sábado, 15 de marzo de 2008

El retrato de Oscar Wilde

La obra cumbre de las letras inglesas no existe. Cierto es que en esta lengua se han compuesto grandes escritos, poemas, novelas y obras teatrales, pero creo que no hay en este idioma un Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha. No obstante, tengo la teoría de que si Will Shakespeare hubiese escrito una novela, o mejor, si Hamlet hubiese sido una novela —en los términos en que la que conocemos—, esta habría sido el epítome literario anglosajón que mencioné atrás.

Esta idea me saltó en la cabeza tras terminar de leer El retrato de Dorian Gray, de Wilde; su única novela y una de las mejores escritas en este mundo. Y es que entre sus párrafos descubrí, no sólo a un estilista de primer orden, sino a un dramaturgo más que un novelista. Por encima de las descripciones físicas y de acciones, la fuerza del relato se sustenta en los diálogos, logrados, creíbles, profundos, dotados con un punto de vista que destila pasión por la belleza y una elegancia que se pensaría pertenece sólo a la poesía.

El eje de este drama contemporáneo se teje alrededor de la percepción estética sobre las artes, y los hombres. Sin duda la debilidad de Wilde por los jóvenes se ve reflejada en las líneas del relato, en sus descripciones, y un tanto en la forma en como ve a las mujeres ese narrador omnisciente que no juzga, sólo pinta cuadro tras cuadro, una puesta en escena de increíbles ribetes sicológicos. Él es nuestro guía por este Londres victoriano: de enormes y atemorizantes casas, pasando por espaciosos y envidiables cuartos donde el artista trabaja rodeado de conjuntos policromados de flores, hasta las tinieblas de los muelles y su lenta descomposición, tan fin de siglo entonces, y tan actual como los viajes intercontinentales. Allí está, siendo un poco de cada uno de sus personajes y al mismo tiempo un rígido director poniendo a sus actores ha dar su alma, literalmente.

Las restricciones morales de la época de seguro obligaron al ingenioso Oscar a suprimir párrafos donde habría descargado todo su poder descriptivo, amen de su imaginación expresada en diálogos. Es una lástima. Como también lamentamos que su trabajo en prosa sea tan escaso: el conocimiento que muestra del individuo, la sociedad y el arte en general se presentan rara vez, cada muchas generaciones.

Una novela es un relato —como María, o El código Da Vinci— , pero una Gran Novela es un compendio de verdades gestadas en el corazón del artista, cantadas al mundo en forma de elaboradas y largas parábolas. Ya había dicho eso antes, lo sé, pero es que un párrafo de esta novela cuenta con más aforismos que un número del Reader’s Digest. Y es allí donde para mí reside el poder de un clásico: una pieza que podemos extraer del estante y usar una y otra vez.

No hay comentarios: