugueteando entre sus dedos, como una pluma o un cigarrillo mientras su cabeza levemente inclinada presta atención a un interlocutor o solamente al entorno cambiante.

¿Y el alcohol? ¿Está vedado que el que se sienta a escribir con su pluma fuente sobre su bloc de hojas rayadas empine de cuando en cuando el codo para ingerir ginebra, un buen vino o vodka? ¿No seguía Capote un ritmo de producción remojado en una serie de bebidas que iban del café al martini? Eso sin contar a los famosos borrachos hasta el copete de la generación perdida norteamericana, quienes aún en medio de la prohibición —o en la lejana y legal Europa— garrapateaban en sus cuadernos dándose shots de whiskey cuando les venía bien, y bien les vino.

Inhibe la droga la imaginación, afirmaba cierto cura que nos daba extensas charlas sobre moralidad. Lejos de ser verdad, las drogas han sido el camino del descubrimiento, y el auto descubrimiento para artistas de toda índole, ya sea de la música, la plástica, el cine y, obvio, la literatura. No quiero decir que sea el camino indicado o correcto para alcanzar un nuevo estado del ser; pero, vamos, no somos chicos a los que toca asustar con cuentos manidos por agentes del estado contra el consumo, y es que está demostrado que la marihuana, por ejemplo, es buena compañía para los enfermos terminales de cáncer, y para los lectores empedernidos que no pueden dejar su mundo atrás y se fuman su porro para imbuirse por completo en la prosa o en el verso. Digamos, para agregar brevemente, que sin el destructivo LSD, Philip K. Dick, el grande, habría sido algún otro tonto narrador autobiográfico. Quizá exagero, pero es una posibilidad.

¿Y yo? Bueno, no fumo, lo que en mi caso es más una posición política: no gastaré mi cochino y muy dolorosamente ganado sueldo enriqueciendo a los barones de las tabacaleras que ganan millones enfermando a miles de imbéciles.

Dos, no bebo; salvo cerveza y alguna que otra copa de vino chileno, y café, claro, en grandes cantidades. Pero como no vivo atormentado por nada (salvo esa mierda llamada plata que siempre me hace falta, junto al recuerdo de una canadiense de pelo rojo a la que no puedo olvidar), el licor en grandes dosis es una de las formas de esparcimiento que no me llaman la atención, en parte por su daño degenerativo en la corteza cerebral, al hígado y las amistades, las cuales se pueden quebrar si en una fiesta uno deja que el instinto escape por los ríos de Baco.

Las drogas son un campo que rechazo por las mismas razones que el alcohol y el tabaco: conciencia política y asco. ¿O qué hay acaso de bueno en hacer ricos a los expendedores de la calle que rebajan la calidad de su producto con suplementos del orden de la cal y el cemento? Ni que decir de las grandes mafias, sus ejércitos de matones y su la podredumbre que han regado por el país.

Parar escribir, nos dice Vizinczey, necesitas todo tu cerebro. Exacto; y diré aún más: el equilibrio de un bailarín sobre la cuerda floja del circo. El talento verdadero está compuesto por cinco sentidos afilados hacia un propósito: el arte. Ergo, y aunque suene de almanaque, lo único que necesita el creador verdadero son grandes dosis de sí mismo.

No hay comentarios: