lunes, 28 de julio de 2008

Vida por escrito

Digamos que cuando escribimos una novela no estamos creando nada. La historia ya esta ahí, solo hay que develarla. Para esto necesitamos herramientas e ingenio. El proceso es similar al de escribir sobre un hecho histórico o real. Supongamos que queremos escribir sobre la historia de la Guerra Civil estadounidense. Sabemos que ocurrió, pero posiblemente ignoramos cómo fue o por qué se luchó. Entonces acudimos a libros e información en línea, amen de documentales o películas. Poco a poco la historia se va revelando: aprendemos cuándo empezó y cuándo terminó; cuáles fueron sus causas y así mismo sus consecuencias. Al final podemos llegar a recrear, con un poco de imaginación, cada día y cada instante del conflicto.

Escribir una novela, al menos para mí, es un proceso similar al que está arriba mencionado. Les pondré el ejemplo de Flores para Irma: al principio sólo tenía unas cuántas imágenes: el homicidio de un hombre en medio oriente a manos de un francotirador, la persecución de de un taxi, un tiroteo en el taller de un pintor. Las escenas, claro, estaban completamente desconectadas. No había título, ni un inicio, ni mucho menos un final. Entonces me pregunté ¿qué tienen que ver aquellas imágenes? ¿Qué las une entre sí? Y empecé a indagar, tal como lo haría un historiador.

El proceso terminó hace unos días: Leonardo Katz, el protagonista de la novela, se encuentra con su contacto de la CIA en París y estos tienen una breve conversación. Por un tiempo creí que podía pasar por alto la breve estancia de Leonardo en la Ciudad Luz, pero sentía que allí había pasado algo, entre su arribo desde Afganistán, hasta su partida para Colombia. Algo. Y eso debía ser una reunión preliminar con el agente Ashton en un restaurante cercano a Campos Elíseos.

El escritor verdadero puede sentir esos momentos, y, más allá de eso, descartarlos o ponerlos por escrito. El personaje X se levanta una mañana y decide cambiar de trabajo, en la tarde renuncia a su puesto y en la noche lo cometa con su esposa. Podemos escribir esas tres escenas, sin incluir la previsible conversación que suelen tener las parejas al desayuno o antes de partir al trabajo, considerando que aquello no aporta nada al hecho esencial en esta parte de la trama como es la renuncia al actual empleo. Pero es posible que X haya traslucido durante la charla del desayuno sus nuevos planes, y esto causará en su esposa una reacción distinta, cuando se entere de que ha renunciado, a la que tendría si, simplemente, no se hubiesen dirigido la palabra en la mañana. El escritor, como ven, observa estos pequeños detalles de vida doméstica como un detective privado que sabe bien a qué detalles prestarle atención y a cuales no.

Visión es el nombre del juego. Saber que entre A y B no hay un vacío, sino unos puntos llamados a1, a2, a3, e incluso a1.1.2; ahora, ¿vale la pena mencionarlos? En algunos casos no, y no porque no sean importantes: como un mago, el escritor debe saber ocultar algunas cosas, o deslumbrar al lector con ciertos hechos para que otros pasen desapercibidos. Algunos llaman a esto efectismo, y lo critican duramente; pero es parte de la mecánica general de la redacción. Y la literatura es la vida redactada.

lunes, 21 de julio de 2008

Los procesos

Tengo una amiga que no puede escribir en computadora. Ella "transcribe" en esta lo que ya ha puesto en el papel. No es la única, y he llegado a creer que los usuarios directos de la computadora somos realmente pocos, no porque la tecnología no haya llegado a los demás, sino que no todos se han acostumbrado a los protocolos y al teclado.

¿Qué es más práctico, la máquina o la mano? Me preguntaba una vez un aprendiz de escritor. Yo le respondí que esto variaba de persona a persona. En mi caso, por ejemplo, crecí cerca de los computadores y fue en ellos que pude poner mis primeros escritos. Nunca tuve un diario, ni cuadernos, además que aborrecía mi propia letra.

Trabajar directamente en la computadora tiene sus inconvenientes. Primero, el traslado. Aunque poseas una de esas pequeñas computadoras portátiles de Sony, que parecen libretas de notas, estas siempre requerirán energía y un lugar seguro para emplearlas. Dos, la pantalla agota la vista, y escribir, releer y corregir necesita tener ambos globos oculares corriendo por la superficie brillante por horas. Tercero —y este es mi caso particular— es muy fácil distraerse de la redacción por otras cosas. Me sucede a menudo que, durante la escritura o revisión de uno de mis textos, me veo obligado a entrar en Internet y buscar datos en la Wikipedia, en páginas especializadas, revisar archivos de video en el Youtube, o ver desde los cielos esas ciudades o parajes desconocidos con el Google Earth; y en todo ello puede uno a llegar a perder muchas horas.

En los últimos tiempos he llegado a establecer un pequeño acuerdo de métodos de trabajo, que es el siguiente:

Primer esbozo de una idea, para cuento o novela, lo anoto en mi libreta de apuntes. (Tengo una especie de Moleskine pirata multiusos).

Primer borrador en máquina de escribir. Esto tiene la ventaja de redactar, a una gran velocidad, cualquier texto, sin tener la tentación del Internet, las salas de chat o la corrección. Luego el escrito sale listo para empezar a ser revisado.

Después tomar un bloc de notas y empezar a trazar la estructura interna del escrito, separando el análisis en capítulos, fases y párrafos. Al final cada párrafo debe poderse explicar mediante una oración, de no ser así eso demostraría que, determinado párrafo, guarda dos o más ideas, y que por tanto hay que dividirlo.

Al análisis anterior hay que aplicarle varias miradas: ¿es muy largo? ¿Es muy corto? ¿Puede el lector aburrirse? Etcétera.

Con los resultados de este bloc de notas redacto un segundo borrador, de ahí saldrá el producto final. Tal vez a los lectores les parezcan demasiadas vueltas, pero el arte así lo requiere.

miércoles, 9 de julio de 2008

La Ballena

¡Cuánto placer yace en librarse de algo que se ha cargado desde mucho tiempo atrás! De librarnos de la ropa transpirada, de la escayola sucia, del pelo demasiado largo, y otras tantas cosas que cuando caen, caen con tanta facilidad, y placer, que solo un hondo bienestar las sucede. Tanto así fue mi sensación esta mañana al quitarme de encima a la gran ballena blanca imaginada por Hermann Melville en su bíblica novela Moby Dick.

A cada capítulo, cuya sucesión llegó a parecerme interminable, menos le veía yo de novela y más de crónica. Aunque fundamentada en la ficción, su necesidad de contarnos, durante este largo viaje bordeando América, los detalles de la vida abordo, la caza de ballenas y las clases de aceite, haría pensar a cualquiera que mister Melville, antes que narrar un largo cuento de ribetes morales, quería dejar un registro de una industria provisional.

Si Moby Dick tiene el peso que tiene dentro de la literatura estadounidense, quizá se deba más a su carga evangelizadora que a sus dimensiones estéticas o artísticas. La narración, en primera persona y despojada de romanticismo, emplea más la retórica de la épica para darle a un personaje, por ejemplo, como Ahab, una dimensión, no ya de villano, sino de ser colosal. Un tercio de sus capítulos, por otro lado, se basan en descripciones técnicas del oficio ballenero: las ballenas, en todas sus categorías —lo cual no deja de ser un interesante documento—, su relación con el hombre, con la historia, con la religión, etcétera. Luego la ballena muerta, sus partes, el uso de estas, y claro, la muy valiosa “y fragante” esperma, por la cual las naves eran lanzadas al océano en travesías que duraban años, a fin de regresar a puerto para que todos tuviesen algo de luz en casa.

Un manual completo de un negocio extinto que estuvo a punto de borrar para siempre a unos animales gigantescos que, en el orden de los seres vivos, son cercanos parientes del homo sapiens. No obstante la visión que tenemos de estas no ha cambiado mucho; las entendemos un poco más, como se llega a entender al cónyuge tras décadas de convivencia, pero para nosotros, en tierra, la ballena, su enorme mole, su sistema de guía magnética, su canto, y sus diminutos ojos, siguen siendo propios de una bestia que, sólo por falta de inteligencia, no gobierna al mundo.

Algunos de sus detalles resultan agradables: ver, por ejemplo, la interconexión que se presenta entre hombres de distintas razas y orígenes, sin que por ningún lado asome la xenofobia o el racismo, al menos entre la voz del narrador, personaje que a decir verdad encuentro yo menos humano y más irreal que los demás personajes. Ismael realmente se muestra poco; si Mellvile nos hubiese dicho que aquel era el fantasma de un marinero difunto leeríamos esta novela igual. Una vez aborda la nave de Ahab, se disuelve por completo entre la popa y la proa para contarnos en detalle de cuanto ocurre allí. Sólo hasta el final vuelve a solidificarse como sobreviviente del barco maldito.

Aunque, por suerte, no tiene esa cadencia bíblica de otros autores norteamericanos, entre ellos, por citar un ejemplo, Corman Mcarthy, las referencias al libro mayor de los cristianos abundan desde la primera hasta la última página. Incluso en conjunto, la historia parecería una parábola cristiana: el hombre, y quienes le acompañan, que van a enfrentar la ira de dios en mitad de los mares serán finalmente destruidos por su propia codicia. Puede que esta no haya sido la intención de Melvilla, puede que sí; no soy muy amigo de buscarle simbolismos a las novelas y cuentos, pero la moral protestante sí juega un papel muy poderoso dentro del relato, así que la teoría que arrojo podría no estar tan lejos de ser correcta.

Los exegetas de Moby Dick, decenas en los últimos cien años, ya han hecho el trabajo de destripar y exhibir las piezas de la obra, su origen e influencia dentro de la literatura americana y universal, un trabajo que quizá supera las dimensiones de la obra que, como ya he dicho, se sustenta demasiado en el sistema religioso.

En The Great American Novel, hay una cita de Hemingway que dice: “Moby Dick, es un libro sobre aceite de ballenas, con un hombre loco abandonado a la excitación. Quinientas páginas de aceite de ballenas, cien páginas de loco, y unas veinte páginas sobre lo bueno que son los negros con el arpón.” Yo no puedo ir tan lejos, pero realmente atraviesa uno los océanos y llega hasta Oriente tras un espejismo, llegando a la conclusión que el valor verdadero de todo aquel viaje fue lo que se aprendió en el camino acerca de la industria del aceite.