miércoles, 9 de julio de 2008

La Ballena

¡Cuánto placer yace en librarse de algo que se ha cargado desde mucho tiempo atrás! De librarnos de la ropa transpirada, de la escayola sucia, del pelo demasiado largo, y otras tantas cosas que cuando caen, caen con tanta facilidad, y placer, que solo un hondo bienestar las sucede. Tanto así fue mi sensación esta mañana al quitarme de encima a la gran ballena blanca imaginada por Hermann Melville en su bíblica novela Moby Dick.

A cada capítulo, cuya sucesión llegó a parecerme interminable, menos le veía yo de novela y más de crónica. Aunque fundamentada en la ficción, su necesidad de contarnos, durante este largo viaje bordeando América, los detalles de la vida abordo, la caza de ballenas y las clases de aceite, haría pensar a cualquiera que mister Melville, antes que narrar un largo cuento de ribetes morales, quería dejar un registro de una industria provisional.

Si Moby Dick tiene el peso que tiene dentro de la literatura estadounidense, quizá se deba más a su carga evangelizadora que a sus dimensiones estéticas o artísticas. La narración, en primera persona y despojada de romanticismo, emplea más la retórica de la épica para darle a un personaje, por ejemplo, como Ahab, una dimensión, no ya de villano, sino de ser colosal. Un tercio de sus capítulos, por otro lado, se basan en descripciones técnicas del oficio ballenero: las ballenas, en todas sus categorías —lo cual no deja de ser un interesante documento—, su relación con el hombre, con la historia, con la religión, etcétera. Luego la ballena muerta, sus partes, el uso de estas, y claro, la muy valiosa “y fragante” esperma, por la cual las naves eran lanzadas al océano en travesías que duraban años, a fin de regresar a puerto para que todos tuviesen algo de luz en casa.

Un manual completo de un negocio extinto que estuvo a punto de borrar para siempre a unos animales gigantescos que, en el orden de los seres vivos, son cercanos parientes del homo sapiens. No obstante la visión que tenemos de estas no ha cambiado mucho; las entendemos un poco más, como se llega a entender al cónyuge tras décadas de convivencia, pero para nosotros, en tierra, la ballena, su enorme mole, su sistema de guía magnética, su canto, y sus diminutos ojos, siguen siendo propios de una bestia que, sólo por falta de inteligencia, no gobierna al mundo.

Algunos de sus detalles resultan agradables: ver, por ejemplo, la interconexión que se presenta entre hombres de distintas razas y orígenes, sin que por ningún lado asome la xenofobia o el racismo, al menos entre la voz del narrador, personaje que a decir verdad encuentro yo menos humano y más irreal que los demás personajes. Ismael realmente se muestra poco; si Mellvile nos hubiese dicho que aquel era el fantasma de un marinero difunto leeríamos esta novela igual. Una vez aborda la nave de Ahab, se disuelve por completo entre la popa y la proa para contarnos en detalle de cuanto ocurre allí. Sólo hasta el final vuelve a solidificarse como sobreviviente del barco maldito.

Aunque, por suerte, no tiene esa cadencia bíblica de otros autores norteamericanos, entre ellos, por citar un ejemplo, Corman Mcarthy, las referencias al libro mayor de los cristianos abundan desde la primera hasta la última página. Incluso en conjunto, la historia parecería una parábola cristiana: el hombre, y quienes le acompañan, que van a enfrentar la ira de dios en mitad de los mares serán finalmente destruidos por su propia codicia. Puede que esta no haya sido la intención de Melvilla, puede que sí; no soy muy amigo de buscarle simbolismos a las novelas y cuentos, pero la moral protestante sí juega un papel muy poderoso dentro del relato, así que la teoría que arrojo podría no estar tan lejos de ser correcta.

Los exegetas de Moby Dick, decenas en los últimos cien años, ya han hecho el trabajo de destripar y exhibir las piezas de la obra, su origen e influencia dentro de la literatura americana y universal, un trabajo que quizá supera las dimensiones de la obra que, como ya he dicho, se sustenta demasiado en el sistema religioso.

En The Great American Novel, hay una cita de Hemingway que dice: “Moby Dick, es un libro sobre aceite de ballenas, con un hombre loco abandonado a la excitación. Quinientas páginas de aceite de ballenas, cien páginas de loco, y unas veinte páginas sobre lo bueno que son los negros con el arpón.” Yo no puedo ir tan lejos, pero realmente atraviesa uno los océanos y llega hasta Oriente tras un espejismo, llegando a la conclusión que el valor verdadero de todo aquel viaje fue lo que se aprendió en el camino acerca de la industria del aceite.

No hay comentarios: