viernes, 25 de abril de 2008

Ruedas dentadas

Quien aspira a ser rico no puede aspirar a nada más. ¿Les suena tonto? Pues es cierto: nadie que vaya tras el propósito de llenar sus arcas podrá dedicarse a otra cosa, y con dificultad a los deberes ajenos a su lucha. Los grandes empresarios, aquellos que van del amanecer al ocaso planeando métodos para hacerse con más negocios, e insuflar rentabilidad a los que ya poseen, se les ve de cabeza en sus escritorios o de un lado al otro con su teléfono móvil en la mano. Mi punto es: ¿a qué pueden aspirar? A tener mucho dinero sí, unas cuantas casas, una villa campestre, un yate; esas cosas. Morirán un día, y a parte de un mausoleo, sobre el mundo nada quedará de ellos.

Ya había yo expresado en este blog que quien aspire a ser escritor tendrá que conformarse, en principio, con la clase de vida que lleva; tolerar sus deficiencias, las molestias y las necesidades, pero que su mente debe estar avocada al arte.

Personalmente, vivo en un lugar pequeño que comparto con mi familia, en un barrio de clase media y sin más lujos que la computadora portátil que empleo para redactar estos informes. Mi trabajo, poco lucrativo, no tiene ningún valor intelectual, y en este ni siquiera hay tiempo para una corta y elaborada reflexión que resuelva las interrogantes constantes que me surgen en la cabeza. Poco tiempo para los amigos, poco tiempo para escribir, poco tiempo para leer, y unos bajos ingresos que apenas dan para comer y sortear a los acreedores. Sé que suena como una queja, y que hay otros miles —y algunos lectores de esta página— que vivirán con menos; pero es que esta mañana, aún entre las sábanas, me di cuenta de lo poco importante que es la vida que tienes, en comparación al trabajo que haces. Y por trabajo no quiero decir empleo, sino el oficio de escribir.

“El trabajo dignifica al hombre” o “El trabajo es un regalo de Dios”, frases que suelen repetirse de boca de los que han levantado el azadón un día tras otro durante toda su vida. Siempre trabajaron y se sintieron orgullosos de sus llagas y desgaste; al igual que el rico, morirán, pero en su caso tendrán un funeral barato y deudas pendientes. ¿Qué hicieron con sus vidas? Darle de comer a su cuerpo, alimentar a sus crías y darle las herramientas para “salir adelante” —esas comillas no se pueden suprimir—, y luego, ya cuando la vejez les impide laborar, muchas horas de silencio, o muchas copas y cócteles de medicamentos frente a la televisión. ¡Vaya dignidad que se puede conseguir tras una vida de labor! A Dios no lo menciono; no creo en tales cosas. Y si éste da regalos, por qué no nos manda al menos un modelo económico que no transforme a los seres humanos en ruedas dentadas que no pueden parar sin correr el riesgo de ser desechadas.

Lo que dignifica al hombre es el desarrollo personal. Lamentablemente, este concepto nunca se ha entendido bien por parte de la población general. Impulsan a los niños a clases de violín, de patinaje, natación, o artes escénicas, mas son raros los casos en que un padre dé apoyo a sus hijos para que sigan adelante en alguna disciplina. En la mayoría de escenarios, la frase “estudie primero para ser alguien en la vida, y luego sí dedíquese a esas vainas que le gustan” resuena en el comedor familiar cuando un chico ha explicado su proyecto de ser bailarín, o una muchacha ha solicitado su ingreso en un conservatorio. Ese ser alguien sólo puede significar que no se es nada sin un título, ergo que el estudio pagado forma personas, ergo que sin un cartón se es poco más que un maniquí.

No me desvela hacerme a un grado, una licenciatura, o cosa parecida. La universidad me puede abrir los ojos a nuevos mundos, pero no será muy distinto de lo que he estado haciendo durante los últimos 15 años de mi vida. Mis preocupaciones tampoco giran en torno a tener que pasar ocho horas parado en la calle invitando a que la gente tome taxi. Mientras llueve, o el sol se desploma como artillería pesada sobre mi cara, mis pensamientos corren hacía los escenarios, las calles, los hombres, las mujeres, las palabras y paisajes, no los que ante mis ojos se presentan, sino los que mi imaginación elabora para ilustrar las historias que me siguen desde niño. Una frase incompleta, una introducción apropiada, un cierre elegante, definitivo; esas son las cosas que deben perseguir al escritor, quitarle el sueño, el apetito; despertarlo en plena madrugada a buscar su cuaderno de apuntes para terminar ese capítulo, o resolver toda la trama del crimen que urdió. Que el resto del mundo espere, colegas escritores, nadie les puede dar a los lectores un mejor regalo que nosotros. Ni nuestro jefe, ni nuestros acreedores, ni siquiera los amigos terminarán esa novela; es una misión que tú, escritor que pierde el tiempo leyendo esto, y sólo tú puedes llevar a cabo.

Así que basta de pensar que vender enchiladas en un pasillo del supermercado te sacará adelante. Cuando regreses esta noche a casa, busca tus cuadernos y sigue escribiendo; porque solo frente a su obra el artista puede estar seguro de que es un engranaje completamente irreemplazable.

miércoles, 16 de abril de 2008

Dinamo


A manera de compensación por el post tan flojo que puse aquí unos días atrás , les presento los siguientes pensamientos que a mí han llegado con respecto al oficio de la escritura.

Se pueden establecer muchas similitudes entre el trabajo literario —hablamos de la redacción de escritos con miras artísticas, para ser claros— y otros campos de desarrollo personal, como el arte de la pintura, para citar un ejemplo. En mi caso, quizá debido a mi falta de contacto con las demás disciplinas artísticas, veo un parecido enorme entre la escritura y el sexo. ¿Falta de originalidad? ¿Lo habían escuchado ustedes antes? Síganme de todos modos.

Sin pretender ser políticamente correctos, se sabe que el mejor sexo se consigue cuando hay amor de por medio. Y quien ama un trabajo aplicará a él su alma, cosechando más tarde los mejores frutos. Esto se tiene por lógico y bien sabido.

Cuando se tiene un buen ambiente, los amantes se miran, e imaginan; fantasean el uno con el otro: así yo he soñado mis escritos, imaginando sus bordes y superficies, deleitándome con cuanto podré hacer al tener todo ese material en mis manos.

Luego vienen contactos, besos, incitaciones; un juego, en conjunto. También el escritor debe juguetear con palabras. Como llena de erotismo el desvestir a su compañera, así buscará la dulzura del idioma, las palabras correctas, las oraciones sonoramente deleitantes. No sientas vergüenza, de dejar correr por la página o por su cuerpo tus instintos animales; ¿qué sería de ti si no los tuvieras? Mucho menos has de cubrir o temblar ante tu propia desnudez: en la literatura se debe perder el miedo a mostrarse a uno mismo.

En este cuarto tú y yo; el libro que se crea y yo; mi obra, la musa, las sombras y yo. El resto del mundo ha desaparecido: hemos volado fuera de la órbita y podemos ver tras la ventana las estrellas. Para esto, escritor y amante deben desconectarse: fuera teléfonos, candado a la puerta, nada de niños, ni vecinos; decirle adiós al trabajo, al pasado, a un futuro, a todo. El mundo entero será este lecho, esta hoja, este lienzo sobre el que escribimos.

Entonces las fuerzas se aligeran, las manos y el cuerpo se aceleran; ahora viajamos al galope y parece, mientras perdemos la cordura entre el cuerpo deseado; que somos otros y las ideas van regándose limpiamente, sin freno: palabras correctas, oraciones armoniosas, párrafos circulares donde la voz podrá casi cantar como si éste fuera un himno. Y sentimos los choques eléctricos: la emoción vertiginosa, el miedo a despeñarnos al vacío sobre este acantilado. Y las palabras no se detienen. Entonces ya hemos ido de cabeza al vacío, con un grito, ponemos punto final; amante y escritor mirarán al techo, exhalando lo retenido con hondo suspiro.

No siempre es así. Seamos realistas: hay días en que todo parece un parto doloroso. Otros en que escribir es un ejercicio mecánico. Otros en que parece una carrera contrarreloj; y si acaso en los mejores, una partida de ajedrez. Tal vez tengo que hablar sobre esto, pero será luego porque, en la refriega, hemos disparado todas nuestras energías. Lamentablemente, a diferencia del arte amatorio, al final no podremos con nuestra obra retozar perezosamente entre las sábanas, ni pararnos a medio vestir para hacernos un café, y mirar a nuestra pareja, aplastada en el colchón, con el pelo revuelto y la lengua por fuera.

Hay campos donde definitivamente la literatura pierde.

viernes, 11 de abril de 2008

Un mapa de Jefferson


Uno de los poderes que más puede ansiar un escritor, una vez haya concluido su obra, es el de la influencia, que como la influenza, llega sin ser vista, olida, o sentida, si no es cuando ya deliramos y un conocido nos señala la frente —o nuestro trabajo— afirmando ver allí la enfermedad, o el fantasma de lo leído.

Un concepto que siempre he manejado es el del mim, aunque no es un término que yo haya inventado, creo que soy de los pocos habitantes de este planeta que entienden lo que esto significa. Un mim es la unidad de una idea; la célula. Como tal puede reproducirse si encuentra un ambiente adecuado. Como un cerebro fresco y trabajador, por ejemplo. Es la forma de entender las ideas como seres vivos: nacen, crecen, se reproducen y mueren; porque no hay ideas eternas, pero como las esporas, algunas pueden llegar a vivir millones de años.

Ergo un gran escritor no podrá dejar de producir estos mims. Aunque su único deseo en la vida sea el de ser un mero contador de historias, sus ideas, técnicas, puntos de vista, apreciaciones de la realidad, o la fantasía, serán pasto y germen que alimentarán y/o contaminarán a decenas de lectores, amen a potenciales escritores. Y la lista de estos creadores de mims es bien conocida: de Cervantes a Borges, en español, de Shakespeare a Wilde, en inglés, por sólo dar ejemplos por mí conocidos.

En un ámbito más abierto, los lectores podrán recordarme otras decena de nombres, y, quizá entre esas listas resalte muy pronto el de William Faulkner, el autor del Villorrio, ¡Absalom, Absalom!, ganador del Premio Nóbel y “maestro” de Gabriel García Márquez.

Aunque respeto mucho su obra, debo decir que lo poco que de él he leído no calado gran cosa en mi espíritu de escritor. Su cuento largo The Bear, y un volumen de cuentos, con su prosa compleja, emotiva pero intrincada, me hacen repensar todo este asunto de las influencias. No hallo entre sus líneas una técnica, como no sea la del flujo de conciencia, siempre de delicado empleo; y creo que tanto la mayor virtud de la obra faulkneriana, como su principal limitante, fue la de que William F. optó por tomar su mundo casi como un mundo entero, y basar toda su obra en el corto radio de la ficticia Yoknapatawpha.

En suma, no puedo ver atractivos en la obra de este escritor sureño; me haría falta, claro, leer sus incontables novelas, o mejor, correr el riesgo de buscarlas con lupa entre las escasas librerías decentes bogotanas y pagar por lo que ellas se exija, para terminar releyendo hasta tres veces un párrafo ininteligible donde uno nunca sabe dónde está o a dónde va. Quizá sea pueril ignorancia mía —todos me conocen como consumidor de bestsellers de espionaje—, pero sí digo yo que algo de coherencia entre oraciones debe tenerse al momento de pintar las acciones del hombre, sin importar si es blanco, negro o pielroja.

domingo, 6 de abril de 2008

El zorro del Mississippi

Es raro que me presten libros, y en líneas generales, a menos que solicite uno a un buen amigo, es muy extraño que a mis manos termine llegando una novela de la que, incluso, nunca había oído antes. Y no es que me moleste que un buen día sea yo advertido de la necesidad de leer a tal o cual autor; todo lo contrario, siempre vive uno al pendiente de nuevos tesoros que ocultos entre viejas librerías, dejamos atrás, sólo porque ignoramos la grandeza de sus autores. Pero, una vez tengo el volumen en mis manos, no queda otra obligación que devorarlo de inmediato y darle un comentario sobre el texto a ese amigo que nos ha hecho el favor.

El libro que vino a mi puesto de trabajo unos días atrás se llama Mientras la ciudad duerme, como fue terriblemente traducido el título de la novela de Frank Yerby The foxes of Harrow. Queda uno, ahí en la página legal, ya sorprendido y con una ceja doblada en gesto de sospecha por lo que los editores han podido producir.

La novela empieza con un hombre solo, abandonado en medio de la nada del gran Mississipi, llamado Stephen Fox, irlandés, quien puede perfectamente simbolizar al perfecto inmigrante que se establece en América, favorito por encima del mexicano o el italiano. De la nada, y con cierta ayuda de la suerte y su habilidad con las cartas, llega Fox a levantar una hacienda y una gran casa por la que pasarán toda clase de sucesos enmarcados en la franja histórica que va, de 1826, al final de la Guerra Civil.

Yerby, un mestizo, de padre negro y madre blanca, guarda un pequeño espacio en el Hall de la Fama de las letras norteamericanas al ser el primer escritor de bestsellers de origen afroamericano. De ahí en adelante, pocos reconocimientos puede tener este hombre originario de Augusta, Georgia, quien fue duramente criticado porque en sus novelas la mayoría de sus personajes suelen ser blancos, y en algunos casos esclavistas, aunque tengan gestos levemente liberales, como el del protagonista de The foxes... Y no obstante, es agradable encontrar, a manera de respuesta a estas críticas, una frase del propio Yerby que dice "el novelista no tiene derecho alguno a inflingir sobre el público sus ideas acerca de política, raza o religión". Esto, más que hablar sobre un deber, describe el derecho divino que tenemos los escritores de poner nuestras ideas a un lado y dedicarnos simplemente a contar historias. Pero a cada quien la soga que escoja.

Las novelas de Yerby, de carácter histórico en su mayoría, no corresponden a mis lecturas favoritas. Pero esta novela en especial tiene puntos sobre los que es bueno discutir.

Primero, el personaje principal Stephen Fox, empieza como un interesante vividor que anhela devorarse al mundo mediante astutas artimañas. Poco a poco, tristemente, este personaje se va desdibujando a medida en que vemos ingresar a nuevos personajes, que son sólo siluetas realmente, siendo Nueva Orleáns, y la Luisiana en general los verdaderos protagonistas de esta historia.

En cuanto a la estética de la novela, a parte de un par de descripciones hechas con verdadero entusiasmo, el estilo es más bien simple, y la narración se contenta con ser un friso, muy interesante eso sí, que va de una nación en sus albores hasta el fin de una guerra donde los modernos Estados Unidos aplastaron a la vieja América poscolonial, rural y esclavista.

A diferencia de los grandes prosistas franceses, y de unos pocos buenos yanquis, este autor, y muchos otros novelistas sureños, se contentan más con crear situaciones y resoluciones que de ahondar en el alma, o siquiera en la mente, de sus personajes. Así uno nunca llega a sentir lo más mínimo por las figuras en cartón que Yerby hace habitar la hacienda Harrow. Y al terminar la novela uno queda con más bien poco entre las manos, a parte de algunas interesantes anécdotas acerca de la vida a mediados del siglo XIX, y de la cultura de los esclavos de entonces.

Pero en últimas tuve que devolver el libro, y ahora debo continuar con la línea de lectura que llevaba. Me espera un volumen de cuentos de William Faulkner, una novela de Le Carre y la ballena blanca de Herman Melville; honestamente no creo que en mi memoria pueda pervivir por mucho tiempo las escenas pintadas por Frank Yerby; sus haciendas, el río, las mujeres y los esclavos cantando pasarán poco a poco a mi estante mental de libros de peso ligero.

martes, 1 de abril de 2008

En el corazón de la jungla

Un comentario adjuntado al post anterior me hizo repensar la idea que quise exponer allí con respecto al trabajo. No es que crea ahora —como lo expresó el comentarista—, que el trabajo sea siempre fuente de grandes obras maestras. Si bien el ejercer la práctica constante de la escritura puede darnos nuevas o mejores herramientas para nuestros textos, no creo que, como dijeron otros en el pasado, sólo escribir y escribir hasta el hastío sea suficiente para llegar a concebir bellas historias o profundos ideales.

Contra esta regla, digo yo que, para crear una buena historia, más vale vivir un gran día por el mundo, que entregarse un mes a redactar entre cuatro paredes. Prueba de esto es la obra de Joseph Conrad. ¿Dónde estaría, en qué anaquel de qué perdida biblioteca podríamos encontrar a este genial caballero de haberse mantenido encerrado componiendo en un estudio de Polonia? Tal vez Józef Teodor Konrad Korzeniowski sería un clásico europeoriental, ucraniano más exactamente, si hubiese seguido los pasos literarios de su padre, escritor nacionalista, y no se hubiese entregado a ver la Tierra a través de sus muchos viajes.

Vivir, escribió una vez mi maestro Efraín Medina Reyes, es el nombre del juego. Nuestras experiencias desarrollan nuestra mente y ésta fabrica las historias que deberán ilustrar a otros miles. O al menos eso ha hecho Conrad conmigo; de las tres novelas que he leído, El corazón de las tinieblas, El agente secreto y últimamente Lord Jim, pocas conclusiones puedo sacar sobre la brillante identidad de él, excepto que, primero, lo que importa no es el idioma, sino la fuerza de tus ideas lo que da valor a lo que escribes, y segundo, que lo que llamamos alma siempre será un insondable abismo cuyo inagotable contenido siempre dará de qué pensar.

En un punto de vista completamente técnico, de Lord Jim (1899) extraje algunos principios que me parecen vitales en el arte de la composición: estos son expresión, narratividad e impresión.

Expresión: si la obra conradiana se basa en ideales, generalmente relativos a moralidad, o contrarios al colonialismo en sí, su facultad de expresar estos puntos de vista es lo que lo ha mantenido en el estante de los clásicos por ochenta años. No deja uno de pensar en el peso, y el cortante filo, que el mundo occidental clavó sobre los pueblos de Asia y África —no los únicos, claro, pero atengámonos al tema—, muy bien expresados aquí en dos personajes, iguales de condición pero a lados distintos del océano ético, como son Jim y Brown. Ambos llegan desplazados del “Mundo” generando toda clase de reacciones entre los habitantes de Patusan. Actuación similar, aunque en grado distinto, a la de Kurtz en el Congo del Corazón de las tinieblas.

Narratividad: no podríamos viajar de puerto en puerto, de isla en isla y en medio de la abominable y densa jungla si no fuera nuestro guía un consumado estilista; un narrador con un ritmo tan eficiente que los ojos terminan por escurrirse por la hoja sin pausa. Y esa es la palabra clave “ritmo”. La gran cantidad de comas dentro de un mismo párrafo puede tornar “puntillosas” las oraciones, pero en un marco general le permitirán al lector ingerir las descripciones de manera más precisa, aunque se corre el riesgo de hacer empinada la lectura para unos ojos no entrenados.

Impresión: y hablando de descripciones, son estas novelas de aventuras y de viajes verdaderos safaris de coloridas instantáneas. El frío y lluvioso Londres, el mar de noche entre la borrasca, y las sombras y penumbras de un hotel de ultramar, todas son imágenes que un escritor deseoso de agradar a su lector no dudará en recrear, y con cuantos más detalles, mejor. No solo estos, claro: podemos ver, con apabullante claridad, la muerte de un hombre acribillado a plomo, el hundimiento de una nave en llamas, o la imponencia de un rey nativo, en los textos de este autor que, como ya dije, no repara en imágenes, quizá porque supo que la Literatura, como todo arte, también la compone la belleza.

¿Puede usted, señor escritor, expresar tanto y tan eficientemente sin dejar su céntrico apartamento, o su dacha campestre? Tal vez los libros de la editorial Tachen le ayuden, pero, sin pegarse siquiera una vez en la vida uno de estos viajes conradianos, por los senderos aún desconocidos de este inmenso planeta, difícil será que el artista halle su verdadero ideal en esta vida.