miércoles, 16 de abril de 2008

Dinamo


A manera de compensación por el post tan flojo que puse aquí unos días atrás , les presento los siguientes pensamientos que a mí han llegado con respecto al oficio de la escritura.

Se pueden establecer muchas similitudes entre el trabajo literario —hablamos de la redacción de escritos con miras artísticas, para ser claros— y otros campos de desarrollo personal, como el arte de la pintura, para citar un ejemplo. En mi caso, quizá debido a mi falta de contacto con las demás disciplinas artísticas, veo un parecido enorme entre la escritura y el sexo. ¿Falta de originalidad? ¿Lo habían escuchado ustedes antes? Síganme de todos modos.

Sin pretender ser políticamente correctos, se sabe que el mejor sexo se consigue cuando hay amor de por medio. Y quien ama un trabajo aplicará a él su alma, cosechando más tarde los mejores frutos. Esto se tiene por lógico y bien sabido.

Cuando se tiene un buen ambiente, los amantes se miran, e imaginan; fantasean el uno con el otro: así yo he soñado mis escritos, imaginando sus bordes y superficies, deleitándome con cuanto podré hacer al tener todo ese material en mis manos.

Luego vienen contactos, besos, incitaciones; un juego, en conjunto. También el escritor debe juguetear con palabras. Como llena de erotismo el desvestir a su compañera, así buscará la dulzura del idioma, las palabras correctas, las oraciones sonoramente deleitantes. No sientas vergüenza, de dejar correr por la página o por su cuerpo tus instintos animales; ¿qué sería de ti si no los tuvieras? Mucho menos has de cubrir o temblar ante tu propia desnudez: en la literatura se debe perder el miedo a mostrarse a uno mismo.

En este cuarto tú y yo; el libro que se crea y yo; mi obra, la musa, las sombras y yo. El resto del mundo ha desaparecido: hemos volado fuera de la órbita y podemos ver tras la ventana las estrellas. Para esto, escritor y amante deben desconectarse: fuera teléfonos, candado a la puerta, nada de niños, ni vecinos; decirle adiós al trabajo, al pasado, a un futuro, a todo. El mundo entero será este lecho, esta hoja, este lienzo sobre el que escribimos.

Entonces las fuerzas se aligeran, las manos y el cuerpo se aceleran; ahora viajamos al galope y parece, mientras perdemos la cordura entre el cuerpo deseado; que somos otros y las ideas van regándose limpiamente, sin freno: palabras correctas, oraciones armoniosas, párrafos circulares donde la voz podrá casi cantar como si éste fuera un himno. Y sentimos los choques eléctricos: la emoción vertiginosa, el miedo a despeñarnos al vacío sobre este acantilado. Y las palabras no se detienen. Entonces ya hemos ido de cabeza al vacío, con un grito, ponemos punto final; amante y escritor mirarán al techo, exhalando lo retenido con hondo suspiro.

No siempre es así. Seamos realistas: hay días en que todo parece un parto doloroso. Otros en que escribir es un ejercicio mecánico. Otros en que parece una carrera contrarreloj; y si acaso en los mejores, una partida de ajedrez. Tal vez tengo que hablar sobre esto, pero será luego porque, en la refriega, hemos disparado todas nuestras energías. Lamentablemente, a diferencia del arte amatorio, al final no podremos con nuestra obra retozar perezosamente entre las sábanas, ni pararnos a medio vestir para hacernos un café, y mirar a nuestra pareja, aplastada en el colchón, con el pelo revuelto y la lengua por fuera.

Hay campos donde definitivamente la literatura pierde.

1 comentario:

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