domingo, 6 de abril de 2008

El zorro del Mississippi

Es raro que me presten libros, y en líneas generales, a menos que solicite uno a un buen amigo, es muy extraño que a mis manos termine llegando una novela de la que, incluso, nunca había oído antes. Y no es que me moleste que un buen día sea yo advertido de la necesidad de leer a tal o cual autor; todo lo contrario, siempre vive uno al pendiente de nuevos tesoros que ocultos entre viejas librerías, dejamos atrás, sólo porque ignoramos la grandeza de sus autores. Pero, una vez tengo el volumen en mis manos, no queda otra obligación que devorarlo de inmediato y darle un comentario sobre el texto a ese amigo que nos ha hecho el favor.

El libro que vino a mi puesto de trabajo unos días atrás se llama Mientras la ciudad duerme, como fue terriblemente traducido el título de la novela de Frank Yerby The foxes of Harrow. Queda uno, ahí en la página legal, ya sorprendido y con una ceja doblada en gesto de sospecha por lo que los editores han podido producir.

La novela empieza con un hombre solo, abandonado en medio de la nada del gran Mississipi, llamado Stephen Fox, irlandés, quien puede perfectamente simbolizar al perfecto inmigrante que se establece en América, favorito por encima del mexicano o el italiano. De la nada, y con cierta ayuda de la suerte y su habilidad con las cartas, llega Fox a levantar una hacienda y una gran casa por la que pasarán toda clase de sucesos enmarcados en la franja histórica que va, de 1826, al final de la Guerra Civil.

Yerby, un mestizo, de padre negro y madre blanca, guarda un pequeño espacio en el Hall de la Fama de las letras norteamericanas al ser el primer escritor de bestsellers de origen afroamericano. De ahí en adelante, pocos reconocimientos puede tener este hombre originario de Augusta, Georgia, quien fue duramente criticado porque en sus novelas la mayoría de sus personajes suelen ser blancos, y en algunos casos esclavistas, aunque tengan gestos levemente liberales, como el del protagonista de The foxes... Y no obstante, es agradable encontrar, a manera de respuesta a estas críticas, una frase del propio Yerby que dice "el novelista no tiene derecho alguno a inflingir sobre el público sus ideas acerca de política, raza o religión". Esto, más que hablar sobre un deber, describe el derecho divino que tenemos los escritores de poner nuestras ideas a un lado y dedicarnos simplemente a contar historias. Pero a cada quien la soga que escoja.

Las novelas de Yerby, de carácter histórico en su mayoría, no corresponden a mis lecturas favoritas. Pero esta novela en especial tiene puntos sobre los que es bueno discutir.

Primero, el personaje principal Stephen Fox, empieza como un interesante vividor que anhela devorarse al mundo mediante astutas artimañas. Poco a poco, tristemente, este personaje se va desdibujando a medida en que vemos ingresar a nuevos personajes, que son sólo siluetas realmente, siendo Nueva Orleáns, y la Luisiana en general los verdaderos protagonistas de esta historia.

En cuanto a la estética de la novela, a parte de un par de descripciones hechas con verdadero entusiasmo, el estilo es más bien simple, y la narración se contenta con ser un friso, muy interesante eso sí, que va de una nación en sus albores hasta el fin de una guerra donde los modernos Estados Unidos aplastaron a la vieja América poscolonial, rural y esclavista.

A diferencia de los grandes prosistas franceses, y de unos pocos buenos yanquis, este autor, y muchos otros novelistas sureños, se contentan más con crear situaciones y resoluciones que de ahondar en el alma, o siquiera en la mente, de sus personajes. Así uno nunca llega a sentir lo más mínimo por las figuras en cartón que Yerby hace habitar la hacienda Harrow. Y al terminar la novela uno queda con más bien poco entre las manos, a parte de algunas interesantes anécdotas acerca de la vida a mediados del siglo XIX, y de la cultura de los esclavos de entonces.

Pero en últimas tuve que devolver el libro, y ahora debo continuar con la línea de lectura que llevaba. Me espera un volumen de cuentos de William Faulkner, una novela de Le Carre y la ballena blanca de Herman Melville; honestamente no creo que en mi memoria pueda pervivir por mucho tiempo las escenas pintadas por Frank Yerby; sus haciendas, el río, las mujeres y los esclavos cantando pasarán poco a poco a mi estante mental de libros de peso ligero.

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