martes, 5 de febrero de 2008

Las Reglas del señor Vizinczey. (Parte II)

2. No tendrás costumbres caras.

A los escritores viejos, es decir aquellos de barba o bigote abundante con canas o que simplemente andan con los codos puestos sobre la larga mesa de conferencias en los encuentros de escritores, les encanta, o quizá se ven obligados a decir, que nadie puede vivir de escribir libros, o, para ser más preciso, nadie puede vivir de la literatura.

Algo que tengo que aclarar es que aquellos escritores a los que me estoy refiriendo son artistas de larga trayectoria o ampliamente reconocidos en los círculos literarios; en resumen no son nadie sino un nombre en el directorio de contactos publicados por alguna editorial, o sea, no son famosos, ergo no son, ni pueden ser ricos, aunque presumo que muchos al terminar su día meten la llave que cargan en su bolsillo en el contacto de un auto común y navegan hacía el norte hasta un cálido y cómodo apartamento donde tienen un perro llamado bunky, una hija preciosa que está en la secundaria y un sillón muy cómodo junto a la chimenea para sentarse a leer.

No ser Gabriel García Marquez o Arturo Pérez-Reverte no es un crimen, obvio, pero me pregunto si estos dos, o si la mismísima J. K. Rowling negaría la posibilidad de hacerse una carrera y unos buenos ingresos a futuro mediante la creación literaria. Es posible que los prosistas ante quienes todos se inclinan dieran un no rotundo: pensarían que estarían rebajando la imagen del escritor como ese tipo al que le surge el talento y las ideas como un tumor que sólo pueden extirpar escribiendo.

Pero a lo que va verdaderamente el señor Vizinczey es a que el trabajo, o la adquisición de dinero, no deben ser obstáculo entre el artista y su obra. Pero esta parece ser una condición que no se puede aplicar a todos los escritores del mundo. Un tiempo atrás, verán, leí algo muy breve sobre los escritores en Noruega, donde el gobierno hace todo lo posible por mantenerlos y las ventas de sus libros rebasan los sueños de cualquier narrador colombiano. Y, no es raro en verdad, siendo éste y otros países del norte del mundo, con poblaciones muy pequeñas y altas tazas de escolaridad, proclives a dar una parte de sus recursos para que la producción cultural no cese.

El mundo en el que yo vivo es uno donde la guerra consume la mayor parte de recursos nacionales, y el resto se aplica sólo en un porcentaje muy bajo a cultura. Si bien el gobierno distrital ha invertido, de unos años hacía acá, en la generación de espacios culturales y la promoción de jóvenes con grandes aspiraciones en diferentes campos, estamos a unos quinientos años de la situación de Noruega o Japón.

Lamentablemente ningún aspirante a escritor —ni aún esos que ya han visto su nombre en letras imprenta en la portada de un libro— puede hacer a un lado la diaria búsqueda del pan para sí o para su familia, con lo cual sólo queda un estrecho cuarto para la creación literaria. Entonces se tarda años en formar uno una identidad reconocible dentro del mundo de las letras, y cuando llega la fama ya es uno un viejo con los codos puestos sobre la mesa de conferencias de algún encuentro de escritores, donde muy seguramente uno terminará diciendo que no se puede vivir de escribir.

Lo que no se debe perder, claro, es el rumbo y la disciplina. En el mundo globalizado un chico puede encontrarse una mañana con una maleta repleta de euros en pago a la novela que escribió en sus días libres; saltará entonces de júbilo con la fama y las posibilidades de esa fortuna, con la que se hará a ese Ferrari rojo fuego, a ese piso en la zona bien de la ciudad y al corazón indomable de esa rubia escultural con la que estudia.

Es quizá ese el fantasma contra el que debamos pelear: el síndrome del rock star, otra de las oscuras sombras amenazantes que se abaten sobre el accidentado camino del artista.

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