sábado, 22 de marzo de 2008

Cuestionamientos sobre el trabajo

Trabajo. Así que los expertos en literatura han definido que la esencia de un gran novelista es el trabajo. El significado de esa palabra, suponemos, no puede ser otro que el dedicar muchas horas al día y todos los días del año a escribir, cuantas páginas sea posible en el transcurso de una jornada. Si lo tomamos de esa manera, ¿qué impide a tantos aspirantes a novelista convertirse en clásicos? Uhmmm, ¿titubean? Porque, claro, entregarse apasionadamente a la redacción de cuentos y novelas llevará al autor a crear verdaderas obras de arte; ésta es, repito, la teoría. Mi punto es: ¿acaso Franz Kafka se pasó toda su vida escribiendo cuentos y novelas, que por demás, rara vez terminaba?

Nadie, hoy en día, dudaría de poner al buen K. en el panteón de los grandes autores europeos de todos los tiempos, y no obstante pongo en duda que ese joven checo pudiera disfrutar de largos días entregado a la redacción. ¿Y García Márquez? ¿Y Wilde? ¿Y Hemingway? ¿Fueron laboriosas hormigas? Creo que no, porque lo único que diferencia al ingeniero del obrero es el conocimiento de una técnica. Con perdón de los amigos ingenieros que no tengo, conozco gente que sin haber asistido a una universidad ponen en pie una casa. Comparar resulta ridículo, aclaro una vez más; y lo pongo en tan sencilla forma por la siguiente razón: cualquier persona puede escribir; gastar cinco horas de su día inventando historias, reproduciendo anécdotas o transcribiendo sus sueños, ¡pero! Y ojo a esto mis muy apreciados talleristas de escritura creativa: Hay cosas que para hacerlas bien, no es suficiente con haberlas aprendido. Gracias Séneca, éste es el cuarto donde se alza la sombra: el talento. Y es que no puede esperar —sí, hablo con usted tallerista— que de sus once alumnos, TODOS se transformen en escritores, si no grandes, al menos aceptables para leerlos un domingo en la mañana.

El talento del escritor radica en su sensibilidad; la capacidad de observación en diferentes grados. Y no hablo sólo del ámbito visual: conocer el sonido de una ausencia, el olor del miedo, la textura de un poema, esas son las destrezas del verdadero escritor. Ahora, ¿se pueden enseñar tales cosas? ¿Sí? Pruébenlo.

Pero no seamos tan exagerados; y para que mis detractores —fieles lectores de este blog— no puedan dispararme con tal facilidad he pensando en algo más, y es en la autenticidad de los clásicos literarios; aquello que los hace únicos. ¿Sería acaso Cervantes el más famoso escritor en lengua española, si no hubiese escritor el Quijote? Y la misma pregunta se puede aplicar a todas las grandes obras de los autores más reconocidos. No es que para haber escrito lo que escribieron tuvieran que ser buenos, sino que haber compuesto esos trabajos los hizo buenos, o al menos demostró su excelencia, como la bombilla probó que Thomas A. Edison ratificó que era un genio, es en nuestras acciones, y no en nuestros esfuerzos diarios, donde queda impreso nuestro peso. Así que de nada sirve instruir a nuestros aprendices de escritor para que llenen a diario docenas de páginas con descripciones paisajísticas, conversaciones ajenas, o recuerdos de infancia. Es mejor, creo, descubrir al que tiene potencial y separarlo del resto del rebaño; a veces, sólo falta presionar el nervio correcto, o ver si en una frase pueden sintetizar lo que a otros les tomó capítulos enteros explicar.

1 comentario:

Felipe dijo...

El trabajo voluntarioso, a veces sin ningún objetivo fijo, es capaz de alcanzar ideas inalcanzables para las mentes más inspiradas y poco trabajadoras.

Es absurdo, es un caso, es ilógico, creo que Kafka nunca pensó que a su enfermedad convulsiva la llamaran exceso de trabajo.

Saludos, por fin alguien escribe.