domingo, 29 de junio de 2008

Ni tan ficción. Parte 2

Ahora que Flores para Irma se acerca al final, me entero de las nuevas maniobras que los Estados Unidos prepara contra Irán. Y es esta situación, al menos para mí, al mismo tiempo emocionante —estar escribiendo y publicando una novela sobre hechos que se están desarrollando—, y lamentable —que unos políticos derechistas en Washington estén dirigiendo a una gran nación a atacar otra por la mera sed de petróleo— toda esta situación.

Los eventos de Flores para Irma se desarrollan en el verano de 2005, lo cual no es mencionado en la novela, donde el contexto histórico es un tanto ambiguo, pero esto tiene cierto significado personal para mí. Allí se nos presenta al aprendiz de escritor Leonardo Katz ejecutando su primera misión para la CIA, en donde debe buscar a un maestro de enseñanza coránica muy poderoso que vive en Teherán.

La situación, cuando empecé a redactar los primeros capítulos, no era muy distinta a la de ahora, con EUA enseñando los dientes, y los iraníes haciendo lo propio. Sin embargo en estos tres años las cosas han cambiado un tanto.

Se han destinado cuatrocientos millones de dólares para financiar operaciones con miras a desestabilizar el actual régimen de Alí Khamenei, líder supremo de Irán. Buena parte de estos fondos irán a parar a grupos como Ahwazi Arab, de filiación sunita. Esto se está desarrollando mediante agentes encubiertos de la CIA y operadores de las Fuerzas Especiales, los cuales, siguiendo las directrices presidenciales de su “guerra contra el terrorismo” están en capacidad de capturar, o incluso matar, a determinados objetivos, sin importar donde estén. Algo como lo que sucede en el capítulo XXXIII de Flores para Irma.

Las causas oficiales para todo este despliegue undergrownd de fuerza siguen siendo las mismas mentiras que llevaron a las tropas a Irak: armas de destrucción masiva, y además, el supuesto involucramiento de Mahmoud Ahmadinejad, presidente de Irán, en la muerte de soldados estadounidenses en Irak; un asunto sobre el que, no sólo no hay pruebas, sino que reta toda lógica política. Aunque con esto no quiero decir que Irán sea un país pacífico: su presupuesto para operaciones de inteligencia —incluidas operaciones paramilitares—, si se compara con el americano, es casi igual de alto.

Un velo, cuyas tramas pueden ser más o menos apretadas, suele cubrir las operaciones de inteligencia. A lo largo del oriente de Irán hay agentes encubiertos y colaboradores locales, quienes pueden y establecen contacto con comandos estadounidenses, cuya base se encuentra al oeste de Afganistán. Considerando que el Presidente Bush es el jefe supremo del Ejército, este pude ordenar movimientos de tropas sin la interferencia del Congreso. Así que esta guerra secreta contra Khamenei y sus hombres puede llevarse a cabo fuera de cualquier control.

Y las libertades de estas unidades van más allá. En la novela, el imán al que Leonardo está buscando debe ser asesinado; esa es la misión que la CIA le ha encomendado a Dick Matson y a un misterioso francotirador denominado Julius. Teóricamente, la Compañía no puede verse involucrada en forma alguna con un homicidio —Orden Ejecutiva 12333, sección 2.11, de 1981—, pero según las nuevas reglas de juego, los miembros de las fuerzas especiales en Irán pueden, según el director de la CIA, el general Michael Hayden, disparar si se ven capturados o heridos. El lenguaje legal puede ir más lejos, permitiendo de esta manera que estos comandos entren en combate, o incluso, liquiden a alguien “en el cumplimiento del deber”, con lo cual, acciones como las que he narrado en esta novela, podrían llevarse a cabo.

La violencia, posiblemente instigada por agentes estadounidenses, también ha mostrado la cara últimamente en Irán. La prensa habla de ataques contra civiles y militares, en muchos de ellos se menciona la participación de grupos Ahwazi, que tienen contacto con la CIA. Aunque en mi novela estos no son mencionados, sino es el MEK, un grupo socialista con base en Irak, los que distribuyen y accionan los explosivos que destruyen dos edificaciones en pleno centro de Teherán.

Las cosas no parece que puedan cambiar con las elecciones presidenciales que se acercan. Si bien Barak Obama ha hablado de llegar a acuerdos mediante las vías del diálogo, tampoco ha descartado del todo el escenario de una confrontación militar abierta y convencional. Sobra mencionar la posición del republicano John McCain, quien tiene una silla en el Comité de Servicios Armados del Senado, y ha estado al corriente de las operaciones en Irán. Del otro lado, Ahmadinejad tiene una actitud completamente antiamericana, y difícilmente los vientos de cambio que soplarían si los demócratas alcanzan la Casa Blanca podrían convencerlo de cambiar de mentalidad.

Durante el tiempo que he estado redactando esta novela he podido acercarme, de una manera virtual, a Irán. Es un país moderno, rico, y con gente de todas las mentalidades posibles; un escenario radicalmente opuesto a Afganistán o a Irak. Atacarlo por medios convencionales significaría una tragedia colosal, sin ningún sentido además.

Para una lectura más completa acerca de la actual situación de guerra fría entre yaquis y persas, lean el excelente artículo escrito por Seymour M. Hersh para el último número de la revista New Yorker.

miércoles, 18 de junio de 2008

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A los lectores de este blog, que los hay, fieles y no tan fieles:

Lamento no poder poner nuevos posts, o no poder ponerlos a la velocidad que yo deseaba en un principio -algo así como uno por semana-, pero ha sido realmente la falta de buenas ideas lo que me ha llevado a dedicar mis horas más al término de mis otros proyectos: Flores para Irma y Risk Herencia.

Encontrar buenos temas para desarrollar estos cortos pensamientos no es fácil. Y aunque algunos detractores dirían que sólo redacto idioteces, pues hacerlas, mis queridos enemigos, toma tiempo, al menos para mí, que trabajo y me gusta mucho leer.

En todo caso, gracias por visitarnos.

John Carvajal.

Frente a las tablas

“Detesto el teatro como forma primitiva y pútrida, históricamente hablando. Una forma que deriva de los ritos de la edad de piedra y el desatino común, a pesar de esos aportes individuales de genios tales como la poesía isabelina, por cierto, que el lector de biblioteca entresaca del montón.”

Las palabras anteriores pertenecen al gran Humbert Humbert, un ser de carne y hueso extendido en un papel, creado por un dios llamado Vladimir Nabokov. La frase anteriormente expuesta la había yo llevado sobre el hombro derecho y la descargaba frente a los amantes del teatro, palabras más, palabras menos, obviamente, y siempre a manera de cita, de forma tal que mi “conocimiento” de literatura ablandase un poco mi ignorancia hacia una de las más antiguas artes.

Hoy, que para el lector será un breve o largo ayer, asistí a teatro, no por primera vez en mi vida, pero sí al menos en una forma en que pueda recordarlo. Lo hice además, por partida doble, yendo a una comedia a media tarde y una tragedia en la noche —genial combinación, eh—, de la mano de tres chicas que saben más de estos asuntos que yo. Mas como no es, ni ha sido cosa de este blog hablar sobre mí, sino apenas que el lector vislumbre, como por entre una rendija, mi percepción del mundo —el yo escritor frente al panorama universal—, iré directo al grano:

A diferencia de lo que yo pensaba, las obras no son un despliegue de técnica actoral en su grado máximo. Sino un juego de elementos en un baile de máscaras, orbitando sobre conceptos, más que sobre seres. Lo pondré claro: el escenario prima sobre el desarrollo; bien puede la historia ser una elaborada trama detectivesca o enseñar un caso común de desastre familiar, lo importante es el trabajo del director sobre las acciones, no sobre la planificación. Pueden corregirme porque es obvio que mi perspectiva es muy oblicua, pero sin el sonido, las luces, y la instalación que se monta sobre las tablas —ignoro el nombre de la misma—, sólo una cosa le quedaría a equipo de actores, o al hombre o mujer sola que se lanzan al monólogo: la expresión.

No como el cine y la televisión, donde el despliegue histriónico puede verse manipulado, hasta cierto grado, por cambios de luces o enfoques de cámaras, en la sala sólo hay un punto de vista, el correcto, el del espectador que escucha una voz palpitante, que puede o no hechizarlo.

Nótese que en todo lo anterior la palabra libreto no aparece, pero si me lo permiten, veo al teatro como algo vivo, que no tiene más sabor en el papel, que la receta de un postre impresa en una revista del montón.

Lo anterior no quiere borrar de un brochazo —sería ridículo intentarlo— los trabajos de tantos dramaturgos que han llegado, en algunos casos, más lejos que muchos novelistas, trabajando desde siglos antes que la imprenta viera la luz. Amen que gran parte de nuestros conceptos sociales tienen, como pilares de ejemplo y apoyo, la tradición teatral de Occidente; ergo, los argumentos escritos son importantes.

Pero lejos de esto, pienso, un paciente visitante de las penumbras de una sala —como el que escribe estas líneas— puede disfrutar de una obra, sin considerar tanto aspectos externos a la puesta en escena en sí. En el caso de hoy, por ejemplo, ignoraba los nombres de las obras, ignoraba los nombres del director o de los actores, tampoco su origen o nivel de estudios, y sin embargo, disfrute de las presentaciones como un chico que trepa por primera vez en un avión. Los años supongo, dan a los fanáticos de este arte herramientas de crítica: asistir o no asistir, aceptar o no aceptar, reír o no reír, censurar o no censurar; ser o no ser alguien que borra el sueño y prefiere palpar los contornos torcidos o mal cepillados de la obra en desarrollo.

Estoy lejos de ese punto. A diferencia del cine, a diferencia, totalmente, de la literatura, de las que trato de aprender y analizar, casi en forma científica, al teatro prefiero verlo siempre como el más sencillo y bello de los entretenimientos, donde la vida baila y vibra en escalas de colores no procesados por el celuloide, ni tonos que se modulen según las instancias de un ingeniero.

Porque sé, que cuando el telón cae de nuevo, y los actores se retiran, habré visto algo irrepetible.