lunes, 11 de febrero de 2008

Las Reglas del señor Vizinczey. (Parte IX)

9. Escribirás para tu propio placer.

He aquí unas cuantas palabras sobre el mayor miedo de la mayoría de los actuales escritores: ser odiados, rechazados o aplastantemente criticados por aquello que escriben.

Si bien es cierto que en ocasiones los extremos puntos de vista de algunos narradores han dado pie para que se alcen polémicas que afianzan la fama maltrecha de algunos de estos, la verdad es que diversos aprendices de escritor suelen acobardarse ante la tarea de poner sus propias visiones del mundo en sus trabajos. Cosa que, pensándolo bien, no debe extrañar a nadie, o a ninguno debe parecernos un acto de cobardía: en tiempos de globalización y decretos de seguridad, ciertas opiniones pueden conducir a sus propietarios a la física hoguera. Hoy en día si a un judío no le gustan los árabes —aunque viva entre los yermos de Siberia y sólo sepa de su existencia por la Red— ponerlo por escrito constituye un acto de pecado y será fichado por los intelectuales del mundo libre como instigador del terror. No ha mucho el señor Martin Amis dijo algo sobre la seguridad en los aviones y de inmediato fue etiquetado en la Internet como racista y derechista. Y no hablemos de lo que podría sufrir un árabe si llega a criticar a los Estados Unidos de América: sombras en la noche que trepan a su ventana, un avión sin marcas con rumbo a ningún-lado, palizas e interrogatorios.

Volvamos a la luz. Muchas veces, tengo que aceptarlo, he suprimido algunos párrafos de las novelas y cuentos en los que he trabajado, más por motivos de seguridad que de estética literaria. Llegué a creer que esas frases y párrafos podrían ser malinterpretados o que podían dar una visión errada de mí mismo, casi todos relativos a mi opinión sobre los conflictos Israel-Mundo Árabe y EUA-Resto del globo, aunque también sobre las mujeres y las personas de otras razas.

El peligro de no ser políticamente correcto se materializa muchas veces en forma de un pelotón de fusilamiento compuesto por críticos.

De ahí viene la regla: hazte feliz a ti mismo, porque si el desarrollo de un arte no puede darte la plenitud, ¿qué lo hará? Hay que arriesgarse, muchacho, y escribir esa novela romántica sobre dos homosexuales aunque tú seas heterosexual, o ese cuento sobre robots carnívoros del espacio, pese a que todos te conocen como un novelista “serio” que habla siempre de banqueros, políticos y jóvenes escritores malditos y suicidas. La mediocridad de mucha narrativa actual está basada en ese baile de máscaras en que se ha transformado el movimiento de escritores jóvenes. A los viejos no les pidamos nada, nada nuevo nos darán. Pero es triste que estos chicos y chicas de treinta y punta de años que firman libros en las ferias de Guadalajara, Buenos Aires y Bogotá prefieran la fórmula fácil de los reconocibles paisajes contemporáneos, las historias de mafiosos, y las fórmulas cortazarianas mal aplicadas.

Los hombres del Servicio Aéreo Especial tienen un lema: el que se atreve, vence. Y mister Faulkner dijo, ante la academia sueca, que el escritor debe enseñarse, primero que todo, a no tener miedo. Pero muchas promesas literarias, me temo, han muerto abaleadas en el arrozal frente a la puerta de la editorial; y las balas fueron casi siempre sus propios temores acerca del tema de su obra, o del tratamiento estilístico del mismo.

Si yo en mi caso llego a fracasar, será porque, simplemente, el mundo no deseaba saber nada de mis historias, lo cual no significa nada: conté lo que yo quería contar, vomité lo que tenía en el estómago, nadie tiene que hacer una foto de ello. Pero es preferible ese desconocimiento general, a venderle el alma al diablo, y terminar como Juanes, fabricando mediocridades de consumo masivo por un puñado de dólares.

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