viernes, 9 de mayo de 2008

Los héroes

Alguien como usted, lector; sí, alguien como usted que un día tras levantarse y trotar un par de calles por el helado vecindario en la mañana, se topa con un tipo de sombrero y gabán, que con refinados modales y cierta afectación en la voz le invita a tomar asiento en una banca del parque o en la terraza de un café. En unos minutos, ese hombre se habrá ido; el tiempo transcurrido no será mucho; usted regresará a su rutina, pero, definitivamente, ya no será el mismo hombre. Si viniera a mí, y me contara tal cosa, yo solo podría pensar que usted se ha convertido en un personaje de John Le Carre.

Los héroes de Le Carre son muy distintos a los rudos y valientes sujetos pintados por otros grandes del género de ficción de espionaje. No hay veteranos de fuerzas especiales que hablen cuatro idiomas, como en las narraciones de Frederick Forsyth; ni tampoco los muy patrióticos agentes encubiertos, y analistas, de las novelas de Tom Clancy. Para ser sincero, no creo que Le Carre construya héroes como personajes; más bien deconstruye a los héroes para crear seres de carne y hueso, tridimensionales, en donde un lector tolerante puede verse reflejado, mejor incluso, que si entre las páginas se encontrara a un James Bond o a un Jason Bourne.

Cuando placenteramente devoré la triste historia de Harry Pendel, el sastre inglés que se transforma en un paper mill para la inteligencia británica en Panamá —hablo de El sastre de Panamá—, mi impresión fue a causa de la capacidad tan elevada, casi a un nivel ultraterreno, de crear personajes y dotarlos de todas las características necesarias para que lleguemos a sentir simpatía por ellos. Y Pendel es solo uno de los muchos aprendices de espía que un buen día se ven recorriendo los callejones sinuosos de las operaciones secretas, casi siempre para probarse a sí mismos que, después de todo, pueden ser aún útiles a alguien, y que esos conceptos como “honor” o “servicio a Su Majestad” laten, pese a que sus días de rutinas los hallan acallado casi por completo.

De la última novela de Le Carré que pasó por mis manos, El Infiltrado —en inglés The Night Manager—, me quedaron ciertas claves para diferenciar a este autor de otros tantos que le van a la saga:

  1. Sus narraciones, al igual que las de su compatriota Graham Greene, suelen ser más apreciaciones sobre los asuntos morales de los individuos que elaboradas tramas de tinte político. De esa forma, las novelas de Le Carré pueden ser leídas ahora o dentro de cuarenta años y causarán el mismo placer, ya que el lector de ahora o de entonces no se fijará tanto en el contexto histórico como en las vicisitudes de los protagonistas.
  2. A diferencia de Fred Forsyth, que encandila al lector —y esto lo digo como un elogio— paseándolo por los corredores del poder y las bases militares, John prefiere reservarse el verdadero nombre de aquellas agencias a las que hace referencia. Un adicto a las novelas de espionaje captará muy fácilmente de quiénes está hablando. No obstante no entiendo —y espero vivir lo suficiente para preguntárselo algún día— cual es su temor a nombrar al SIS, al MI-5, o al GCHQ.
  3. Mientras que a un Tom Clancy le encanta envolver a sus protagonistas en la bandera de Barras y Estrellas, no hay patriotismos de ninguna clase en Le Carré. De seguro ama mucho a su país, pero algo me hace pensar que, al igual que el redactor de este blog, no ve ninguna relación directa entre la Patria y los servicios de inteligencia que dicen defenderla. Estos organismos, que generalmente actúan bajo las presiones del Parlamento, sirven más a las metas políticas de los jerarcas que a las necesidades reales de las naciones. Si algún duro del poder anhela algo, ahí están los espías para conseguirlo; y punto.
  4. El conocimiento del terreno, de los sitios que describe aunque sea en pocas líneas es real. De la página final del libro, en la que presenta sus agradecimientos, descubrimos que realmente ha viajado por aquellos parajes, y que se ha entrevistado con esos hombres, en sus yates, en sus mansiones, donde habrá visto también a esas mujeres, a las cuales terminará pintando magistralmente para que las queramos un poco. Otros escritores, lamentablemente, simplemente tienden un mapa sobre su escritorio e imaginan el resto; algunos evitan incluso el mapa.

Había un quinto punto, que hacía más referencia a los finales que suele poner el maestro Le Carré a sus héroes, pero lo evitaré porque en parte esta es una invitación a los que gustan de la buena literatura a buscar y consumir alguna de las veintiún novelas que ha escrito, todas dotadas de dramatismo, una prosa sin fracturas y, a fin de cuentas, entretenidas a más no poder; porque ¿quién dice que un gran novelista no puede emocionar a las jóvenes mentes que aún se deleitan con la aventura?

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