viernes, 11 de abril de 2008

Un mapa de Jefferson


Uno de los poderes que más puede ansiar un escritor, una vez haya concluido su obra, es el de la influencia, que como la influenza, llega sin ser vista, olida, o sentida, si no es cuando ya deliramos y un conocido nos señala la frente —o nuestro trabajo— afirmando ver allí la enfermedad, o el fantasma de lo leído.

Un concepto que siempre he manejado es el del mim, aunque no es un término que yo haya inventado, creo que soy de los pocos habitantes de este planeta que entienden lo que esto significa. Un mim es la unidad de una idea; la célula. Como tal puede reproducirse si encuentra un ambiente adecuado. Como un cerebro fresco y trabajador, por ejemplo. Es la forma de entender las ideas como seres vivos: nacen, crecen, se reproducen y mueren; porque no hay ideas eternas, pero como las esporas, algunas pueden llegar a vivir millones de años.

Ergo un gran escritor no podrá dejar de producir estos mims. Aunque su único deseo en la vida sea el de ser un mero contador de historias, sus ideas, técnicas, puntos de vista, apreciaciones de la realidad, o la fantasía, serán pasto y germen que alimentarán y/o contaminarán a decenas de lectores, amen a potenciales escritores. Y la lista de estos creadores de mims es bien conocida: de Cervantes a Borges, en español, de Shakespeare a Wilde, en inglés, por sólo dar ejemplos por mí conocidos.

En un ámbito más abierto, los lectores podrán recordarme otras decena de nombres, y, quizá entre esas listas resalte muy pronto el de William Faulkner, el autor del Villorrio, ¡Absalom, Absalom!, ganador del Premio Nóbel y “maestro” de Gabriel García Márquez.

Aunque respeto mucho su obra, debo decir que lo poco que de él he leído no calado gran cosa en mi espíritu de escritor. Su cuento largo The Bear, y un volumen de cuentos, con su prosa compleja, emotiva pero intrincada, me hacen repensar todo este asunto de las influencias. No hallo entre sus líneas una técnica, como no sea la del flujo de conciencia, siempre de delicado empleo; y creo que tanto la mayor virtud de la obra faulkneriana, como su principal limitante, fue la de que William F. optó por tomar su mundo casi como un mundo entero, y basar toda su obra en el corto radio de la ficticia Yoknapatawpha.

En suma, no puedo ver atractivos en la obra de este escritor sureño; me haría falta, claro, leer sus incontables novelas, o mejor, correr el riesgo de buscarlas con lupa entre las escasas librerías decentes bogotanas y pagar por lo que ellas se exija, para terminar releyendo hasta tres veces un párrafo ininteligible donde uno nunca sabe dónde está o a dónde va. Quizá sea pueril ignorancia mía —todos me conocen como consumidor de bestsellers de espionaje—, pero sí digo yo que algo de coherencia entre oraciones debe tenerse al momento de pintar las acciones del hombre, sin importar si es blanco, negro o pielroja.

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