sábado, 16 de febrero de 2008

Sobre una breve y regular pieza.

Durante mis últimas tres visitas a teatros de cine me he tenido que tragar entero un cortometraje de dibujos animados, de factura nacional, llamado El gorro de la felicidad; y tras la última vez —espero— que tuve que ver aquello me quedaron en la mente dos impresiones: primera que es un abuso, para con el que paga el boleto, obligarlo a engullir todo lo que los realizadores de este país se inventen, sin discriminar si es bueno o malo; y segundo que el estado de la literatura colombiana —y casi por extensión las demás artes— se puede simbolizar perfectamente con aquel corto.

Primero:

En este cortometraje se narra la historia de un sombrero llamado “el gorro de la felicidad”, su dueño y un chico que casualmente lo encuentra. Me niego a relatar el resto del cuento porque me parece innecesario; el caso es que sus creadores trataron de explorar, o explotar, una técnica de animación que combina el collage y la animación en tres dimensiones asistida por computadora. El resultado en este caso es un revoltijo enceguecedor de tramas y rostros fotografiados. Hay que añadir que la historia carece de fondo y no apunta a nada; una amiga, muy crítica, dijo que la historia parecía inventada por una niña de siete años, sin mucha imaginación, que se ha sentado a componer para la clase de español del día siguiente. A eso añadí que esta niña bien podía haber pasado toda su vida encerrada en un granero. Pero, teorías aparte, no creo que hayan recursos técnicos visuales para salvar tamaña historia tan mala.

Segundo:

Músicos, pintores y artistas plásticos en general, dramaturgos —si los hay—, poetas, novelistas, y claro, artistas electrónicos, tienden a presentar ante sus círculos cercanos proyectos y obras similares, en cuanto a calidad, a El gorro de la felicidad: técnica, trabajo y recursos invertidos, ¿el resultado? Bodrios.

Less is more (menos es más) dice el dicho; enough is all (suficiente es todo) digo yo. Es cierto que Colombia —y quizá el resto de nuestro sub continente hispanoparlante— sea un país pobre y con una industria cultural todavía en desarrollo, a lo que se le debe sumar que los gastos que hace el gobierno son para la guerra y rara vez para las artes. Pero el talento verdadero sólo necesita tres comidas al día, trabajo y ciertas aptitudes cerebrales, eso es lo que hace a los artistas, y no grandes presupuestos ni la vanidosa certeza de que se nació para algo aunque se tenga muy poca habilidad para ello.

De nuevo ataco a las escuelas: se empeñan en aplastar el individualismo y las aptitudes singulares con uniformes y métodos generales de aprendizaje. En nuestro mundo occidental sobresalir es la zanahoria que pende frente a nosotros; todos quieren “ser alguien” antes que ser ellos mismos; que titulares de prensa y vitrinas abarrotadas de ejemplares atraigan más que el placer íntimo de haber creado algo que complazca nuestros sentidos, agite nuestro sentido del humor y nos ejercite la mente.

¿No me creen?: caminen por un estante de literatura nacional, y luego por uno de literatura universal. Caminen y observen en la red las galerías del Louvre, y luego den un paseo por las galerías privadas donde se venden las “obras” de los pintores nacionales. Escuchen a Rachmaninof, a Bach, a Lizt, y luego a Adriana Botina o a Juanes o a Cabas. ¿Creen que juego sucio? Pues yo creo que es hora de arrojar todo al fuego y pensar que sí, que sí podemos llegar lejos.

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