lunes, 11 de febrero de 2008

Las Reglas del señor Vizinczey. (Parte VIII)


8. No adorarás Londres—Nueva York—París.

Por razones que no logro establecer, la mayoría de las personas afectas a algún arte suelen apuntar su mente hacia aquel lugar que consideran La Meca de su mundo. Así como muchos realizadores de cine del mundo entero sueñan con Hollywood, aunque gocen de cierta fama, prestigio y buenas obras realizadas en sus tierras de origen. Otro tanto afecta a los escritores, que creen que irse a París, Londres, Roma, Nueva York o inclusive Moscú, hará de ellos mejores artistas, de lo que en su tierra son.

Lo lamentable para nosotros los que vivimos fuera de la órbita terrestre —entiéndase los ciudadanos del tercer mundo— es lo inaccesible que puede llegar a volverse la producción cultural. Aquí, donde las películas independientes o demasiado orientadas hacía el arte se hacen difíciles de conseguir, por no mencionar los libros, y la música, se siente siempre el deseo de pasearse algún día por calles donde hay más librerías y tiendas de música especializadas que bares y discotecas.

Por otro lado, quién no ha soñado con despertar y tener al frente una ventana con vistas de postal; pasear a media mañana hasta el pintoresco puesto de diarios, hacerse al Paris Match, leer éste o quizá las respuestas de un escritor reputado que entrevistan en una revista literaria bajo el complaciente sol de una Europa sin lluvias; vagar por librerías, coquetear con chicas bonitas, encontrarse con los amigos bohemios y locos para una copa entrada la tarde para darle rienda suelta a la imaginación llegada la noche frente a una siempre elegante máquina de escribir, cuando no a una moderna y estilizada computadora personal. En fin, cuadros para una mente que sueña mientras vende hamburguesas grasosas a espera de mejores tiempos.

Soñar entonces no es el problema, todo el mundo lo hace, pero se convertirá en un inconveniente si se cree que sólo en determinados sitios se puede escribir. O que determinadas atmósferas serán mejores para la práctica de la escritura. Pero ejemplos en contra suelen haber muchos, o mejor, ¿qué hay de todos aquellos jóvenes que parten a la vieja Europa en busca de romántica aire y que nunca publican nada? O el caso por ahí famoso de cierta escritora de best-sellers románticos que vive en París y cuyas obras no pasan de ser repasos de las viejas fórmulas.

No hay nada allí, ni paz, siquiera. Más librerías, teatros y salas de cine; pero aunque es de vital importancia para un narrador ampliar su mente con la contemplación de diversos mundos, el encerrarse en una gran capital del primer mundo, donde deudas y problemas son iguales en todos lados, no será muy distinto a creer que su pequeño poblado o su ciudad intermedia es el único universo existente.

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