viernes, 8 de febrero de 2008

Las Reglas del señor Vizinczey. (Parte V)

5. No serás modesto.

Dicho antes, repetido ahora y reverberado en la distancia para las generaciones futuras: el escritor es, como el caballo es caballo: cuestión de sustancia, de cuna, y tal vez en el futuro un letrero junto a una fosa fúnebre. No hay términos medios para las pretensiones literarias de los jóvenes o de los que pasan de los cuarenta —términos como juventud o vejes varían de un arte u oficio a otro—. Nunca se debe apuntar a un rango medio de la escala artística, y eso va para todas las artes: nunca será la mitad del camino el viaje total al que apunta el artista.

Lo vi durante años rodeándome en diferentes campos: los medio pintores, los medio poetas, los medio músicos, muchos de estos últimos chimeneólogos o animadores de noches cálidas junto a piscinas donde entonan, como esos viejos discos, las mismas cuatro canciones de su repertorio. Y el catálogo se expande si alguien se toma el tiempo en la barra de un café a mirar al mundo: medio abogados, medio arquitectos, medio médicos, esos últimos son los que me encuentro de vez en vez gracias a los planes obligatorios de salud: se ponen una bata y un estetoscopio, revisan presión, respiración, pulsación y con discreción preguntan “¿qué tal sus excrementos?”, para dar una receta de purgantes y símiles.

Ahora que me he convertido en escritor y que, cosa natural, me he visto rodeado de otros escritores y aprendices de escritores —pocos los primeros, mas muchos de los segundos—, esta ponzoñosa modestia parece contaminar los sistemas neurológicos de muchos de ellos. Es cierto que somos jóvenes —a la fecha de publicar esto— y que nuestro camino ha conocido más el aula que el campo de producción editorial. Pero no es la imprenta quien dice quiénes escriben o no, sino nuestro instinto de cazador-recolector que acecha entre nuestras tripas y el cerebro primitivo; es fantasma parado a nuestro lado en el bus que nos hace ver cosas que nadie más ve: la línea secreta que conecta dos puntos alejados, la sinfonía de una orquesta de ruidos, o el olor inexplicable que precede a una mala noticia.

Cada día el mercado editorial lanza a las librerías la obra de periodistas, políticos, intelectuales o simples desocupados bien relacionados que sintieron el llamado de la sirena de la fama, que en su canto los empujaba a convertirse en escritores. Pero aunque el guionista de telenovela se disfrace de escritor, guionista de telenovela se queda. A menos que tenga los huevos para arrojar los dados del juego y dejar su mundo atrás. La literatura requiere ante todo una conciencia constante sobre lo que se hace, y más, sobre lo que se quiere hacer. Hay que apuntar a lo alto, ver las estrellas y decidirse a componer la novela más genial que puedan dar sus millones de neuronas; y más lejos, de ser posible.

Porque en ello radica la falla de muchos de eso chicos que en los últimos años he visto dedicarse al cuento, o visitar los talleres literarios, las clases de escritura creativa y los clubes de libros: apuntan a lo poco, a lo pequeño, al cuento mediocre —apenas estoy aprendiendo, dicen—, a leer y aprender de la novela de supermercado —si es un éxito en ventas será por algo—, a creer que la sola práctica de la narración como pasatiempo hará de ellos autores cuya firma brille en los anaqueles de las librerías.

La verdad es que todo escritor de corazón tiene entre su piel un objetivo, una meta que se recorta al final de un largo camino, un motivo, que por lo general es secreto.

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