domingo, 18 de mayo de 2008

¿Funciona?

Si hay algo imperdonable en la actual narrativa en español —no me aventuro a hablar de otros idiomas porque solo leo traducciones—, es el poco afecto que parecen demostrar los escritores por el idioma; ese elemento cultural que, al fin y al cabo, les da de comer.

Supongamos que podemos dividir la literatura en “forma” y “fondo”, para hablar de, primero, las novelas, cuentos y poemas escritos como ejercicios del empleo correcto, o juguetón, del lenguaje. La segunda categoría, entonces, serviría para abarcar a los escritores que emplean sus recursos en armar tramas complejísimas, desde el punto de vista estructural o espiritual. Sabemos que hay más formas de encarar la ficción, pero por ahora quedémonos con estas dos.

Sabes que quieres ser escritor, lo has estado pensando durante tu infancia, la escuela, durante tu carrera, y ahora tienes el tiempo y los recursos, amen de esos amigos infaltables que te preguntan por qué diantres no te has puesto “seriamente” a escribir. Bueno; siguiendo las dos opciones presentadas arriba, el potencial escritor promedio tomará la segunda opción, ¿por qué? Simple: es más fácil, y esto es a causa de su atractivo. Sucede exactamente igual que en el caso del turista novato que se presenta ante el beduino a la entrada del desierto; este tiene entre sus manos las bridas de un hermoso corcel blanco y las de un viejo camello que escupe cada tres segundos. El turista tiene prisa, toma el caballo y se siente muy hombre viajando entre las dunas a todo galope; es un animal muy veloz, sucede sin embargo que el caballo avanza ocho veces más rápido que el camello, pero el camello recorre, sin detenerse, ocho veces más distancia que la puede abarcar el caballo.

Lo que no he explicado —disculpará usted, querido lector— es el atractivo de la novela de “fondo”. Primero tenemos el ejemplo, muy malo en ciertos casos, de las obras consideradas clásicas: estas fueron generalmente observaciones de lo cotidiano en su tiempo, y ahora los académicos se encorvan durante toda su carrera analizando cada punto y coma de estos textos. Puede que ese sea su oficio, pero a mi me parece una solemne pendejada buscarle tres pies al gato. Yo no soy académico, la anterior afirmación sobra, pero quiero que retengan la idea: el único que puede desatar la compleja trama de un relato, corto o largo, es su autor; nadie, ni Dios si es que existe, pueden decirnos por qué el personaje Fulanito fue bautizado así, o por qué la casaca que vestía cuando iba a batirse con Lord Nosécuántos era gris marmota y no roja, como era la costumbre entonces.

Decimos entonces que las obras consideradas “grandes” generalmente han sido, primero, reflejos de su época; segundo, dignas de consideración por los patólogos literarios. Siguiendo esta lógica, el autor moderno apuntará a redactar una historia de unos ocho capítulos en los que cuente episodios de su vida actual, de la vida de algunos conocidos, o una anécdota local, exagerada por sus glándulas del chisme. Si tiene predilección por las novelas “de género” le aplicará tonos acordes a sus propias pasiones: género de aventuras, género negro, romántico, y un etcétera muy largo.

Día a día, en un mundo plagado de clones de Isabel Allende —¡qué tiempos tan negros estos!—, salen al mercado novelas que, tras la lectura de sus reseñas en algún diario dominical, las olvidamos por completo. ¿Quién lee a Amy Tan? Por ejemplo. Bueno, alguien lo hará, asumo, ya que alguien, en efecto, se encarga de publicar sus trabajos. Fíjense en eso: alguien-la-publica. Alguien está dispuesto a poner agua, tiempo y esfuerzos en un árbol cuyos frutos posiblemente se venderán, como posiblemente no. No quiero ahora meterme en la discusión acerca de los regimientos de lectores formados por las escuelas y editoriales, pero sí, una Amy Tan o una Ángela Becerra serán leídas, eso lo tienen por descontado los editores. No obstante el tiempo —buen juez y mejor verdugo— borrará de la memoria colectiva esos trabajos y dejará otros, muy pocos, que puedan ser considerados ejemplos vivos de la literatura de su época. Aunque ignoro casi todo lo referente a hipótesis matemáticas, me atrevo a decir que debe haber por ahí alguna ecuación que señale cada cuántos libros impresos saldrá un clásico de orden nacional, y cada cuántas obras de esta índole saldrá un clásico universal.

Como ven, es mejor escribir cincuenta novelitas de doscientas páginas con anécdotas locales, para que al menos una de ellas nos dé la inmortalidad, a poner nuestros cinco sentidos en la confección de unas diez o veinte obras de gran factura técnica, estilística y estética que solo llamen la atención de esa inmensa minoría con buen gusto. ¿Dónde veo yo la dificultad? En lo abierta o cerrada que sea una forma de expresión, observen:

Dos cuadros, uno abstracto, el otro figurativo. El primero son caóticos brochazos, el segundo un caballo sin jinete que galopa hacia un granero en un atardece nublado. El primero no se tomará como materia de análisis; y de hacerse, los estudiosos de las plásticas podrán hacer una y mil teorías respecto al metro y medio de lienzo bañado de oleos multicolores. En cuanto al segundo sobran las explicaciones, las argumentaciones; que se pueden hacer, sí claro, pero todo el mundo verá un caballo que corre a un granero, y punto. El primer cuadro alcanza un precio de varios millones; el segundo se vende junto a otros once —más barato por docena— a un hotel sin identidad. Todo esto gracias a que nuestra cultura, en materia de artes, avala siempre lo que parece incomprensible, ya es útil para establecer una línea entre eruditos y los ignorantes. Ahora bien, ¿qué evita que yo arroje pinceladas aleatorias sobre la tela, y pretenda que es esta una obra?

Menos cuentacuentos, más estilistas. Hay un reto superior al tomarse la narrativa desde su perspectiva estética: el conocimiento del idioma; pero eso lo dejaré para el post siguiente, que espero publicar dentro de un par de días más.

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