miércoles, 18 de junio de 2008

Frente a las tablas

“Detesto el teatro como forma primitiva y pútrida, históricamente hablando. Una forma que deriva de los ritos de la edad de piedra y el desatino común, a pesar de esos aportes individuales de genios tales como la poesía isabelina, por cierto, que el lector de biblioteca entresaca del montón.”

Las palabras anteriores pertenecen al gran Humbert Humbert, un ser de carne y hueso extendido en un papel, creado por un dios llamado Vladimir Nabokov. La frase anteriormente expuesta la había yo llevado sobre el hombro derecho y la descargaba frente a los amantes del teatro, palabras más, palabras menos, obviamente, y siempre a manera de cita, de forma tal que mi “conocimiento” de literatura ablandase un poco mi ignorancia hacia una de las más antiguas artes.

Hoy, que para el lector será un breve o largo ayer, asistí a teatro, no por primera vez en mi vida, pero sí al menos en una forma en que pueda recordarlo. Lo hice además, por partida doble, yendo a una comedia a media tarde y una tragedia en la noche —genial combinación, eh—, de la mano de tres chicas que saben más de estos asuntos que yo. Mas como no es, ni ha sido cosa de este blog hablar sobre mí, sino apenas que el lector vislumbre, como por entre una rendija, mi percepción del mundo —el yo escritor frente al panorama universal—, iré directo al grano:

A diferencia de lo que yo pensaba, las obras no son un despliegue de técnica actoral en su grado máximo. Sino un juego de elementos en un baile de máscaras, orbitando sobre conceptos, más que sobre seres. Lo pondré claro: el escenario prima sobre el desarrollo; bien puede la historia ser una elaborada trama detectivesca o enseñar un caso común de desastre familiar, lo importante es el trabajo del director sobre las acciones, no sobre la planificación. Pueden corregirme porque es obvio que mi perspectiva es muy oblicua, pero sin el sonido, las luces, y la instalación que se monta sobre las tablas —ignoro el nombre de la misma—, sólo una cosa le quedaría a equipo de actores, o al hombre o mujer sola que se lanzan al monólogo: la expresión.

No como el cine y la televisión, donde el despliegue histriónico puede verse manipulado, hasta cierto grado, por cambios de luces o enfoques de cámaras, en la sala sólo hay un punto de vista, el correcto, el del espectador que escucha una voz palpitante, que puede o no hechizarlo.

Nótese que en todo lo anterior la palabra libreto no aparece, pero si me lo permiten, veo al teatro como algo vivo, que no tiene más sabor en el papel, que la receta de un postre impresa en una revista del montón.

Lo anterior no quiere borrar de un brochazo —sería ridículo intentarlo— los trabajos de tantos dramaturgos que han llegado, en algunos casos, más lejos que muchos novelistas, trabajando desde siglos antes que la imprenta viera la luz. Amen que gran parte de nuestros conceptos sociales tienen, como pilares de ejemplo y apoyo, la tradición teatral de Occidente; ergo, los argumentos escritos son importantes.

Pero lejos de esto, pienso, un paciente visitante de las penumbras de una sala —como el que escribe estas líneas— puede disfrutar de una obra, sin considerar tanto aspectos externos a la puesta en escena en sí. En el caso de hoy, por ejemplo, ignoraba los nombres de las obras, ignoraba los nombres del director o de los actores, tampoco su origen o nivel de estudios, y sin embargo, disfrute de las presentaciones como un chico que trepa por primera vez en un avión. Los años supongo, dan a los fanáticos de este arte herramientas de crítica: asistir o no asistir, aceptar o no aceptar, reír o no reír, censurar o no censurar; ser o no ser alguien que borra el sueño y prefiere palpar los contornos torcidos o mal cepillados de la obra en desarrollo.

Estoy lejos de ese punto. A diferencia del cine, a diferencia, totalmente, de la literatura, de las que trato de aprender y analizar, casi en forma científica, al teatro prefiero verlo siempre como el más sencillo y bello de los entretenimientos, donde la vida baila y vibra en escalas de colores no procesados por el celuloide, ni tonos que se modulen según las instancias de un ingeniero.

Porque sé, que cuando el telón cae de nuevo, y los actores se retiran, habré visto algo irrepetible.


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