miércoles, 6 de febrero de 2008

Las Reglas del señor Vizinczey. (Parte III)

3. Soñarás y escribirás y soñarás y volverás a escribir.

Hay una parte del proceso de creación narrativa escrita que los escritores comunes o ignoran, o hacen a un lado como cosa de poca importancia, u ocultan como un secreto inconfesable. Es el proceso de imaginación. Esa parte de la maquinaria que carece de ruedas dentadas y se basa en el primitivo motor que nos hace soñar despiertos. Presumo, al escuchar a mis amigos escritores o a los escritores reconocidos, amen de los profesionales de la redacción, que hablan de la angustiante hoja en blanco, que nunca se han puesto a imaginar primero lo que van a escribir, sino que esperan que todo su entrenamiento baste para gestar y ordenar las ideas en su escrito.

Una de las razones por las cuales este blog no aparece de forma regular, se deriva de mi imposibilidad de crear un escrito acerca de un tema en un determinado tiempo. Los periodistas que colaboran en revistas y diarios con sus columnas sí pueden hacerlo; algunos son notables, pero ellos, los periodistas en general, son redactores profesionales, gente adiestrada en apilar 100 palabras por minuto y llenar libras de papel con contenidos no siempre muy profundos; pero la realidad rara vez lo es.

Julio Cortazar, el grande, dijo cierta vez que él siempre se sentía como un escritor aficionado; eso hace pensar, siendo él uno de los escritores más importantes del siglo pasado, al menos en español. Pero su punto era que él no seguía las pautas del escritor profesional, con horarios y fases de trabajo. Y creo realmente, que a parte de cierta debida disciplina, imponer medidas estrictas sobre la labor creativa coartaría la naturaleza propia de la concepción. Las ideas van y vienen, prácticamente al arbitrio de los tiempos.

De niño me la pasaba en silencio mirando a los otros jugar, generalmente bajo un árbol, alejado de la presencia humana. Mis profesores suponían lo peor, claro, y me mandaban directo con la sicóloga. Pero es que no podían ver que el mundo interno mío florecía y reverberaba con más fuerza y colorido que el caos gris que me rodeaba. Allá en mi mente nacieron mis historias, se incubaron por años hasta que los libros me enseñaron cómo ponerlas en papel, y algunas aún están entre las cavernas de mi cerebro, esperando. Nunca hubo ni habrá hoja en blanco, cuando no sea la que espera al texto que otros me han ordenado escribir, y por eso no seré nunca periodista, espero, ni guionista de telenovelas, mucho menos. Nada más lejos para mí del placer de la concepción de ideas que la presión por narrar esa realidad tan simple que es el mundo.

Un consejo que suelo dar, aunque quienes me conocen me saben hombre que no da lecciones: el escritor requiere, tanto como lápiz y papel, muchas horas de silencio. Quien pretende crear un mundo inexistente debe alejarse del bombardeo constante de información inútil proveniente de todo el mundo. Debe aprender a caminar solo, por horas, hablando consigo mismo, dándole vueltas a un mismo asunto hasta que pueda hacerse con esas verdades de las que están hechas las buenas novelas. Sabrá entonces por qué muchos fracasan como escritores: no podían soportar el peso de estar tan solos.

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